El enigma es aquello que no se alcanza a comprender o es difícil de entender e interpretar; sobre todo en lo que se caracteriza por ser ambiguo o metafórico. La poesía abunda en enigmas o en palabras que algunos califican de oscuras o secretas y son usadas para expresar una frase, un verso o un texto inconcluso, malicioso o con doble sentido.

Se ha comparado a la poesía con la filosofía o la experiencia mística. Las semejanzas y las diferencias son indudables; hay que tener en cuenta, sin embargo, que el objeto esencial de la actividad poética es el lenguaje. En poesía el sentido es inseparable de la palabra y, por ende, de la forma. Toda experiencia en poesía es ante todo verbal. Para Borges tanto el conceptismo como el culteranismo, las dos corrientes literarias del barroco, tenían un idéntico propósito. Góngora y Quevedo, que pretendían diferenciarse, coincidían en el mismo resultado estético.

Acaso en Góngora, más que en Quevedo, el poema se expresaba a través de un juego de palabras que podía combinar lo concreto con lo virtual. En este caso me refiero a un soneto que en un espléndido endecasílabo, digno del estilo del incomparable cordobés, puede estar relacionado con algo sobrenatural, misterioso o inexplicable o, en último caso, no poseer vestigios para poder ser descifrado.

Empezamos por preguntarnos ¿quién fue aquel pintor belga que retrató a don Luis de Góngora y él lo inmortaliza en un famoso soneto sin revelar su nombre? No se sabe y acaso nunca lo sabremos; tampoco Antonio Carreira ni Miguel Artigas, sus máximos estudioso lo refieren en sus ensayos. Uno de las estrofas dice así: “Belga gentil, prosigue el hurto noble; / que a su materia perdonará el fuego, / y el tiempo ignorará su contextura”… En este caso, al menos yo he agotado mis medios para investigarlo. Fue en vano, a ninguna conclusión pude llegar. Don Diego Velázquez seguramente no fue; en primer lugar porque no era belga, y en segundo lugar porque es el autor del famoso retrato que le hizo a don Luis a pedido de la corte por figurar entre las personas notables, y donde se inmortaliza para siempre al polémico maestro del culteranismo (y del conceptismo, Borges dixit).

En el soneto, don Luis se refiere concretamente a un belga que, sin duda, lo hizo posar para inmortalizarlo, pero ¿dónde está el cuadro y qué se hizo del autor? En su momento, con mi entusiasmo juvenil, yo supe inquietar a grandes poetas como Neruda, Parra, Paz y Borges. Agrego que el más entusiasta fue Borges, mi maestro. Con él agotamos todos nuestros recursos y fue en vano, no dimos con el autor. Nos debimos conformar con el soneto del aedo cordobés tal como está formulado, una verdadera obra maestra que expresa diversas cosas, y me permito reproducir:

Hurtas mi vulto y, cuanto más le debe

a tu pincel, dos veces peregrino,

de espíritu vivaz el breve lino

en las colores que sediento bebe,

vanas cenizas temo al lino breve,

que émulo del barro lo imagino,

a quien, ya etéreo fuese, ya divino,

vida le fió muda esplendor leve.

Belga gentil, prosigue el hurto noble;

que a su materia perdonará el fuego,

y el tiempo ignorará su contextura.

Los siglos que en sus hojas cuenta un roble,

árbol los cuenta sordo, tronco ciego;

quien más ve, quien más oye, menos dura).

Ahora bien, todos sabemos -y no caben dudas al respecto -, que don Diego Velázquez era bien español y también muy andaluz de pura cepa, y deducimos, por consiguiente, que aquel pintor fantasma si no era del lugar (y es muy probable que andaba merodeando por allí o estaba radicado en la región). Pero Góngora lo menciona como “belga y gentil”. En mi opinión, los pintores han abundado en todas las épocas y es casi seguro que en aquella ocasión el mencionado belga haya sido un artista religioso, un profesional del retrato o un común pintor de bodegones. Sea lo que fuere, vaya uno a saber a quién se refiere nuestro ínclito aedo.

Por otro lado, la expresión “enigmático” es un adjetivo que alude a algo que está compuesto por enigma; es decir, posee una significación misteriosa o muy difícil de penetrar. Agreguemos que los enigmas están presentes en obras artísticas, culturales, e incluso en la ciencia, como el origen de la vida, la muerte, etcétera. En este caso ha brotado en forma de soneto de la imaginación y la pluma del inconmensurable Luis de Góngora y Argote.

Pero sigamos un poco más con la expresión que nos impulsa. Un enigma figurado es una especie de adivinanza o charada donde las imágenes y figuras sustituyen los textos y números. Los sinónimos de enigma son: misterio, secreto, incógnita. En cambio, lo contrario de enigma es lo claro y patente, entre otras expresiones. El caso de aquel belga pintor que no nombra don Luis aluden a una de las variantes del mito de Prometeo, que hizo al hombre de barro y le infundió vida con una chispa de fuego, tal vez del mismo fuego divino que luego otorgó al hombre, tal vez un resto del éter, del que la Tierra se había separado recientemente, como apunta Ovidio en sus Metamorfosis.

El segundo terceto alude a que su retrato durará más que él mismo. Veamos y conjeturemos, quien está vivo de verdad, quien ve y oye, dura menos o se agota más de prisa. Otro aspecto es la metáfora de una imagen del hurto; un hurto noble en este caso. Lo que nos hace imaginar que don Luis se sentía despojado de su cara al ser retratado, aunque se resignaba a ese despojo (Belga gentil prosigue el hurto noble), e invariablemente nos lleva a pensar en Dorian Grey o en Julio Cortázar antes de su muerte o en la foto de Salvador Dalí postrado en el hospital.

La poesía de Góngora ha merecido estudios de todo tipo. La abundancia retórica del poeta responde, sin duda, al modo barroco de la época; pero, en ocasiones, suelen ser del todo ajenas al estilo decorativo de sus conceptos, que resultan enigmáticos, precisos y admirables. Conclusión: un poeta no solo es un artífice, un hacedor, sino también un ser humano que siente con intensidad y complejidad. No en vano fue poeta, y además el descubridor de un estilo no menos capital que las configuraciones de su tiempo. “Solo la poesía inspira la poesía”, pudo escribir Emerson. Para don Luis de Góngora el descubrimiento de un estilo, que se plasma en enigmas, fue una experiencia no menos capital que las otras que entretejieron su vida como recaudador de la Iglesia. Y en ocasiones como un divertido estafador. En fin, cosas de esta enigmática existencia que nos es dada.

Fuente: https://www.elimparcial.es/noticia/245180/opinion/gongora-a-un-pintor-flamenco-mientras-pintaba-su-retrato.html

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