Inmenso Borges
Un hombre nunca es -como el río de Heráclito- el mismo hombre al día siguiente, pero Borges se mantuvo, como pocos, fiel a los temas y los tonos de sus textos de madurez, los de la década del 40. Su obsesión era entonces -y lo fue hasta el final- la eternidad, la repetición infinita de los hechos y de las cosas bajo otras formas y con otros nombres.
Cuando empecé a leerlo, en la adolescencia, lo que me deslumbraba en Borges eran los infinitos movimientos de la identidad, en los que había algunos ecos de Poe. Sentíamos que, por primera vez desde el Siglo de Oro, la lengua castellana encontraba en los austeros textos de aquel argentino la grandeza que habían disipado los escritores regionalistas. Sentíamos que, a través de Borges, el lenguaje argentino adquiere una densidad y una intensidad capaz de expresar también todo el universo.
Cierta vez, en una clase de griego, el profesor me sorprendió leyendo “La muerte y la brújula” y me reprendió delante de todos.
-Para qué pierde el tiempo con un autor argentino -dijo- en vez de leer a Tucídides.
(En aquella época estudiábamos a Tucídides.)
-Sucede que éste es mejor -le repliqué, convencido.
Las dos últimas veces que vi a Borges ya no era Borges sino su gloria. Primero fue en Venezuela, hacia 1979. Entró silencioso, modesto, en el Ateneo de Caracas y, cuando los reflectores se volvieron hacia él abrumándolo, la gente lo coronó con una ovación de diez minutos. Un escritor venezolano que estaba a mi lado me codeó y dijo: “Míralo bien. Es Homero, es Dante, es toda la literatura”. Cinco años más tarde, volví a encontrarlo en la Universidad George Mason, en Virginia, donde miles de estudiantes lo oyeron de pie, en devoto silencio. Le oí decir entonces que dictaba prólogos y poemas en los aviones y que el aplauso de los hombres era una forma inmerecida de felicidad. En esas dos ocasiones me inquietó verificar, sin embargo, que muchos de los que aclamaban a Borges no habían leído jamás a Borges. Algunos suponían que era el autor del Ulises y que su elegante inglés había sido aprendido en el Trinity College de Dublín. Otros, más certeros, lo confundían con Cervantes.
Tal vez no haya mejor homenaje a Borges que olvidar los artículos de circunstancias escritos en el apuro de las redacciones y los libros de juventud que descartó de sus obras completas, y volver a leer los textos por los que él prefirió ser juzgado. De todo autor siempre quedan sólo unas pocas páginas, algunas imágenes, una estrofa imprescindible, una trama que otros reproducen sin saber que es ajena. Borges perdura en esas líneas inmortales y no en el personaje trivial que han ido construyendo los años.
Fuente: http://www.facebook.com/note.php?note_id=193029834077715 y https://fundaciontem.org/


