En un homenaje a Pío Baroja celebrado en el Ateneo Español de México el 7 de diciembre de 1956, León Felipe esbozó un retrato que reflejaba la eterna insatisfacción del autor de El árbol de la ciencia: “Eras un español tímido y orgulloso que maldecías y blasfemabas para que no te descubriesen tu enorme corazón sentimental…”

Baroja nunca incurrió en el patrioterismo huero que exalta la gloria de la España imperial y el latido trágico de la tauromaquia, pero jamás contempló con indiferencia el destino de su país. Amaba a España, pero no le gustaba. Por su falta de interés por la ciencia, por su escaso aprecio por las letras y las artes, por su desidia y apatía, por las tendencias disgregadoras que enfrentaban a las provincias. León Felipe descarta un supuesto nihilismo autocomplaciente y morboso: “no eras un amargado ni un resentido”. Anticlerical y enemigo del tradicionalismo, Baroja flirtea con el anarquismo y asimila las lecciones del regeneracionismo, pero desdeña cualquier programa político y aborrece el gregarismo. Sueña con la modernización de España, pero opina que el caciquismo y la abulia de la sociedad ofrecen una resistencia casi invencible al cambio. Desprecia con idéntica repugnancia a las masas y a los caudillos.

“Eres un elegíaco –prosigue León Felipe-. Un español que tenías una extraña manera de llorar. Sabías que todo estaba roto en España desde hace mucho tiempo y que no había compostura posible… Te enfurruñabas, gritabas, aullabas para que nadie te viese las lágrimas”. Publicada en 1911, El árbol de la ciencia es la novela que mejor refleja el mundo interior de Baroja, impregnado de pesimismo, pero también con una indudable ternura hacia los más vulnerables. Aunque negaba la existencia de la generación del 98, Baroja es el representante más egregio de la actitud vital y estética de un grupo de escritores angustiados por el ser de España y reacios al sensualismo pagano de los modernistas.

Alfonso Reyes también participó en el homenaje a Baroja del Ateneo Español en México. En su alocución, apuntó que “sus ideas eran elementales y sumarias. Su naturaleza, más bien bronca. Cuando atacaba, se tiraba entero como ariete. […] Era honrado, independiente, sobrio, sincero hasta la impertinencia. […] Hacía poco caso de sí mismo, perdido en sus creaciones, y apenas necesitaba de nada ni de nadie. […] Cabalgando su lectura, se va de prisa, y se va en suspenso, como acarreado por el río de la vida”. La lectura de El árbol de la ciencia corrobora esa impresión. Su estilo claro, sencillo, fluido, sin adornos fútiles, pero con un inequívoco compromiso con la belleza que se refleja en las descripciones de Madrid, Valencia y La Mancha, encadena capítulos sin producir sensación de fatiga, dispersión o descuido. Se ha hablado mucho del desaliño de Baroja, pero un examen atento de su prosa revela una sensibilidad depurada y palpitante, que neutraliza sistemáticamente los excesos retóricos mediante la austeridad y la exactitud. En sus Memorias, Baroja aclara: “Para mí no es el ideal del estilo, ni el casticismo, ni el adorno, ni la elocuencia; lo es, en cambio, la claridad, la precisión, la rapidez…”. Azorín señala la existencia de “un resorte interior” en Baroja que regula meticulosamente el arte de narrar. Ese resorte no es algo abstracto, sino una forma de entender el arte y la vida, la creación y la experiencia, la acción y la contemplación. Según Eugenio García de Nora, el estilo de Baroja es “una manifestación honda e insustituible de su personalidad”. Con notable intemperancia, Juan José Domenchina califica la prosa del autor de Zalacaín de “mugrienta y nauseabunda, […] tan coagulada, envilecida y revenida como el mandil de un jifero…”. Más atinadamente, Gonzalo Torrente Ballester afirma que “Baroja es el único escritor español contemporáneo que dispone de una prosa apta para el género novelesco… graciosa, divertida, atrayente”.

