jueves, julio 25, 2024
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Construyendo universidades

Jorge Moscato. “construir una universidad es una tarea de una generación”. Al frente de la reconstrucción de la Universidad de Lanús y de los nuevos edificios de la Arturo Jauretche, el premiado arquitecto destaca el diseño de las nuevas casas de estudio del conurbano y remarca la importancia de pensar espacios que respondan a las necesidades de cada comunidad. 

Jorge Moscato, el arquitecto que dirigió la reconstrucción de la Universidad Nacional de Lanús (UNLA) y la Universidad Nacional Arturo Jauretche (UNAJ), hoy tiene a su cargo la tarea de recuperación y construcción del nuevo Departamento de Ciencias de la Salud de la UNAJ, una obra que estará terminada en abril de 2022 y que forma parte del Programa Nacional de Infraestructura Universitaria, que impulsa la edificación de 73 nuevas obras en 48 universidades públicas de todo el país.

Nacido en el primer peronismo y criado en el conurbano bonaerense, Moscato se formó en la educación pública, primero como estudiante y luego como docente universitario. Hoy se declara defensor de las banderas de la movilidad social ascendente y se define como “un hijo de la cultura del peronismo”.

El arquitecto que está al frente del premiado estudio Moscato – Schere y que forma parte de la corriente arquitectónica “Los Nac&Pop”, lleva una vida atravesada por la arquitectura: partiendo desde el diseño de su primera casa, que se la construyó a su padre cuando recién cursaba el cuarto año de la carrera; hasta la actualidad, con la construcción de una nueva obra en la UNAJ junto a sus hijos, Joaquín y Agustín, que están destinados a continuar su legado porque, según enfatizó Moscato, “construir una universidad es una tarea de una generación”.

En diálogo con el Suplemento Universidad, compartió su pasión por la arquitectura en una charla que, al igual que su vida, estuvo atravesada por las aulas de la educación pública, la cultura del conurbano y la voluntad propia de la política.

– ¿Qué particularidades tiene la construcción de una universidad pública?

– Las universidades en Argentina se hacen al revés que en el resto del planeta: acá se crea una universidad y, de pronto, aparecen 5.000 alumnos y la universidad solo tiene cinco aulas. Siempre sucede que ya está todo el mundo preparado para estudiar y el edificio recién llega cuando ya hay tipos que están por la mitad de la carrera o que están graduándose. Entonces, el principal tema es producir una arquitectura muy educadora, una arquitectura que le dice a la gente que esto es una universidad pública, que esto es importante, que tiene un rol institucional esa arquitectura, pero lo real es que esa arquitectura llega después que los alumnos.

– ¿Cómo definiría a la arquitectura de las universidades más nuevas?

– Son muy sencillas y prestan un servicio excepcional.

En mi opinión, la arquitectura de las universidades del conurbano es de la mejor que hay. Es una arquitectura siempre excelente, pero que cuida mucho los recursos. No tiene las posibilidades de hacer universidades de lujo. La obra en la periferia es básica y no tiene firuletes, solo tiene nada más que lo esencial. A mí me ha tocado hacer dos universidades: la de Lanús y la Arturo Jauretche. Y la obra es básica. Es como si pasara por el túnel del viento. Si agrego un parasol que no corresponde, se lo lleva el viento y lo pierde. Se lo lleva el viento económico, digamos.

Su última intervención

El nuevo edificio del Instituto de Ciencias de la Salud de la UNAJ, ubicado en el predio de la Avenida Calchaquí, constará de 996 metros cuadrados conformados por siete aulas, con una capacidad estimada de 30 alumnos cada una, que permitirá ubicar a 630 estudiantes de las carreras de Medicina, Bioquímica, Enfermería, Organización y Asistencia de Quirófanos, Kinesiología y Fisiatría. Además, se construirán dos laboratorios para albergar a 96 alumnos por cada turno y un salón auditorio con una capacidad para 80 personas. Se estima que esta obra, que comenzó el 7 de junio, se concretará en abril de 2022, luego de trece meses de trabajo.

