Rocco Carbone despide a Horaco González con el deseo de que sepamos mantener entre nosotrxs, ritualmente, la figura de Horacio, de su lengua, de sus gestos amistosos; para que sepamos mantener vivo el fuego gonzaliano.

Sin nosotros, no somos nada.

Horacio

A través de acotados encuentros presenciales, escrituras profusas, reuniones virtuales más o menos conspicuas empezamos a celebrar un ritual antiguo, milenario, una ceremonia que posiblemente tenga más de 2021 años. Los mitos, los rituales, la poesía siempre, las leyendas, la literatura, la política muestran más a través de lo que encubren que a través de lo que declaran. Y desde el martes 22 de junio en los encuentros colectivos virtuales (que capturan a cada cual en una imagen individual) o presenciales, con las escrituras y distintas imaginerías elaboramos un rito colectivo, arrojadxs a un tiempo mítico, cuyo primer chispazo se encendió acaso en la explanada de la Biblioteca Nacional: frente a una foto en la que un Horacio que escribe a máquina se parece a Viñas, una bandera argentina zurcida por las Madres y otra imagen de un acto militante multitudinario de antaño. El poder de los mitos, de las formas de los rituales, de la calidad emotiva de la lengua son dimensiones que Horacio habitaba. Nos enseñó a considerarlas con delicadeza, puesto que nos ponen en contacto con una sensibilidad política, social, crítica, artística: una sensibilidad barrial, popular, amistosa, argentina y latinoamericana.

No existe otro país como la Argentina. ¿Y qué es la Argentina? Acaso un lugar, tal vez una geografía movediza y aún en disputa con un imperialismo tardío. Tengo por mí que la Argentina es una idea: habitada por personas como Horacio. Los mitos, los ritos, la calidad emotiva de la lengua constituyen una actividad que socialmente nos cohesiona (incluso atravesadxs por la virtualidad), que nos pone en estado de comunidad. La celebración ritual intensifica y desborda la experiencia individual. De las escrituras que estamos leyendo, desparramadas por distintos vericuetos -hay uno corto y precioso de la Asociación Taxistas Capital: la recuperó Américo Cristófalo en el último encuentro de la 18 de Mayo-, de fotos a colores y en blanco y negro (hay una de un Horacio veinteañero en un potrero de Fiorito: llegó de la mano de Alexia Massholder) y videos que resurgen de la galera de otras Argentinas, de encuentros presenciales tímidos y un poco esquivos, de otros más o menos masivos en plataformas pergeñadas en Silicon Valley, de todo eso surge una “comunidad de pensamiento” (son palabras de mi amigo Diego Conno). Una comunidad de trabajadorxs, de militantxs, de conversadorxs: de parlanchinxs. Una gran comunidad horaciana, una experiencia colectiva que trata de retener a quien ya no es y que no dejará de seguir siendo.

Los cuerpos, en los actos rituales, en las ceremonias, incluso cuando son mortuorias, se cargan de belleza. Es la experiencia comunitaria de la celebración ritual que nos inviste de belleza. De una belleza horaciana. Belleza dotada de una sonrisa tibia, como dijo Hebe, una belleza que leía la vida política y la vida cultural del presente y las hacía latir en la belleza dramática de una memoria histórica de luchas. Horacio siempre ubicaba esas dos bellezas en una forma emotiva de la lengua: en una lengua mítica. Y el vínculo entre Horacio y el mito ha sido señalado por otro amigo, Eduardo Rinesi, en un texto muy bello que está en la Agencia Paco Urondo.

De Horacio se han dicho muchas cosas. Se lo ha recordado como el último romántico nacional y popular, como el último cookista. Tal vez todo eso sea cierto. Creo otra cosa: que se nos fue un revolucionario. Hace poco, Horacio escribió sobre Alcira Argumedo en La Tecl@ Eñe y recordó a Oscar Masotta. Rememoraba que éste decía que las izquierdas tenían que tomar temas, cuestiones, palabras de las derechas. Aludía al texto “Roberto Arlt, yo mismo”. Masotta ahí habla de la idea de destino. Del uso exclusivo que la derecha hace de la idea de destino. Y sugiere que la izquierda tiene que arrancarle esa idea a la derecha. Ahí desfila Marx elogiando a Balzac, escritor monárquico, y también Trotsky polemizando con un comité literario soviético que consideraba a Dante como un escritor de la etapa mercantilista. El comisionado del pueblo para el Ejército Rojo le recordaba a ese comité que había que observar los valores culturales permanentes de Dante. Pues bien, en la Argentina del siglo XXI es más bien la derecha que se apropia de temas, de palabras, de conceptos, de lugares propios de la izquierda: la calle, la movilización, la libertad, la revolución. Recordemos la tan mentada “revolución de la alegría”. Tenemos que reapropiarnos de la idea de revolución. En la Argentina la revolución ha sido debatida como una idea de pasado. Hemos caído en esa trampa. Horacio, al revés, nos indicaba con su sonrisa tibia que la revolución social es una forma del presente. Una alternativa al neoliberalismo para salir de la pandemia. La revolución como presente y como utopía. Como alternativa al mundo espantoso que vivimos. La revolución como consigna redentora. La revolución como manera de imaginar el curso que seguirá la historia.

En esta “comunidad de pensamiento” hecha de imágenes, textos, recuerdos, encuentros esquivos y masivos, cohesionada míticamente, brindo para que sepamos mantener entre nosotrxs, ritualmente, la figura de Horacio, de su lengua, de sus gestos amistosos; brindo para que sepamos mantener vivo el fuego gonzaliano. Para que esto dure un poco más, también se ha dicho. Un revolucionario ha muerto, nuestro amigo. Viva la revolución.

Fuente: Rocco Carbone, de la Universidad Nacional de General Sarmiento/CONICET, para https://lateclaenerevista.com

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