George Steiner: «me asquea la educación de hoy, que es una fábrica de incultos»: a los 88 años, el filósofo y ensayista francés que murió en 2020 estaba preocupado por el futuro pero, a la vez, era optimista; imaginaba que la poesía leída en papel no morirá nunca y cree que Homero «habría entendido» a Mohammed Ali.

Primero fue un fax. Nadie respondió a la arqueológica intentona. Luego, una carta postal (sí, aquellas reliquias consistentes en un papel escrito y metido en un sobre). «No les contestará, está enfermo», previno alguien que le conoce bien. A los pocos días llegó la respuesta. Carta por avión con el matasellos del Royal Mail y el perfil de la Reina de Inglaterra. En el encabezado ponía: Churchill College. Cambridge. El breve texto decía así: «Querido Señor, el año 88 y una salud incierta. Pero su visita sería un honor. Con mis mejores deseos.George Steiner». Dos meses después, el viejo profesor había dicho «sí», poniendo provisional coto a su proverbial aversión a las entrevistas.El catedrático de literatura comparada, el lector de latín y griego, la eminencia de Princeton, Stanford, Ginebra y Cambridge; el hijo de judíos vieneses que huyeron del nazismo primero a París y luego a Nueva York; el filósofo de las cosas del ayer, del hoy y del mañana; el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2001, el polemista y mitólogo políglota y el autor de libros capitales del pensamiento moderno, la historia y la semiótica como Nostalgia del absoluto o La idea de Europa abría las puertas de su preciosa casita de Barrow Road. Es una mañana de lluvia en la campiña de Cambridge. Zara, la encantadora esposa de George Steiner (París, 1929), trae café y pastas. El profesor y sus 12.000 libros miran de frente al visitante.-Profesor Steiner, la primera pregunta es, ¿cómo está su salud?-Oh, muy mal, por desgracia. Tengo ya 88 años y la cosa no va bien, pero no pasa nada. He tenido y tengo mucha suerte en la vida y ahora la cosa va mal, aunque todavía paso algunos días buenos.-Cuando uno se siente mal… ¿es inevitable sentir nostalgia de los días felices? ¿Huye usted de la nostalgia o puede ser un refugio?-No, lo que uno tiene es la impresión de haber dejado de hacer muchas cosas importantes en la vida. Y de no haber comprendido del todo hasta qué punto la vejez es un problema, ese debilitamiento progresivo. Lo que me perturba más es el miedo a la demencia. A nuestro alrededor el Alzhéimer hace estragos. Así que yo, para luchar contra eso, hago todos los días unos ejercicios de memoria y de atención.-¿Y en qué consisten?-Lo que le voy a contar lo va a divertir. Me levanto, voy a mi estudio de trabajo y elijo un libro, no importa cuál, al azar, y traduzco un pasaje a mis cuatro idiomas. Lo hago sobre todo para mantener la seguridad de que conservo mi carácter políglota, que es para mí lo más importante, lo que define mi trayectoria y mi trabajo. Trato de hacerlo todos los días… y desde luego parece que ayuda.-¿Sigue leyendo a Parménides cada mañana?-Parménides, claro… bueno, u otro filósofo. O un poeta. La poesía me ayuda a concentrarme, porque ayuda a aprender de memoria, y yo siempre, como profesor, he reivindicado el aprendizaje de memoria. Lo adoro. Llevo dentro de mí mucha poesía; es, cómo decirlo, las otras vidas de mi vida.-La poesía vive… o mejor dicho, en este mundo de hoy sobrevive. Algunos la consideran casi sospechosa.-Estoy asqueado por la educación escolar de hoy, que es una fábrica de incultos y que no respeta la memoria. Y que no hace nada para que los niños aprendan las cosas de memoria. El poema que vive en nosotros vive con nosotros, cambia como nosotros, y tiene que ver con una función mucho más profunda que la del cerebro. Representa la sensibilidad, la personalidad.-¿Es optimista con respecto del futuro de la poesía?-Enormemente optimista. Vivimos una gran época de poesía, sobre todo en los jóvenes. Y escuche una cosa: muy lentamente, los medios electrónicos están empezando a retroceder. El libro tradicional vuelve, la gente lo prefiere al Kindle… prefiere agarrar un buen libro de poesía en papel, tocarlo, olerlo, leerlo. Pero hay algo que me preocupa: los jóvenes ya no tienen tiempo… de tener tiempo. Nunca la aceleración casi mecánica de las rutinas vitales ha sido tan fuerte como hoy. Y hay que tener tiempo para buscar tiempo. Y otra cosa: no hay que tener miedo al silencio. El miedo de los niños al silencio me da miedo. Solo el silencio nos enseña a encontrar en nosotros lo esencial.