Le debo a mi recordado amigo Augusto Olivares Becerra, que murió asesinado el 11 de septiembre de 1973 por los sicarios de Pinochet, muchas de las cosas gratas y memorables que viví en Chile durante el Gobierno de la Unidad Popular. Tiempos aquellos en que me instalé en Santiago como corresponsal de un diario argentino para seguir de cerca la experiencia de un utópico socialismo, que concluyó en una de las grandes frustraciones de la historia. “El Perro”, como se lo apodaba afectuosamente a Olivares, era una de las personas más eficaces y esclarecidas de aquel Gobierno; tenía a su cargo la Oficina de Prensa. Yo le caí bien y me abrió todas las puertas; a través de él pude dialogar mano a mano con el presidente Salvador Allende y trabajar en una biografía, que se quedó en la intención.

Hoy, a más de cincuenta años de aquellos intensos días, quiero evocar a un grande del cine italiano y universal, el maestro don Roberto Rossellini, padre del neorrealismo, que gracias a Augusto Olivares Becerra, conocí en Santiago, cuando viajó para filmar un documental sobre el proceso chileno al socialismo.

En plena tarea, cuando el equipo de Rossellini desplegaba su parafernalia de cámaras y luces para grabar una entrevista al presidente Allende, en un salón de la Casa de la Moneda estreché la mano del célebre cineasta. Confieso que para mí fue uno de los grandes acontecimientos, algo que al recordarlo me siguen encantando la vida. Amable, dinámico, preciso en sus consideraciones, Rossellini era uno de los artífices del cine que yo más admiraba. Pocas veces vi concentrado de manera tan alta el señorío del artista, con la técnica de filmación y la dinámica energía italiana, a la que él agregaba su sabia experiencia.

Roberto Rossellini nació en una familia burguesa de Roma. Su padre, músico y empresario, construyó el primer cine de la milenaria ciudad, que bautizó como Il Corso Cinema, con el agregado de un espacio de teatro donde se exhibían obras clásicas de la dramaturgia, junto a las precarias películas que se filmaban, garantizando a su hijo Roberto, que hacía de acomodador, el pase libre para estar al día con un arte que ya lo ilusionaba. “Mi padre fue un verdadero precursor -recordaba-. De manera que de muchacho yo empecé a frecuentar y a familiarizarme con el cine y a tener la mejor información de este mundo apasionante”.

Cuando su padre murió, hacia principios de la década del 30’ Roberto, asistido por su hermano Renzo, que se convirtió luego en un famoso compositor, trabajó como técnico de sonido en películas caseras que se producían en Italia, y por algún tiempo pudo desempeñarse en varios campos relacionados con la creación cinematográfica, ya lanzada de lleno por aquellos años en toda Europa.

En 1938, el inquieto y creativo Rossellini, con una precaria cámara, concretó su primer cortometraje titulado, Prélude à l’aprés-midi d’un faune; después del cual fue requerido por el director Goffredo Alessandrini para el rodaje de Luciano Serra pilota, una de las películas italianas de la primera mitad de siglo presentada con gran éxito. Dos años después asistió a Francesco De Robertis en Uomini sul Fondo, un clásico del incipiente cine realista.

La pasión de Rossellini indudablemente estaba en ese espacio del arte y casi no demoró en filmar su primer largometraje, La Nave Bianca (1941), la primera de la llamada “Trilogía fascista”, junto con Un pilota ritorna (1942) y Uomo dalla Croce (1943). A esta etapa corresponde su amistad y cooperación con otros dos grandes, que siempre fueron sus íntimos y leales amigos: Federico Fellini y Aldo Fabrizi.

Cuando cayó el régimen fascista en 1945, sólo dos meses después de la liberación de Roma, Rossellini ya estaba preparando Roma città aperta, en la que Fellini colaboró en el guion y Fabrizi participó en el papel central del sacerdote. No eran tiempos fáciles, pero el genial y emprendedor director, se las ingenió para obtener la mayor parte del dinero a través de créditos y préstamos. “Asunto que me tuvo empeñado ante acreedores, que me perseguían implacables por toda la ciudad. No me daban las piernas para escapar de estos usureros, oh mia Vergine”, río de buena gana cuando conversábamos una tarde por los alrededores del cerro Santa Lucía, en la ciudad de Santiago de Chile.

Pero el drama desarrollado en ese filme, fue un éxito inmediato, una suerte de consagración impensada. Eso hizo que el inquieto Roberto Rossellini, calificado ya como un precursor, no demorara en empezar la filmación de su “Trilogía neorrealista”, cuya segunda película fue Paisà (Camarada), filmada enteramente con actores no profesionales y, en seguida, la tercera, que tituló Germania anno zero (1947), patrocinada por un productor francés y desarrollada en el sector francés de Berlín durante la posguerra, donde fue protagonista de temerarias anécdotas relacionadas con el mercado negro de cigarrillos.

Durante esa estadía en Santiago, le realicé una larga entrevista para el diario La tercera de la Hora. En esa ocasión me contó además, con ese espíritu alegre y divertido que lo acompañaba siempre, que para crear realmente el personaje que uno tiene en mente, es necesario que el director entable una batalla con el actor que, por lo general, termina ganando el actor. “Eso siempre sucede -se quejó-. En mi caso, como no deseo estar malgastando mis energías en una guerra doméstica, sólo uso actores profesionales en contadas ocasiones”. Se ha dicho que una de las razones del éxito de Roberto Rossellini fue el hecho de que reescribió los guiones según los sentimientos, humores y las particulares historias de sus actores no profesionales. De allí, me explicó, nacieron los acentos regionales, los dialectos y las vestimentas que se ven en sus películas; es decir, del modo en que verdaderamente eran estos personajes en su medio original.

