Mariano Moreno (Buenos Aires1778– Alta mar, 1811) fue un doctor en leyesperiodistapolítico rioplatense, y uno de los principales ideólogos e impulsores de la Revolución de Mayo, que tuvo una importante actuación como uno de los dos secretarios de la Primera Junta, resultante de la misma. Considerado uno de los abogados más brillantes de su generación, se destacó por sus ideas liberales y contractualistas que aprendió en la Universidad Mayor, Real y Pontificia de Chuquisaca defendiendo tanto el libre comercio como los derechos de los indios. Fue el autor de la Representación de los Hacendados a favor del restablecimiento de la libertad de comercio (que resultó ser el informe de economía política más completo de la época, en el cual describe en detalle la situación económica del Virreinato). Fundó el periódico La Gazeta de Buenos Ayres (1810) siendo secretario de la Primera Junta —con la ayuda de Manuel BelgranoJuan José Castelli y Manuel Alberti— y cuyo primer boletín oficial fue la traducción, que él mismo realizó, del Contrato Social de Jacques Rousseau.

En los albores de la Patria de los argentinos, en los tiempos donde Bonaparte poderoso y decidido a cumplir con su voluntad imperial, había apresado al monarca español y en su reemplazo, nombró a su propio hermano y donde los absolutismos europeos, exhortos por los acontecimientos devenidos de la Revolución  Francesa, con su guillotina y consecuente terror, el surgimiento de una burguesía opinante y militante y una decadente nobleza que no ocultaba su odio a un liberalismo puro y fundante, en medio de una guerra de intereses y posicionamientos a los cuales nadie quería renunciar se produjeron los acontecimientos de Mayo en el extremo sur del subcontinente americano, con epicentro en la Ciudad-Puerto de Buenos Aires, en el Virreinato del Río de la Plata.

Entre el 18 y 25 de mayo de 1810 se fue amalgamando un pensamiento libertario con el insigne propósito de iniciar un proceso revolucionario, que le diera a estos territorios del fin del mundo, una identidad nacional, un motivo de cambio, un anhelo de libertad y desarrollo autónomo.

Mariano Moreno, desde un comienzo se preguntó: “¿Será tal vez nuestra suerte, mudar de tiranos sin destruir la tiranía?” y con profunda ejemplaridad para los tiempos, encaminó la causa de Mayo, con su espíritu de lucha hacia la libertad.

Designado Secretario de Gobierno y Guerra por la Primera Junta, Moreno se obligó así mismo, a seguir puliendo la piedra bruta, para sentar las bases de un edificio institucional para dejar atrás un sistema colonial obsoleto, escribió en Junio de 1810, “En un pueblo naciente todos somos principiantes”.

Pero prosiguió inmediatamente, como un presagio hacia el futuro, “El pueblo tiene derecho a saber la conducta de sus representantes… que todos conozcan la execración que miran aquellas reservas y misterios inventados por el poder para cubrir sus delitos. El pueblo no debe contentarse con que sus gobernantes obren bien debe aspirar que jamás obren mal.

Moreno impuso la austeridad como cimiento republicano y la ética como valor absoluto. Impulsó la soberanía del pueblo, al igual que Belgrano antes y Sarmiento, décadas después, se obsesionó con la necesidad de la educación popular. Con la destreza de su pluma delineó el bosquejo de un proyecto general de gobierno, a través de circulares disposiciones y decretos, que constituyeron en nervios medulares de la patria naciente.

Entre la perseverante rebeldía revolucionaria del Secretario de Gobierno y Guerra y la adusta, asimismo, conservadora posición del Presidente de la Junta, se fueron tensando las posiciones de los patriotas de Mayo.

Había entre ellos un comando de dos velocidades divergentes, que ahondaron las diferencias que se convirtieron en insoslayables.

Se descalificó e injurió a Mariano Moreno quien le había impreso el tono y el pulso fundante al nuevo país, que emergía valiente y solitario en el contexto Sudamericano.

La descollante labor gubernativa del Secretario de Gobierno, su firmeza y actitud permanente de consolidar la revolución hacia la libertad, fueron jalonando, en tan solo 10 meses que duró su gestión, la más pura expresión del pensamiento de Mayo, claramente orientado a romper con un coloniaje monopólico, vertical y absoluto. Pero, el temor, la costumbre, la incertidumbre y los intereses comenzaron a conspirar, con intrigas y artimañas, esmerilando el prestigio de Moreno; sus amigos los doctores Castelli y Belgrano, también sufrieron el escarnio de aquella confabulación  recelosa, proclive a retardar un proceso, que aunque no lo sabían ya no lo podían parar.

