“Las maestras de EE.UU. fueron atravesadas por la historia argentina”: Laura Ramos reconstruye vida y andanzas de las 70 pedagogas estadounidenses que dieron clase aquí entre 1869 y 1898 e impulsaron la modernidad que Sarmiento soñó.

Eran solteras y “de aspecto atractivo, maestras normales, jóvenes pero con experiencia docente, de buena familia, conducta y morales irreprochables y, en lo posible, entusiastas y que hicieran gimnasia’”. Las “maestras de Sarmiento” fueron, a lo largo del siglo XX, un magma uniforme de presencias femeninas que quedaron en la historia nacional como una marca amorosa y fundante: se sabía de ellas que eran intrépidas y grandes pedagogas, se conservaban sus nombres en escuelas y bibliotecas, algunos retratos… y poco más. En ese universo de pioneras que delinearon la educación argentina moderna se sumergió la escritora Laura Ramos para trazar una cartografía de identidades magnéticas y un recorrido de aventuras por las regiones de un país por entonces convulso y peligroso. El resultado es Las señoritas: Historia de las maestras estadounidenses que Sarmiento trajo a la Argentina en el siglo XIX (Taurus), que acaba de ser publicado y que confirma, por si hiciera falta, el talento de la singular ensayista tras el magnífico Infernales. La hermandad Brontë: Charlotte, Emily, Anne y Branwell, que parecía difícil de superar.

En verdad, la idea de trasplantar la educación cosmopolita bostoniana a la Argentina no fue de Domingo Faustino Sarmiento sino de Mary Peabody Mann, una maestra y escritora norteamericana, viuda del educador y filósofo Horace Mann, y gran valedora del sanjuanino en este proyecto de modernizar el país desde las aulas. “En una carta de abril de 1866 Sarmiento comunicaba a Mary Mann las condiciones que había acordado con el gobierno argentino: contratos por dos o tres años; las maestras podrían abrir cursos públicos o clases particulares además de sus cargos en las escuelas; los salarios oscilarían entre cien y ciento noventa pesos oro o pesos fuertes para directoras o docentes avanzadas; se crearían escuelas normales y también escuelas primarias llamadas modelo o de aplicación para que los aspirantes a maestros hicieran sus prácticas”, recupera Laura Ramos.

La identidad de aquellas mujeres, su historia de vida, las alternativas del viaje y su actuación en la Argentina es una trama apasionante que Ramos compone en Las señoritas. “Muchas cumplieron los contratos de dos o tres años y regresaron a su país; otras se afincaron en la Argentina, casadas o no; dos de ellas se establecieron como pareja en la provincia de Mendoza durante cincuenta y tres años; ninguna se casó con un argentino”, anticipa. Y para detenerse en esas historias, Ramos se dispone a responder las preguntas de Ñ a través de un mail que escribe desde el estudio que alquiló en medio de la pandemia: un ambiente amplio, recorrido por ventanas y en el que convive, por supuesto, con los libros en los que está trabajando, “las novelas de escritoras inglesas del siglo XX que me apasionan, y mis chocolates amargos. Aquí escribo feliz y ensimismada, que para mí son sinónimos”, comparte.

–Los primeros materiales aparecieron cuando acababas de terminar Infernales. ¿Qué es lo que encontraste exactamente?

