Los poco informados podrán apostar a vocablos como “mate”, “tango” , “dulce de leche”, “metegol” y “che” pero no habrán respondido con corrección: si la pregunta es qué palabra está considerada la más argentina en el uso de la lengua castellana, la respuesta académica correcta es… “boludo”.

No se trata de una opinión ni el resultado de un estado de ánimo sino de una conclusión académica, que surgió del desarrollo del XVI Congreso de la Lengua Española, hace ocho años en Panamá, cuando la era del coronavirus no era imaginable ni en las peores pesadillas.

En aquel Congreso, fue el poeta argentino Juan Gelmán el encargado de explicar a la comunidad lingüística hispanoparlante el valor de boludo, un término polivalente, que en algún contexto puede ser un insulto, en otros apenas un sustantivo, en general un adjetivo, en otros casos jugar como neutral, en ocasiones una somera descripción.

“Es un término muy popular y dueño de una gran ambivalencia hoy”, planteó el poeta, que vivió gran parte de su existencia en México. “Entraña la referencia a una persona tonta, estúpida o idiota; pero no siempre implica esa connotación de insulto o despectiva”, puntualizó, abundando en ese uso como comodín que se ha desarrollado en el último medio siglo.

Su empleo entre amigos, como guiño de complicidad, le hizo perder su sentido insultante, recordó el autor de “Gotán”, acaso pensando en los compatriotas que se pasan la tarde boludeando en internet o aquellos que se saludan diciendo “Boluda, qué hacés, hace meses que no nos vemos”, algunos de los cuales se enojaron cuando los diarios publicaron su aporte al Congreso.

“La palabra original ha mutado hacia un uso desenfadado y superficial pero sin perder su origen”, destacó el escritor, que era uno de los convocados para abordar el tema de los vocablos más emblemáticos en los veinte países que participaban, a partir de una iniciativa del diario español El País.

En la Argentina vive aproximadamente el 10 por ciento de los usuarios del idioma castellano, si se tiene en cuenta que según las estadísticas actualizadas del Instituto Cervantes de la Lengua hay en 2021 unos 493 millones de hablantes nativos en español, a los que hay que agregar otros diez que lo hablan como segundo idioma.

El cantautor bonaerense Facundo Cabral había establecido muchos antes de que la Academia aceptara la palabra en su diccionario una serie importante de categorías, aunque tenía la picardía de atribuir la enumeración a un coronel casado con su abuela, que era un hombre muy valiente, pero “tenía mucho miedo” al encuentro con los boludos.

“Un día le pregunté –garantizaba el fabulador Cabral sobre las razones de ese miedo- y él me contestó: ‘porque los boludos son muchos, y no hay forma de cubrir semejante frente. Por temprano que te levantes, a donde vayas, ya está lleno de boludos, y son peligrosos, porque al ser mayoría… hasta eligen el presidente’”.

Para el cantor, que murió asesinado accidentalmente por el narcotráfico hace ya casi diez años, en Guatemala, había que reconocer no menos de nueve categorías a la hora de pensar en su proliferación, a lo largo y ancho de un país generoso.

Un filólogo interesado encontrará mas de cien boludos diferentes buscando en la cultura popular – incluyendo el boludo campana, que es tan tan tan pero tan boludo y el boludo ecológico, que es boludo por naturaleza -, y  podría toparse con historias fraguadas, para hacer sonreír, como la del tipo que corrió en el campeonato mundial de boludos y quedó segundo, por boludo.

A las categorías enumeradas habría que agregar una especie, frecuente pero no tan fácil de detectar, el que se enamora como un pavo de un alma desalmada o presta dinero a una persona en apuros sin saber que no habrá devolución, que bien puede ser considerado el cándido boludo, o el boludo cándido, quien sabe.

“¡Che Boludo! A Gringo’s Guide to understanding the argentines”,  es una de las recomendaciones de la plataforma Amazon a los turistas anglosajones que planifiquen viajes hacia el sur de América, para evitar que los términos que figuran en las convenciones del castellano resulten inservibles para comunicarse en serio con los locales.