Es un edificio importante, que no tiene límites. La fachada tiene unos parasoles inclinados, después viene el patio, en la parte de atrás queda el laboratorio, y después termina con una especie de área de servicio, que tiene detrás dos núcleos de ascensores. Ese edificio se terminará en abril, pero tendrá dos partes más”, detalló Moscato, quien resaltó que “tiene que ser un edificio que represente una medicina muy humana”.

Al igual que las obras realizadas en la Universidad de Lanús, las nuevas edificaciones de la Arturo Jauretche son posibles gracias al reciclaje y aprovechamiento de edificios existentes, que alguna vez fueron abandonados. Mientras que la UNLA supo convertir, de la mano de Moscato, los viejos talleres ferroviarios de la estación Remedios de Escalada en aulas y auditorios universitarios, el nuevo departamento de Ciencias de Salud de la UNAJ se hace posible gracias a la puesta en valor de un edificio de 1942, que era originalmente propiedad de YPF y que quedó abandonado tras la privatización de la empresa petrolera en la década de 1990.

– ¿Si le dieran a elegir, preferiría reciclar un edificio o construirlo desde cero?

– Yo creo que es mejor aprovechar lo que existe porque es una lección cultural. Vos le estás diciendo a la sociedad que lo que existe puede ser usado y puede ser reconvertido. Y que las cosas, al fin y al cabo, no son tan originales. ¿Qué lógica tiene destruir? ¿O no aprovechar? Ninguna. La verdad que no tiene sentido. Yo creo que es bueno recuperar. La historia hace a los edificios más interesantes.

“Tenemos que proyectar futuro y yo trato siempre que el edificio genere eso: que un chico entienda, al entrar en la universidad, que la universidad lo que hace es producción de cultura y que esa producción de cultura se refleja en el lenguaje”.

– ¿Qué diferencias arquitectónicas hay entre la UNLA y la UNAJ?

– Las universidades creadas en la década del noventa, en general, tenían como gran programa el ‘reciclaje’ de la población. Lanús había quedado destruida por la transformación industrial, que había cerrado sus fábricas por la crisis, y la universidad se planteaba las carreras que su población necesitaba. En muchos casos, había una cosa que se llamaba Ciclos de Complementación Cultural (CCC), que eran por ejemplo para que un tipo que había estudiado algunos años en la universidad y había tenido que abandonarla pudiera terminar una carrera y tener un trabajo mejor. En cambio, las de 2010, que se hacen durante el kirchnerismo, el tema es el desarrollo económico. Todas las universidades que nacen en el 2010 se plantean a la Argentina como nuevo país industrial. Por eso la Jauretche tiene como carreras estrella Ingeniería y Medicina. Porque el plan no solo es de salvación social, sino de desarrollo. El planteo ahí es que la Argentina deje de ser un país que anda a la deriva y pase a transformarse en un país industrial.

– ¿Estas diferencias aparecen estéticamente en la arquitectura de los edificios?

– Quizá sea una exageración, pero yo digo que las universidades del reciclaje eran de ladrillo y las nuevas tienen que ser blancas. Tenemos que proyectar futuro y yo trato siempre que el edificio genere eso: que un chico entienda, al entrar en la universidad, que la universidad lo que hace es producción de cultura y que esa producción de cultura se refleja en el lenguaje. Por eso, manejo ciertos códigos de transparencia, como el laboratorio de la Jauretche, que tiene una faja de vidrio arriba, que desmaterializa el edificio. Vos ves el paisaje a través del vidrio y decís ‘Qué maravilla que los edificios empiezan a tener todos los elementos de la cultura contemporánea’.

– ¿Qué piensa de la arquitectura argentina de los últimos años?

– Por un lado, que últimamente la mejor arquitectura que se ha hecho en Argentina son las universidades nuevas, que en general son todas buenas, acompañadas de los edificios en propiedad horizontal hechos por jóvenes arquitectos dentro de la ciudad, manejando recursos escasos. Y, por otro lado, que lo que no ha funcionado en los últimos años es la arquitectura de grandes torres, de grandes edificios, que se han transformado en algo banal, que no dicen nada y que no tienen mucha importancia. Esa no es buena arquitectura porque esos edificios no han podido saltar de los sistemas de representación social. En cambio, sí lo pudo hacer un joven arquitecto que hizo cuatro departamentos en un barrio, que les puso terrazas que están buenas, y que los pintó de blanco porque quedaba más lindo. Sin duda, es mucho mejor la arquitectura dentro de la ciudad que la de los bordes de las periferias ricas. Vos vas a un country y de 100 casas son poquitas las que te gustan.