–Encontré las cartas que las maestras enviaban a sus familias y varios diarios íntimos. Ellas eran muchachas de 22, 25 o 30 años que escribían a los suyos con absoluta sinceridad, hablando libremente de Sarmiento, de los políticos provinciales, de las arañas y las pulgas que encontraban en los hoteles. De inmediato quise escribir sobre ellas. Pero era tanto el material que leía, que tuvieron que pasar muchos meses hasta que pude empezar a desglosarlo, organizarlo, dividirlo y armar una estructura. A fines de 2018, me alquilé un estudio por un mes y me fui de mi casa. Imprimí todo el material que tenía y lo distribuí en el piso del departamento, en pilas. Cada pila era una maestra. Y empecé a escribir con marcadores fucsias y turquesas en la primera hoja de las pilas más interesantes detalles para identificarlas: “monos y loros”, puse en una; “abuela de Borges”, en otra; “cruzó los Andes en mula”, apunté en otra; “recibió a los soldados”, en otra. Y así fui privilegiando las que más me interesaban y relacionándolas unas con otras. Florence Atkinson, la más joven de las maestras, que además escribió dos diarios íntimos formidables, en sus cartas a la familia cuenta la vida en la provincia de San Juan, los bailes, los coqueteos, las becas de las sobrinas de Sarmiento, las intenciones políticas de Sarmiento, las revueltas de las montoneras, los asesinatos, y también los baños que se daban en una olla cercana, cómo se vestían para esos baños, cómo nadaban, dónde se bañaban las mujeres y dónde los hombres: Florence cuenta la historia argentina minúscula, doméstica, con una pluma graciosa, llena de bromas e ironías, adorable. Las maestras también cuentan, en sus cartas, los viajes en transatlántico desde Nueva York a Liverpool y desde allí a Buenos Aires. También los viajes en diligencia hasta el interior del país, a veces en tren, a veces en carros. Viajes interminables de una, dos o tres semanas, en los que a veces no había postas donde dormir o comer. Debían llevar las viandas por anticipado, pero algunas no sabían esto y debieron contentarse con lo que les convidaban sus compañeros de diligencia. Entonces, me fascinaba que fuera un material tan valioso que nunca había sido visto, fuera de sus círculos familiares. Sentía que tenía fuego en mis manos. Me fascinó enterarme de la vida de las hermanas y las sobrinas de Sarmiento, de la existencia de la abuela inglesa de Borges, Fanny Haslam de Borges, dando pensión a las maestras en su casa. También descubrí que una de las maestras sarmientinas murió de sífilis en Buenos Aires, y que este dato fue ocultado para no desprestigiar a Sarmiento. Lo descubrí indagando en el certificado de defunción, que pedí al cementerio de la Recoleta. Había leído que la maestra padecía una “afección nerviosa” y me pareció extraño. Estos son algunos hallazgos, entre otros que me quitaban el aliento mientras investigaba.

Sarah Atkinson alrededor de 1883, cuando viajó a la Argentina con veintidós años.

Sarah Atkinson alrededor de 1883, cuando viajó a la Argentina con veintidós años.

–¿Cómo fue el proceso de búsqueda del título y de concepción de la tapa en el que participaste?