Baroja no es un reaccionario, pero tampoco es un liberal ilustrado. No cree en el progreso indefinido y, menos aún, en las utopías. Desde su punto de vista, la historia de la civilización es una sucesión de infamias. El hombre no es bueno por naturaleza, sino ferozmente egoísta. No se trata de una perversión, sino de un mecanismo innato de la biología, que incita a luchar por la subsistencia. El pensamiento de Baroja es una síntesis de las ideas de Kant, Schopenhauer y Nietzsche. Sería absurdo atribuirle la condición de filósofo. Sólo es un escritor que lee desordenadamente, movido por el deseo de comprender la realidad. El árbol de la ciencia es la novela que expresa de forma más completa su visión del mundo. Para Baroja, el ser humano es una anomalía. Su inteligencia le ha permitido sobrevivir, compitiendo con otras especies con una anatomía más poderosa. Su privilegiada mente le ha salvado de muchas catástrofes y ha resuelto en buena medida el problema de la escasez, multiplicando los recursos, pero le ha planteado conflictos inesperados: ¿tiene la vida algún sentido?, ¿es posible la felicidad?, ¿hay algo más allá de la muerte? Baroja asume las tesis de Schopenhauer, nada alentadoras: la vida es una fuerza ciega y sin propósito; la esencia de la vida es el dolor; no hay forma de escapar a la enfermedad, la vejez y la muerte; el hombre sabio debe cultivar la ataraxia, aplacando el deseo y el temor.

En su ensayo Ideas sobre Pío Baroja, Ortega y Gasset sostiene que la felicidad consiste en hallar en la existencia “alguna cosa capaz de absorber nuestra actividad. Si notásemos que algo en el mundo bastaba a henchir el volumen de nuestra energía vital, nos sentiríamos felices y el universo nos parecería justificado”. La ciencia, el arte o el placer a veces proporcionan esa motivación que encauza nuestro quehacer vital, librándonos del tedio y la insatisfacción. No es el caso de Baroja. Andrés Hurtado, el joven médico que protagoniza El árbol de la ciencia, es un inadaptado y un escéptico, casi un dandi abrumado por un irreductible spleen: “si busca el árbol de la Ciencia es, no más, para tumbarse un rato a la sombra –apunta Ortega-. Nihilnihil; el mundo en derredor es un ámbito absolutamente vacío”. Andrés Hurtado resuelve su frustración con la aconitina cristalizada de Duquesnel. Baroja ha preferido escribir una larga serie de novelas, que “se abre como otros tantos bostezos de aburrimiento trascendental ante un mundo donde todo es insuficiente”.

En su artículo “Baroja: Análisis de una irritación”, Carlos Castilla del Pino señala que el autor de La busca no es un nihilista, sino un inconformista: “Para Baroja, el fracaso es la obligada sumisión a la norma social, vigente en un sistema que se le antoja absurdo, mezquino, opresor”. Eso sí, Baroja protesta, pero no se rebela. Al igual que Schopenhauer, descarta cualquier iniciativa política y social. No suscribe ningún credo, salvo la ciencia, pero no pretende convertirla en dogma. Personalmente, sólo busca la serenidad del estoico que ha comprendido la inutilidad de cualquier esfuerzo. La desolación de Andrés Hurtado es infinita; la de Baroja, también, pero sortea las fantasías autodestructivas refugiándose en los placeres sencillos, como la lectura, un buen paseo o una canción. Sin embargo, no hay que engañarse: el mundo siempre será un lugar áspero y no podemos esperar nada de nuestros semejantes. En sus Memorias, cuenta que solía cantar durante sus paseos: “A veces, al pasar por delante de una casa del camino, cantaba más alto, gritaba, quizás con jactancia, queriendo ser escuchado. Alguna ventana se abrirá –pensaba-, y aparecerá un rostro simpático y jovial. No se abría ninguna ventana, no salía nadie; yo insistía cándidamente, y, al insistir, iban brotando de aquí y de allá caras torvas, miradas hostiles, gente en guardia, que apretaba el garrote entre las manos huesudas”. El hombre siempre será un lobo para el hombre. No es una idea original, pero sí una vieja certeza que nadie ha logrado impugnar de forma convincente.  

