No faltará quien diga que los poetas románticos ya no encajan en los tiempos que vivimos, y que para transitar por el camino de la contundente y menos emotiva que efectista cibernética hay que ser simplemente muy moderno, activo y al mismo tiempo un realista empedernido. Para tales menesteres lo que menos interesa es el buen gusto. Hoy se escribe pésimo, sin tener en cuenta que el arte de la literatura se debe valer de la belleza y del encanto de la palabra. El bestseller no pasa por la calidad del lenguaje y para superar ventas se debe utilizar el recurso de la inmediatez, o del escándalo.

¿Y la poesía? ¿Qué pasa con la poesía? ¿Dónde fue a parar la bendita poesía? Bueno, sigue en su senda de Cenicienta de los géneros literarios; es decir, sigue en lo suyo y nos responde: “¡Bien, gracias, aquí estoy, siempre de pie, diciendo presente, la poesía no se vende porque no se vende” ni compite en el mercado; por otro lado nunca lo hizo. Sin embargo -quién lo discute-, el mundo que vivimos ha cambiado y en muchos aspectos se ha vulgarizado; poco o nada se tienen en cuenta las formas elegantes del lenguaje; aunque, por suerte, la emoción y la nostalgia inherentes a la naturaleza humana siguen firmes, vigorosas y vigentes; en todo caso nuestra nostalgia contemporánea en estas veloces épocas de internet se convierta en una nostalgia de futuro. Todo puede ser y ojalá que así fuera. En fin, nada tan preciso y romántico, como el acudir a tantísimos generosos versos que tenemos a mano para expresar los retazos de una evocación. En este caso, para honrar a un creador, que además fue un gran amigo. Echo mano a las frases de un poema que pertenece al recordado y querido Ulyses Petit de Murat; en tanto que el destinatario de sus sentidas palabras era nada más ni nada menos que el poeta de la prosa Ricardo Güiraldes.

Le saco orilla a mi vida para arrimarla a tu muerte.
Total la vida es la suerte que se da por el retardo
medio haragán de la muerte y yo estoy ya que me ardo
por gritarte fuerte, fuerte ¡bailate un tango, Ricardo!

Ricardo Güiraldes baila y el ángel del recuerdo lo acompaña
se manda una medialuna y un intenso puente macho
rubricando Buenos Aires de arrabal con Pampa y Tango (…)

¡Precioso versos que pertenecen a una composición cuyo título es “Bailate un tango, Ricardo”, que con melodía del maestro Juan D’Arienzo, “el Rey del Compás”, como se lo conoció popularmente, fue musicalizado para un álbum discográfico.

Pues bien, en esta ocasión las estrofas dedicadas a Güiraldes nos dan pie para evocar al querido Ulyses Petit de Murat, otro artífice de la palabra y protagonista múltiple y dinámico de la cultura argentina, que además de poeta fue narrador y dramaturgo, periodista y guionista de cine y televisión, y un esencial evocador de cosas lindas de la noche de Buenos Aires. Ulyses fue todo eso, pero esencialmente era poeta, y qué poeta. Al que se debería recordar por su gran libro Marea de lágrimas, que Borges consideraba una de las obras representativas de la poesía argentina.

En lo personal, diré que tuve el honor y la felicidad de conocer a ese gigantesco Ulyses Petit de Murat y de ser distinguido por su generosa amistad. Él me acompañó en un programa radial de la noche que se emitía por la emisora Municipal y juntos asesoramos a un conocido periodista que incursionó en la televisión durante una larga temporada. Con el mantuvimos, además, muchos diálogos públicos con Borges.

Ahora bien, si todos los géneros literarios provienen de la poesía, como afirmaba Aristóteles, en nuestro aedo está el punto de partida; tanto es así que, como ya señalé, Jorge Luis Borges -junto a Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo- incluyeron su poema Espléndida marea de las lágrimas entre las cinco mejores composiciones poéticas de la literatura argentina. Esto lo afirmaron al publicar una antología de poesía contemporánea en 1941.

Pero ya está debidamente probado, que nuestro admirado Ulyses, fue un titán de nuestra poesía y que quizá esa relación íntima con la palabra fue la que lo llevó luego al oficio de periodista y no a la inversa, porque fue “un poeta del periodismo”. Junto a su amigo “Georgie” (obviamente de Borges se trata, pues así lo llamaba él cariñosamente) dirigió el suplemento cultural del diario Crítica, que se publicaba los días sábados en la Revista Multicolor, y así se fue convirtiendo gradualmente en uno de los grandes escritores y periodistas de nuestro país, con más de sesenta guiones para el cine, desde Prisioneros de la tierra, filmada en 1939, pasando por Los destiladores de naranjas, Los Desterrados Una bofetada, llevadas al cine bajo la dirección de Mario Soffici, hasta La gran tentación y El diablo metió la pata, películas filmadas y en este caso dirigidas por Carlos Rinaldi.

En lo social, nuestro inquieto Ulyses fue miembro fundador e integrante de la primera comisión directiva de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de la Argentina y presidente de la Sociedad Argentina de Escritores y, durante varios períodos, secretario general de la Sociedad General de Autores de la Argentina.