-El ruido y la prisa… ¿No cree que vivimos demasiado deprisa? Como si la vida fuera una carrera de velocidad y no una prueba de fondo? ¿No estamos educando a nuestros hijos demasiado deprisa?-Déjeme ensanchar esta cuestión y decirle algo: estamos matando los sueños de nuestros niños. Cuando yo era niño existía la posibilidad de cometer grandes errores. El ser humano los cometió: fascismo, nazismo, comunismo… pero si uno no puede cometer errores cuando es joven, nunca llegará a ser un ser humano completo y puro. Los errores y las esperanzas rotas nos ayudan a completar el estado adulto.-No se sabe bien por qué el error tiene tan mala prensa, pero el caso es que en estas sociedades exacerbadamente utilitarias y competitivas la tiene.-El error es el punto de partida de la creación. Si tenemos miedo a equivocarnos jamás podremos asumir los grandes retos, los riesgos. ¿Es que el error volverá? Es posible, es posible, hay algunos atisbos. Pero ser joven hoy no es fácil. ¿Qué les estamos dejando? Nada. Incluida Europa, que ya no tiene nada que proponerles. El dinero nunca ha gritado tan alto como ahora. El olor del dinero nos sofoca, y eso no tiene nada que ver con el capitalismo o el marxismo. Cuando yo estudiaba la gente quería ser miembro del Parlamento, funcionario público, profesor… hoy incluso el niño huele el dinero, y el único objetivo ya parece que es ser rico. Y a eso se suma el enorme desdén de los políticos hacia aquellos que no tienen dinero. Para ellos, solo somos unos pobres idiotas. Y eso Karl Marx lo vio con mucha anticipación. En cambio, ni Freud ni el psicoanálisis, con toda su capacidad de análisis de los caracteres patológicos, supieron comprender nada de todo esto.-¿Establece diferencias entre «alta» y «baja» cultura, como han hecho algunos intelectuales, visiblemente incómodos ante formas de cultura popular como los cómics, el arte urbano, el pop o el rock, a los que se llegó a poner la etiqueta de «civilización del espectáculo»?-Yo le digo una cosa: Shakespeare habría adorado la televisión. Habría escrito para la televisión. Y no, no hago esas distinciones. A mí lo que de verdad me entristece es que las pequeñas librerías, los teatros de barrio y las tiendas de discos cierren. Eso sí, los museos están cada día más llenos, la muchedumbre colapsa las grandes exposiciones, las salas de conciertos están llenas… así que atención, porque estos procesos son muy complejos y diversos como para establecer juicios globales. Mohammed Ali era también un fenómeno estético. Era como un dios griego. Homero habría entendido a la perfección a Mohammed Ali.-El creciente desdén político por las humanidades es desolador. Al menos en España. La filosofía, la literatura o la historia son progresivamente ninguneadas en los planes educativos.-En Inglaterra también pasa, aunque quedan algunas excepciones en escuelas privadas para elites. Pero el sentido de la élite es ya inaceptable en la retórica de la democracia. Si usted supiera cómo era la educación en las escuelas inglesas antes de 1914… pero es que entre agosto de 1914 y abril de 1945 unos 72 millones de hombres, mujeres y niños fueron masacrados en Europa y el oeste de Rusia. ¡Es un milagro que todavía exista Europa! Y le diré algo respecto a eso: una civilización que extermina a sus judíos no recuperará nunca lo que fue.-Profesor Steiner, ¿qué es ser judío?-Un judío es un hombre que, cuando lee un libro, lo hace con un lápiz en la mano porque está seguro de que puede escribir otro mejor.-¿Qué momentos o hechos cree que forjaron más su forma de ser? Entiendo que tener que huir del nazismo junto a sus padres y saltar de París a Nueva York es uno de los fundamentales teniendo en cuenta que?-Le diré algo que le impactará: ¡Yo le debo todo a Hitler! Mis escuelas, mis idiomas, mis lecturas, mis viajes… todo. En todos los lugares y situaciones hay cosas que aprender. Ningún lugar es aburrido si me dan una mesa, buen café y unos libros. Eso es una patria. «Nada humano me es ajeno». ¿Por qué Heidegger es tan importante para mí? Porque nos enseña que somos los invitados de la vida. Y tenemos que aprender a ser buenos invitados. Y, como judío, tener siempre la maleta preparada y si hay que partir, partir. Y no quejarse.SU MUERTEEl ensayista, escritor y profesor, fue crítico literario de ‘The New Yorker’ desde 1966 hasta 1997.