–Desde luego, Las señoritas alude también a la condición de soltería en la mujer, en contraposición al mal visto y vilipendiado solterona. La solterona nunca es bien vista en la literatura; suele ser objeto de burla, de especulaciones y elucubraciones sexuales y de temperamento. Me fascina el tópico de la solterona. Cuando investigué la biografía de los hermanos Brontë, me encontré a una tía soltera, que eligió quedarse soltera, supongo yo, para eludir los peligros mortales de la maternidad y también el riesgo de quedar bajo el dominio de un hombre eventualmente despótico. En estas mujeres hay un modelo de mujer soltera, independiente y plena, que se arma un mundo propio sin necesidad de casarse; me interesa ese modelo. Muchas de las maestras eligieron quedarse solteras, y vivir y morir en la Argentina. Una noche en que charlábamos con la una amiga, la escritora Liliana Viola, recorriendo las calles del Normal 1 (donde una de las maestras, Emma Caprile, enfrentó a los insurrectos de 1880, que le pidieron el Normal 1 como cuartel y ella se los negó), le conté esta historia y ella dijo “las señoritas”. Quedé flechada al instante. En cuanto a la tapa, soñaba desde hacía meses con el perfil o la figura de una de las maestras con alguno de los cuadros de Cándido López sobre la guerra del Paraguay; Mi hijo cuando era chico dibujaba batallas imaginarias en el mismo formato que Cándido, porque le encantaba Cándido: él perdió su mano derecha en la batalla de Curupaytí, la misma en la que murió el joven hijo de Sarmiento, Dominguito, la misma que los paraguayos ganaron con inteligencia y astucia. Yo leí la trilogía sobre la guerra del Paraguay de Manuel Gálvez cuando era chica, crecí con la figura heroica de Francisco Solano Lopez como parte del panteón de héroes familiares. Cuando llega la primera maestra a la Argentina, en 1870, la guerra de la Triple Alianza todavía continuaba. Yo deseaba poner a Cándido en la tapa, y el cuadro “La batalla de Curupaytí” tenía todos estos significados. La artista Guillermina Baiguera, en una de sus tantas pruebas y mientras estaba haciendo la ilustración de tapa, colocó la figura de la maestra como una máscara transparente sobre el cuadro, y pensó que esa transparencia era un error, pero le gustó. Y a mí me encantó. La figura sintetiza la idea central del libro: estas maestras fueron atravesadas por la historia argentina, por las batallas, por las circunstancias, por el paludismo. Me emociona ver esa imagen. Siento que la historia argentina, la geografía argentina, la fauna, los mosquitos que trajeron la fiebre amarilla desde la Guerra de la Triple Alianza, las atravesó, las cambió para siempre. Mary Graham daba clases con un mono sentado en su hombro, Isabel King murió en Concepción del Uruguay pidiendo que la enterraran en Goya, Corrientes, y su cuerpo fue llevado en andas, con antorchas, por las calles de Goya. Ellas se dejaron argentinizar de algún modo. Si la Argentina no se norteamericanizó, como soñaba Sarmiento, ellas se argentinizaron. Fue un proceso inverso.

–¿Documentaste la historia de vida de todas las maestras?

–Documenté travesía e historia de vida de las 61 maestras, con más cantidad o menos cantidad de material, pero está la data biográfica de todas (al final del libro). No me quedé con ganas de contar más historias porque atrás de las historias de las protagonistas, que serán una diez o doce, hay en el libro una segunda y una tercera línea de historias, mechadas con las de las protagonistas, en las que cuento las vidas de estas otras maestras, actrices de reparto en esta película de sus vidas. El criterio de selección fue encontrar en primer lugar a las grandes pedagogas, que innovaron y dieron vuelta la educación argentina: esas que lograron desterrar la costumbre de que las niñas fueran a la escuela con las “sirvientas” caminando atrás, cargando con sus libros; esas que, como Mary Graham, la gran maestra de San Juan, decía: “Yo no les pongo celadoras; las celadoras son para los hipócritas, para los mentirosos”, la que daba clases con el mono trepado en sus hombros, que era acusada de sus “aires varoniles”, a la que una madre gritó “gringa bruta” porque le había puesto una baja nota a su hija. También elegí a las más aventureras, las que cruzaron los Andes en mula y caminando, como Florence Atkinson y su hermana Sarah. Sarah Atkinson, por influencia de Mary Graham, se convirtió en una militante sufragista al volver a Estados Unidos. Elegí a aventureras como miss Juanita Stevens, que enseñaba en Jujuy carpintería y lectoescritura a las presas del Buen Pastor, que se llevó un loro que hablaba español y dos monos a Estados Unidos, y volvió a Jujuy para vivir y morir aquí, porque le gustaba más el español que el inglés. Y elegí las historias más trágicas, como la de Addie Stearns, cuyo cadáver esperó tres días y tres noches en la puerta del cementerio de Paraná por ser protestante, y tuvo que ser enterrada afuera. Su cadáver fue custodiado por su marido, que con un rifle y un fuego encendido ahuyentó a las fieras salvajes, atraídas por el olor. Y por último, elegí las historias de amor, que son muchas, algunas trágicas.

