martes, junio 25, 2024
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La peste, Albert Camus

¿Qué hizo Albert Camus los dos días que pasó en Buenos Aires, el 12 y el 13 de agosto de 1949? No mucho, pero esa escasez es por sí misma interesante. Hay que imaginárselo recluido en una habitación de la casa de Victoria Ocampo en San Isidro, de la que sale a la noche para cenar con ella y escuchar grabaciones de piezas del compositor Benjamin Britten y poemas de Charles Baudelaire.

«Hay paz, provisional, en esta casa», anotó Camus en su Diario de viaje. Había adentro, pero no puertas afuera. El primer peronismo estaba en su esplendor. Camus llegó en una gira por Sudamérica para dictar conferencias, pero cuando anunció que el tema sería «la libertad de expresión» le dijeron que entonces debía pasar el filtro de la censura. El escritor francés se negó a dar la conferencia y rechazó toda invitación oficial.

El doctor José Claudio Escribano recuerda una anécdota que le contó Luis Mario Lozzia, escritor y periodista de LA NACION. Según sus testimonio, Camus tenía planeado quedarse más días en Argentina, pero apenas llegó percibió la opresión de fascismo. «La atmósfera es irrespirable», dijo. Terminaba de escribir La peste, que no costó demasiado leerla en clave política. Pasaron 70 años y el manuscrito de la novela se expuso estos días en la Biblioteca Nacional.

«Tengo ganas de dormir hasta el fin del mundo», escribe en la habitación de la casa de Victoria. La relación entre los dos empezó antes de verse cara a cara. En los números de la revista Sur de marzo y abril de 1946, Ocampo había traducido y publicado la pieza de teatro Calígula. Como explica Eduardo Paz Leston en el prólogo a la correspondencia entre Ocampo y Camus recién publicada, para ella Calígula era una «alegoría de la dictadura» peronista.

Ese mismo año, los dos coincidieron en Nueva York y ella vio que Camus daba una conferencia. Decidió ir para constatar si el autor se parecía a la obra. No hubo decepción. Terminada la charla, se presentó, de una manera brusca, pero inequívoca: «Soy su traductora. Sur. Buenos Aires. Calígula». Según Victoria cuenta en la sexta serie de sus Testimonios, «vimos Nueva York juntos». Los planes del viaje a Buenos Aires habían empezado.

Pero antes, en el número triple de Sur (147/148/149) dedicado a la literatura francesa (enero, febrero, marzo de 1949), aparece «Desterrados en la peste», «capítulo de una novela en preparación», como se aclara en una nota al pie, en traducción de Lyly Cardahi de Ibáñez. El año siguiente, Sur, la editorial, sacará La peste, en otra traducción, la de Rosa Chacel, que conocemos. Faltaba todavía para que ganara el Premio Nobel.

Para Alexandre Alajbegovic -albacea y asistente personal de Catherine Camus, hija del escritor- la estadía de Albert Camus en Buenos Aires puede parecer anecdótica por su duración y por los pocos comentarios que él mismo hizo en sus diarios. «Sin embargo, me parece decisivo en dos niveles. El primero consolidó su amistad con Victoria Ocampo, una amistad muy fuerte que había nacido tres años antes en Nueva York, pero que cumplió un papel esencial en la difusión de la obra de Camus en lengua española mientras estaba censurado en la España de Franco. El otro punto decisivo de ese viaje es la reacción de Camus ante la prohibición de su obra El malentendido a manos de la censura peronista y su rechazo a cualquier aparición pública. La embajada de Francia intentó que cambiara de opinión y modificara el título de la conferencia, pero él no quiso. La libertad de expresión era innegociable».

En cuanto a La peste, Alajbegovic, que estuvo este mes de visita en Buenos Aires, cree que «más de setenta años después de su publicación, la cuestión de la responsabilidad de los individuos dentro de la comunidad sigue siendo central en nuestro mundo globalizado». No por nada Victoria le había escrito a Camus en una carta fechada en 1953: » La peste siempre tiene éxito».

En una coincidencia que cierra el círculo de la amistad, Ocampo se enteró de la muerte de Camus, en 1960, también de viaje en Nueva York. De nuevo, también, llovía. En noviembre del año que se conocieron, pero en París, Camus le regaló a Victoria un ejemplar de L’Étranger, con esta dedicatoria: «Ce libre qui n’explique rien avec l’amitié qui résout tout: celle du coeur» (Este libro que nada explica, con la amistad que todo lo arregla: la del corazón). Y agregó: «1. L’Étranger; 2. Nueva York; 3. París; 4. Buenos Aires, agosto de 1949; 5. ¿?». Al mencionar mucho después esa dedicatoria, Ocampo se detiene en ese punto de interrogación solitario. «Una pregunta: ¿dónde? ¿Y es posible que exista un absurdo tan perfecto como el que no haya un dónde?» Esa pregunta nos excede, porque no es de este mundo. La correspondencia nos confiere apenas indicios del pasado. Le decía Camus: «¿Vendrá pronto a Europa? Espero que sí, como también espero que iniciemos al menos una correspondencia más seguida. Nosotros somos solamente unos pocos y nos desperdigamos por el mundo. ¡Reunámonos, reunámonos!».

Fuente: Pablo Gianera para www.lanacion.com.ar

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