George Steiner, intelectual y un hombre de letras cuya influyente crítica a menudo abordaba la paradoja del poder moral de la literatura, ha muerto este lunes en su casa en Cambridge, Inglaterra, según ha informado su hijo. Steiner tenía 90 años. Ensayista, escritor de ficción, profesor y crítico literario, sucedió a Edmund Wilson como crítico de libros para The New Yorker desde 1966 hasta 1997. Durante este periodo, deslumbró a sus lectores por su profundidad analítica, convirtiéndose en un gran maestro de lo que se dio en llamar “literatura comparada”. Su defensa del canon y la crítica al relativismo y a la banalización técnica fueron los ejes de su obra. 

Cuando nos recibió en su casa de Cambridge, Inglaterra, dijo que hablaría durante una hora. A lo largo de ese tiempo repasó la historia mundial, con el mismo énfasis en la guerra que en Charles Darwin, en Pablo Neruda o en Albert Einstein. Atravesado por todas las heridas de su época, Steiner tenía el sentido del humor de un muchacho que sigue jugando, como aconsejaba Samuel Beckett, a fracasar mejor. Su historia fue la de un exiliado de todas las guerras del siglo XX y a todas ellas se refirió en esa entrevista que tuvimos cuando a Europa y al mundo los mordía la guerra de la austeridad, que prosigue. Esos días le dijo a su amigo y colega italiano Nuccio Ordine que él no se sentía ya cómodo en el mundo; este es un lugar irreconocible, y lo era para una de las personas que con más inteligencia lo interpretó.

Era tan preciso, y esa inteligencia era tan implacable, que, en su cabeza amueblada para el escándalo y la alegría no había ni un minuto de reposo para la improvisación. Hasta el punto que, cuando había pasado la hora en punto que nos dio para conversar, dijo: «Hemos acabado. Ahora vamos a tomar jerez, galletas, café y hummus». Y ahí, en ese rato en su cocina fue cuando él quiso saber de España, de nosotros, de otros escritores, con la memoria que aún tenía de cuando, en Oviedo, recibió en 2001 el Príncipe de Asturias. Era 2008. En España, y en el Reino Unido, estaba la sombra del paro, que a él le parecía la amenaza «más grande del futuro». Pero nos preguntó también, por ejemplo, por Javier Marías, «quien me honró haciéndome parte de su Reino de Redonda», a quien consideraba uno de los grandes escritores de Europa.

Su discusión con las artes, la poesía, la narrativa, la pintura, se reducía, en su inteligencia, a lo que según él era lo más sublime que había alcanzado el hombre, «la melodía». Según él, que parecía siempre estar dirigiendo una pequeña orquesta, subiendo y bajando sus manos como si en ellas estuviera la residencia de sus palabras, no había nada más perfecto que la melodía porque en ella estaba el misterio.

Era un hombre proclive al silencio y de ello hizo un monumento paródico: escribió un libro de ensayos, Los libros que nunca he escrito, y una prolongación de su autobiografía, Errata, y en todo lo que escribió siempre estaba como su voluntad de tacharlo. Proclive al silencio, también lo fue al escándalo. Le preguntamos sobre lo que él sentía en torno a la tristeza y al pesimismo que fueron conceptos manejados por la generación que, como la suya, había vivido bajo la amenaza de la desaparición. Nos dijo: «¿Sabes por qué soy tan poco popular entre mis colegas académicos? Siendo joven ya dije que había una diferencia abismal entre el creador y el profesor, o editor, o crítico. Y a los colegas no les gusta escucharlo». Lo que no les gustó escuchar a sus colegas fue el capítulo Envidia: él fue el miembro más joven de la Universidad de Princeton, donde convivía con Einstein y Robert Oppenheimer. «Y yo quería ser El Cartero entre ellos, quiero que me llamen El Cartero, como ese personaje maravilloso en la película sobre Neruda. Es un trabajo muy hermoso ser profesor, ser el que entrega las cartas, aunque no las escriba». «Mis colegas», decía Steiner, «detestan escuchar eso. ¡La vanidad de los académicos es enorme! Derrida dijo que toda la literatura, hasta la más grande, es un mero pretexto. ¡Al infierno con Derrida! Shakespeare no es un pretexto. Beckett no es un pretexto. No lo es Neruda, no lo es Lorca».

Fuente: www.lanacion.com.ar y www.elpais.es

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