Este último libro del escritor Pablo Urbanyi es una digna adición a su lista de obras. Quien lo haya leído alguna vez sabe que el uso de la palabra “digna” le parecería fuera de lugar, casi perpendicularmente opuesta a sus intenciones.

Entre los relatos que como una serie de viñetas van intercalando hechos mayores con eventos menores –más que viñetas convendría quizás describirlo como esquirlas de una granada que estalló en Hungría en 1939– el lector puede reconocer el romance del autor con la literatura, pero sobretodo con la literatura de la europa bien continental, la poco romanizada, aquella con idiomas exóticos para un latinomaericano. Al poco de leer uno descubre –si ya no lo sabia–  que esto va más allá de una simple preferencia literaria: revela una visión del universo y de valores que se disparan en aquel que en sus primeros años en Hungría fue conocido como Pál; luego Pavel, cuando la Segunda Guerra Mundial convirtió su pueblo en Checoslovaco, y Pablo desde la emigración a Argentina en 1947, donde vivió 31 años. 

La llegada a Canadá, con sus dinámicas poco comprensibles para un latinoamericano y entre cómicas y pérfidas para un europeo del este, acelera su proceso de re-Danubizacion. Si a eso se suma la evolución de la sociedad globalizada hacia un hombre neutro, puede esperarse que no se pueda leer a Urbanyi sin pensar que nos habla desde otro tiempo y otro lugar.

Como muchos de sus autores predilectos el arma preferida en estos textos es la ironía para deshacer la voz impostada de la sociedad (a veces con nombre y apellido) y sin ponerse en ningún momento la mano en la boca, como para decir “quizás esto podría ofender a alguien”. El canadiense en él nunca existió; y eso lo logró viviendo en Ottawa, a walking distance del Parlamento. Quizás, su manera de decir “no se lo tomen personalmente” es comenzar  su libro advirtiendo en el prólogo que “…no faltan (diría que sobran), a las que una persona de las calificadas con sentido común, llamaría maldades, a veces venenosas… si puedo reconocerlas y emitirlas sobre otros, es porque muchas de las mismas, o fragmentos, encontré en mi propia alma”.

Y más advertencias sobre la falta de vacas sagradas se detectan muy poco después con estos dulces recuerdos (segundo párrafo): “…mi madre, mientras me insultaba y denigraba a los gritos con sus castigos con una vara que me hacía sangrar la parte posterior de mis muslos o las rodillas haciéndome arrodillar por horas sobre maíz, logró destruir en mí casi toda autoestima.

Ajustarse los cinturones.

De su pasado en diferentes capas geológicas, Urbanyi ofrece aquí solo su vida en Canadá desde su llegada en 1977 a los 38 años. Las capas más profundas se asoman aquí y allá, recordándonos que el pasado siempre reaparece, mismo si uno le escapa en el espacio y el tiempo.

El relato es una sucesión de viñetas muy variadas, desde recuerdos hilarantes, discusiones literarias, desfile de toda clase de personajes –un bestiario casi, del que ni siquiera falta el autor de estas líneas–, y hasta cameos de personalidades de la literatura pasada y presente.

Aqui pongo un punto y aparte porque el sexo femenino, si bien debería ser parte del listado del parrafo anterior, juega un rol fundamental: desde todas las variedades del erotismo y la amistad, el profundo amor en la pareja, hasta las justas verbales con el movimiento feminista.

Otra gran constante temática del texto –como de su obra en general– es el inequívoco desprecio a la impostura, elemento que aparece en muchas páginas y con muchas caras. Quizás la medalla de oro de la impostura Urbanyi se la otorga al mundo académico, al que ya le ha dedicado su primera novela en suelo canadiense (En ninguna parte, Editorial de Belgrano 1981). La de plata la recibe seguramente el gobierno de Canadá, independientemente del partido que esté en el poder. No es tan fácil detectar quién se lleva la de  bronce –una batalla desigual entre decenas de competidores.

El lector bien pensant que hace estos comentarios –o mejor dicho, el censor que está dentro de este lector– se sensibilizó durante la lectura ante el cruce del autor de varias líneas rojas. Estos cruces van desde el ultraje a los modales, al contrato social contemporáneo en sociedades ilustradas, hasta a las buenas costumbres que nos mantienen en un mundo otro que el que predijo Hobbes. Pero debe reconocer este lector, que su censor nunca lo obligó a detenerse ni a prohibirle que dejara una rendija entre los dedos con los que intentaba taparse los ojos.

Por todo esto, Memorias de fuego y de artificios es un candidato claro al Index Librorum Prohibitorum, o a una pira pública, o a un silencio mancomunado por parte de los damnificados con el ferviente deseo que de esta manera se lo destierre al olvido. 

Cualquiera de estos destinos sería, no obstante, un crimen contra la literatura que nos merecemos. Y un silencio que no necesitamos.    

Fuente: Ramón de Elía para www.ahoraeducacion.com

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