–¿Cómo define Sarmiento el «estilo de maestra» deseable para la Argentina?

–Sarmiento estaba fascinado con el tipo de nueva mujer estadounidense que encarnaba Mary Mann: una mujer culta, enérgica, que tiene “por casa el tren” y que puede lograr todo lo que se proponga. Es el tipo de mujer que retrata Henry James en Las bostonianas, las que serán las mujeres sufragistas, luego feministas. El prototipo de la nueva mujer. Él quería que las mujeres argentinas se reflejaran en ese ideal. Y de hecho Juana Manso, su gran aliada en Buenos Aires, responde a ese tipo, aunque es más grande, más madura. Pero él necesitaba un tipo de mujer muy valiente para que se animara a ir al Interior, envuelto en las guerras civiles, y que montara escuelas en la selva, en el litoral o en ciudades hostiles a su protestantismo, como Córdoba. Era un ideal protofeminista.

–Ese perfil no tenía nada que ver con la concepción social de lo femenino que imperaba en la Argentina. ¿Cómo fueron recibidas estas mujeres con estilos de vida e incluso vestuarios tan distintos?

–Ellas llamaban la atención por sus ropas modernas y sus modales desenvueltos. Sus faldas, que dejaban ver los tobillos, eran vistas como muy cortas en Buenos Aires y en el interior. Sus melenas cortadas también eran inusuales. La historiadora Sara Figueroa atestigua el asombro que causaban. Sus costumbres liberales eran una novedad. Los protocolos entre las señoritas argentinas consideradas de buena familia eran bastante estrictos: no podían hablar con los jóvenes excepto en bailes, no podían visitarse en los palcos de los teatros, no podían salir solas, y ellas rompían permanentemente estas convenciones, por ignorarlas. En Córdoba las maestras causaron escándalo, por estas y otras causas. Fundamentalmente religiosas.

–De alguna manera, la experiencia pedagógica de cada una de estas mujeres en la Argentina se enlaza con el momento político del país. ¿Cuál te parece más reveladora o conmovedora?

–Pienso que Emma Caprile, en un castellano que casi ignoraba, haciendo frente a los insurrectos de 1880 tuvo una actuación ciertamente heroica. Esas tropas las formaban jóvenes de la clase privilegiada de la Argentina, la juventud dorada, no eran soldados humildes. Le pidieron varias veces usar el Normal 1, primero como hospital y luego como cuartel. Ella va anotando en su diario los progresos y los avances de los insurrectos, y ordena a las alumnas que hagan vendas para los heridos. Ella misma había regenteado la escuela en una finca prestada por el escritor Eugenio Cambaceres en Barracas, antes de hacerse el nuevo edificio de la avenida Córdoba: había fundado la escuela sin agua corriente, ni siquiera aulas, con un solo profesor, y llevó adelante la escuela prácticamente ella sola. Ella misma dibujó los planos, que presentaría a Bustillo, el gran arquitecto, de la nueva escuela que ahora ocupa una manzana. Pero esta nueva escuela también estaba rodeada de terrenos vacíos, era una zona nueva que ella estaba colonizando, fue una gran pionera. Escribió libros de texto, porque no había en ese momento libros en castellano. La Argentina era una nación en construcción en un sentido literal, no metafórico.

–Cuando llegaban a la Argentinas, las maestras eran recibidas por una comunidad angloparlante. ¿Quiénes eran esas personas?

–Esa comunidad anglosajona fue determinante en las cuatro primeras maestras que llegaron: Mary Gorman se enamoró de un joven, en el barco que la trajo, que era sobrino de una de las familias más influyentes extranjeras. Pero esa influencia (que determinó que esas cuatro maestras no fueran a San Juan) ya no existió más en las dos grandes camadas de maestras que llegaron en 1883. Sarmiento las encaminó directamente desde Buenos Aires a Paraná, donde aprendieron el idioma durante cuatro meses, sin casi pasar por Buenos Aires. Estaban muy relacionadas entre sí, por lazos de parentesco, había muchas hermanas y primas, y también amigas: 23 de ellas vinieron de la escuela de Winona. O sea que, como en una novela de Balzac, casi todas están relacionadas entre sí: cada capítulo del libro vuelve a una u otra todo el tiempo. Esas familias angloparlantes eran comunidades cerradas, que no se vinculaban con los argentinos, al menos durante esa generación. Ellas se casaron con canadienses, ingleses, estadounidenses.

