lunes, junio 17, 2024
InicioInformación GeneralJorge Edwards, maestro en el idioma de Cervantes, Roberto Alifano

Jorge Edwards, maestro en el idioma de Cervantes, Roberto Alifano

Con dolor y mucha tristeza recibí la noticia de la muerte de Jorge Edwards, uno de mis escritores más entrañables. En los últimos años, cuando yo pisaba suelo madrileño, uno de mis mayores gustos era encontrarme con Jorge “para charlar una botella de vino” (dicho esto muy al estilo Neruda), en ocasiones con la complicidad de amigos comunes. 

Una de las últimas veces que nos vimos compartimos la mesa de Luis María Anson, acompañados por Jesús Fonseca y Alejandro Vaccaro. Dueño de un particular sentido del humor, siempre pletórico de ironía, Jorge era una persona encantadora, de envidiable memoria y uno de los más atrapantes conversadores que he conocido. Alguna vez escribió que “la literatura se hace con la memoria; con una memoria creadora, que no es posible suscitar ni provocar, y es estimulada naturalmente por la ausencia”. Acaso esta misma ausencia que sentimos ahora al evocarlo.

También fue un genuino heredero de esa vieja tradición del escritor bohemio, lo que combinó con un orden de vida y una férrea disciplina para escribir y cumplir sus tareas diplomáticas, que lo llevaron, como culminación de su carrera, a ser embajador del gobierno de Sebastián Piñera ante el gobierno de Francia. Hospitalario como buen chileno, por esos años me alojó un par de veces en la residencia.

Dotado de un sensible afecto hacia los suyos, expresado en un entrañable amor a su familia, que fue correspondido, ya que sus hijos y sus hermanas lo asistieron hasta el último momento; también recuerdo con afecto, a la bondadosa Pilar, su esposa, notable editora y divulgadora de la literatura chilena a través de la librería familiar del barrio de Providencia.

Jorge Edwards Valdés nació el 29 de julio de 1931 en Santiago y desde niño sintió inclinación por la lectura, sin embargo, confesó que nunca imaginó que podría ser escritor; “hasta que estimulado por la lectura y el contacto con gente dedicada a la palabra, di con lo que ya estaba en mis genes, pues soy sobrino-nieto de don Joaquín Edward Bello, al que dedique mi libro El inútil de la familia; a él como a mí nos consideraban ociosos”.

Jorge se educó en el colegio San Ignacio de Loyola, donde tuvo de profesor al Santo Chileno Alberto Hurtado. De allí, su interés literario se vio acrecentado y escribió sus primeros borradores, “que tenían como tema el mar, una metáfora que abarca el universo y a mí me sigue deslumbrando”. Terminada la enseñanza escolar, estudió Derecho en la Universidad de Chile donde se doctoró en leyes, pero no ejerció y optó por seguir su vocación literaria. Cosa no vista con buenos ojos familiares. “Una parte de los Edwards, la más pudiente, son propietarios del diario El Mercurio; pero yo pertenezco a la otra rama pobre; aunque sin duda la más sensible”.

En 1952 publicó su primer volumen de cuentos, El patio, que tuvo una discreta acogida. Dos años más tarde, empezó su carrera como diplomático pensando que con esta actividad cumpliría con las expectativas de su familia a la que había defraudado al no establecerse como abogado. Entretanto mantuvo un pausado ritmo de escritura, sin dedicarse por entero al arte de la literatura. En 1962 editó otro volumen de cuentos, el que tituló Gente de la ciudad.

Ya instalado como diplomático, en los años siguientes ejerció como secretario de la Embajada de Chile en París, secundando a su amigo y maestro Pablo Neruda; paralelamente y con mucho esfuerzo escribió El peso de la noche, una obra reconocida por la crítica, que le valió el elogio de consagrados escritores. Con este libro, dio inicio a una nueva etapa en su carrera literaria y a su estilo de escritura. Según él mismo, con esta primera novela empezó “de veras a escribir, o sea, a decir el máximo de cosas, a observar la realidad desde otro entorno y dejando de lado la obsesión autobiográfica”. De regreso en Chile preparó juntó al poeta Enrique Lihn una compilación de cuentos, la que titularon Temas y variaciones (1969).

Pero uno de los hechos sobresalientes de su carrera diplomática lo llevó impensadamente a su definitivo reconocimiento como escritor. Esto se produjo en 1970, cuando fue enviado por el gobierno chileno a La Habana en misión especial para reinstaurar las suspendidas relaciones diplomáticas entre ambos países. Tres meses bastó para que fuera declarado por Fidel Castro un diplomático indeseable por su apoyo a los intelectuales disidentes del régimen. De esta controvertida experiencia, precisamente surgió el libro Persona non grata, publicado en 1971 causando una gran polémica, pues hizo una crítica directa y severa a la política cubana, siendo considerado en ese momento un escritor definitivamente crítico con su entorno, recibiendo por ello el rechazo de distintos sectores políticos; sobre todo de la izquierda.

