Publican un texto póstumo de Osvaldo Lamborghini: «La causa justa». Por primera se edita de manera independiente este relato, atravesado por el sexo, la violencia y la política. Había sido publicado originalmente en una revista en 1985, poco tiempo después de la muerte del autor de El fiord. 

La causa justa, uno de los textos últimos de Osvaldo Lamborghini que vuelve a circular ahora en una nueva edición, aparece como un libro que desvaría y naufraga por las aguas literarias a las que el escritor tiene acostumbrados a los lectores a partir de una trama de sexo, violencia y política que lleva a decir a César Aira del relato y del autor: «No es fácil acertar con el motivo. Podría pensarse en el exilio, en la urgencia por dar a conocer este nuevo estadio, maduro y conmovedor, de su visión de la Argentina».
Este relato póstumo del autor del cuento «El niño proletario» y de la novela El fiord, que ahora publica Mansalva, tiene un recorrido particular sobre el que el escritor y psicoanalista Germán García, autor de «Naninna» y «Miserere», aportó datos claves en su libro «Fuego amigo Cuando escribí sobre Osvaldo Lamborghini».
Meses antes de morir de un paro cardíaco en Barcelona, el 18 de diciembre de 1985, terminó de escribir «La causa justa» y García (1944-2018), estando en Barcelona y antes de volver a Buenos Aires, lo fue a visitar; Lamborghini había cumplido el 12 de abril 45 años y se habían distanciado un tiempo antes.
García explicó: «Tuve la certeza de que no viviría demasiado. En pijama, sentado en el piso frente a las líneas ciegas de un televisor mal sintonizado, me mostró unos dibujos con anotaciones manuscritas.» Ese texto era «La causa justa».
El psicoanalista lo leyó en el avión, encontró lo mejor de Witold Gombrowicz en ese relato y se entusiasmó tanto como con la lectura de El fiord, el primer libro de Lamborghini y que García consiguió que el editor Carlos Marcucci publicara en 1969. «Al llegar a Buenos Aires hice publicar ‘La causa justa’ en la revista de literatura ‘El innombrable'», relata. García se lo entrega a uno de los cinco directores de la revista, Sergio Rondán y en el número 2 (y último) de octubre de 1986 aparece por primera vez.
Luego el relato aparece en las ediciones Del Serbal en 1988, en una recopilación que hace César Aira, con la autorización de Hanna Muck, la última esposa del escritor, y en las ediciones más recientes de Random House. Esta es la primera edición como texto independiente.
El relato comienza con una deriva de sucesos que inician con un linotipista erudito, con las nociones en juego de leer y subrayar, con un debate sobre el culón y el nalgudo, continua con un partido de futbol entre casados y solteros hasta que en una pelea con trompadas que había empezado con manifestaciones de amistad homosexual, aparece el señor Tokuro, un japonés fanático de la verdad, ingeniero electrónico, demasiado impasible y muy tímido.
El relato ha sido representado en el teatro con dramaturgia de Mariel Bignasco y haciendo eje en dos frases: «Tokuro siempre estuvo solo desde que llegó a Gran Llanura de los Chistes» y «Una llanura de muertos y chistes» para resaltar esa imagen como metáfora de la Argentina.
«La causa justa», como el resto de la obra de Lamborghini, aborda los temas sin filtro. Con palabras e imágenes descarnadas, que le llegan al lector a las tripas. Un escritor que se lee con el estómago, pero que hace reflexionar sobre temas que siempre están ocultos en lo cotidiano, aquello de lo que no se habla. Una poética escondida, lo que Marechal llamó «la perfecta bola de mierda» (pensando en la perfección de la esfera sin pelusa como se define un cuento).
Este texto, junto a los relatos «Las hijas de Hegel», «El Pibe Barulo» y «El Cloaca Iván», conforman la obra póstuma del escritor. Aira en el prólogo de la edición de 1988 señala: «En estos últimos años la leyenda ha hecho de Osvaldo un ‘maldito’, pero las bases reales no van más allá de cierta irregularidad en sus costumbres, la más grave de las cuales fue apenas la frecuencia en el cambio de domicilio. Para unas normas muy estrictas pudo haber sido un marginal, pero nunca, de ninguna manera, el esperpéntico fantasmón que un lector crédulo podría deducir».
Este dato que cuenta Aira es significativo. Lamborghini pasó su infancia en el barrio porteño de Villa del Parque. Luego en su adolescencia vivió en Necochea y su juventud en Ciudadela, Castelar, Don Torcuato. Entre 1968 y 1975 vivió en distintos barrios de Buenos Aires. Entre 1975 y 1978 en Mar del Plata, ciudad que hasta 1981 alternó con Buenos Aires. En 1981 se trasladó a Pringles. Volvió a Buenos Aires, a Mar del Plata y en noviembre de 1981 viajó a Barcelona. Volvió a los seis meses, enfermo. Se trasladó a Mar del Plata nuevamente y a fines de 1982 viajó ya definitivamente a Barcelona.
Aira explica que Lamborghini era «un señor apuesto, atildado, de modales aristocráticos, algo altivo pero también muy afable. Su conversación deslumbraba invariablemente. Nadie que lo hubiera tratado -así fuera unos pocos minutos- dejaba de recordar, para siempre, alguna ironía, una réplica perfecta, un retrato de insuperable acuñación; no sólo en eso se parecía a Borges: tenía algo de caballero anticuado, con ángulos un tanto ladinos, de gaucho, cubiertos por una severa cortesía», compara Aira.
Más adelante refuerza esta idea: «lo había leído todo, y su inteligencia era maravillosa, dominadora. Fue venerado por sus amigos, amado (con una constancia que ya parece no existir) por las mujeres, y respetado en general como el más grande escritor argentino. Vivió rodeado de admiración, cariño, respeto, y buenos libros, que fueron una de las cosas que nunca le faltaron. No fue objeto de repudios ni de exclusiones; simplemente se mantuvo al margen de la cultura oficial, con lo que no perdió gran cosa».
En este libro aparece sin dudas el último Lamborghini, el más auténtico. Con su poética a pleno, lúcida, llena de humor y crueldad. El peronismo y el proletariado siempre presentes, desde el fútbol en la fábrica metalúrgica hasta detalles particulares de los personajes. Solo un japonés, como Tokuro, el personaje de «La causa justa», perdido en nuestra llanura y en nuestra lengua, podría poner en discusión el placer de su lectura.

Fuente: Carlos Aletto para www.pagina12.com.ar

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