La filosofía de Schopenhauer ejerció una notable influencia en los escritores del 98. Al igual que las de Nietzsche, sus ideas circulaban por tertulias y ateneos, cuestionando la cosmovisión católica, aún dominante en la España de principios del siglo XX. Schopenhauer dejó una huella profunda en filósofos como Nietzsche, Horkheimer y Wittgenstein. El eco de su pensamiento se escucha en las novelas de Tolstoi, Maupassant, Zola, Anatole France, Kafka y Thomas Mann. Paradójicamente, la primera edición de El mundo como voluntad y representación, aparecida en 1819, pasó casi desapercibida. Muchos de los ejemplares, almacenados durante años, acabaron vendiéndose como papel usado. Schopenhauer niega el dualismo ontológico de la tradición platónico-cristiana. La realidad no se divide en dos esferas cualitativamente distintas. Sólo hay un universo movido por una fuerza ciega, libre e irracional, sin otra finalidad que la duplicación y proliferación de la vida. Schopenhauer llama a esa fuerza “voluntad” y afirma que es insaciable. Con palabras que recuerdan a Heráclito, sostiene que la voluntad es conflicto, desgarramiento, escisión y dolor. El ser humano es el más desdichado de los animales, pues es consciente de ese hecho. “A medida que la conciencia se eleva más y el conocimiento se vuelve más diferenciado –escribe Schopenhauer-, también se acrecienta el tormento, que alcanza en el hombre su grado más alto, tanto más elevado cuanto más inteligente sea; el hombre genial es el que más sufre”. No es casual que Calderón de la Barca afirmara que “el mayor delito del hombre es haber nacido”, y que Shakespeare describiera la vida como un vendaval de “ruido y furia”. Schopenhauer añade que “la vida sólo es una continua lucha por la existencia, con la certidumbre de una derrota final”. La realización de una meta o el cumplimiento de un deseo no desembocan en la felicidad, sino en “la tristeza, el vacío, el aburrimiento”. La vida es un péndulo que oscila entre el dolor y el tedio, la desdicha y el hastío.

Más allá de eso, la humanidad chapotea en la ciénaga del odio y la crueldad. Según Schopenhauer, el hombre es el único animal que hace sufrir a sus semejantes por placer. Como dijo Homero, la ira es más dulce que la miel. La voluntad instiga al ensañamiento con el débil, y a la venganza con quien nos ofende. El trabajo no es una actividad que nos dignifica. Su carga, penosa e ingrata, nos embrutece aún más. Es absurdo buscar consuelo en la historia, pues el devenir de las civilizaciones está dominado por un azar ciego. Hegel agitó una ilusión ficticia al decir que la fuerza directriz de la historia es la racionalidad, pero es falso. No avanzamos hacia lo mejor. En realidad, recaemos una y otra vez en los mismos errores e indignidades. Sólo podemos hallar alivio en la experiencia estética, que nos permite abandonar durante unos instantes el turbio río de la voluntad, pero se trata de una vivencia fugaz. Schopenhauer no es un cínico. Influido por las enseñanzas budistas y cristianas, exalta la compasión y la vida ascética. El amor a los otros no surge de la pretendida dignidad del ser humano, sino de descubrir que comparten con nosotros el mismo destino trágico. La vida ascética no es una forma de expiar los pecados y preservar la virtud, sino de liberarse de la voluntad, que nos hace sufrir, avivando los deseos. Castidad, austeridad y estoicismo. No hay otro horizonte para el hombre clarividente.