–¿Cómo diste con la abuela de Borges, aquella que entrevé a la cautiva inglesa aclimatada a la vida en las tolderías?

–La abuela de Borges apareció en el diario íntimo de la prima de las dos hermanas Allyn. En el diario íntimo de otra maestra me encontré con que Fanny Haslam daba pensión, en casa de su hermana, a las maestras de Paraná. Fanny y las maestras eran amigas, se reunían los domingos a cantar, tomaban el té, y mantuvieron su amistad hasta que Fanny, años después, se mudó a Buenos Aires, donde las siguió hospedando. Todo el tiempo, mientras descubría estos hechos históricos, me sentía una especie de impostora, porque yo no soy historiadora, soy periodista y escritora. De alguna manera: ¿no estaba arrebatando a los historiadores estos hallazgos? ¿Pero acaso le interesaría a los historiadores descubrir minucias tales como a la profesora de piano de Victoria Ocampo enseñando a la hija adoptiva de una maestra sarmientina? Una minucia así (el solo hecho de leer el nombre Berta Krauss y luego confirmar que se trataba de la misma profesora) me conmovió al punto de sentir ese escalofrío en la columna vertebral al que aludía Nabokov cuando leía un párrafo magnífico. No, no creo que me haya introducido en el ámbito de la Historia. En tal caso, en el de la chismografía, en el del rumor, en el sentido que le daba Ulises Carrión, como género accidentado e incompleto que con su textura muy fina y escurridiza escapa al sentido unitario de la Historia. La excitación tremenda que me conmovía cuando iba descubriendo estos pequeños hechos, minúsculos pero aún así verdaderos y desconocidos, era tan fuerte como si estuviera experimentando yo misma aventuras increíbles.

–Hay una historia singular, la que protagonizan Mary Olive Morse y Margaret Collord en Mendoza. ¿De qué manera pudiste documentar la relación de pareja entre ellas?

–Pude documentarla porque encontré, en Mendoza, a la bisnieta de los administradores de la finca que tenían ellas. Su mamá, la nieta de los administradores daneses, había vivido junto a las dos maestras, las había conocido y una vez, al ver las dos tazas y los dos platitos que ellas usaban, que eran iguales entre sí, diferentes a las otras vajillas, comprendió de golpe que eran una pareja, algo que todo el pueblo sabía pero que a ella, que era una niña de 10 años, nadie le había dicho. Lo corroboró cuando, al morir las dos, vino el hermano de una de ellas y quemó en una gran hoguera todas las cartas y libros de ellas, lleno de rabia. Esa rabia confirmó la oposición de la familia al hecho de que fueran una pareja.

–¿Qué aspectos de la educación argentina actual pensás que siguen exhibiendo algún tipo de huella o de herencia de aquellas mujeres?

–El modelo de maestra normal actual, esa mujer recta, honesta, insobornable, culta, independiente, es el modelo en el que se reflejan estas mujeres estadounidenses. No sé en qué medida aquellas influyeron en estas, pero unas son espejo de las otras. La eliminación de los castigos corporales, la eliminación de la memorización, el concepto de que cada niño es un individuo con sus particularidades que hay que ayudar a desarrollar, es parte de la teoría de Pestalozzi que trajeron aquellas maestras. Ese es el tipo de educación que se sigue implementando hoy en los colegios.

Las señoritas, de Laura Ramos.

Fuente: www.clarin.com

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