Ocurrió en 1951 pero también podía ocurrir en el 2000. Que la falta del té de Ceilán en los años 50 podía ser tan grave, para algunos, como la falta de los vasos de café en Starbucks o de tampones en enero de 2015, cuando comenzó la campaña de la oposición macrista para sacar del gobierno a Cristina Fernández de Kirchner, aunque los niveles de pobreza y desempleo hubieran bajado como nunca en la historia nacional, tanto en 1951 como en 2015. Enrique Santos Discépolo ya era el autor de tangos memorables, como “Cambalache”, con el que pintó la crisis de los años 30 del capitalismo, y su zarpazo en dictaduras, violencias y miserias, en la Argentina. Cuando definió un siglo XX “problemático y febril”, donde “el que no llora no mama y el que no afana es un gil”, ya había contado la melancolía de abandonar el barrio, los amigos, el fin de una juventud de casas bajas, potreros y sueños en aquel “Cafetín de Buenos Aires”, en ese azul de frío y la ñata contra el vidrio antes de decir adiós. Discepolín ya era un poeta y dramaturgo que había dibujado en “Yira… yira” “la indiferencia del mundo que es sordo y es mudo” ante la pobreza y la desocupación de los años 30. Ya compartía el Olimpo con el gran Homero Manzi, en los bodegones del sur de la ciudad y las luces del centro. Tenía el amor de miles. La fama entrañable de los poetas populares; la lealtad incondicional de su amor, Tania.

La vida le había dado el talento para una revancha, el antídoto contra ese hombre que está solo y espera que contó su amigo Raúl Scalabrini Ortiz. Pero como él, los vio venir. Vio esa multitud que era el “subsuelo de la Patria sublevado” llegar al centro en 1945 a gritar por su líder, Juan Perón. Entonces, los tangos de Discepolín buscaron redención. Era posible dejar atrás el cambalache; era posible sentir que una mujer –Eva Duarte– fuera su amiga desde el día que se topó con ella a las puertas de Radio Belgrano y le creyó su pasión por servir al pueblo. Era posible que creyera de nuevo en la condición humana. Por eso abrazó el peronismo y sintió que debía defenderlo de los profetas del odio que temblaban ante la amenaza de los “cabecitas negras”, los argentinos pobres que venían a la ciudad en busca de trabajo, los descamisados de Evita y la pesadilla de patrones sin ley. Así que Discepolín aceptó participar de un programa en Radio Nacional para defender el gobierno de Perón. Pienso y digo lo que pienso salía en cadena nacional, donde artistas como Tita Merello, Luis Sandrini y otros leían un libreto ya redactado. Pero Discépolo cambió el libreto oficial: inventó un personaje con quien polemizar, no sin cierta dulzura, para que entrara en razón, y lo llamó Mordisquito.

Durante 39 noches, Discepolín intentó razonar con su personaje, un indignado clasemediero que podía quejarse porque no había té de Ceilán, pero negaba los beneficios sociales, los logros y las razones de un gobierno nacional y popular. Mordisquito fue el sinónimo de un desclasado, de un pobre o clasemediero que renegaba de sus intereses para adoptar los de los ricos. Mordisquito es el retrato de un gorila porteño, que defiende los valores de quienes jamás lo tendrán en cuenta para repartir bienes ni riquezas. Discépolo transformó lo que inicialmente estaba pensado como propaganda política oficial en una pieza sociológica, en un puñal en la conciencia cultural de los argentinos, en la descripción de su herida, de su grieta, de sus desatinos: esos pobres que votan a los ricos; esos clasemedieros seducidos por las fortunas en las guaridas fiscales, persiguiendo un dólar que nunca llega… o un tampón que no pudo importarse.

Sus columnas fueron tan célebres que Perón llegó a decir en noviembre de 1951, cuando triunfó en las elecciones para su segundo mandato, que había ganado “por el voto de las mujeres y Mordisquito”. Pero esa patriada le había costado al poeta el odio de muchos, como ocurrirá medio siglo después con intelectuales, artistas y periodistas que abrazaron el kirchnerismo. El poeta murió en diciembre de 1951 en medio de la tristeza. Pero como dijo su medular biógrafo Sergio Pujol medio siglo después: “¿Qué coetáneo de Discépolo pudo imaginar que cuando en un programa de radio de 1947 el autor decía ‘como el boomerang, como los criminales, como los novios, como los cobradores, yo regreso siempre’ estaba anunciando la fatal atadura de su cancionero a la suerte –o la desgracia– del país? Parece cosa de locos. O de sabihondos y suicidas. Pero es un dato tan real como fascinante: Discépolo sigue siendo nuestro contemporáneo”.

Fuente: Caras y Caretas

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