Rue Descartes 16, París: una residencia de la cultura argentina. El autor recuerda en este artículo a un destacado argentino en la capital francesa, en cuya casa recibió a artistas de la talla de Atahualpa Yupanqui, Eduardo Falú, Ariel Ramírez, Mercedes Sosa, Astor Piazzolla, entre tantos.

No es poca la historia de los vínculos culturales con Francia: famosos y renombrados artistas como Adolphe D´Hastrel, Auguste Raymond Quinsac de Monvoisin y Jean-Léon Pallière dejaron sus obras pictóricas evocando vidas y paisajes locales del siglo XIX. 

Albert Carrier Belleusse nos dejó el monumento ecuestre al general Manuel Belgrano en la Plaza de Mayo, aunque el caballo es obra del argentino Manuel de Santa Coloma, como el mausoleo en la Catedral del general José de San Martín. 

Viajeros franceses como Pierre Gicquel, aún inédito en castellano, y Arsenne Isabelle recrearon nuestras costumbres. Ya en el siglo XX, artistas de la talla de Auguste Rodin y del excelso Emile Antoine Bourdelle nos dejaron los monumentos a Domingo Faustino Sarmiento y al general Carlos de Alvear. 

Georges Clemanceau nos legó sus recuerdos del Centenario cuando visitó Buenos Aires en 1910 y Paul Groussac, a caballo entre los dos siglos sin perder el sabor de su tierra natal, hizo una inmensa obra cultural como lo evocara en excelente biografía Carlos Páez de la Torre. O Victoria Ocampo invitando y recibiendo en su casa a Roger Callois, y así muchos casos más.

Claro que los argentinos también tuvieron su momento en París. En el siglo XIX, Juan Bautista Alberdi, Esteban Echeverría y el mismo Sarmiento abrevaron en esa cultura. Más adelante, escultores como el reconocido Alberto Lagos o pintores como Benito Quinquela Martín, en tiempos del presidente Marcelo T. de Alvear, que había sido embajador en París, fueron auspiciados en el marco de la promoción de figuras destacadas del ámbito cultural. 

Mario Belgrano, destacado historiador, se adentró en la historia del pensamiento de aquellos hombres en nuestra historia con magníficas producciones. Ni qué decir de los artistas cuyo ejemplo más acabado de los años a los que nos referimos fue Carlos Gardel; u otro de la talla de Enrique Cadícamo, cuya pluma era como un árbol del que brotaba poesía, o el mismo Francisco Canaro.

Mucho más cerca, un argentino, mendocino para más datos, José Pons casado, con Jaqueline, una francesa, como dicen sus amigos, bretona, hija de un gobernador de Argelia, unieron sus vidas y la casa ubicada en el domicilio que da título a esta nota ha sido una embajada abierta de la cultura.

Por allí pasaron Atahualpa Yupanqui, Eduardo Falú, Ariel Ramírez, Mercedes Sosa, Astor Piazzolla, María Elena Wash, Ernesto Sábato, Julio Cortázar, Susana Rinaldi, Roberto Goyeneche, Amelita Baltar, Horacio Ferrer, «Cacho» Tirao, Ernesto Baffa, los Quilla Huasi, Jairo, Horacio Salgán y varias decenas más de destacados artistas argentos.

El año próximo se cumple el centenario del nacimiento de Pons, fallecido hace poco más de un lustro. Jacqueline posee un patrimonio único, una colección completa de cartas de esos artistas que revelan no la vida conocida de ellos sino retazos de la vida privada muchas veces desconocida y que hace a la historia del hombre en su cabal dimensión, recuerdos de ellos. Me decía que don Ata, como lo llamaba a Yupanqui, “era adusto y hasta mal llevado”, pero a poco de ganarse su corazón afloraba su exquisita personalidad.

José escribió un libro titulado “Aventuras y triunfos de argentinos en París. Memoria y anecdotario”. El embajador Juan Archibaldo Lanús, diplomático que honró la cancillería argentina y fue un embajador de los valores culturales como pocos, en la introducción de la obra afirmó: “París no era París sin José Pons”; y Horacio Ferrer, el exquisito poeta porteño, apuntó en el prólogo que fue el autor un verdadero embajador de la cultura.

Sólo queda conservar ese tesoro documental, bien mantenido por su legítima propietaria, pero darlo a conocer para saber cómo fue la vida de aquellos hombres que buscaron el triunfo en París y lo consiguieron. 

De aquel pasado que se entronca con la historia del siglo XIX a este de las últimas décadas del siglo XX, es imposible hacer nombres sin cometer imperdonables omisiones, pero así -a vuelo de pájaro- es un auténtico homenaje a la amistad franco-argentina en este día, cuando se recuerda la Revolución francesa, y muy especialmente a ese emblemático edificio de la rue Descartes 16, que algún día merece tener una placa recordando su trascendencia en la vinculación entre ambas patrias.

         Fuente: Roberto L. Elissalde, historiador, vicepresidente de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación, para https://www.gacetamercantil.com

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