Los ellos

Vimos las escenas en la plaza del Congreso artillada, con hombres acorazados y máquinas lanzagranadas, sórdidos motociclos con raras escopetas emergiendo del humo irrespirable. ¿A qué hacían acordar? Entre tantas cosas que retiene la memoria ciudadana, hacían acordar a la sorprendente visión que tienen los resistentes de El Eternauta cuando llegan a ese mismo lugar y ven el poderío lúgubre y ostentoso de los ocupantes. El cuadro expresionista que entonces dibuja Solano López incluye el clásico Monumento, inseparable de la memoria visual de Buenos Aires, junto a extraños bólidos lumínicos, dentro de los cuales actuaban los poderes de ocupación. Eran las fuerzas que tenían que enfrentar esas criaturas salidas de los barrios periféricos de la ciudad. Se encontraban frente a entes equipadas con extraños armamentos; venían de todos los rincones del cosmos. Eran la forma final de todo agresor, de todo dominador.

Solo que los Ellos eran los dominadores de los dominadores. Todo dominado tiene a su vez alguien que lo engendró en el reconocimiento del amo que le dio vida o que lo capturó o que lo protegió para ponerlo a su  servicio. Los Ellos traían el pensamiento general de quebrar la arquitectura económica, moral y cultural de un país. En la Plaza de los Dos Congresos estaba el cuartel general de la invasión, donde los Ellos dirigían a todos los cautivos que, con su servidumbre voluntaria o sus deseos de ser señores a costa de convertirse en instrumento de los propios señores, actuaban para que todo el universo sea un mundo de sometidos. Mientras, en el recinto de Diputados, también estaban quienes también resistían a los emisarios de los Ellos.

Los Ellos eran portadores de un “odio orgánico”. Esta es la expresión con que Oesterheld los había designado. No un odio circunstancial, un trato de la conciencia consigo misma donde en un momento maldice y luego maldice su propia maldición. No, estos Ellos odiaban con organicidad, por eso una estría interna de ese odio los hacía hablar a veces con un tono angélico para hacer ver, cuando correspondía, cómo sabían usar todo su armamento contra la manifestación.  La manifestación estaba compuesta por muchas vetas de la historia argentina. Sacudiéndose de encima los que aun reconociéndolo como “tarea ingrata” se habían puesto al servicio del invasor, los hombres y mujeres de la manifestación eran los que conseguirían devolverle al país su dignidad social, democrática y popular.
Fuente: Horacio González para www.pagia12.com.ar
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