En tiempos de distanciamiento social, fue clave el rol de los extensionistas en el vínculo entre las casas de estudio y la comunidad. Secretarios de distintas universidades de todo el país analizan el desafío que significó pasar de la territorialidad a la virtualidad y plantean los imperativos a futuro en su trabajo para reforzar el diálogo entre la academia y la sociedad.

En épocas de distanciamiento social y de aislamiento, de evitar el contacto y de encontrarnos a través de una pantalla, las universidades adaptaron sus funciones para continuar sus actividades de la forma más regular posible. La virtualidad, claro está, fue esencial para continuar con el dictado de clases. Pero las áreas donde la territorialidad es la clave no se pueden amoldar a este canal. Por el contrario, su presencia se fortaleció y las secretarías de extensión universitarias fueron fundamentales para lograr este acercamiento con la comunidad como ya venían trabajando, pero con una urgencia mayor.

Los y las referentes de estas áreas coinciden en que vivieron dos grandes momentos durante en este contexto: el primero ligado al desempeño de tareas asistenciales que la coyuntura imponía durante los primeros momentos de la pandemia y con el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO) decretado. El segundo, en el que se encuentran ahora, es una etapa de reconversión donde los proyectos y actividades que planificaron antes del coronavirus debieron reinventarse para su implementación.

Romina Colacci, secretaria de Extensión en la Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMDP), aseguró que la pandemia “afectó sorpresivamente a las universidades como al resto de la comunidad, pero lo que planteó es una situación de emergencia que develó situaciones de mucha urgencia a través de las desigualdades que ya existían en la Argentina y que las universidades, sobre todo las áreas de extensión, ya venían trabajando”. “Justamente, la característica principal que tiene la extensión acá y en toda Latinoamérica está ligada al compromiso social y el desarrollo territorial”, aclaró la también psicóloga.

Algo importante a destacar es que cada universidad y cada facultad pudieron aportar desde los conocimientos y prácticas a las que se abocan cotidianamente. En esta línea, las carreras ligadas a la salud tuvieron un rol preponderante por su comprensión del tema en los primeros momentos de pura incertidumbre, como detalló Guido Mastrantonio, secretario de Extensión de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP): “Teníamos elementos para entender el fenómeno al cual estábamos expuestos: el virus. Lo pudimos racionalizar y transformar en práctica con cierta ventaja para rápidamente protocolizar prácticas presenciales sin mayor riesgo. El año pasado tuvimos cerca de 400 estudiantes en territorio. Pusimos a disposición esa presencialidad y éramos, junto a los equipos de la provincia (de Buenos Aires), los primeros que podíamos ponernos delante de una casa de un vecino de un barrio popular como la presencia del Estado ahí”.

 La urgencia del contexto redireccionó en un primer momento las políticas extensionistas hacia las problemáticas coyunturales buscando dar respuesta a las principales necesidades de la comunidad. Sin embargo, los proyectos que se venían gestando desde antes no tardaron en reaparecer, pero con adecuaciones que les permitieran adaptarse a las circunstancias. En esto fue clave el diálogo que las secretarías de extensión tuvieron con los docentes, estudiantes e investigadores para marcar un rumbo a seguir y una visión transdisciplinaria de desarrollo.

En la Universidad Provincial de Córdoba (UPC), por ejemplo, desde las carreras de gastronomía, educación física o arte repensaron sus proyectos para dar respuesta a una necesidad territorial muy clara. “Le pedimos a la gente de la universidad que adapte sus propuestas a esta nueva situación. Así, los estudiantes y docentes de gastronomía trabajaron con recetas adecuadas para usar con alimentos que venían con el programa de módulos alimentarios de la provincia. También la gente de educación física grabaron videos con actividades sencillas para hacer en casa, para mantenernos en movimiento, al igual que los y las estudiantes de arte que también realizaron audiovisuales cortos de danza, de baile, de teatro para difundir”, contó Mariela Edelstein, secretaria de Extensión, destacando alguno de los proyectos que evolucionaron para adaptarse a la virtualidad.

En este sentido, y en la medida que las políticas sanitarias se flexibilizaron, las universidades lograron hacer un mix en sus proyectos de extensión. Lo que se puede hacer de forma virtual se mantiene así para evitar la concentración de gente. Pero muchas otras actividades requieren inexorablemente presencialidad y debieron adaptarse a las circunstancias.

Así, Santiago Dearma, secretario de Extensión en la Universidad Nacional de Rosario (UNR), explicó cómo vivieron esta experiencia: “Veníamos acostumbrados a sostener un laburo de vínculo muy cercano con organizaciones, vecinos y vecinas, pero esto de la no presencialidad, del no poder encontrarnos, generó que se hiciera muy difícil sostenerlo de esa manera. Más allá de todo, buscamos la forma para poder cumplir con los compromisos y con el laburo que se nos planteó. Teníamos el desafío de ver cómo migrar todas nuestras prácticas que veníamos pensándolas con algunos formatos de participación estudiantil o curricular y también tener que, en cierto punto, suplir la falta del Estado o cumplir con funciones asistenciales que por lo general no eran las que nosotros acostumbramos. Esas cuestiones han ido mermando en cierto punto y fuimos recuperando una agenda más estratégica de acuerdo a lo que veníamos trabajando, pero que sin duda se vio interpelada por la realidad”.

