El poeta, docente universitario y periodista Alberto Szpunberg, autor de una obra en la que se destacan «Su fuego en la tibieza», «El che amor» y «El libro de Judith», falleció el 13/11/20 en el hospital La Alianza de Barcelona donde estaba internado con un delicado cuadro de salud que se complicó hace unos días a causa del Covid-19. Szpunberg había nacido el 28 de septiembre de 1940 en Buenos Aires, se desempeñó como profesor de Literatura Argentina y director de Literatura y Lenguas Clásicas en la Universidad de Buenos Aires y fue redactor del diario La Opinión, donde dirigió el suplemento cultural entre 1975 y 1976. 

Fue cofundador de la Brigada Masetti, militó en el Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP) y se exilió en El Masnou (Barcelona, España) en mayo de 1977, además fue corresponsal de la Agencia Nueva Nicaragua, en París en 1983 y regresó al país en 1984. Entre 2001 y 2002 dictó clases en la materia «Literatura y Política» en la Universidad Popular de las Madres de Plaza de Mayo. Szpunberg fue distinguido con numerosos premios locales e internacionales por su obra poética en la que se encuentran «Su fuego en la tibieza», «Apuntes» (1987), «La encendida calma» (2002), «Luces que a lo lejos» (2008), «El libro de Judith» (2008) y «Traslados» (2002). Recibió, entre otros, el premio Alcalá de Henares de poesía 1983 por «Su fuego en la tibieza» y en 1993 el Premio Internacional de Poesía Antonio Machado por «Luces que a lo lejos».  
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Para hablar de Alberto tal vez lo mejor sea en primer lugar recordar su breve pero imborrable paso por esta Agencia, cuando allá por el año 2016 junto con nuestro compañero Boris Katunaric le pedimos que se sume a nuestro suplemento de cultura. No creíamos nunca que iba a aceptar con tanto entusiasmo nuestra invitación. Estaba feliz, llamaba a los amigos y a la familia y les decía: “¡Tengo trabajo, volví a ser periodista!”. Así fue que comenzó a escribir sus crónicas bajo el título de “Exilios”. Recuerdo la locura de Boris al acercarme cada uno de esos textos que resultaban reveladores y mágicos para quienes lo teníamos cerca. Conocer la vida de Alberto en cada tramo de esos relatos nos hacía sentir unos privilegiados, herederos de una historia que muy pocos escritores y militantes lograban contar con tanta claridad. Estar cerca de Alberto en esos días nos daba la posibilidad de entrar al universo más íntimo y cotidiano de todos aquellos héroes que, de haber nacido antes, nos hubiera encantado conocer. Era como estar con Paco Urondo, con Haroldo Conti, con Miguel Ángel Bustos, con todos aquellos amigos y compañeros con los que él había atravesado gran parte de su vida. A veces sentíamos que nos estaba convocando otra vez a la lucha (a la lucha en serio, al corazón mismo del EGP). Eso nos permitía también (porque él nos daba esa enorme confianza) preguntarle todo, y por qué no, cuestionarle algunas cosas. Nuestro lugar de reunión era el Bar El Federal en San Telmo a pocas cuadras de su casa, allí podíamos ganar varias horas de charla en la que nos explayábamos bajo el limonero real de Saer, los whiskys buenos y malos, nuestros perdurables u olvidables noviazgos, el cine de Fellini, y por supuesto la lucha armada. Hacía más de un año que nuestro país era brutalmente agredido por el gobierno de Macri, todo parecía que se diluía: los proyectos, el trabajo cotidiano e incluso nuestra capacidad de unir fuerzas y poder dar vuelta la taba. Sentíamos una gran desazón. Sin embargo, junto a Alberto no parábamos de laburar y generar riqueza poética (siempre en el sentido del ámbito editorial o militante, no en el de una prosa ombliguista). Desde la editorial Lamás Médula, donde dirigíamos una colección de poesía junto con Julieta Desmarás, editamos dos libros de Alberto (sus dos últimos libros) ¿Por qué no hay más bien Brócoli? y La habitante del Cometa 67/P, más un audiolibro del concierto que brindó junto a su amigo, el bandoneonista César Stroscio y el Trío Esquina. Esta historia sería imposible escribirla sin mencionar a Ture, director de la editorial, quien me llevó por primera vez a la casa del autor de La Academia de Piatock.

Alberto al mismo tiempo nos pedía y exigía que le enviemos nuestros poemas. No había un solo día en que no preguntara sobre lo que estábamos escribiendo.

