viernes, junio 14, 2024
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Juego de máscaras, Augusto Pérez Lindo

Luego de leer el libro de Claudio Rama Los otros rostros de América Latina (MAPI, 2023) y de admirar las máscaras de distintas culturas populares de la región, me pregunté: ¿qué representan las máscaras en nuestra cultura?

Repasando lecturas y pensamientos, encontré algunas interpretaciones que me llevaron a la presunción de que las sociedades siempre estuvieron encubiertas por discursos, imágenes y máscaras. O sea, por la cultura simbólica.

En el teatro clásico griego, los personajes se expresaban a través de máscaras (“personas”) que el actor podía cambiar para representar distintos roles. El actor no se identificaba con un personaje. Algo que cambió con el teatro de Shakespeare, que se volvió más personalizado (aunque los roles de mujeres los hacían travestis masculinos).

Shakespeare sostuvo en una de sus obras que “todo el mundo es un escenario y todos los hombres y mujeres son meramente actores”. Hubo una subjetivación de los personajes pero la vida seguía siendo representada como un juego teatral.

Hacia un nuevo orden antropológico

En el “mito de la caverna” de La República de Platón se afirma que normalmente no vemos la realidad en cuanto tal, sino sombras que representan los acontecimientos. “Lo esencial es invisible a los ojos” dirá también Saint-Exupéry en El principito. Y muchos piensan así.

En el Antiguo Testamento, los profetas combatieron el culto de las imágenes y de las máscaras porque atrapaban a la gente con creencias engañosas. Defendieron entonces, la palabra como vehículo del mensaje divino. Esto se instaló en la tradición judeo-cristiano-islámica en contra de las representaciones icónicas y en favor de los discursos. Los musulmanes han sido los más ortodoxos en este sentido, sus templos impresionan por la ausencia de imágenes.

En el pensamiento moderno aparecieron críticas a las ideas de la “representación” de la realidad a través del discurso o de la imagen. Tanto los empiristas británicos como los racionalistas franceses o los idealistas alemanes propusieron otras teorías.

Nada es verdad ni mentira, “todo es según el color del cristal con que se mira”, diría Ramón de Campoamor. Según la epistemología actual, “el cristal con que se mira” son las teorías con las que interpretamos lo que sucede. De modo que a este nivel también nos encontramos con la idea de que interpretamos el mundo a través de las hipótesis o teorías que tenemos sobre él. Pero esas hipótesis deben ser contrastadas con la experiencia o por la coherencia lógica en las matemáticas.

Desde el punto de vista de las relaciones sociales, las máscaras tenían primitivamente, entre otras funciones, la de aventar los malos espíritus (los demonios, la muerte, el sufrimiento, las catástrofes naturales) o de invocar a los dioses del sol, el agua, el fuego, los vientos, el mar, la “Tierra”. A menudo se invocaba a los espíritus para alentar los conflictos. Los pueblos van a las guerras detrás de representaciones simbólicas. Constantino, en 312, intuyó esto cuando colocó el símbolo de Cristo para vencer contra Magencio: in hoc signo vinces, “en este símbolo vencerás”.

La Inteligencia Artificial y el espíritu absoluto de Hegel

En la Conquista de América, los españoles y portugueses intentaron barrer con las representaciones primitivas de los indios. Porque intuyeron que el imaginario indígena constituía un obstáculo para lograr la dominación europea. Y trataron de imponer la iconografía cristiana: la Virgen, los santos, Jesucristo, los apóstoles, el niño Jesús. Los jesuitas defendieron en su evangelización la coexistencia de los dogmas cristianos y de las creencias indígenas, sobre todo en las misiones guaraníes. Esto fue la doctrina de la acomodatio o sea de la tolerancia cultural. Lo que fue condenado junto con la expulsión de los jesuitas por los reyes de España y Portugal, que consideraron que los jesuitas estaban debilitando la evangelización cristiana… y los negocios esclavocráticos.

En Brasil la represión del imaginario de los negros y de los indios dio lugar a representaciones sincréticas. Los esclavos negros crearon categorías equivalentes a los íconos católicos para seguir honrando a sus dioses y demonios. Iemanjá es la Virgen María, Xingú es San Jorge. Lo cual tuvo como efecto “contagiar” a los mismos católicos brasileños con elementos animistas y primitivos. Y el carnaval, con sus máscaras, permitió a los negros descargar periódicamente sus emociones y sus creencias.

El culto de las imágenes y de las máscaras es notorio también en las escenografías políticas, como pudimos ver con Hitler en el nazismo, con Stalin en la Unión soviética o como podemos observar en Corea del Norte o en China comunista. La iconografía política construye el imaginario popular también en Estados Unidos, en Rusia, en África y en otros lugares.

A menudo las máscaras políticas dividen el mundo entre los “buenos” y los “malos”. O sea, son maniqueas. A su vez, la iconografía publicitaria comercial instala a través de imágenes la cultura del consumo de tal o cual producto en todo el planeta. En un cierto sentido la globalización informática y la publicidad consumista han contribuido a deconstruir la cultura simbólica preexistente para instalar otros mitos y otras máscaras, como lo han mostrado muchos sociólogos.

Schopenhauer, en El mundo como voluntad y representación, defiende la tesis de que nos representamos la sociedad de acuerdo con nuestros intereses y deseos. A eso Karl Marx lo llamaba “ideología”. Aunque muchos reivindican ese término para definir sus creencias y valores, otros piensan hoy que los discursos políticos son máscaras de otros fines ocultos.  

Universidades emprendedoras

¿Cuánto de primitivo hay en las imágenes y máscaras que inventamos para defender nuestras creencias? Debemos admitir que el “pensamiento primitivo” perdura aun en sociedades escolarizadas y modernas. Basta con observar las disputas étnicas que a menudo aparecen en Europa. En muchos lugares las manifestaciones políticas se acompañan con máscaras de los “buenos” y de los “malos” al son de tambores. Como en los viejos tiempos.

La tentativa de los filósofos y de los cientistas sociales para instalar visiones objetivas de la sociedad parecen ilusorias. La máscara de Trump tiene en Estados Unidos más influencia que sus universidades. En Argentina, Carlos Menem subestimaba los discursos y sus campañas ponían por delante las imágenes del candidato.

Pensamiento primitivo y cultura de la imagen van juntos. No por un designio perverso sino porque la cultura se alimenta de construcciones imaginarias de la sociedad. Los actores sociales afirman sus creencias a través de imágenes y máscaras de la realidad.

Los psicólogos de la enseñanza dicen que la educación, y sobre todo la escuela, contribuyen a formar nuestro “principio de realidad”. Pero nos lleva muchos años conocernos a nosotros mismos y poseer una imagen objetiva del mundo. Seguimos pensando a través de máscaras. Quien dude de esta afirmación puede buscar en una colección de diarios las frases de dirigentes políticos contemporáneos opinando sobre su propio país o sobre los otros pueblos.

La construcción de la “transparencia” y de la “objetividad” constituye un aspecto central de las sociedades democráticas. ¿Por qué? Porque permiten pensar con libertad y permiten actuar con razonabilidad para tomar decisiones. Desde este punto de vista, aunque a veces parezca una misión imposible, pensar la sociedad más allá de las máscaras que mediatizan las relaciones sociales se ha vuelto crucial para lograr sociedades libres, inteligentes y justas.

Fuente: Augusto Pérez LindoDoctor en Filosofía, profesor en la Untref y MDP para www.perfil.com

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