– ¿Cómo se ve reflejada esa representación social en las obras arquitectónicas?

– Cuando ves un edificio, el edificio quiere decirte algo. La imagen representa valores permanentes de la cultura y de la sociedad. Cuando yo veo las cosas que hacemos y los edificios que hacemos está claro que esos edificios están representando un sistema de valores. Cuando ese sistema es legítimo, la arquitectura es buena. Si es falso, también es falsa la arquitectura porque carece de importancia. Es como si te estuviera mintiendo. La belleza, dice San Agustín, tiene que ver con la verdad. Y si la belleza tiene que ver con la verdad, la arquitectura que pretende figurar siempre da a floja. En cambio, la arquitectura que da respuesta, que hace aulas y son aulas que están bien aventanadas, y que resuelve esto y resuelve lo otro, uno termina diciendo ‘che, qué bien que está esto’.

– ¿Y qué sucede en el conurbano: hay una identidad propia?

– El conurbano es una cultura, y una muy fuerte. En ese sentido, el libro de (Pedro) Saborido lo marca muy claro: la cultura del conurbano te impregna al igual que la cultura del rock, que es una cultura urbana muy especial y muy valiosa, que resume los problemas de la pobreza y del trabajo. A diferencia de lo que algunos piensan, el conurbano no es una zona disminuida culturalmente. Tiene culturalmente la potencia de la periferia y, en ese sentido, el discurso sobre la periferia siempre ha impactado. El conurbano, que nace como una capital en disminución, por su propia potencia se transforma en el elemento más importante. Hoy se podría decir que la humanidad tiene una situación donde son las periferias las que empiezan a determinar la existencia, determinando la cultura y los sistemas de valores.

– ¿Cómo relaciona al peronismo con el diseño de las nuevas universidades?

– El peronismo es el partido que construye la modernidad en Argentina, la modernidad para todos. Y las universidades tienen que ser la modernidad. No pueden ser una arquitectura más o menos, tienen que ser muy buenas. Cuando Perón hizo, por ejemplo, el pulqui, o el avión de caza, estaba pensando en un país moderno, no estaba pensando en esta imagen de escasez y pobreza. Entonces, tenemos que construirlo de nuevo. Tenemos que agarrar y decir ‘bueno, vamos a hacer la mejor arquitectura en los edificios públicos’, y esto está bien. Creo que es algo fantástico.

Entre el exilio y el reconocimiento

El pasado 12 de agosto, durante el bicentenario de la Universidad de Buenos Aires, el arquitecto y docente graduado de la FADU recibió un premio UBA, destinado para conmemorar a 200 personalidades importantes de la casa de estudios. Honrado por el reconocimiento, aseguró que se trató de “un hecho muy emocionante” debido a las circunstancias de la pandemia y consideró que “es muy importante que la universidad se celebre a sí misma, ya que, dentro del sistema público, es lo más reconocido”.

Por otro lado, luego de rememorar su juventud de militancia y los tiempos de exilio durante la última dictadura militar, aseguró que ningún reconocimiento se compara con el recuerdo de la lucha y el regalo de la vida. “En lista de desaparecidos de la Facultad de Arquitectura hay 150 tipos, pero hay 20 que eran amigos míos directos. Es arrasador ese hecho y uno da gracias a Dios por haberse salvado y también por poder dar testimonio de una cosa que sucedió. Nuestra generación pensó en un país mejor. Por ahí no se dio, pero siempre es una esperanza. Un filósofo francés dice que el paraíso es, además de una promesa, un recuerdo de la humanidad. Para nuestra generación, el paraíso existió: fuimos nosotros en los años setenta.

Fuente: Juan Manuel Romero para www.pagina12.com.ar

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