Francisco Marmolejo (1961Ojuelos de Jalisco) es un académico mexicano residente en Doha (Catar) donde se desempeña como Asesor Educativo de la Fundación Catar para la Educación, la Ciencia y el Desarrollo de la Comunidad. Hasta 2019 fue el Especialista Principal de Educación Superior en el Banco Mundial para India y Asia del Sur, con base en DelhiIndia. De 2012 a 2018 fungió como Coordinador Global de Educación Superior desde la sede del Banco Mundial en Washington, DC. Entre 1995 y 2012 fue ejecutivo del Consorcio para la Colaboración de la Educación Superior en América del Norte (CONAHEC) y, desde 2006, Vicerrector Asistente de Programas del Continente Americano en la Universidad de Arizona

El país está en crisis. Paradójicamente los empleadores dicen que no pueden encontrar a las personas adecuadas para ocupar puestos de trabajo a pesar de que la nación enfrenta la tasa de desempleo más alta en una generación. La competencia con China e India y sus vastas poblaciones hace urgente atender la necesidad de que el país en su conjunto haga un mejor trabajo en brindar educación a sus ciudadanos.

La crisis de covid está causando estragos en las instituciones de educación superior de todo el mundo y, por lo pronto, ha interrumpido de tajo el típico quehacer del campus universitario a nivel global. Debido a la pandemia, la gran mayoría de las universidades alrededor del planeta se vieron forzadas a transitar repentinamente y, sin mucha planeación de por medio, a la continuación de clases por vía remota. Estamos hablando de poco más de 200 millones de estudiantes en el mundo que han dejado de acudir a las instituciones de educación superior sin aún tener una idea clara de cuándo se espera regresar a cierta normalidad. De hecho, de momento la gran interrogante de estudiantes y profesores es saber si el comienzo del nuevo ciclo escolar entre agosto y septiembre se hará mediante clases presenciales o si se continuará por medios remotos.

Los efectos de la inesperada crisis apenas se empiezan a sentir. Para las autoridades universitarias es vital que regresen los estudiantes -especialmente aquellas cuya viabilidad financiera se basa en el pago de colegiaturas. Al mismo tiempo, en algunas universidades de los Estados Unidos, los estudiantes se han organizado para hacer “huelgas de pagos de colegiaturas” bajo el argumento de que, al no tener clases presenciales, los costos deberían ser más bajos. La preocupación subyacente de los alumnos es que sus grados académicos no vayan a tener la misma valoración si se continúa con una limitada exposición a la experiencia educativa integral originalmente prevista. Habrá otros que argumenten que al no acudir a la universidad se pierden de la posibilidad de la socialización.

Curiosamente ésta no es la primera vez que la educación superior enfrenta una crisis importante. La cita incluida al comienzo de este artículo es parte de un reporte dirigido en el año 2010, durante la más reciente crisis económica global, por el profesor de la Universidad de Harvard, Clayton Christensen. Ya desde entonces él planteaba la necesidad de una “innovación disruptiva” en las instituciones de educación superior estadounidenses bajo el argumento de que su modelo de operación, mismo que en el pasado les llevó a alcanzar prestigio internacional, en momentos de crisis estaba demostrando su gran fragilidad. El llamado de Christensen fue solo una de las múltiples voces de amplios sectores de la sociedad que señalaron en ese momento la urgente necesidad de una significativa transformación en la educación superior.

Decía Christensen que “las instituciones a las que el país estaría recurriendo para que ayudaran a resolver los retos de la crisis -sus colegios y universidades- están enfrentando su propia crisis”. “Estas instituciones están cada vez más acosadas por severas dificultades financieras que, por cierto, no son más que una pequeña muestra de lo que está por venir”, concluyó. Christensen murió en el pasado mes de enero, justo cuando su predicción más oscura parecía estar a punto de hacerse realidad.

¿La educación superior prestó atención a la advertencia?

