jueves, julio 18, 2024
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El tiempo, según Jorge Luis Borges

El tiempo, como la vida o la muerte, es un hecho esencial y un misterio que desconcierta, ya que sucede sobre nosotros sin darnos tregua. Se repite y avanza sin volver sobre sus pasos. Un minuto dura lo mismo ayer, hoy o mañana.

Isaac Newton planteó hace casi 400 años su famosa Ley de Gravitación Universal, donde describe la interacción entre distintos cuerpos. De esa teoría se conjetura que para el sabio inglés, el tiempo es universal y uniforme. Verbigracia, todos los relojes que imaginariamente coloquemos en el Universo corren hacia el mismo lado y de forma sincronizada.

Conjetura entonces el sabio inglés que hay un continui spatium temporis (continuo espacio del tiempo) y que nos movemos en tres dimensiones, que son a su vez por donde transcurren nuestros actos individuales y las acciones colectivas, conjuntamente con el devenir universal e indetenible. No obstante, añadió Newton, “esta idea surge porque nos movemos a través de distancias cortas y velocidades pequeñas, y nuestros cerebros no están diseñados para pensar que podría ser de otra forma”. En este aspecto, otro genio más cercano a nosotros, Albert Einstein revolucionó el mundo de la física al percibir que existen algunas contradicciones no sólo en el planteamiento de Newton, sino en otras teorías evolucionadas posteriormente como la electromagnética y la propagación de la luz.

Después de plantear su Teoría de la Relatividad, Einstein logró un cambio significativo en la captación del tiempo. Consideró que es relativo y que no puede transcurrir sin el espacio; uno y el otro se encuentran indisolublemente ligados y al complementarse se identifican. Por consiguiente, de acuerdo con la ciencia, debemos medir las distancias tomando en consideración el tiempo que tarda la luz en viajar de un lugar a otro. “Esto ocurre debido a que vivimos en un espacio de tres dimensiones espaciales y una cuarta que las conjuga, el tiempo”.

Acaso impensadamente, pero con una asombrosa capacidad de intuición, Borges es el poeta que se anticipa a varios eslabones de la ciencia. Hasta él había una incomodidad en la interpretación de la cuántica, que no es intuitiva y presenta un problema en la medición del azar, intrínseco a ella. En el arte musical quien mejor combina lirismo con precisión casi científica es Johann Sebastian Bach, que en su ingeniería melódica, logra algo muy similar a un teorema, pero que produce emoción. En un mismo sentido, Borges estremece con su literatura, incorporando lirismo, musicalidad de lenguaje y manejo de la forma para el uso de giros inesperados.

En ciencia es muy normal que un estudioso se quede sin palabras para explicar la alegoría de ciertos conceptos. En uno de sus relatos más conocidos, Borges aventura que “la metafísica es una rama de la literatura fantástica”; por consiguiente, el discurso de la verdad y el de la ficción no serían sino dos caras de una misma moneda. Se puede conjeturar entonces la idea de que la ciencia (discurso metafísico por excelencia) quizá no esté del todo divorciada del arte. Tanto una, con su inteligencia razonada, como el otro, con sus juegos de la imaginación, se complementan y confunden para desarrollar el conocimiento humano -siempre parcial y limitado- un paso más allá.

Muestra de ello es el propio Borges, quien sin saber de física, solo por intuición, anticipó en sus ficciones las modernas teorías de la física cuántica, donde propone un recorrido audaz y personalísimo por este territorio de convergencias que van desde la teoría de la relatividad a la antimateria, de la espiral de Fibonacci a las partículas elementales de Galileo o Einstein, y por supuesto, de Borges a la imaginación de Borges y su precioso lirismo.

Ahora bien, el tiempo no es una cantidad física medible porque no puede ser descrito por un operador lineal que se define en un espacio funcional, como lo proponen los postulados, y eso es lo fundamental para la física cuántica, adherida a una superposición de estados en la que pasado, presente y futuro se funden, y en la que los procesos de causa y efecto se invierten. Es así como el tiempo sigue siendo un concepto escurridizo a pesar de que forma parte íntegra de nuestra vida. Es decir, desde que nacemos hasta que morimos estamos sometidos inexorablemente bajo el influjo del tiempo.

Desde la Física sabemos que forma parte íntegra del tejido espacio temporal, complementado en tres dimensiones. A lo largo del siglo pasado y parte de este, experimentos de diferente índole han puesto al descubierto algunas nociones acerca del tiempo que no siempre suelen encajar en nuestro modelo de pensamiento. En concreto podemos mencionar dos teorías, la relativista y la cuántica, las cuales modifican radicalmente nuestro concepto tradicional del tiempo, a las que podemos agregar algunas propuestas interesantes desarrolladas por parte de algunos científicos, pero la cuestión sigue abierta: el tiempo, en su naturaleza esencial, sigue siendo un enigma.

