Entre la Ciudad de Abajo y la de Arriba
hay solo un salto, y éste es el momento:
el poema cree cerrarse sobre sí mismo
pero es sólo un puente precario, deshilachado,
jirones que el viento agita sobre el abismo.
(De El nombre revelado, Ediciones en Danza, 2016)

Escribir sobre poesía siempre es caminar hacia un lenguaje extraviado. O hacia un guijarro debajo, detrás, enterrado en la niebla. A medida que nos acercamos, el poema (el guijarro) se escabulle. O se disipa. O se espanta. No se deja tocar. Apenas podemos reproducirlo. O mejor: cantarlo. Lo que no puede concebirse por medio de otra cosa, debe concebirse por sí, enseña Spinoza. Por lo tanto, diría, que la obra de Alberto Szpunberg no necesita quien la defienda. Menos ahora, que está más en ella misma que en él, porque él, Alberto, se nos ha ido.

En busca de consuelos, podríamos decir: nos queda su poesía. Pues no, no nos queda. La poesía de Szpunberg es de ella misma y hará lo que toda gran obra: un trabajo de siembra y de arsenal, un recorrido vehemente y delicado. Hará lo que toda gran poesía: se entrometerá en la historia, en el mito, en la soledad de los heridos y en la prepotencia de los náufragos. La obra poética de Szpunberg se me figura como una combinación de imposibles (he ahí su maravilla): la lírica, el marxismo y cierta mística judía. Y aquí empieza a trazarse una poética que no se resolverá tan fácilmente. Hay que leerlo. Y esperar a que el tiempo y las ceremonias pasen y nos permitan decantar en la mirada la huella del dinosaurio, ese animal gigante que añoramos porque nunca lo perdimos.

Encajonar a un poeta en una generación, en una década, en una época o en una estética es un recurso pedagógico que, en ocasiones, y para quienes nos dedicamos a la docencia, nos resulta útil. Pero no es más que eso. Y en este breve homenaje a la obra poética de Szpunberg, intentaré correrme de ese susurro que ensordece y tapa. Es cierto que sus primeros libros encajan, por muchísimas razones, en una época concreta por la que se lo circunscribe a los 60. Es un poeta de los 60 y de los 70, politizado, militante, social. Es cierto. Es más, Alberto reivindicaba su militancia y la ubicaba en el mismo rango que a la poesía. Hasta el final, fue así. Sin embargo, me gustaría saltearme ese período, que es el más conocido, el más evocado, el que más ecos de González Tuñón y de Juan Gelman ha recibido –por nombrar dos referentes y amigos de Alberto- para acercarme a una zona de su obra menos transitada. Y para esto, me permito elegir un puñado de libros, que son los que compartió conmigo tan amistosamente, mate de por medio –ineludible, siempre- y los que me leía –o los leía yo- cuando aún estaban en proceso de escritura y corrección. Conservo esos originales –es un decir, porque ya no existen originales que salgan de un impresora, aunque para mí lo son- firmados por él, en la primera página, como un tesoro. Me refiero a Como el clavel del aire, Ese azar, ese milagro, El síndrome de Yessenin y Como solo la muerte es pasajera. Cuatro reliquias, perlas, partículas lunares. De versos para sopesar, de versos para reunir y nunca más soltar. Contundentes y agitados. Versos “como si la dureza del mundo se acongojase en la lluvia.”

Luego, en momentos difíciles, cuando su salud le jugaba una mala pasada, lo acompañé férreamente con las pruebas de galera de El nombre revelado que contiene otras cuatro piezas líricas magistrales: El nombre revelado, Los bosques submarinos, Elogio de la insensatez y Y si el silbido del mirlo. Y con La tarde, sólo es la tarde, del que estaba tan orgulloso porque había jugado a los sonetos y le salieron muy exquisitamente.  ¿Por qué no hay más bien brócoli? se publicó más tarde, pero corresponde a esos mismos tiempos. Recuerdo cierto azoro cuando me contó el origen, el ensamble de la pregunta de Sofía, su nieta que entonces tenía seis años, y la de Leibniz, el filósofo de la Monadología. Y tardó en publicarlo porque se había encaprichado con un formato atípico para un libro de poemas: lo anhelaba grande e ilustrado emulando los de los niños. Lo consiguió gracias a los amigos de Lamás Médula.

De cada nota musical, Alberto hacía una pieza de cámara elaborando una armonía secreta y seductora. Cuando nombro estos libros, me siento en deuda con los demás. Pero todo no cabe en este artículo y nada alcanza para recordar a Alberto Szpunberg.

Es difícil. Escribir a tres días de su muerte, es difícil y duele. Sin embargo, “resistimos con los huesos que podemos, / hacia cielos abiertos, desnudos como alas.”

Fuente: María Malusardi, escritora, periodista y docente, publicó: «Artista del hambre», «El descenso de Jacqueline du pré y otros poemas», «El sastre, el desvío y el daño», entre otros; profesora en TEA (Taller, Escuela, Agencia); en 2018 obtuvo la beca del Fondo Nacional de las Artes para escribir: «Asamblea permanente, diálogos para una hermenéutica», sobre la obra de Szpunberg, para www.ahoraeducacion.com

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