Una lluviosa mañana en la que caminábamos con Borges por la calle Florida, alguien le preguntó qué opinaba del peronismo, y respondió con su ironía habitual: “Tiene todo el pasado por delante”.

Nada más cierto. El pasado pesa, y de qué forma. Ampliando ese criterio, que parece ser una broma, pero no lo es, podemos agregar que lo mismo sucede con todas las corporaciones políticas de la Argentina; no sólo con las huestes que formó Perón. Todos, sin distinción de ideologías, tienen un pasado cuestionable e incierto que siempre emerge a la superficie y acaso un futuro no demasiado propicio, en muchos casos decididamente oscuro, ya que en el marco político, sindical o empresarial pocos dirigentes se salvan, pertenezcan al sector que pertenezcan. Sello indeleble e imposible de borrar en un país cada día más decadente, con dirigentes poco confiables y menos creíbles, a los que se agrega una ciudadanía compleja y cada vez más individualista muy apoyada en su sálvese quién puede.

Viene a cuento recordar que apenas beneficiado con el triunfo electoral que lo llevó a la presidencia, el ingeniero Mauricio Macri, empezó con suficientes declaraciones, triunfalistas. “El equipo que me acompaña es el mejor que por décadas ha tenido la Argentina”. En lo referido a la indetenible y corrosiva inflación consideró, muy a la ligera por cierto, que para su gobierno sería “un asunto menor; un trámite más, muy sencillo de resolver”. Otro tanto sucedió con el flagelo de la inseguridad; en tanto, unos barrabravas, con sus huestes brutales no permitieron que un partido de fútbol se jugara en el país. Luego vino la reunión del G20, custodiada minuciosamente con ayuda de las potencias participantes y sigue siendo motivo de desmesurada vanagloria.

En 1916 cuando pisó suelo argentino José Ortega y Gasset, percibió en seguida que lo que se hace en nuestra tierra es dislocar lo real y, por lo tanto, las ideas que se elaboran son casi siempre una forma exagerada de la realidad. Una realidad que se mezcla con aguas muy próximas a las de la falsificación. Generoso, a la vez que prudente, al analizar con su escalpelo metafísico el llamado “ser argentino”, nuestro huésped ofreció otro reparo, pues él mismo se consideraba, en su relación con nuestro país, “una suerte de entusiasta integrado que está de paso” (o un “argentino imaginario”, como se definió ante Victoria Ocampo con una sonrisa; es decir, un compatriota más del cual no podía surgir, como tampoco era de esperarse de un extranjero, ninguna verdad absoluta ni revelada respecto del pueblo que visitaba). Aunque se atrevió, sin embargo, a postular, como una contribución, libremente sus ideas.

A pesar de estas severas reflexiones, el filósofo español nunca vio a la gente de esta tierra como seres egoístas; todo lo contrario “porque con egoístas no se podría hacer, en un siglo, un pueblo con el nivel de la Argentina”, elogió generoso, aunque con cierto dejo de piedad. Pues nos veía narcisista y volátiles, y eso tampoco lo ocultó: “el argentino no tiene puesta su vida en nada, pero tampoco es su persona lo que más le importa sino lo que le preocupa es la idea que él y los demás tienen de su persona”. Ahora bien, entre el narcisista y el egoísta (a pesar de que ambos términos suelen ser considerados sinónimos) hay puntuales diferencias. El egoísta es, por definición, un hombre con pocos ideales que procede en función de sí mismo y de sus propios beneficios y que, rara vez, se trasciende; en cambio, el argentino es un idealista compulsivo ya que tiene puesta su vida en una cosa que no es él mismo sino la idea que tiene de sí mismo. No es lo mismo comprar a un argentino por lo que vale, que por lo que él cree que vale. Arrogante en su idea de sí mismo, vive atento a una figura ideal que imagina poseer, se gusta y se elogia en su persona y le interesa, a su vez, parecer lo mejor del mundo. El argentino nace con una fe ciega en el destino de su propio ego; luego, cuando madura, se desencanta y es esa una de las grandes fuerzas que asociadas a su narcisismo individualista empujan al país. Desgraciadamente casi siempre para mal.

Al observar esta actitud, sentenció Ortega con su delicada cuota de sarcasmo: “El argentino es demasiado Narciso; qué duda cabe, vive absorto en la atención de su propia imagen y lo más grave es que se acostumbra el individuo a negar su ser espontáneo en beneficio del personaje imaginario que cree ser y, por lo tanto, al intentar hablar con él y buscar su intimidad, nos presenta su imagen ideal o su representación de sí mismo. Aguda y contundente observación, inteligentemente diferenciadora.

La última visita que hizo Ortega a la Argentina fue en 1939, vino con su familia como un exiliado más que huía de la dictadura franquista y ese viaje se extendió por casi tres años. Su intención era radicarse entre nosotros. “Con todas sus contracciones, con sus tires y aflojes, amo a este pueblo singular del continente americano”, se justificó ante nuestro escritor José Bianco, que le hizo una entrevista para la revista Sur. Por esa época, en una famosa conferencia (conocida como Meditación del pueblo joven), concluyó con unas palabras que aún martillan nuestra memoria: “¡Argentinos, a las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcicismos. No presumen ustedes el brinco magnífico que dará este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas sus potencias espirituales, que son egregias, su curiosidad, su perspicacia, su claridad mental secuestradas por los complejos de lo personal” (…)

Hacia el final, el maestro Ortega confiesa a qué ha venido a este lado del Océano: “Pues a llevarme juventud, algo que sobra en la Argentina y se ha agotado en Europa. Esa fuerza que le poda al hombre decrepitudes y lo instala en un mundo nuevo, en una vida nueva, acaso decadente o repetitiva.”