En teatro vale mencionar la obra La novia de arena (1945), que escribió en colaboración con el poeta del tango Homero Manzi, e Yrigoyen, en colaboración con César Tiempo, y junto a otro querido amigo, el director de cine Tulio Demichelli, Un espejo para la santa, y la adaptación de cuatro cuentos de Horacio Quiroga, realizados en colaboración con un hijo de este, llamado Darío Quiroga, e interpretados por el múltiple actor Francisco Petrone. Luego vinieron los éxitos decisivos de Todo un hombre, La guerra gaucha y Su mejor alumno, cuyos guiones realizó también con su gran amigo Homero Manzi, y en colaboración con Raúl González Tuñón, otro enorme poeta, escribió el guion de Con el dedo en el gatillo, y fue autor de Prisioneros de la tierra, otra obra maestra del cine argentino, dirigida también por Mario Soffici.

Agreguemos que casi no hay género que Ulyses Petit de Murat no haya abordado con la misma excelencia que lo hacía en su obra poética. Cooperó con sus brillantes ideas al impulso de la televisión argentina en sus inicios, allá por la década del ’50. Algunos lo criticaron por trabajar como jurado en programas de T.V., cosa que a Ulyses lo divertía, y aceptaba con una sonrisa justificando: “¡De algo hay que vivir, la poesía no da de comer!”. Nada más cierto, los poetas también comen y tienen derecho a ejercer, como cualquier hombre común, los trabajos que le permitan ganarse el pan nuestro de cada día. Por supuesto, esto no hizo que dejara de regalarnos preciosos textos literarios.

Entre los premios y distinciones que recibió Ulyses a lo largo de su vida se encuentran el Premio Municipal de Poesía que le otorgara la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, en 1935; el Trofeo Argentores a la mejor producción de cine por la comedia Al diablo con este cura, en 1967.

También fue un excelente traductor. En colaboración con Borges vertió del inglés a nuestro idioma, la obra de teatro Donde la cruz está hecha, del genial dramaturgo estadounidense Eugene O’Neill, siendo autor, además, de la primera versión castellana de El amante de Lady Chatterley, la novela de D.H. Lawrence. Siempre al pie del cañón, en México, país donde se exilió en épocas del peronismo, conoció íntimamente a O’Neill, de paso por allí y -según contaba- lo acompañó en algunas noches de empedernida bohemia.

No es todo, aparte de trabajar asiduamente en el diario La Nación y Crítica, y en hebdomadarios como El Hogar y El sol, Ulyses se destacó por ser el benjamín del famoso grupo literario Martín Fierro, ese importante movimiento revolucionario de las letras argentinas, que integraban Macedonio Fernández, Oliverio Girondo, Eduardo Mallea, Borges y otras destacadas figuras de la literatura argentina.

En la década del ’30 una enfermedad despiadada, la tuberculosis, lo arrancó de Buenos Aires por un largo tiempo y lo llevó a recluirse en un sanatorio de Ascochinga, en la provincia de Córdoba, en donde escribió su novela El balcón hacia la muerte, por la que obtuvo la más alta recompensa que otorgan las letras argentinas, el Premio Nacional de Literatura.

Como ya señalamos entre 1951 y 1958 estuvo exiliado en México. Durante su estadía en ese país, escribió más de cuarenta guiones de películas para el cine mexicano, algunos para España y otro para Brasil. También dio a la imprenta dos novelas que se publicaron simultáneamente en la Argentina y en México, y estrenó con merecido éxito en la ciudad azteca una versión de Edipo Rey, de Sófocles.

Reconocido internacionalmente, Ulyses participó como invitado de distintos Festivales de Cine que se realizan en el mundo; tales como el Decimotercer Festival Internacional de Cannes de 1960, en el que compartió junto con George Simenon y Henry Miller, el honor de ser jurado de las películas de largometraje; lo hizo además en Checoslovaquia y en Moscú, y fue dos veces Presidente del Gran Jurado del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.

Nuestro entrañable amigo nació en Buenos Aires el 28 de enero de 1907 y falleció de golpe, cuando el corazón le jugó una mala pasada, una medianoche del 19 de agosto de 1983. Tenía 76 años y parecía inmortal. Un hecho artístico y acaso fundacional que llevó a cabo ni bien empezó a publicar fue el de cambiar la grafía de su propio nombre. En lugar de Ulises, como fue bautizado, lo modificó por Ulyses, con la otra i, la griega, tal vez motivado por razones menos profundas que el mero hecho de querer diferenciarse de su padre, como me explicó en una oportunidad.

Como corresponde, concluyo mi homenaje al poeta Ulyses Petit de Murat con los versos de uno de sus más conmovedores poemas, “Martha King”, perteneciente al libro Rostros, publicado en 1931:

Fue por el tiempo en que se aprende

que sobre el mundo todas las cosas están enseñadas

y el Misterio es solamente uno

que también alguna vez será revelado (…)

Yo era dócil a tu amor limpio, sin melodramas,

sin juramento inútiles, sin oscuros sentimentalismos.

De una vez cedí a los ángeles que te convocaban

entristecida y frágil,

en la altas noches de nuestro barrio, perdido

de toda otra cosa que no fuera

la prolija mano de Dios. Queríamos solamente

ser olvidados, olvidados (…)

Fuente: https://www.elimparcial.es/noticia/243923/opinion/ulyses-petit-de-murat-poeta-de-la-vida-y-de-la-poesia.html

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