La tarea de reorganizar el trabajo extensionista no significa exclusivamente llevar las actividades al canal virtual, implica una necesidad de replantearse como sistema universitario dentro de un territorio con necesidades y problemáticas específicas. Si bien hoy existe una gran crisis común, a medida que se avance sobre ella aparecerán nuevas inquietudes, desafíos y contratiempos en los territorios específicos de cada casa de estudios. Los extensionistas trabajan desde hace años para lograr este acercamiento y que así se logre poner el foco sobre esos factores, prestarles la atención necesaria y trabajarlos de cerca. Durante la pandemia, esto no frenó. Aceleró.

“Varias universidades venían con prácticas de extensión de larga trayectoria. Nuestros primeros proyectos son de la década del ‘80 y la discusión sobre la territorialización ya existía en algunos ámbitos. Me parece que lo que ahora sucede es que esto se generalizó. Hoy tenemos no sólo a los equipos extensionistas haciendo este trabajo sino también equipos docentes viendo cómo el trayecto de formación de sus estudiantes se modifica si cuentan con espacios de formación sociocomunitaria. Incluso tenemos equipos de investigación que están modificando sus hipótesis. Por ejemplo, la investigación clínica está tradicionalmente concebida para estudiar pacientes, pero hoy están formulándose proyectos que piensan en la comunidad y no en lo individual. Se piensa en los contextos donde están las personas y donde surgen las enfermedades, y hay unos cuantos proyectos que han tenido esa modificación de sus hipótesis”, detalló Mastrantonio a partir de la adaptación de muchas iniciativas que en un primer momento fueron pensadas para realizarse entre las paredes de un laboratorio pero que la pandemia, al contrario de lo que se podría esperar, las acompañó a salir al exterior.

Esta visión comenzó a expandirse en las universidades para pensarse como actores imprescindibles dentro de los territorios no sólo desde lo académico, sino desde el vínculo, la cercanía y el contacto directo con la comunidad y sus problemáticas, y poco a poco se incorpora a la cotidianeidad de los docentes, estudiantes e investigadores, y a sus respectivos trabajos.

Colacci aseguró que ese “es el aprendizaje situado que se viene provocando desde la extensión, el cual se vio agravado en este momento por necesidad” y puntualizó: “Este modo, el de crear colectivamente de manera dialógica con nuestras comunidades y bajo estas metodologías que conocemos, de investigación y acción participativa, de educación popular, de diálogo de saberes, de construir y fortalecer estos lazos, de ir trabajando horizontalmente con las necesidades de los territorios, no tiene que ver sólo con una universidad ofreciendo sus conocimientos, sino que es un espacio de aprendizaje para las universidades, docentes, estudiantes y los propios extensionistas”.

No se trata tampoco de un trabajo aislado de cada universidad con su comunidad. A mediados de 2017, los y las extensionistas de todas las universidades públicas del país se congregaron en un grupo de WhatsApp donde comparten experiencias e información, dialogan, debaten y proponen estrategias comunes para temáticas similares independientemente de la distancia geográfica o las disciplinas abarcadas.

“En este grupo compartimos un enfoque o mirada crítica sobre la extensión en relación a que no nos vemos como unos eruditos que estamos arriba transfiriendo conocimiento, sino que somos parte de una comunidad y así nos entendemos a nosotros mismos. En la pandemia se acrecentó mucho con estas reflexiones compartidas y los modos de resolver problemas. Sobre todo hemos dialogado mucho para no sentirnos solos en esta reflexión. Fue súper valioso para todos y nos ayudó a crecer un montón”, valoró Edelstein a partir del grupo que, hasta la actualidad, sigue creciendo y sumando colegas de las distintas universidades públicas del país.

Los cambios que produjo la pandemia en la concepción de las universidades del país permitieron acrecentar y acelerar los procesos de acercamiento e injerencia sobre las realidades de cada comunidad y cada territorio específico. Un contacto estrecho con energía transformadora. Desde lo académico, sí, pero también desde el intercambio, el diálogo y la política, como bien resumió Dearma: “Hoy la extensión es lo que le da sentido a muchísimas prácticas y uno se siente orgulloso de participar. En estos grupos hay una fuerza que marca un camino y un sentido de la universidad pública, y el aporte que ésta tiene a la generación de políticas públicas se marcó mucho durante la pandemia. Uno ya no está pensando únicamente en un universo que termina en los docentes, no docentes y estudiantes, sino en uno que forma políticas públicas que llegan a todos y a todas. Eso tiene que ver con una manera de pensar la universidad, y la extensión tiene un rol clave en eso. Cuando la extensión empieza a jugar en ese tipo de terreno es cuando le da sentido a todo lo que hacemos”.

Fuente: Emanuel Zamaro para www.pagina12.com.ar 

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