El autor se llama James Bracken, es un estadounidense radicado en Bariloche, y estuvo tres años haciendo apuntes personales para entender el significado de los términos y frases que escuchaba hasta que comprendió que tenía la base para una especie de diccionario argentino-inglés, útil para los angloparlantes que busquen vincularse a la identidad local.

Como se verá las convenciones de la lengua pueden incluir diversión a raudales: en 2004, jugando de local en Rosario, el escritor y humorista Roberto Fontanarrosa hizo llorar de risa a los integrantes de la Real Academia que presenciaban azorados su defensa del vocablo “pelotudo”, en el marco de un pedido de amnistía para las pobres “malas palabras”.

“Un Congreso de la Lengua es, más que todo, para plantearse preguntas”, razonó. “Yo, como casi siempre hablo desde el desconocimiento, me pregunto por qué son malas las malas palabras, quién las define como tal. ¿Quién y por qué? ¿Quién dice qué tienen las malas palabras? ¿O es que acaso les pegan las malas palabras a las buenas? ¿Son malas porque son de mala calidad? ¿O sea que cuando uno las pronuncia se deterioran?”.

“Hay palabras de las denominadas malas palabras que son irremplazables, por sonoridad, por fuerza y por contextura física”, planteó el padre de “Inodoro Pereyra” “Boogie el aceitoso”. “No es lo mismo decir que una persona es tonta o zonza o que es un pelotudo”.

Aquella defensa también incluyó al término “carajo”, una palabra “maravillosa”, que en otros países “está exenta de culpa”. “Tengo entendido que era el lugar donde se colocaba el vigía en lo alto de los mástiles”, insistió. “Amigos mexicanos me explicaban que las islas Carajo están en el Océano Índico”.

Fontanarrosa agregó aquella inolvidable mañana que también resulta “irremplazable” la palabra “mierda”, tras lo cual ahondó en el secreto de su “contextura física” que está en la erre, en una digresión que lo llevó a bromear sobre el destino de una Revolución en un país como Cuba en que los habitantes dicen “mielda”.

“Por ejemplo, cuando algún periódico dice que el senador fulano de tal envió a la m….a su par, la triste función de esos puntos suspensivos merecería también una discusión en este Congreso”, apuntó hablando en la mesa llamada “Español internacional e Internacionalización del español” y sin abordar la palabra boludo, tal vez por considerarla un porteñismo.

A fines de los años 80, cuando decir boludo en público era todavía un poco llamativo, el inefable Dalmiro Sáenz, que podría ser considerado como un transgresor profesional, escribió “Las boludas”, que en 1993 se convirtió en una olvidada película menor, bajo la dirección de Víctor Dínenzon.

Antes de eso, la joven Nacha Guevara afinaba una canción llamativa del mismo título, muy teñida del espíritu de las desobediencias sesentosas, que incluía una reflexión sobre la influencia de la edad en los comportamientos humanos: “El tiempo no tiene nada que ver:/cuando se es boludo/se es boludo./Sea rector o bachiller/si se es boludo/se es boludo”.

No era la única en abordar el tema, si se tiene en cuenta que Gianfranco Pagliaro cantaba “La balada del boludo”, musicalización de un poema de Isidoro Blastein: “Por mirar el otoño/ Perdía el tren del verano/ Usaba el corazón en la corbata/Se subía a una nube,/Cuando todos bajaban./Su madre le decía: No mires las estrellas para abajo/No mires la lluvia desde arriba/ (….) Tienes razón ,mamá- dijo el boludo./Y se bebió una rosa./-No seré más boludo”

Pero no es sólo un asunto del pasado, el uso permanente de la palabra: desde hace no tanto los 27 de junio Crónica felicita a sus televidentes con una llamativa placa roja, hace cuatro años, dirigidos por Juan Taratuto, Valeria Bertuccelli y Adrián Suar protagonizaron la comedia “Me casé con un boludo”, y en marzo de este año el sindicalista Hugo Moyano definió al ex presidente Mauricio Macri como “un boludo asintomático”.