Tras el golpe de Estado de 1973, cuando yo estuve detenido por despedir los restos de Neruda, Jorge, en ese momento cumpliendo funciones diplomáticas en Lima, hizo todas las gestiones a su alcance para obtener mi libertad. Desde allí decidió no regresar a su país y partir con destino a España donde consiguió orientar su trabajo literario y desarrollar sus actividades como novelista y articulista de los principales diarios. Su honda relación con la tierra española empezó en Barcelona, donde trabó amistad con Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez.

En mi caso, la amistad con Jorge Edwards se la debo al aedo de isla Negra. Tuve la felicidad de conocer a Jorge y a Pilar en casa de Pablo Neruda hacia mediados de la década del ‘60 y desde entonces mantuvimos una cercana relación, pues nunca dejamos de hacernos señales de amistad. En el 2001, cuando una de las habituales y espantosas crisis que vivió nuestra Argentina me llevó a recalar en Chile para intentar seguir con la publicación de Proa, Jorge Edwards y Francisco Sepúlveda, otro querido compañero de ruta, me pusieron en contacto con la Editorial Universitaria, a cargo del predispuesto empresario Reinaldo Sapag. Allí se efectivizó la continuidad de la revista, sumando a otros brillantes escritores como Antonio Avaria, Miguel de Loyola y Alfonso Calderón.

En lo personal fueron años muy ricos para mí. Por esa época, la noche de los jueves, con Nicanor Parra y algunos de los amigos ya mencionados, cuando Jorge estaba en Santiago, nos reuníamos en su departamento ubicado frente al cerro Santa Lucía, para compartir vivencias y literatura entre exquisitos mariscos y pisco sour chileno. Mi deuda con Jorge es enorme; a él le debo un generoso prólogo sobre un libro de diálogos con Borges, que fue publicado en 2003.

Durante sus años de exilio Jorge escribió con mayor intensidad y dio a la imprenta una elogiada compilación de ensayos que tituló Desde la cola del dragón, donde nuestro escritor y envidiable memorialista estableció un vínculo entre su obra periodística y la ficción con el propósito de que sus crónicas fueran leídas también como textos literarios; a esa obra, y en una misma dirección publicó Los convidados de piedra hacia finales de la década del ‘70, novela de crítica directa a la burguesía chilena, “que me enemistó con algunos familiares, sobre todo con los sectores más rencorosos de mi conflictiva familia”, recordaba.

De regreso a su patria, en 1978, fue designado miembro de la Academia Chilena de la Lengua. En los años siguientes, Jorge publicó dos de sus libros más comentados, en 1981 El museo de cera y, posteriormente, El anfitrión. En 1990 ganó el Premio Comillas de la editorial Tusquets por su manuscrito sobre la vida de Pablo Neruda, titulado Adiós, poeta, un libro entrañable y exquisito bajo todo punto de vista. En 1994, recibió el Premio Nacional de Literatura en reconocimiento a su larga trayectoria y su aporte a las letras chilenas. Ese mismo año publicó El whisky de los poetas, obra en el que regresa a la crónica incluyendo textos sobre literatura, política y variados temas.

El año 2000 fue muy importante para Jorge Edwards, puesto que se le otorgó el Premio Cervantes, distinción considerada por la crítica como el Nobel hispanoamericano. Ese mismo año, el presidente Ricardo Lagos lo condecoró con la Orden al mérito Gabriela Mistral (y él me honró al proponerme entre los oradores). Ese mismo año publicó su libro El sueño de la historia, inspirado en la vida del arquitecto del Palacio de la Moneda, Joaquín Toesca.

Al recibir el Premio Cervantes en el 2000, señaló con convicción: “La literatura es un espacio mental, una corriente, un río invisible que corre por el interior de todos nosotros, y la de Chile es una nota particular dentro del gran conjunto hispánico: una estrella lejana, periférica, y a la vez curiosamente cercana, entrañablemente familiar, dentro de la maravillosa constelación de nuestra lengua”.

No hace mucho, en la ciudad de Rosario, Mario Vargas Llosa me inquietó al expresarme su preocupación por la salud de nuestro común amigo. La valiosa y riquísima vida del querido y admirado Jorge Edwards, un poeta maestro de la prosa en el idioma de Cervantes, se apagó días pasados a los 91 años, en Madrid, ciudad a la que amaba intensamente.

Fuente: https://www.elimparcial.es/noticia/252201/opinion/jorge-edwards-maestro-en-el-idioma-de-cervantes.html

Artículo anterior
Artículo siguiente
Ahora Educacion
Ahora Educacion
En ahoraeducacion.com encontras la información actualizada sobre educación y universidad, becas y nuevas tendencias pedagógicas en todo el mundo. Nuestros editores son testigos de lo ocurrido en la transmisión del conocimiento acá y en América Latina desde los años ochenta del siglo XX, hasta la actualidad.
RELATED ARTICLES

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor deje su comentario
Por favor ingrese su nombre

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Most Popular