De Cervantes a Dante: la singular lista de lecturas indispensables según Jorge Luis Borges

Reducir las lecturas indispensables de toda una vida a un puñado selecto de obras es un ejercicio reservado para grandes maestros. Para Jorge Luis Borges, las prioridades literarias siempre estuvieron claras y exentas de solemnidades innecesarias. En una de sus reflexiones más recordadas durante sus últimos años, el célebre autor argentino condensó con agudeza cuáles eran sus verdaderas devociones textuales y, de paso, a qué firmas prefería esquivar sistemáticamente.

La ironía de los hábitos confesados

La sentencia, rescatada de los diálogos que el escritor mantuvo hacia el final de su vida y reunidos en el volumen Reencuentro, sintetiza su visión sobre el oficio de lector: declaraba no beber, no fumar, moderar al extremo sus comidas y carecer de los vicios convencionales de la época, para luego afirmar que sus únicas debilidades radicaban en la lectura asidua de El Quijote, La Divina Comedia y la firme abstención de obras pertenecientes a Enrique Larreta o Jacinto Benavente.

Al calificar de «vicios» a los textos de Miguel de Cervantes y de Dante Alighieri, Borges apelaba a su habitual picardía para describir una fascinación ineludible, una costumbre a la que retornaba de forma constante. En contraposición, elevar a categoría de hábito el hecho de no leer a Larreta ni a Benavente funcionaba como el remate mordaz de quien defiende la exigencia estética por encima de los compromisos de época.

Un hidalgo descubierto en inglés

La relación de Borges con la obra cumbre de las letras castellanas comenzó con una singularidad formativa. Durante su niñez y bajo la tutela de su abuela materna, aprendió a leer antes en lengua inglesa que en castellano. De ese modo, su primer contacto con el ingenioso hidalgo Don Quijote y Sancho Panza fue a través de una traducción británica. Años más tarde, al toparse con el texto original en español, Borges sostenía con provocación que la versión de Cervantes parecía una traducción de aquel volumen en inglés que tanto lo había cautivado de niño.

Aquella fascinación inicial impregnó de forma definitiva su producción creativa. El universo cervantino aparece mencionado en cerca de un centenar de escritos borgeanos, encontrando su máxima expresión conceptual en Pierre Menard, autor del Quijote. En este célebre relato de 1939, el protagonista se propone redactar una obra idéntica, línea por línea, a la de Cervantes, pero sin copiarla: un dilema filosófico sobre cómo el tiempo, el contexto histórico y la mirada del lector transforman el significado último de cada palabra.

Un clásico de alcance ecuménico

La veneración por la pieza fundamental de la narrativa moderna trasciende cualquier canon particular. En diversos certámenes y consultas a la comunidad literaria global, la obra publicada en dos partes (1605 y 1615) ha sido ratificada de forma unánime como la mayor ficción jamás escrita. Su difusión internacional comenzó casi de inmediato con ediciones tempranas al inglés hacia 1612 y derivó en traducciones a más de 140 idiomas.

Concebida en circunstancias adversas, entre deudas y períodos carcelarios, la creación de Cervantes terminó modelando las bases de la novela contemporánea. La visión de Borges expone la honestidad intelectual que debe regir a todo apasionado de las letras: comprender la lectura no como un deber académico o una pose social, sino como un refugio vital al que siempre vale la pena regresar.

Fuente: ahoraeducacion.com

Ahora Educación

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