Los fanáticos de “Todo x 2 pesos” no olvidarán “Boluda Total”, el sketch de Fabio Alberti, que luego hizo con el personaje un unipersonal de teatro, que satirizaba a ciertas conductoras de programas de televisión, sobre todo aquellas caracterizadas por la intrascendencia de las temáticas que abordan, el mundo conservador-berreta que habitan y la modestia verbal de sus aportes a la teleaudiencia.

Los estudiosos del léxico tienen dos teorías sobre el origen de la palabra más argentina de todas, la primera de las cuales indica que puede provenir de un vocablo importado de Italia, a partir de una leyenda que afirmaba que  en la Universidad de Bolonia vendían títulos a los ricos, que después negaban haberlos comprados: los bolonios eran graduados truchos.

Pero si el origen es itálico, dicen otros estudiosos, hay que tener en cuenta que para los romanos tener los testículos grandes, como tienen los herbívoros, denotaba un carácter flojo, y en cambio tenerlos chicos y apretados, como los felinos era señal de temperamento fuerte, por lo que la palabra importada no sería solo un asunto de Bolonia.

La segunda hipótesis parece tener mayor asidero: en la llamada “guerra gaucha” , durante el siglo XIX, el Ejército Argentino disponía que delante de la infantería y sus oficiales con armas de fuego, cargaran soldados rasos, algunos con lanzas y otros con los dos tipos de boleadoras que existían: una con muchas bolas, otra con solo dos, más grandes.

Los soldados eran entonces los boludos, los lanzeros y los pelotudos, a los que habría que agregar que como estaban mucho más cerca de ser heridos o

La técnica era así: cuando los españoles cargaban con su caballería, los “pelotudos” los esperaban a pie firme y les pegaban a los caballos en el pecho, que de esta manera rodaban, desmontando al jinete, momento en que intervenían los “lanceros” para herirlos, hasta que finalmente llegaba la hora de los “boludos”, que los remataban.

En 1890, un Diputado de la Nación aludiendo a lo que hoy se denominan “perejiles”, dijo que no había que ser “tan pelotudos” en referencia a las prácticas que hacen ir tan al frente a un par que su vida corre extremo peligro, y desde allí la expresión empezó a popularizarse, aunque la extensión del uso de boludo fue superior, pero desde los años 60 del siglo XX.

En las redes sociales, hace años circula un texto que dice: “El boludo argentino repite titulares. No se cuestiona ni por asomo si hay o no intencionalidades o encubrimientos en el medio con el que acompaña su desayuno cada día. El boludo argentino no se entera de que está siendo manipulado. Ni nunca lo hará. Se indignará solo cuando le digan que debe indignarse y callará cuando el mensaje sea callar”.

Aunque mucha gente no lo sepa, ni le importe, en este mes de junio, el día 27, se conmemora en la Argentina El Día Nacional del Boludo, propulsado desde 2009 por un grupo de diseñadores gráficos y apoyado luego por activistas de internet en un homenaje inicial a aquellos que por actuar con honestidad terminan siendo burlados por la “viveza criolla”.

La iniciativa, que está juntando votos para llevar al Congreso el petitorio para que sea considerado Feriado Nacional, parte de una idea sobre los hechos registrados en Buenos Aires en 1806, durante las primeras Invasiones Inglesas, cuando las autoridades locales intentaron dialogar con los invasores, pero terminaron entregándoles la ciudad, por inocentes, el 27 de junio.

Aquel día, subrayan, los impulsores del feriado “las tropas invasoras desfilaron por la actual plaza de Mayo y enarbolaron la bandera del Reino Unido, que permanecería allí por 46 días”, mientras “el virrey Sobremonte, nuestro primer boludo patrio importado directamente de España, abandonaba la Capital y se retiraba a Córdoba”.

“Boludo patrio importado” puede parecer una boludez, pero da para pensarlo un montón, ya que en apenas tres palabras casi se roza la creación artística, aquello que hicieron a su turno Gelman y Fontarrosa, seguros de que las palabras no son buenas o malas, son palabras y para algo existen.

Fuente: https://humanidad.com.ar

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