Después de la crisis financiera internacional del 2010, el sector de educación superior tuvo 10 años para realizar reformas significativas. Esto llevó a algunas instituciones -lo cual desde mi punto de vista fue algo positivo- a desarrollar y poner en marcha modelos innovadores en colaboración con otras universidades. Un ejemplo de este tipo de meta-universidades es el de la Fundación Qatar, donde ahora trabajo. Su Ciudad Educativa es un interesante ecosistema de educación e innovación en el que convergen campus filiales de algunas de las mejores universidades de los Estados Unidos, Francia e Inglaterra. Estas instituciones junto con la propia universidad local, la HBKU, combinan la oferta de programas de primer nivel, tanto en licenciatura como en posgrado, en temas tales como relaciones internacionales, ciencias de la comunicación, medicina, administración de empresas y artes, así como en STEM (ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas). El ecosistema de la Fundación Qatar y su Ciudad Educativa además cuenta con escuelas desde el nivel pre-primario hasta el de la educación media superior, además de ser sede de entidades que complementan la innovación como la Biblioteca Nacional, la Fundación Nacional de las Ciencias, el Centro Médico “Sidra” y un moderno Parque de Ciencia y Tecnología, por citar algunas entidades que forman parte del “paraguas” de la Fundación.

Iniciativas como la de la Fundación Qatar que vinculan a diversas instituciones también se pueden encontrar en otros lugares como Atlanta, Georgia en los Estados Unidos, donde el “Atlanta University Center Consortium” permite, entre otras cosas, que los estudiantes puedan registrarse de forma indistinta para tomar clases en cualquiera de las cuatro instituciones que lo integran, o Amherst, Massachusetts, donde el “Five Colleges Consortium” ofrece carreras y certificados con títulos combinados entre las 5 universidades que lo integran, en mas de 40 especialidades, además de contar con departamentos académicos compartidos de gran importancia como es el de Astronomía. En México ha habido algunos esfuerzos más bien tímidos de acercamiento interinstitucional como es el Parque de Investigación e Innovación Tecnológica (PIIT) que incorpora en Apodaca, N.L. centros de investigación de instituciones locales como la UANL, ITESM y UDEM. Sin embargo, no hay muchas experiencias exitosas de corte similar.

Además de estos casos interinstitucionales, hay un buen número de universidades que en lo individual han puesto en marcha interesantes innovaciones disruptivas que desafían supuestos tradicionales y muestran resultados, como son la Universidad Global OP Jindal en India, la Universidad Estatal de Arizona en los Estados Unidos, la Universidad del Pueblo, la Universidad Superior de Economía (HSE) en Rusia. Incluso en México instituciones como mi propia Alma Mater, la Universidad Autónoma de San Luis Potosí que ha reestructurado la totalidad de sus programas de licenciatura con un enfoque flexible, o la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla que ha incorporado formalmente el grado de Técnico Superior Universitario para reconocer estudios parciales de licenciatura.

Ciertamente, la experiencia adquirida por universidades que decidieron incursionar en la enseñanza en línea con anterioridad, les permitió adaptarse más rápidamente a la enseñanza remota para permitir la continuidad del aprendizaje debido al cierre por la pandemia. No obstante, algo que se ha podido aprender rápidamente es que la transición hacia la enseñanza remota no es tan tersa como pudiera imaginarse, y tampoco es la solución permanente a un problema más bien coyuntural. Bien sabemos que la educación remota dista aún de convertirse en educación virtual.

El simple hecho de cambiar la impartición de un curso regular universitario desde un salón de clases a la videoconferencia de Zoom no es el tipo de cambio necesario en la educación superior al que Christensen se refería. “Sobreponer una innovación disruptiva en un modelo operacional existente nunca da como resultado la transformación del modelo mismo”, escribió en 2011. “En lugar de ello, el modelo existente coopta la innovación, como vía para mantener su funcionamiento”, concluyó.

