viernes, abril 12, 2024
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Murió Alcira Argumedo


Murió en Buenos Aires a los 80 la militante popular Alcira Susana Argumedo,que había nacido en Rosario, Provincia de Santa Fe, un 7 de mayo de 1940, en el seno de una familia de clase media acomodada. Su padre era médico pediatra y su madre, una mujer separada con tres hijas de su primer matrimonio, ama de casa. En 1959 ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras. Aunque inicialmente pensaba estudiar Psicología, se decidió luego por Sociología. En su primer día en la facultad, conoció a Susana Checa, con quien mantendría una relación a lo largo de toda su vida.

En 1962, participó en la huelga a la cátedra de metodología a cargo de Regina «Perla» Gibaja, junto a Daniel Hopen, Susana Checa y muchos otros estudiantes. En la protesta, se proclamaron «contra el empirismo abstracto» (concepto inspirado en la obra La imaginación sociológica del sociólogo norteamericano W. Mills, que había sido recientemente publicada) que para ellos/as se encarnaba en las perspectivas y epistemologías que reinaban en la carrera de sociología. En ese mismo año, en un encuentro de sociología latinoamericano en el que también participan Gino Germani y Torcuato Di Tella, conocen al sociólogo colombiano Camilo Torres, una figura influyente para su generación, que buscaba una mirada crítica sobre qué era y qué tenía que ser la sociología. Un grupo de estudiantes, entre los que se encontraba Alcira, mantenían reuniones de lectura sobre autores y textos que no eran parte de la currícula. Los días sábados Marcos Szlachter (quien moriría en 1964 en la guerrilla del Ejército Guerrillero del Pueblo, en Orán, Salta) coordinaba la lectura sobre El Capital de Karl Marx. Eran los años de la Revolución Cubana y la política había llegado con fuerza a la vida universitaria, cuando muchos/as estudiantes comienzan un acercamiento al peronismo. En el caso de Alcira, este acercamiento se vincula con su militancia en el barrio Kolynos (Berazategui, Buenos Aires), que considera su otro gran ámbito de formación. A comienzos de los años 60, conoció al entonces estudiante de filosofía Gunnar Olsson, quien se convirtió en su marido y padre de sus hijos. Alcira provenía de una familia antiperonista, mientras que Gunnar se había criado próximo a la familia de Scalabrini Ortiz, a quienes Alcira considerará su familia política y una influencia en su formación política. Se desempeñó en sus años de estudiante como auxiliar docente en Introducción a la sociología, hasta que obtuvo su licenciatura en Sociología en 1965, convirtiéndose en la graduada número 28 de la carrera. Con el golpe de Estado de Onganía de 1966, llegó la intervención de la facultad y Alcira renunció a su cargo. Se sumó al grupo de estudio sobre América Latina organizado por José Luis Romero y Gregorio Selser. En ese mismo año, los sociólogos Justino O´Farrell y Gonzalo Cárdenas obtuvieron cargos que habían quedado vacantes en la carrera de sociología tras la intervención y se dispusieron a incorporar bibliografía de pensadores nacionales y latinoamericanos, así como a nuevos/as docentes. Sería el inicio de las llamadas Cátedras Nacionales (CN) en la Facultad de Filosofía y Letras (1968-1971), experiencia que tendrá a Alcira como una de sus protagonistas, junto con intelectuales como Roberto Carri, Horacio González, Susana Checa, Jorge Carpio, entre otros – hasta que una nueva intervención militar puso fin a la experiencia. En 1973, con el gobierno peronista, O´Farrell es designado interventor y muchos de los docentes de las CN vuelven a la universidad. Los ex miembros de las CN protagonizaron entonces la creación del Instituto del Tercer Mundo «Manuel Ugarte», dependiente de Filosofía y Letras y luego del Rectorado de la Universidad, donde Alcira se desempeñó como Directora. Por esos años, publicó textos en la revista Envido (70-73), dirigida por Arturo Armada y muy cercana a la experiencia de las CN. Y entre 1973-1974, se desempeñó como Secretaria de Cultura de la Provincia de Buenos Aires. Colaboró arduamente con la difusión clandestina de «La hora de los Hornos», del cineasta Pino Solanas, con quien mantuvo un vínculo trabajo y amistad (muchos años después, participó como investigadora en los documentales «Memoria del saqueo» (2004) y «La dignidad de los nadies» (2005)). Paralelamente, en 1969, Alcira había ingresado como Directora del Proyecto de Empadronamiento previo al Censo de Población de 1970 en el entonces recién creado Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC). Colaboró en distintas investigaciones sobre tendencias socio-económicas del sector agropecuario, sobre la estructura de ingresos de la población asalariada y sobre los trabajadores/as por cuenta propia en el sector industrial. Con el golpe cívico-militar en 1976, fue despedida del INDEC. Se ocultó por un tiempo en Rosario y luego se exilió en México junto a su familia, donde permaneció hasta el regreso de la democracia. Instalada en México, Gregorio Selser le ofreció un trabajo en el Instituto Latinoamericano de Estudios Trasnacionales (ILET), donde conoció a Gabriel García Marquez y Juan Somavía, convirtiéndose en su asesora para el debate en la UNESCO sobre comunicación, en el que ambos participaron en calidad de representantes latinoamericanos. A su regreso en 1983, se convirtió en la Directora de la Sede Buenos Aires del Instituto Latinoamericano de Estudios Transnacionales y, un año más tarde, se sumó como miembro de la Comisión para la creación de la carrera de Comunicación de la futura Facultad de Ciencias Sociales (Facultad que se creará en 1988, siendo la nueva sede de la carrera de sociología). Por entonces se incorporó como Investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), donde alcanzará el cargo de Investigadora Independiente. En 1985 publica «Los laberintos de las crisis. América Latina: poder transnacional y comunicaciones» y en 1987 «Un horizonte sin certezas. América Latina frente a la revolución científico-técnica». En 1986, obtiene el cargo de Profesora Titular de la Cátedra Teoría Social Latinoamericana en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, siendo una de las pocas mujeres en convertirse en Titular en la carrera de Sociología. Años más tarde, en 1993, publica uno de sus libros más reconocidos, «Los silencios y las voces en América Latina. Notas sobre el pensamiento nacional y popular», referencia clave en los trabajos sobre teoría social latinoamericana. A comienzos de los 90, participa junto a Pino Solanas de la creación de un nuevo partido político, el Frente Grande. Muchos años más tarde, en 2007, participa de la creación de Proyecto Sur, partido por el que resultó electa diputada nacional por la Ciudad de Buenos Aires en las elecciones de 2009 y también de 2013. Fue Profesora Consulta e Investigadora de la Universidad de Buenos Aires y directora de la Revista Laberinto, además de frecuente columnista de opinión en diversos medios de comunicación. En los últimos años realizó una fuerte ofensiva contra las políticas neoliberales y fundamentalmente repudio cada una de las políticas antisociales del macrismo.

