El filósofo Diego Tatián despide a Horacio González, el ser que tejió una red de amigos y amigas en todas las ciudades o pueblos del país, en el «interior». Tatián destaca que en torno a ese término, que contiene una fuerte carga peyorativa, la curiosidad viva de Horacio González por lo que sucede lejos, más allá de la propia ciudad, de la universidad, del circuito cultural de Buenos Aires, es lo que atesora -en su interior- una palabra que Horacio quería mucho, para él cargada de enigma y de promesa: La palabra Argentina.

Horacio González era permanentemente invitado a dar charlas a todos los lugares del país. No solo a ciudades importantes como Mendoza, Rosario o Tucumán, sino también a sitios recónditos donde un grupo de personas se juntaba en algún bar o en una biblioteca pública a hablar de literatura o a discutir sobre política. Creo que las invitaciones a estos lugares eran las que más lo motivaban. Hay dispersos cientos de textos y entrevistas suyos -perlas increíbles, que no repetía en ningún otro lado- en revistas, fanzines, compilaciones, desplegables, prólogos de libro o periódicos del así llamado “interior”. Nos toca un amoroso trabajo de hallazgos por delante. La palabra de Horacio incorporaba el azar, lo imprevisto, la coyuntura, un situacionismo macedoniano y una atención plena por el interlocutor y la historia del lugar en el que estaba.

Maravillados por su vitalismo, por su ejercicio de un inacabable potlatch intelectual y existencial, sus amigos y amigas conocen bien esa disponibilidad suya para viajar ocho o nueve horas en un colectivo -que podía partir de Retiro a las dos de la mañana, alguna fría madrugada de julio- para llegar a algunos de esos parajes donde un grupo desconocido de personas quería escucharlo. Pero no solo iba porque había quienes querían escucharlo, sino porque él quería escuchar, leer lo que allí se escribía, conocer lo que se pensaba, de qué se hablaba. Horacio leía todo lo que le daban, todo lo que le llegaba. En su biblioteca he visto decenas de libros en ediciones de autor, que le hacían llegar escritores y escritoras de muchas provincias.

Tal vez sin proponérselo, durante los muchos años de hacer eso -ir a donde lo invitaban, aunque fuera lejos, sobre todo si era lejos, convocado por personas que simplemente le manifestaban su interés por las ideas, por la historia, por la política-, Horacio tejió una red. Una red de amigos y de amigas de todas las ciudades o pueblos del país, donde el nombre de Horacio hacía de santo y seña. Nombrarlo era fundar una inmediata complicidad intelectual con quien se acababa de conocer, y a veces una amistad. Y así quedamos, amigos, amigas, gracias a él.

El término “interior” arrastra una carga peyorativa (no han faltado periódicos llamados “nacionales” que llegaron a admitir un “suplemento” con el nombre de “interior”). Sarmiento, Lugones, Juanele, Di Benedetto, Saer… ¿vendrían a ser escritores del interior? La última vez que nos encontramos con Horacio fue en su casa, una noche muy hermosa de abril último, con Liliana Herrero, Mariana Gainza y Ezequiel Ipar. La conversación versó sobre la hermosa palabra Paraná y la espantosa conversión del río que lleva su nombre en hidrovía. También, sobre la inagotable trama cultural desconocida y desatendida que emerge en todas partes, si se presta atención. Se habló esa noche de algunos nombres conocidos como los de Juan José Manauta, Laura Devetatch, Oscar del Barco, Jorge Leónidas Escudero o María Teresa Andruetto, pero también de innumerables poetas, músicos, músicas, escritoras y escritores jóvenes del “interior”.

Como quiera que sea, la curiosidad viva de Horacio González por lo que sucede lejos (más allá de la propia ciudad, de la propia universidad, del circuito cultural de Buenos Aires) es lo que atesora -en su interior– una palabra que Horacio quería mucho, para él cargada de enigma y de promesa. La palabra Argentina. Si, a la manera borgiana, el incansable recorrido de Horacio González por las provincias trazara un involuntario dibujo imaginario, nos dejaría la forma entrañable de una tierra en la que quisiéramos vivir. El gesto político y poético de caminar la Argentina para dar y para recibir, que tantos años Horacio sostuvo con entusiasmo y humildad, le da un brillo diferente a la palabra “interior” (el resplandor de una intimidad, de una promesa aún incumplida, de lo que hay por descubrir); nos reconcilia con ella y nos hace querer seguir usándola para nombrar lo que sucede en tantos lugares donde queda una memoria agradecida y encendida.

Fuente: Diego Tatián, Doctor en filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba, doctor en ciencias de la cultura:  por la Scuola di Alti Studi Fondazione Collegio San Carlo di Modena, Italia e investigador del Conicet, para https://lateclaenerevista.com

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