¿Cómo sería un universo eterno? En una pregunta que Borges se plantea en El libro de la arena, y él mismo se responde al enunciar que “la poesía es el intento de expresar lo inexpresable”. Así como la matemática extiende los límites de la inteligencia para descifrar algunos enigmas del mundo, la poesía avanza sobre los límites del lenguaje. En la ciencia muchas veces transmitir o explicarse a uno mismo lo que el mundo nos está diciendo suele dejarnos sin palabras. En la cuántica es elocuente: usamos el lenguaje de onda para unas cosas, el lenguaje de partículas para otra. Sin embargo, las ecuaciones nos dicen que es una mezcla entre ambas cosas para lo que no tenemos palabras; lo cual significa que hay una limitación del lenguaje. Y para esta travesía no dudamos en proponer a los poetas, que exploran los límites del lenguaje casi como una revelación.

Pero, ¿qué es el tiempo, esa substancia inaprensible que discurre por nuestra vida inexorablemente y no cesa de suceder? Un misterio, casi tan rotundo como nosotros mismos y todo lo que nos rodea; sin duda, el más estremecedor de los enigmas, que acelera o ralentiza sus pasos a su antojo, adquiriendo formas diversas en este lienzo que habitamos llamado Universo. A veces vuela, otras se arrastra, pero siempre pasa riguroso e inexorable. El tiempo está tan vitalmente enredado con el entramado de nuestra existencia, que es difícil concebirlo como una entidad independiente. Pensando en este hecho insoslayable, ¿qué definimos como tiempo?

San Agustín de Hipona se resignó ante él y pudo escribir en sus Confesiones: “Si nadie me lo pregunta, yo sé qué es el tiempo; pero si alguien me pide que se lo diga, no sé”. Lo cierto es que, mientras los científicos han aprovechado el poder del átomo, para descifrar el código genético y demostrar los límites que le corresponden a este, el tiempo parece seguir incólume y provocativo, sin esperanzas de ser resuelto.

Para don Francisco de Quevedo, “el tiempo es un enemigo que nos mata huyendo”, para nuestro Jorge Luis Borges, que lo supo definir de un modo menos trágico que magnífico en su poesía, es el problema esencial de la filosofía: “si supiéramos qué es tiempo, sin duda lo sabríamos todo”. Jugar con el tiempo era uno de sus hábitos predilectos y lo expresó con encantadas palabras en un soneto titulado “James Joyce”:

En un día del hombre están los días

del tiempo, desde aquel inconcebible

día inicial del tiempo, en que un terrible

Dios prefijó los días y agonías

hasta aquel otro en que el ubicuo río

del tiempo terrenal torne a su fuente,

que es lo Eterno, y se apague en el presente,

el futuro, el ayer, lo que ahora es mío.

Entre el alba y la noche está la historia

universal: Desde la noche veo

a mis pies los caminos del hebreo,

Cartago aniquilada, Infierno y Gloria.

Dame, Señor, coraje y alegría

para escalar la cumbre de este día.

Borges lo barajaba y exaltaba con idéntica belleza, a la par que lo minimizaba con pretendido desaliento: “Yo recuerdo más lo que he leído que lo que me ha pasado -se disculpaba con cierta ironía-. Pero claro, una de las cosas más importantes que pueden pasarle a un hombre, es haber leído tal o cual página que lo ha conmovido, y es esta una experiencia no menos intensa que otras”. Destinado a indagar sobre los enigmas que le planteaban sus primeras lecturas, el poeta llegó a descubrir que la literatura, adherida a todas las formas del tiempo, no es solo un juego, sino -como pretendía Gonzalo de Berceo- una “fermosa variación” que le permitía dirimir las otras variaciones de una trama donde nacer, crecer, envejecer y morir, es el único argumento de toda obra original e incomparable. Para Borges, el tiempo era algo más que el simple “número del movimiento según el antes, el después y el todavía”, como lo había definido Aristóteles. Para la física (tanto clásica como moderna) el tiempo es en sí otro plano sobre el que suceden los hechos, a la manera del espacio.

Negar la sucesión temporal, negar el yo, negar el universo astronómico, son desesperaciones aparentes y consuelos secretos. Nuestro destino (a diferencia del infierno de Swedenborg y del infierno de la mitología tibetana) no es espantoso por irreal; es espantoso porque es irreversible y de hierro. El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges”.

Fuente: https://www.elimparcial.es/

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