Pío Baroja recogió casi todas estas ideas, incorporándolas a su orbe narrativo. No se trata de un proceso meramente intelectual, sino básicamente emocional. El desengaño existencial del autor de César o nada coincidía plenamente con el pesimismo del filósofo alemán. En cambio, le mantuvo alejado del optimismo ilustrado de Kant. Aceptó las tesis de la filosofía trascendental, según la cual el tiempo y el espacio son formas puras a priori de la sensibilidad, pero no le convenció el carácter utópico, pacifista y cosmopolita de la filosofía de la historia del autor de la Crítica de la razón puraBaroja era un anarquista en lo estrictamente vital. No le agradaba la autoridad, sentía una vehemente antipatía por curas y militares, pero admitía la monarquía como un mal menor, pues se había revelado eficaz en el mantenimiento de la paz y el orden. Todos los políticos le parecían farsantes, demagogos. Prefería un gobierno autoritario que mantuviera a raya al ser humano, “un animal dañino, envidioso, cruel, pérfido, lleno de malas pasiones”. Pensaba que la vida realmente era una fuerza ciega e irracional, cuyo objetivo era perpetuarse, lo cual acarreaba la lucha permanente de unos contra otros. Creía que Schopenhauer no se equivocaba: no hay trasmundos ni dioses. La crueldad lo infecta todo. Las pasiones nos destruyen, inculcándonos deseos irracionales que una vez satisfechos, se transforman en desengaño y hastío. El ascetismo y la compasión son las actitudes más dignas en un cosmos gobernado por la injusticia y el azar.

Baroja admite que la vida le inspira “terror, y a veces asco”. Se disculpa, alegando su vida errática: “He andado desmantelado y desamparado, como un perro vagabundo, y mi moral, naturalmente, es un tanto de cínico y vagabundo”. Aventura que sus libros tal vez no son obras de arte, pero “tienen valor de documentos, porque están escritos… sin ninguna tendencia al artificio”. En cualquier caso, han actuado como un bálsamo. La experiencia estética prepara el camino a la ataraxia. La ascesis invocada por Schopenhauer no debe suscitar equívocos. El filósofo alemán era un pequeño burgués, amante de la vida tranquila y sin sobresaltos. Baroja, también. El pesimismo vital y filosófico de ambos no abocaba a la desesperación romántica, sino al malhumor del solitario que presume de su misantropía. Con cierta malicia, podríamos decir que eran dos solterones con un genio endemoniado y una incurable afición al exabrupto.

Andrés Hurtado estudia medicina, admira a los escritores naturalistas y celebra el genio de Espronceda. Huraño, independiente, anticlerical y con idéntica repulsa hacia la aristocracia, la burguesía y la clase trabajadora, “la muerte de su madre le había dejado un gran vacío en el alma y una inclinación a la tristeza”. Su padre y sus hermanos le parecen egoístas, frívolos y mediocres. Sólo su hermano pequeño Luis le inspira afecto y ternura. No estudia por vocación, sino por la necesidad de hacer algo con su vida. Deplora que sus compañeros de facultad vivan como calaveras, sin otra ambición que imitar a don Juan Tenorio. No le produce menos consternación que en Madrid no se aprecie dinamismo, curiosidad ni deseos de cambio. Andrés Hurtado reúne todas las características de los noventayochistas: pesimismo, espíritu crítico, descontento, anhelos reformistas, escepticismo religioso, hostilidad hacia una tradición basada en prejuicios, estoicismo, rechazo hacia un esteticismo huero y sensual. No se conmueve con el flamenco ni con Wagner. Prefiere las melodías sencillas e intimistas. Aficionado a pasear, el Madrid de su época le parece provinciano, polvoriento y aburrido. El catolicismo le repugna, con sus capillas sombrías y sus repelentes supersticiones. En la universidad, sólo encuentra profesores que disimulan su necedad con una solemnidad ridícula. La política no le resulta menos grotesca e inane. Sus decepciones le conducen a “un anarquismo espiritual, basado en la simpatía y la piedad, sin solución práctica ninguna”. La vida le parece carente de sentido. En su opinión, no es más que “una corriente tumultuosa e inconsciente, donde todos los actores representaban una comedia que no entendían”. Tras deambular por cafés, tablados y humildes casas de vecinos, concluye que “la piedad no aparecía por el mundo”.