Después de su “Trilogía neorrealista”, Rossellini produjo dos largometrajes que hoy se clasifican como “cine transicional”. El primero fue L’Amore (con Anna Magnani) y el otro, La macchina ammazzacattivi, donde se muestra realidad y verdad, en consonancia con una calidad técnica admirable. “Soy un perfeccionista que le voy a hacer; nunca me doy por vencido. Mi objetivo es lograr la calidad natural de las cosas que elaboro para mis películas. Algunos de mis amigos y colegas más cercanos, como Federico Fellini y Vittorio de Sica me consideran un obsesivo, algo que no me disgusta para nada; sobre todo porque es la pura verdad”.

En esa temporada que vivió en Santiago, calificada por él como mágica, tuve el privilegio de acompañarlo y asistirlo en algunos asuntos regionales. Recuerdo especialmente una visita a Isla Negra, que fue filmada por su equipo, donde lo agasajó Pablo Neruda y una cena en la residencia presidencial de Tomás Moro, que le ofreció Salvador Allende. Después de los trágicos sucesos del sangriento septiembre de Chile, que lo sorprendieron allí, lo visité un par de veces en Roma, donde trabé también amistad con una de sus hijas.

Un acontecimiento esencial en la vida de Roberto Rossellini, se dio en 1949, cuando inició su relación con la actriz Ingrid Bergman, que después de ver Roma Città aperta y Paisà decidió ponerse en contacto con él proponiéndole un trabajo entre ambos. Empezó así una de las más conocidas historias de amor en el mundo del cine; ella estaba en la cumbre de su popularidad e influencia. Comenzaron a trabajar juntos un año más tarde en Stromboli terra di Dio, de 1950, y se cerró con Viaggio in Italia (1954), un filme que tuvo gran influencia en Francia, donde fue reconocido por Cahiers du Cinéma como uno de los orígenes estilísticos de la Nouvelle Vague, que contaba con figuras como François Truffaut, Jean-Luc Godard, Jacques Rivette, Éric Rohmer o Claude Chabrol, y sobre todos ellos su precursor Jean Pierre Melville, que confesó en una oportunidad sentirse orgulloso de ser discípulo del maestro Roberto Rossellini.

La relación de Ingrid Bergman con él, causó cierto escándalo, pues ambos estaban casados antes de conocerse; el comentado asunto se intensificó cuando nacieron los hijos de la pareja. La talentosa actriz Isabella Rossellini, es uno de los frutos de aquel amor.

Sin duda, 1965 fue un año clave en la trayectoria de Rossellini, ya que decidió su marcha del cine hacia la televisión, afirmando que esta última, al ser un medio dinámico y dirigido a un público masivo podría mejorar la comunicación con el espectador de las salas cinematográficas, que él ya consideraba obsoletas. Pensó entonces que la televisión era el medio activo capaz de enseñar, comunicar y difundir la cultura con más eficacia que la escuela e inclusive los libros. “Muy sencillo -me explicó-. Era el medio que instalado en el hogar difundía el mensaje; vale decir que el espectador no necesitaba concurrir a un cine”. Esto lo llevó a elaborar toda una teoría. Empezó su proyecto enciclopédico con la geografía para luego pasar a la historia, que consideraba esencial porque a través de ella se explica nuestro ser, nuestro pasado, presente y futuro. “El hombre está hecho en la historia, es una parte de ella”, completó. Por consiguiente, su trabajo para la televisión se puede dividir en retratos de personajes que él rescató con calidad artística: Sócrates, Descartes, Pascal, Agustín de Hipona, Louis XIV, Carlos Marx; como también en los retratos de época: La Edad de Cosimo de Medici y los Hechos de los Apóstoles, cuyas filmaciones difieren de los primeros, porque requieren mucho más tiempo y son más específicos y sofisticados, mientras que los retratos de personajes se basan en una idea determinada. Con la excepción de Sócrates y Cosimo la trayectoria de los personajes tiene lugar en un período que, según su criterio, abarca de 20 a 30 años, no más.

Sus películas de televisión pueden ser consideradas como parte de un proyecto enciclopédico, como si esos filmes fueran parte de la misma obra. La toma del poder por Louis XIV es la única de las películas de televisión proyectada en los cines. Las demás estaban concebidas para este arte que él no consideraba menor; sino todo lo contrario. El tiempo no demoró en darle la razón. Hoy en día empresas como Netflix, Amazón Prime, Disney Hotstar y Hulu, desarrollan su actividad basadas en las ideas de las que Rossellini fue precursor.

En el trato personal, el admirado y querido Roberto Rossellini, fue una persona encantadora; amable, generoso y sabio en sus conceptos. Yo no dudo en definirlo como un maestro genial, paradigma y leyenda del séptimo arte. El inefable y siempre recordado Joaquín Soler Serrano, lo entrevistó en su programa A fondo de la Televisión Española. Allí se lo puede ver de cuerpo entero como artista y pensador.

Don Roberto era uno de los frecuentadores de la famosa mesa del Café Canova, de la Piazza del Popolo, que supo reunir a muchos grandes del cine italiano como Vittorio Gassman, Alberto Sordi, Ettore Scola, Ugo Tognazzi y Nino Manfredi, entre otros.

El célebre y siempre recordado Roberto Rossellini nació en Roma el 8 de mayo de 1906 y se sumó a los más el 3 de junio de 1977. Sus amigos de la mesa nunca dejaron de brindar por él.

Fuente: https://www.elimparcial.es

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