Dos millones de chicos de escuelas secundarias, y una inmensa cantidad de docentes ya utilizan la célebre netbook. Un ensayo de Pablo A. Fontdevila sobre una investigación de Sabrina Díaz Rato, aborda las complejidades del programa y las dificultades para modificar la práctica de la enseñanza de los docentes para la integración de las tecnologías de la información en el aula.

Un desafío revolucionario: la netbook en el aula. A pesar del gran avance, el estado de las infraestructuras escolares y el de la capacitación docente siguen requiriendo más y más trabajo.

En un balance reciente sobre las políticas educativas, cuando llegó el momento de hablar del plan Conectar Igualdad y la distribución de netbooks, el ministro Alberto Sileoni eludió la espectacularidad: definió la iniciativa como “un proceso complejo”, exploratorio, y dijo claramente “no creemos en la magia de la tecnología pero sí en un camino que moviliza a los chicos, que represtigia a la escuela”. El debate acaba de ser retomado en una publicación de la editorial de la Universidad de Tres de Febrero con el título Inclusión digital y calidad educativa. El Programa Conectar Igualdad entre 2010 y 2011. Aun valorando más que positivamente el plan, uno de los prólogos del libro, el escrito por la especialista en nuevas tecnologías Sabrina Díaz Rato, subraya que “no sabemos, en rigor, cuánto tiempo será necesario para apreciar el éxito o el fracaso” de la apuesta “como estrategia pedagógica para mejorar la calidad del aprendizaje, así como tampoco podemos medir, en la actualidad, la calidad del recurso humano que generaremos para el mercado laboral futuro. Lo que sí sabemos es que la inclusión digital es inclusión social y avanza a pasos agigantados en cada rincón del espacio público”. Podría añadirse que significativamente ese proceso de inclusión avanza entre poblaciones escolares vulnerables, lo que implica acortar la brecha del acceso al universo digital.

A esta altura del programa se calcula que más de dos millones de chicos de escuelas secundarias, y una inmensa cantidad de docentes, recibieron la célebre netbook del plan. El trabajo de la Untref, escrito por Pablo A. Fontdevila sobre la investigación de Sabrina Díaz Rato, no rehúye las complejidades que implicó la puesta en marcha del programa. Así, por ejemplo, tras señalar que si ya es bastante arduo diseñar una ingeniería estatal de importación/fabricación de netbooks y que se distribuyan con precisión a quienes deben llegar, más difícil aún es “modificar la práctica de la enseñanza de los docentes para la integración de las TIC (tecnologías de la información) en el aula”. Esos cambios, se recuerda en el libro, “demoran mucho más”.

Alrededor de un año y medio atrás ciertos datos oficiales sugerían que la sola implementación de la AUH o del plan Conectar Igualdad, habían impactado notoriamente ya sea en la elevación de la matrícula escolar como en los índices de retención. La referencia al respecto que se hace en el trabajo de Fontdevila y Díaz Rato es más prudente: se habla de una “probable incidencia en la permanencia de los estudiantes en el sistema escolar y el fomento que representa para la reinserción en la escuela”, así como del evidente estímulo que significa el programa para los jóvenes que pertenecen a hogares en situación de riesgo. Y se mencionan experiencias positivas de trabajo resumidas por ejemplo por Pablo Portillo, coordinador de la ONG Amanecer, que tiene presencia en 700 centros comunitarios del país.

A la hora de los balances del programa, el estudio enfoca en un aspecto menos atendido vinculado con el desarrollo del sistema científico-tecnológico nacional y con sus capacidades productivas. De hecho el impacto de Conectar Igualdad en ese sentido es evidente. Si en una primera etapa inicial el Estado debió apelar a la importación lisa y llana de netbooks y servidores, rápidamente se fue exigiendo más presencia de la industria local (una norma marcó la meta de un 58 por ciento de valor agregado nacional), lo que benefició la actividad, particularmente en Tierra del Fuego, que ya había sido beneficiada por otras políticas articuladas.

Con luz, sin luz. Una crítica rápida y algo oportunista que despuntó cuando comenzó a implementarse el programa fue la relacionada con el Estado de las infraestructuras escolares del país, particularmente en zonas marginales o rurales, para poder adaptarse al plan en términos de energía, equipos, conexión a Internet. El trabajo de la Untref menciona estos problemas técnicos y logísticos como datos reales que debieron ser afrontados, a veces con dificultad. Pero precisamente la aparición de estos problemas en muchos casos aceleró los procesos de respuesta. “Con la llegada del piso tecnológico y las netbooks –dicen Fontdevila y Díaz Rato– aparecen, junto a la conmoción inicial, las primeras inquietudes relacionadas con aspectos administrativos, la infraestructura tecnológica y la falta de personal, y se renuevan los reclamos relativos a los problemas edilicios generales y de acceso a servicios básicos”.

El estudio también sincera otro aspecto complejo del programa que es el del rol y las capacidades de los docentes, un tema que vienen abordando las autoridades educativas nacionales desde un principio. “La adhesión de los docentes aparece como ambivalente: por una parte, expresaron sentimientos positivos y satisfacción por la posesión de una netbook para cada estudiante. Pero por otro lado, los acompañaron temores por la irrupción de una herramienta pedagógica que los interpela en sus respectivos roles”. En ambos casos, el estado de las infraestructuras escolares y el de la capacitación docente siguen requiriendo más y más trabajo.

Fuente: www.elarcadigital.com.ar

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