Hay jornadas en las que ser docente parece significar cinco profesiones al mismo tiempo.
Llegamos pensando en enseñar y, antes de comenzar la clase, ya resolvimos un conflicto, atendimos a una familia, respondimos mensajes, llenamos un formato, escuchamos a un estudiante que necesitaba hablar y descubrimos que la plataforma decidió no colaborar precisamente el día de la entrega.
Después alguien pregunta:
“Profe, ¿hoy sí vamos a tener clase?”
Y uno piensa, con cierta sonrisa pedagógica: “Colega… la clase comenzó hace rato”.
Volver a El oficio de docente: vocación, trabajo y profesión en el siglo XXI, compilado por Emilio Tenti Fanfani (2006), casi veinte años después de su publicación, resulta sorprendentemente actual.
No porque la escuela de 2006 sea la misma de 2026. Evidentemente no lo es.
Precisamente por lo contrario.
El libro analiza cómo las transformaciones sociales, culturales y educativas modifican el ejercicio profesional docente y colocan sobre nosotros nuevas demandas, responsabilidades y tensiones. La propia presentación de la obra señala asuntos que continúan resonando: autoridad pedagógica, cambios generacionales, desigualdad, profesionalización, formación continua y la multiplicación de tareas que acompañan al acto de enseñar. (Siglo XXI Editores)
Eso me lleva a una pregunta incómoda pero necesaria:
¿Cuánto de nuestro trabajo actual sigue siendo realmente enseñar y cuánto hemos ido agregando alrededor de la enseñanza?
La docencia entre vocación, trabajo y profesión
Una de las riquezas de esta obra está en ayudarnos a superar una mirada romántica del maestro.
Sí, necesitamos vocación.
Pero la vocación, por sí sola, no diseña una buena secuencia didáctica, no realiza una evaluación diagnóstica, no identifica barreras para el aprendizaje, no construye una rúbrica y tampoco sustituye la formación profesional.
Decir “lo hago por vocación” puede expresar algo profundamente valioso.
El problema aparece cuando utilizamos la vocación para justificar que el docente debe soportarlo todo.
Ser docente implica compromiso humano, pero también conocimiento especializado, condiciones laborales dignas, autonomía profesional, actualización y reconocimiento social.
Tenti Fanfani coloca precisamente la profesionalización docente dentro de una discusión más amplia sobre las transformaciones de los sistemas educativos y la identidad de quienes enseñamos. La obra reúne perspectivas de investigadores, sociólogos, pedagogos e historiadores surgidas de un seminario internacional del IIPE-UNESCO. (IIEP UNESCO)
Y aquí aparece algo que vivimos constantemente en las academias.
Cuando analizamos a un grupo y decimos:
“Estos estudiantes ya no aprenden como antes”.
Quizá deberíamos completar la frase:
“…y nosotros tampoco podemos enseñar exactamente como antes”.
No porque todo lo anterior estuviera equivocado.
Sino porque cambió el contexto.
Cambió el acceso a la información.
Cambió la relación con la autoridad.
Cambió la tecnología.
Cambió la diversidad de nuestras aulas.
Cambió la manera de comunicarnos.
Y ahora también apareció la inteligencia artificial generativa.
El oficio docente, por tanto, no desaparece: se reconstruye.
El docente de 2026 no necesita competir con la información
Nuestros estudiantes pueden encontrar una definición en segundos.
También pueden solicitarle a una IA que resuma un texto, genere preguntas, traduzca información o proponga una solución.
Entonces, ¿para qué estamos nosotros?
Precisamente para aquello que ninguna acumulación de información garantiza por sí misma:
enseñar a pensar con ella.
Nuestro oficio se desplaza cada vez más desde transmitir información hacia diseñar experiencias, formular preguntas, acompañar procesos, detectar dificultades, generar diálogo, ofrecer retroalimentación, construir criterios y ayudar al estudiante a distinguir entre una respuesta convincente y una respuesta verdaderamente fundamentada.
Ahí encuentro una conexión muy poderosa con Vygotsky.
El aprendizaje no puede comprenderse solamente como una actividad individual; está profundamente mediado por la interacción social, cultural y pedagógica.
También dialoga con Schön (1983) y la idea del profesional reflexivo.
El buen docente no es simplemente quien ejecuta una metodología.
Observa.
Interpreta.
Interviene.
Evalúa lo ocurrido.
Modifica su decisión.
Y vuelve a intentarlo.
Eso hacemos todos los días, aunque en la planeación aparezca elegantemente resumido en tres renglones.
El DUA también transforma nuestro oficio
CAST (2024) nos invita a reconocer la variabilidad del alumnado desde el diseño mismo de las experiencias educativas.
Esto cambia una pregunta tradicional.
En lugar de pensar:
“¿Por qué este estudiante no puede hacer lo que diseñé?”
podemos preguntarnos:
“¿Qué barrera existe entre este estudiante y el aprendizaje que quiero promover?”
La diferencia parece pequeña.
Pedagógicamente es enorme.
Porque dejamos de mirar únicamente el déficit del alumno y comenzamos también a revisar nuestras decisiones docentes.
Podemos ofrecer distintas maneras de acceder a la información, participar, practicar y demostrar lo aprendido, manteniendo claras las metas y los criterios.