Se ha acusado a Baroja de misoginia, pero el personaje de Lulú, de la que se enamora Andrés Hurtado, es sumamente complejo y atractivo. No es una muñeca que deslumbre con su belleza. Es “graciosa, pero no bonita”. Tiene “gracia, picardía e ingenio de sobra; pero le faltaba el atractivo principal de una muchacha: la ingenuidad, la frescura, la candidez”. No es mordaz ni vulgar, pero trabaja desde niña y no le ha quedado otra alternativa que endurecerse. Es “una mujer inteligente, cerebral” que se interesa por las cosas. Quiere saber, comprender, entender el mundo. Cuida con afecto a los hijos pequeños de sus vecinos y a una anciana que vive sola en una buhardilla. No es mojigata. No se escandaliza con las flaquezas ajenas, pero no soporta “la doblez, la hipocresía, la mala fe”. Andrés Hurtado se siente muy cómodo en su compañía, pero se muestra reacio a enamorarse. Prefiere mantener con ella una relación de camaradería, exenta de complicaciones sentimentales. De vez en cuando, Andrés visita a su tío Iturrioz, un médico militar jubilado que vive en un quinto piso del barrio de Argüelles, con una hermosa azotea. Al igual que Lulú, Iturrioz es un espíritu limpio y sin malicia, pero con una visión trágica de la existencia. Iturrioz afirma que “la vida es una lucha constante, una cacería cruel en que nos vamos devorando unos a otros. Plantas, microbios, animales”.  

Andrés pasa una temporada en Valencia, acompañando a Luisito, su hermano, gravemente enfermo. Las diferencias entre el paisaje castellano y el levantino le producen una honda impresión: “Pasada la Mancha, fría y yerma, comenzó a templar el aire. Cerca de Játiva salió el sol, un sol amarillo que se derramaba por el campo entibiando el ambiente”. Baroja no realiza piruetas estilísticas tan asombrosas como las de Valle-Inclán, pero su prosa está salpicada de pinceladas impresionistas. Su sensibilidad para el paisaje es una de las notas características de una generación de escritores con una mirada atenta a los matices y los contrastes. La construcción de la propia identidad es indisociable del contacto con el mundo exterior. El paisaje no es una nota de color, sino un ejercicio de introspección. Cuando se produce la muerte de Luisito, Andrés experimentan una disociación que confunde con indiferencia. Lejos de exteriorizar dolor, se ensimisma, aterrado por la impiedad de la naturaleza, cuyas leyes no reparan en los afectos.

Al regresar a Madrid, comienza a visitar con frecuencia a su tío Iturrioz, con el que mantiene intensas discusiones sobre el sentido de la vida. Andrés descarta la existencia de Dios, de una causa primera que sea el origen del universo. Descartado el pensamiento mitológico, sólo queda la ciencia, única y, al mismo tiempo, débil certeza, pues –como enseña Kant- nuestro conocimiento sólo es una representación de la mente humana, que acopia datos mediante la sensibilidad y los procesa con el entendimiento. Kant limita el conocimiento a lo puramente fenoménico, única dimensión accesible a la razón, indicando la existencia de una inasequible zona de penumbra a la que denomina “nóumeno”. Schopenhauer afirma que ha resuelto ese enigma. El “nóumeno” es la voluntad, la fuerza que impulsa la vida. No hay fin ni propósito en la voluntad. Es “una cosa oscura y ciega, potente y jugosa, sin justicia, sin bondad, sin fin”. El cristianismo y el judaísmo hablan de futuros paraísos, pero sólo son ficciones que nacen de la impotencia.

Imbuido en un profundo desaliento, Andrés Hurtado acepta una plaza de médico en Alcolea del Campo, un pueblo manchego. Allí se topa con la España profunda: ignorancia, prejuicios, comida insana, intransigencia católica, rencillas absurdas, puritanismo histérico. Todo parece una ensoñación fatídica. Al anochecer, “el pueblo parecía no tener realidad; se hubiera creído que un soplo de viento lo iba a arrastrar y deshacer como nube de polvo sobre la tierra enardecida y seca”. De noche, “grande, desierto, silencioso, bañado por la suave claridad de la luna, parecía un inmenso sepulcro”. Andrés Hurtado no hace amigos. Todo el mundo le considera hosco y orgulloso. Sin embargo, vive un pequeño romance con la patrona de la casa donde se hospeda, una mujer hermosa, inteligente y desdichada, pues su marido es un bruto.