Hablo en plural porque fue precisamente Alberto el que nos convocó, nos recibió, nos abrazó, nos hizo a todos y a todas un poco más felices. No concebía la idea de vivir como un poeta ermitaño. Detestaba el malditismo y se alejaba de toda mezquindad. Hacía esfuerzos inconcebibles para llegar a todos los lugares donde lo invitaran. Así fue que un día llegamos los dos a la Villa 31, invitados por el poeta Julián Axat que inauguraba una Biblioteca Popular, pero como no teníamos muy en claro donde quedaba el lugar nos perdimos en el camino y Alberto terminó charlando con los pibes del barrio, y desde luego no se quería ir. Uno de los pibes tenía una gorrita de La Renga, con la estrella de las cinco puntas, y Don Quijote Alberto me advirtió: “este es uno de los míos”. Despertando su inquebrantable pasión por el guevarismo.

En fin, desde esta Agencia hemos tenido el honor de contar con él e incluso le hemos dedicado un dossier.

A principios de este año junto a Judith Said y Lilian Garrido conseguimos publicar (hasta el momento solo en forma virtual) el libro Guardianes de Piatock. Miradas sobre Alberto Szpunberg editado por La Biblioteca Nacional. Contiene muchos poemas de él, todos presentados por distintas personalidades de la cultura, poetas, amigos, militantes.

Pero haciendo un breve repaso de su vida (de forma algo desprolija ya que estoy escribiendo para el suplemento cultural que saldrá mañana) este querido poeta nació un 28 de septiembre de 1940 en la ciudad de Buenos Aires, y publicó más de 10 libros de poesía. La mayoría de ellos están incluidos en el libro Como solo la muerte es pasajera. Siendo muy joven se sumó primero al Ejército Guerrillero del Pueblo, y después fundó con otro compañero la Brigada Masetti, que más adelante sumaría sus filas al PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores). Fue redactor del diario La Opinión, dirigió allí el suplemento cultural. Luego del golpe cívico-militar de 1976 se exilió en la ciudad de El Masnau, en Barcelona. En 1983 fue corresponsal de la Agencia Nueva Nicaragua. En 1994 obtuvo en Francia el premio literario Antonio Machado. Más adelante, ya en el año 2001 fue docente en la Universidad Popular de las Madres, residió aquí en Buenos Aires hasta el año 2017 cuando decidió viajar a Barcelona para visitar a sus hijas y su nieta. Su estado de salud se fue agravando con el paso del tiempo, y no consiguió nunca regresar a nuestra ciudad. Falleció hoy, viernes 13 de noviembre del 2020, allá, del otro lado del océano. Muy lejos de su Bar El Federal y de su whisky nacional y proletario. Lejos de nuestra redacción y nuestra trinchera. Cerca, muy cerca de mis sueños y nuestros anhelos.

Guardo con mucho amor los cuatro volúmenes de la obra completa del Che, que él me regaló. Guardo su dedicatoria con un dibujo en un libro de su autoría, y Lilian me dijo que tiene guardados una bufanda y una boina que él dejó para mí.

A nuestros lectores quiero regalarles un último audio de Alberto donde conversa con Fernanda De Broussais.

 Y para vos Alberto, donde quiera que estés, querido, ya sabés, como dijo el querido Raúl Gonzalez Tuñón:

“Estamos en una encrucijada de caminos que parten, y caminos que vuelven”.

Sus poemas:» La Habitante del Cometa 67/P Churyumov-Gerasimenko»

1.

Todo empezó la noche del 20 del 9 del 69:

desde puntos muy dispares de la estepa,

más que dispares, contradictorios, dialécticos,

los astrónomos Churyúmov y Guerasimenko,

de la Academia de Ciencias de la URSS,

descubrieron un mismo eje de fuego que agitaba

de un extremo a otro un cuerpo celestial.

Éste, restallante en la vastedad del infinito,

apetecible por las noches que evocaba,

se volvió cometa de un reguero de ambiciones,

pasión extrema debidamente controlada

por arengas patrióticas y cósmicas medallas.

2.

Cometa ni siquiera imaginado hasta ese instante,

pasó a llamarse Churyúmov-Guerasimenko,

Churyúmov, por él, y Guerasimenko, por ella,

dicho y dicha de no creerse pero decirse amados.

Dotado de acantilados de 1 km de altura,

el Churyúmov-Guerasimenko entró a girar

en la órbita de los mármoles más exaltados,

obras completas, enciclopedias, mausoleos

y ritual de masas tan doméstico como vasto.

3.

Desde los acantilados del cometa 67/P,

bautizado Churyúmov–Guerasimenko,

es factible lanzarse uno en brazos del otro.

La gravedad es tan nimia, tan irrelevante,

que el aire, con sus palmas, sostiene la caída:

los vientos de octubre son apenas brisas,

en una cadencia ligerísima de extrañas alas,

únicas como ánimas que alguna vez amaron.

Fuente: Miguel Martinez Naón para https://www.agenciapacourondo.com.ar

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