Eso también es profesionalización docente.
Neurociencia y oficio docente
La investigación contemporánea sobre aprendizaje también refuerza algo que muchos profesores hemos descubierto intuitivamente en el aula: escuchar información no garantiza aprenderla.
Dehaene (2019) destaca procesos como atención, participación activa, retroalimentación frente al error y consolidación.
Por eso una clase profesionalmente diseñada necesita provocar actividad cognitiva.
Comparar.
Explicar.
Relacionar.
Resolver.
Argumentar.
Crear.
Equivocarse.
Recibir retroalimentación.
Volver a intentarlo.
El error deja entonces de ser únicamente aquello que descontamos en el examen.
Se convierte en información pedagógica.
Una práctica para mañana
Antes de comenzar nuestra próxima clase podríamos escribir solamente tres preguntas:
¿Qué quiero que realmente comprendan?
¿Qué harán los estudiantes para construir esa comprensión?
¿Cómo sabré si ocurrió?
Después agregaría una cuarta:
¿Qué haré yo si no ocurre?
Esa última pregunta representa buena parte de nuestro oficio.
Porque enseñar no significa únicamente presentar una actividad.
Significa interpretar lo que sucede y tomar decisiones pedagógicas.
Una propuesta transversal: Bitácora del oficio docente
Durante cuatro semanas podemos registrar una situación significativa por semana.
No necesitamos veinte páginas.
Bastan cinco elementos:
Situación que ocurrió.
Decisión que tomé.
Fundamento pedagógico de esa decisión.
Resultado observado.
Qué modificaría la próxima vez.
Después podemos llevar algunos casos a nuestra reunión de academia.
No para preguntar quién lo hizo “bien” o “mal”.
Sino para construir conocimiento profesional entre colegas.
Imaginemos una academia donde además de revisar porcentajes, formatos y fechas pudiéramos preguntarnos:
¿Qué estamos aprendiendo sobre cómo aprenden nuestros estudiantes?
Ahí una reunión administrativa puede convertirse también en una comunidad profesional de aprendizaje.
Y necesitamos recuperar esos espacios.
Porque ser docente no debería significar trabajar permanentemente en solitario dentro de un salón lleno de personas.
Una pregunta para nuestro café entre profes
Si mañana desaparecieran todos los formatos administrativos y solamente pudiéramos conservar aquello que verdaderamente mejora el aprendizaje de nuestros estudiantes…
¿Qué prácticas conservaríamos?
¿Cuáles descubriríamos que realizamos únicamente por costumbre?
¿Qué parte de nuestra práctica responde todavía al docente que fuimos hace diez años?
¿Qué hemos tenido que desaprender?
¿Y qué necesita aprender hoy el profesor que queremos ser dentro de cinco años?
Aquí encuentro la enorme vigencia de Tenti Fanfani.
El libro es de 2006, pero la pregunta sigue caminando por nuestras escuelas en 2026:
¿Qué significa ser docente hoy?
Quizá la respuesta ya no pueda reducirse a “tener vocación”.
Somos profesionales del aprendizaje.
Diseñamos experiencias, mediamos conocimiento, construimos vínculos, evaluamos procesos, investigamos nuestra práctica, tomamos decisiones y acompañamos personas.
Y sí, algunas semanas terminamos cansados.
En ocasiones profundamente cansados.
Por eso también necesitamos volver a hablar del valor de nuestro oficio sin idealizarlo.
Defender la docencia no significa afirmar que todo está bien.
Significa reconocer que una sociedad que desea transformar su educación necesita cuidar, formar, escuchar y profesionalizar a quienes todos los días la hacen posible.
Bibliografía para continuar la conversación
Tenti Fanfani, E. (Comp.). (2006). El oficio de docente: Vocación, trabajo y profesión en el siglo XXI. Siglo XXI Editores.
Schön, D. A. (1983). The reflective practitioner: How professionals think in action. Basic Books.
Vygotsky, L. S. (1978). Mind in society: The development of higher psychological processes. Harvard University Press.
Dehaene, S. (2019). ¿Cómo aprendemos? Los cuatro pilares con los que la educación puede potenciar los talentos de nuestro cerebro. Siglo XXI Editores.
CAST. (2024). Universal Design for Learning Guidelines version 3.0. CAST.
Freire, P. (1997). Pedagogía de la autonomía. Siglo XXI Editores.
Colegas, si estas reflexiones también representan aquello que vivimos entre aulas, reuniones, planeaciones, estudiantes, café y uno que otro “profe, ¿esto cuenta para calificación?”, los invito a suscribirse y seguir construyendo esta comunidad.
En Pedagogía Transformando Vidas con Educación de Alto Impacto queremos que cada publicación sea un pequeño espacio para detenernos, aprender entre colegas y recordar que detrás de cada metodología, tecnología, plataforma o inteligencia artificial continúa existiendo algo insustituible:
la decisión pedagógica de un docente que conoce a sus estudiantes y sigue buscando una mejor manera de enseñar.
Sigamos aprendiendo.
Sigamos cuestionando.
Sigamos compartiendo.
Porque nuestro oficio cambia con los tiempos, pero su capacidad para transformar vidas sigue siendo extraordinariamente vigente.
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Fuente: AhoraEducacion.com



