El consultor educativo británico Andrew Hargreaves sostiene que «la gente está aburrida de PISA, hay cosas más importantes que tres cifras que suben o bajan». A su juicio, «los enfoques cuantitativos están agotados; cada vez cobra más fuerza una visión humana del aprendizaje». 

Desde su casa de Ottawa (Canadá), Andrew Hargreaves llega 15 minutos tarde a la videollamada. Presenta una buena disculpa: “Estaba hablando con la hija Ken Robinson, viendo formas para que perviva su legado; la conversación se ha puesto emotiva…”. Hargreaves y Robinson –fallecido el pasado verano– mantuvieron una larga amistad, probablemente cimentada en varios puntos de conexión vital. Hijos de la posguerra nacidos en familias de clase obrera de la Inglaterra industrial. Consultores educativos para gobiernos de todo el planeta.

Conferenciantes de prestigio internacional, aprovechando ambos el trampolín del inglés materno y su persuasiva dialéctica típicamente british.

Menos mediático que Robinson, Hargreaves presenta sólidas credenciales académicas. Es autor de 25 obras, con campos de estudio predilectos como la idiosincrasia propia de la carrera docente o los secretos del liderazgo educativo. Ha enseñado e investigado en varias universidades de Norteamérica –Toronto, Ottawa, el jesuita Boston College–, labor que sigue compaginando con invitaciones para ser profesor visitante en otros lugares como Hong Kong o Noruega.

En la actualidad asesora sobre política educativa al más alto nivel en Escocia, Ontario o República Checa. Décadas de análisis pormenorizado sobre sistemas escolares de medio mundo han producido en él un notable efecto sintético. Con vista de halcón, Hargreaves identifica como pocos tendencias estructurales en la Educación global.

Libertad expansiva

“En los últimos 30 años han prevalecido la rendición de cuentas, el énfasis examinador, los números, la recogida de información”, asegura. Un movimiento de raíz anglosajona que poco a poco se extendió a otros entornos culturales, creando una cosmovisión escolar que antepone ciertas nociones a otras: “La obligación de centros y docentes más que su compromiso, el control desde arriba más que el profesionalismo”.

El británico detecta claros síntomas de agotamiento en esa obsesión cuantitativa que ha dominado la Educación mundial desde los años 80. “La clave es que no se ha obtenido el resultado deseado, que es, claro, mejorar la calidad”. Así que cada vez más países y regiones empiezan a apostar por “enfoques holísticos del aprendizaje, poniendo el foco en fomentar el pensamiento crítico, la confianza del alumno o su responsabilidad ciudadana”. Reveladora resulta, en su opinión, la menguante atención que suscita PISA. “La gente está aburrida, empieza a ser consciente de que hay problemas educativos más importantes que tres o cuatro cifras que suben y bajan”.

Hargreaves enmarca este cambio de tendencia en un giro sustancial de mayor espectro. Una nueva mirada que ha ido emergiendo en el ámbito económico para empapar a otros sectores. “Hemos vivido mucho tiempo centrados en cuestiones como controlar el déficit, aplicando por sistema políticas de austeridad sin preguntarnos demasiado cómo afectan a la vida de las personas, cuyo bienestar es el objetivo último de la economía”.

“La clave de la colaboración es hacer cosas juntos, no solo compartir”

En esa escuela más humana, menos subyugada por la dictadura del dato, emergen el compañerismo y la asunción de las limitaciones como docente atomizado. El profesor ejerce su mayor libertad con afán expansivo. “He observado en muchos lugares un fuerte movimiento a favor de prácticas colaborativas”, destaca. Un camino con sustento empírico –“su efectividad se confirma en los informes de la OCDE y otro organismos”– y una lógica que apela a “razones obvias: aprendes de tus compañeros, desarrollas un sentido de solidaridad, sientes que todos reman en la misma dirección”.

La pregunta ya no es tanto si los docentes han de colaborar, sino cómo han de hacerlo. “Una respuesta intuitiva es que todo pasa por compartir. Yo hago esto, tú haces lo otro… La evidencia dice que esto tiene un impacto menor, ya que compartir sin más no compromete a hacer nada con las ideas compartidas”. Años de investigaciones han afinado el modus operandi: “Se trata de trabajar realmente juntos, por ejemplo en el desarrollo curricular, en la evaluación, en la observación y feedback de nuestros colegas. No por casualidad Finlandia es uno de los países que reservan más tiempo para que los profesores colaboren durante su jornada laboral”.

Líder en tiempos de crisis

Hargreaves se declara “optimista y esperanzado” respecto a la Educación post-Covid. La pandemia no solo ha acentuado la necesidad de cooperación, “de pedir ayuda cuando uno constata que no sabe qué hacer”. También ha dejado bien claro, con su sentido de urgencia inaplazable, que los “grandes cambios pueden ocurrir muy deprisa”. La inmersión digital masiva quizá sea el efecto educativo más palpable del virus, pero muchas escuelas han sido además un hervidero de otras innovaciones ad hoc, haciendo gala de una “increíble capacidad de inventiva”. Si las autoridades sueltan lastre y los centros “capitalizan esta experiencia”, es posible atisbar, a medio plazo, una transformación profunda en la actitud y mentalidad de unas y otros.

“Cada vez más países apuestan por enfoques holísticos”

El papel del líder escolar –diseccionado por el británico en obras como El liderazgo sostenible (Ediciones Morata)– ha adquirido en estos tiempos especial relevancia. Cuando el barco zozobra, el capitán (director o equipo directivo) revela su razón de ser. “En épocas de estabilidad, más que liderar, gestiona. Pero si la situación exige tomar decisiones ágiles, apostar por el cambio, entonces aparece su capacidad para involucrar a muchos individuos en iniciativas que normalmente no emprenderían por ellos mismos, su talento para entender mejor que otros los desafíos que hay que abordar”.

A sus casi 70 años, Hargreaves publicó a finales de 2019 Moving: a memoir of education and social mobility, una biografía en la que repasa sus orígenes humildes, la precariedad de su entorno (“a veces con situaciones de auténtica pobreza”) y el impulso que le dió una Educación pública concebida como mecanismo hacia la justicia social. Aún sin edición en español, Hargreaves resume el hilo conductor del libro: “Equidad, trabajo duro, igualdad de oportunidades y necesidad de apoyo cuando uno parte con desventaja”.

“Siempre he creído en la equidad, pero también en el trabajo duro”

Pésimo sistema, excelentes profesores

  • España: “He conocido grandes profesores atrapados en un sistema terrible, con mucha burocracia –que impregna mentalidades y actitudes– y un modelo jerárquico muy difícil de cambiar”.
  • Tecnología: “La pandemia ha dejado claro que lo digital nunca va a sustituir al profesor, pero sí a los profesores que nunca lo usan”.
  • El papel de la Educación pública: “Su misión no es solo lograr que cada individuo dé lo mejor de sí, sino también construir algo más grande: una sociedad fundamentada en la conciencia democrática”.

Fuente: https://www.magisnet.com/2021/02/andrew-hargreaves

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