«Esa mujer que me salvó la vida», Agustina Carri

A los 16 años, luego de un intento de suicidio me llevaron a verla. Fui con un importante malhumor porque esperaba un nuevo sermón. Ahora más de izquierda, menos severo, tal vez un poco más humano, pero sermón al fin. Alcira me preguntó si María Elisa, la tía con la que vivía en ese entonces, se portaba bien. Esa fue su entrada triunfal, me puso de su lado y me hizo su cómplice. Me reí. Siempre me preguntaban si yo me portaba bien, dando por sentado que no lo hacía. Ella dejó claro que el problema no era mi conducta. El asunto era cómo se portaban los adultos que me rodeaban. Algo que yo tenía claro y que repetía de diversas formas, pero que nadie era capaz de escuchar en aquel entonces, cuando las rémoras de la dictadura no eran aún memoria ni distancia, sino vida cotidiana, palabras soeces y castigo habilitado.

Ese mismo año mi familia de sangre me echó de todas sus casas y a mí me quedaba un año de secundario. Estaba por irme a vivir a una pensión, fantasía que había construido con las historias que circulaban sobre la juventud y la rebeldía de mi padre, pero Alcira me dijo que vaya a vivir a su casa hasta al menos terminar el colegio. Así, mi adolescencia empezó a ser menos traumática y nos quedábamos charlando, fumando y tomando café durante horas. Aprendí que Roberto era un pensador brillante y Ana María una mujer bravísima. Que Roberto nunca hubiese soportado irse del país y dejar en banda a las personas que dependían de él. Que mamá estaba más asustada pero que nunca hubiera podido dejarlo a él a gamba.