Alcolea del Campo es un fiel reflejo de la España de la época: falta de sentido social, insolidaridad, enconos fratricidas, fatalismo, ausencia de metas, conformismo, resentimiento, hipocresía. La moral católica oprime las conciencias, lo cual no evita que circulen las novelas y las estampas pornográficas. Andrés Hurtado no aprecia nada hermoso en el trabajo rural, exaltado por tantos poetas y pintores. Al contemplar la vendimia, sólo advierte un esfuerzo penoso y bestial. Finalmente, abandona Alcolea del Campo y vuelve a Madrid, donde los periódicos anuncian la inminente guerra de Cuba. Casi todo el mundo se burla de los estadounidenses, comentando que huirán como conejos. Andrés se encuentra con su tío Iturrioz en la calle y este le comenta que la Armada española carece de recursos para hace frente a Estados Unidos, un coloso militar. Su predicción se cumple, pero la derrota apenas afecta a los españoles. Su patriotismo exaltado se disuelve ante la expectativa de acudir al teatro o los toros. Andrés siente deseos de ametrallar a la multitud y se pregunta cómo es posible que las mujeres aún deseen tener hijos. Piensa que España es un país de chulos y juerguistas con un yo hipertrofiado. Cada vez más antisocial, odia al rico, sin sentir simpatía por el pobre. Logra un empleo como médico de higiene, lo cual agrava su pesimismo, pues visita los barrios más pobres, llenos de burdeles y tascas mugrientas. La policía acepta los sobornos de los proxenetas, garantizando su impunidad. Incapaz de soportarlo, consigue un puesto en La Esperanza, una sociedad médica para personas sin recursos. Asiste a Rafael Villasús, un autor teatral ciego que agoniza en una buhardilla miserable. Su corte de literatos celebra su penuria, asegurando que es el tributo del arte. Baroja hace un retrato despiadado de la bohemia, calificando de majaderos a los artistas que inmolan sus vidas por la quimera de la gloria. La alusión a Valle-Inclán es evidente.

El reencuentro con Lulú cambia la vida de Andrés Hurtado. No sin vacilaciones, se casa con ella y empieza a realizar traducciones de artículos médicos, abandonando las visitas y consultas. Su perspectiva de España sigue siendo amarga: faltan laboratorios y sobran iglesias. Menos sol y más ciencia. Y nada de religión. Andrés vive como un erizo, rehuyendo el contacto social. Cultiva la ataraxia y se considera afortunado con su mujer, pero la fatalidad se ensaña con él. Lulú fallece tras dar a luz a un niño muerto y él se quita la vida, envenenándose. Al observar el cadáver, su tío Iturrioz exclama: “Era un epicúreo, un aristócrata, aunque él no lo creía”. Un médico presente murmura: “Pero había en él algo de precursor”. ¿De qué? De ese espíritu crítico que caracterizó a los noventayochistas, eclipsados por el revisionismo de una crítica literaria que niega su existencia como grupo o generación. Baroja no es un pensador comprometido ni original, pero sí un espíritu ácido y clarificador. En 1910, habló ante los obreros de la Casa del Pueblo de Barcelona, abogando por una revolución, pero no una revolución de carácter violento, sino un cambio de mentalidad que impulsara la ciencia y combatiera los prejuicios. En 1917, reiteró que España debía llevar a cabo una transformación profunda, pues “una sociedad que necesita del cura, del militar, del verdugo, del título nobiliario, de la cárcel y de la horca, es una sociedad primitiva, embrionaria y absurda”. No simpatizaba con el socialismo, pero apreciaba a Pablo Iglesias y soñaba con una España “tolerante, libre y amable”. Algunos opinan que ha pasado la hora de Pío Baroja, pero yo creo que su individualismo radical no ha perdido un ápice de actualidad. Una sociedad siempre necesita a ogros solitarios que aviven la llama de la insatisfacción. Sin ellos, corre el riesgo de adormilarse y caer en la autocomplacencia.

Fuente: Rafael Narbona para https://elcultural.com/
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