Mi amigo, el poeta Luis Alposta, sensible y perceptivo, describe en unos versos, con melancólica raíz lunfarda, nuestras incongruencias:

Veo un país con palidez de anemia

en manos de malandras y de giles.

Y en él veo también otros perfiles

haciendo alarde de la esquizofrenia.

Veo un país con hombres agotados,

donde el que no labura es el que grita.

Un país que tan sólo habla de guita,

de ministros de turno y negociados…

Yo te hablé de un país que está pinchado,

y ese pobre país -viejo- es el mío.

Todo, lastimosamente, lo desaprovechamos. Gente enrevesada como pocas en el Planeta, somos nosotros, los argentinos. En la década del ‘80, a pesar de la cruenta y oscurantista dictadura que nos azotaba, gracias a dos pioneros de la cultura, Ricardo Freixá y Raúl Casal tuvimos en Buenos Aires muy seguido al ilustre discípulo de Ortega, el filósofo Julián Marías, que fue más contundente que su maestro y nos retrató acaso con menos piedad que acritud. Recuerdo que en un almuerzo en el que nos acompañó Borges, le preguntamos con tímido complejo de culpa que opinaba de nosotros. Y nos respondió don Julián con una sinceridad asombrosa y afectiva:

“Yo los quiero y los admiro; pero, en buen brete me metéis, ardua tarea definir a ustedes, los argentinos… Trataré de ser sincero. Empezaré por deciros que en lo individual sois asombrosamente maravillosos y complejos a la vez, de una dualidad apabullante. Ni ustedes mismos se reconocen en ustedes. Pues bien, os diré que por empezar beben en la misma copa la alegría y la amargura. Que todo lo quieren hacer al mismo tiempo y siempre se quedan cortos; es una pena o una tragedia, quizá. Toman en serio todos los chistes y de todo lo serio hacen bromas. Se mofan de los mitos religiosos; lo tratan a Dios como al vecino y en algunos tangos, hasta lo apodan “el flaco” o “el barba”. No renuncian a sus ilusiones ni aprenden de sus desilusiones. Es casi imposible discutir con ustedes porque opinan de cualquier cosa y en un almuerzo o en una mesa de café lo arreglan todo; no sé, parecen el pueblo elegido…

Brillante descripción. Los orígenes de nuestros males ya son remotos y desesperanzadores. A pesar de los llamados de alerta de nuestros filósofos amigos, al parecer no tenemos intención de encauzar como corresponde nuestro enfrentamiento. Siempre existe la retórica bien ensayada del “zafar” o del “tirar la pelota afuera”, como se dice en términos futboleros, para echarle la culpa al otro. En el presente seguimos con un relato oficialista (uno más que se suma con variantes, porque ese floripondio no nos falta), que sigue haciendo hincapié en la “herencia recibida” o en la “crisis de los mercados emergentes”, o en “las debacles del mundo”. O en qué se yo cuántos vanos argumentos. Mientras que todos, en lugar de unirnos y hacer las cosas en beneficio de todos, hurgamos en la basura de un tiempo que se nos va y donde las soluciones cada vez se alejan más; eso sí, mientras la deuda se agranda. Y, como dice Martín Fierro, “no hay plazo que no se cumpla / ni deuda que no pague”. Con Fondo Monetario Internacional mediante y sin fondos para salir a flote.

El Gobierno, ha quedado demostrado, no defiende los bienes colectivos sino que se asocia a falsos inversores especulativos. Los Kirchner mezclaron corrupción con fantasía revolucionaria; el impertérrito actual gobierno, gobierna para los grandes intereses terminando de empobrecer y disolver a la clase media y al mismo país. Pero claro, el culpable es siempre el otro. Cada uno se siente dueño del espacio del bien y la virtud. Cada uno imagina salvar a la patria eliminando al enemigo. Como siempre, o desde siempre, el mismo error y la insistencia de seguir tropezando con una idéntica piedra. Extravagante diseño de gestión que se ha ido vaciando de autoridad e iniciativa generando un cuello de botella insostenible con dibujados presupuestos alejados de una cotidianeidad cada vez más cruel y desesperanzada para todos.

Así transcurren los días en la dolida Argentina, con un sistema político que tambalea y en el que todos consideran que los demás son responsables de los principales problemas. Un círculo vicioso que es imprescindible romper, se cierne cada día más amenazante. Cierto, acaso los responsables somos todos, pero lo es especialmente la dirigencia sin distinción de modelos y partidos. Ese motivo, más que ningún otro, debiera impulsar ya mismo a un diálogo nacional y a consensuar acuerdos fundamentales para sacar el país adelante. El reconocimiento de unos pocos y el desconocimiento hacia las mayorías es el peor riesgo que asume la República por parte de su dirigencia.

Parecemos no reconocernos como compatriotas. Unos por aquí, otros por allá realizan actos de puro desencuentro que se abisman, cada vez más, en el narcisismo argentino advertido por dos entrañables y piadosos españoles amigos. Mal que nos pese, es hora de que empecemos -aún con el pasado por delante- a mirarnos hacia dentro y también reconozcamos en cada uno de nosotros el fracaso del país. O seguiremos resignados ante el espléndido verso de Leopoldo Marechal: “La patria es una herida que no cierra”.

Fuente: https://www.elimparcial.es

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