Que la militancia armada fue una consecuencia de 18 años de proscripción. Que era un aire de época y que sus ejemplos eran el Che y la revolución cubana. Que no se aguantaba más tanta política cipaya y tanto hambre para el pueblo. Que a mis dos años ella me hacía bailar al ritmo de “yo no soy leninista, yo no soy leninista y que le voy a hacer“, y que a mi padre se le desviaba el ojo de la bronca que le daba. Que hicieron un viaje a Chile para ver la experiencia de Allende y que mi madre se la pasó con vértigo y con asma. Que Perón no los había traicionado y ahí era cuando peleábamos y me contaba alguna historia sobre los chinos y cómo se organizaban, para que saliéramos del embrollo del peronismo. Siempre trayendo quilombos.

Alcira tenía dos hijos dos años menores que yo. De un día para el otro yo tuve dos hermanos más chicos, unos adolescentes peleones que cada tanto hablaban en mejicano y se amaban entre ellos con locura. Vivimos los cuatro juntos durante tres años. Cuando terminé el secundario me dijo que no me fuera, también habló con uno de mis tíos y le aclaró que ella estaría a cargo de mi manutención pero que él se ocupe de comprarnos una casa a cada una de nosotras. A mis dos hermanas que ya eran grandes, y a mí que estaba empezando a despuntar autonomía. Hasta aquel momento mi abuela y ese tío nos habían mantenido a las tres a través de mensualidades que entregaban a quienes fuera que estuvieran a cargo de nosotras. Así fuimos pasando de casa en casa, según las necesidades económicas de cada familia. Y aquí venía esta mujer de voz ronca y humor ácido a dar un batacazo en nuestro destino. No todo se trata de guita, éstas chicas necesitan amor y un lugar dónde estar.

Alcira reconstruyó la confianza, el lazo primordial para no querer morir.

Después de esos años, seguimos tomando café por horas, cada vez que a mí la vida se me hacía aciaga o la confusión del presente me arrasaba. Me encantaban nuestras charlas largas y nuestras escandalosas presentaciones frente a los otros cuando la llamaba mi mamá putativa, siempre repitiendo en sorna puta-tiva un par de veces. Un chiste nuestro que solo nos hacía reír a ella y a mí. Ella me decía Soberbi y yo le decía Argu, la mula. Entre la terquedad y la soberbia construimos un fuerte de amor y bromas pesadas. Le encantaba decir que si seguía haciendo películas porno ella iba a tener que ir con pasamontañas a los estrenos. Pero me prestaba plata para producirlas. Todo lo que llegaba de Alcira era un estímulo de vida, un apoyo a los sin-razones para seguir. Anoche mismo, cuando el duelo final estaba suspendido por esas pocas horas que habían vaticinado hasta la despedida, se despertó del sueño de la morfina y gritó ¡Viva Perón! creyendo que estaba del otro lado. Me regaló la última carcajada.

Me enseñó a querer a esos jóvenes militantes que habían sido mis padres y me enseñó a darle una vuelta de humor a la impotencia y a la injusticia. Supongo que en estos días surgirán muchos escritos sobre su militancia y su incorruptible ética. Sobre su pensamiento crítico, su lucidez y su brillante oratoria. Pero para mí, hoy es importante contar esta pequeña anécdota sobre su paso en esta tierra. Porque esa dimensión humana es una de las potencias vitales que hacen de la muerte un imposible. Es una obviedad decir que ella vivirá en su hijo, mi hermano Juan Pablo, en mis hermanas Andrea y Paula, en sus nietos Brunito, Furito, Joaquín y Mateo, en mí y en todas las personas que la amamos.

Pero lo que hace imposible su muerte es esa vida de ejemplar de compromiso afectivo con los muertos y con los vivos. Con los que se fueron temprano y con los que nos quedamos acá, aún sin convicción. Porque la vida es sagrada si vale la pena vivirla y ella nos deja ese legado. Hagamos que la vida sea algo vivible para la mayor cantidad de personas posibles. Hoy mi hijo me abrazó llorando y me dijo que él también la va extrañar mucho. Yo no sé si la voy a extrañar, todavía no es eso, es más bien unas ganas de correr hasta su casa y que me haga un café batido y me explique algo de lo que me está pasando. No puedo creer que eso no sea posible, pero te juro, Argu, que voy a honrar tu legado.

*Cineasta, hija de Roberto Carri y Ana María Caruso, secuestrados y desaparecidos en 1977. Alcira Argumedo actuó junto a Analía Couceyro en su película Los Rubios.

Fuente: https://www.laruedanoticias.com.ar y Agustina Carri para www.pagina12.com.ar

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