Virtud y osadía de aquel abogado notable, devenido en constructor de ciudadanía, quien creó La Gazeta de Buenos Aires desde donde propalaba la acción de gobierno, que por un lado, informaba y por el otro formaba juicio cívico. Asimismo, hizo publicar, en fascículos El Contrato Social de Jean Jacques Rousseau, que por primera vez llegaba a un público ávido de lectura de esos textos prohibidos por la vieja inquisición.

Con auténtica austeridad republicana redactó en una noche “El Decreto de Supresión de Honores”, en ocasión de una cena en honor del triunfo de Suipacha en el alto Perú, en el cuartel de Patricios donde el capitán Duarte, posiblemente embriagado, levantó su copa y levantando la voz espetó: “Viva el presidente Saavedra, nuevo Rey y Emperador de la América del Sur”, simultáneamente que colocaba una corona de azúcar en la cabeza a la esposa.

Este episodio, fue el detonante para que Moreno redactara el decreto, antes mencionado. En uno de sus 16 artículos se disponía la absoluta igualdad entre todos los miembros de la Junta, “sin más diferencia que el orden de sus asientos” y prosiguió “ni ebrio ni dormido, un ciudadano de la patria, debe tener expresiones contra la libertad de su país”. La brecha se profundizó en una grieta que dividió a los criollos, que con diferentes formatos, se fue reciclando durante toda la historia de los argentinos.

Comprendiendo Moreno, la delicada situación, donde claramente había quedado en minoría, renunció como secretario y aceptó una misión diplomática a Londres en busca de armas y pólvora y apoyo para la revolución.

Embarcó en la fragata inglesa La Fama, el 24 de enero de 1811, acompañado de su hermano Manuel y su amigo Tomás Guido les comentó, sin esperar respuesta, como presagiando un mal augurio: “será tal vez nuestra suerte, mudar de tiranos, sin destruir la tiranía”.

Viento en popa a toda vela, comenzó a alejarse la nave, Moreno en el puente mirando como quedaba atrás el horizonte americano y sin saber que jamás volvería a pisar el suelo de su amada patria.

El 4 de marzo de ese mismo año falleció en su camarote, posiblemente envenenado por el capitán inglés del barco, quien le suministró una sobredosis de antinomio tartarizado, sin autorización alguna de su hermano Manuel.

A 120 km de la costa de Santa Catarina, fue arrojado al mar, envuelto en una bandera inglesa. Con tan solo 32 años y unos pocos meses en el Gobierno Patrio, el Dr. Mariano Moreno entró en la historia grande de nuestro país, como uno de sus padres fundadores.

Mientras sus despojos se hundían en el Atlántico, su alma y su espíritu posiblemente, recordaba su infancia en Buenos Aires, en su madre quien lo educó con esmero, en sus compañeros del Colegio del Rey del Real Colegio San Carlos, donde se destacó como alumno, en el Padre Terrazas del Alto Perú que le permitió acceder al pensamiento revolucionario Francés custodiado en su enorme biblioteca, del momento que se graduó de abogado, con honores y mención especial en la Universidad Mayor Real y Pontificia de Chuquisaca, de su tesis doctoral crítica de la mita y el ayaconazgo, a los cuales denostó como regímenes de semiexclavitud y latrocinio. También en su amada, compañera y fiel esposa María Guadalupe Cuenca y en su pequeño hijo Marianito, quienes quedarían indefensos ante esta absurda y trágica muerte.

No se han encontrado documentos concretos sobre el posible asesinato de Moreno, pero hubo indicios notables que nos inclinan a esa posibilidad. El 2 de febrero de 1811, su esposa recibió una encomienda, sin remitente, la misma contenía un abanico, una mantilla y un par de guantes, todos de color negro y una lacónica esquela: “Estimada Señora, como sé que va a ser viuda, me tomo la confianza de remitir estos artículos que pronto corresponderán a su estado”.

Por último, Cornelio Justo Tadeo Saavedra y Rodríguez, escribió al enterarse de la muerte de su adversario político: “hacía falta tanta agua para apagar tanto fuego”. Pero el fuego no se apagó, pronto lo reivindicaría Manuel Belgrano y tiempo después Don José de San Martín, las dos más robustas columnas de nuestra independencia y 209 años luego, todos nosotros rescatamos su lucha, su esfuerzo y su sacrificio por la libertad de este bendito suelo argentino.

Fuente: https://www.nuevospapeles.com   

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