Pensando más allá de lo convencional

Ha habido en años recientes algunas ideas radicales para el cambio fundamental del modus operandi de las instituciones de educación superior. Por ejemplo, el Instituto de Diseño “Hasso Plattner” en Stanford propuso la idea de establecer la “Universidad de Ciclos Abiertos”. Bajo este modelo, en lugar de estudiar una carrera de cuatro años consecutivos que comienza normalmente a los 18 años de edad, el Instituto planteó la idea de una carrera de seis años pero espaciada durante toda la vida que permita la adquisición periódica de nuevas habilidades que apoye a los “estudiantes” en sus transiciones profesionales a lo largo de la vida. Bajo este modelo que puede parecer extraño la universidad sería más como una suscripción a Netflix y menos como comprar una casa.

Otro ejemplo, también fuera de lo convencional, es el planteado por Beth Akers y Stuart Butler, de la Institución Brookings, quienes argumentaron hace tiempo que la universidad debería ofrecer sus estudios con una especie de “garantía de devolución de dinero” como una solución para atenuar los altos costos y la deuda estudiantil. Y en realidad la propuesta no es tan disparatada si consideramos que en algunos países como Australia la mayoría de los alumnos financia sus estudios adquiriendo un préstamo basado en los ingresos futuros (Income Contingency Loans). El reembolso del préstamo se hace al egresar de la universidad y tener un empleo. El monto de cada pago se calcula como porcentaje del salario percibido. Bajo éste mismo espíritu, ha existido en años recientes el caso de algunas universidades en otros países que han ofrecido absorber el pago de las mensualidades de los préstamos que hayan contraído sus estudiantes entre el momento de graduarse y el de obtener un empleo, o proporcionarles educación gratuita adicional si no había trabajo disponible al momento de egresar. Por supuesto, en medio de la crisis pandémica, considerando que se han disparado los niveles de desempleo, esas promesas se han tenido que abandonar.

Lo cierto es que, en realidad, nadie ha tratado de establecer un nuevo modelo de operación, al menos en universidades que ya están establecidas. Tal vez las ideas novedosas y disruptivas, como las descritas líneas arriba, pueden ser vistas como demasiado fantasiosas, o simplemente, se ha pensado que es muy difícil echarlas a andar. Paradójicamente las instituciones de educación superior son el mejor laboratorio social para el cambio, pero al mismo tiempo son profundamente conservadoras en su comportamiento, muchas veces en aras del prestigio
y la tradición.

Andrew Yang utilizó su reciente campaña presidencial en los Estados Unidos como plataforma para abogar por garantizar un “Ingreso Básico Universal” (UBI). Argumentaba que la automatización y la Inteligencia Artificial estaban a punto de desbaratar el contrato social que ha prevalecido hasta ahora, al destruir las perspectivas de empleo de la clase trabajadora y media. Debido a ello, proponía que el gobierno debiera proporcionar de por vida una cantidad fija de dinero a sus ciudadanos, sin compromisos de por medio. Naturalmente muchos pensaron que la propuesta de Yang era una fantasía. “El escenario apocalíptico de la robotización nunca va a llegar”, se burló Ross Douthat en un artículo publicado en The New York Times.

Sin embargo, apenas unas semanas después de que Yang diera por terminada su fallida campaña política, la pandemia de covid desencadenó una paralización global y un repentino colapso económico internacional. La idea de garantizar un UBI pasó de ser un sueño político de ciencia ficción a una política emergente en docenas de países, incluidos los Estados Unidos.

¿Qué significa el cambio?

Las crisis pueden hacer que las innovaciones que antes parecían imposibles de repente sean inevitables. Serán necesarios varios años para que las universidades “paguen la factura” por la inacción. Pero la “nueva normalidad” que debemos moldear debe comenzar con el reconocimiento de que ofrecer clases en Zoom no es en realidad ningún cambio significativo.

Las instituciones de educación superior necesitan reinventarse, no solo repararse. Los educadores, los encargados de formular políticas, los empleadores y los inversionistas deben pensar urgentemente en cómo debería ser el mundo post-covid y qué papel deben desempeñar las instituciones de educación superior para hacer de ese mundo una realidad.

En este orden de ideas, la Fundación Qatar patrocinó recientemente a la Unidad de Inteligencia de la revista The Economist para producir el reporte intitulado “Nuevas escuelas de pensamiento: modelos innovadores para brindar educación superior”. El reporte se puede obtener directamente aquí. No hay fórmulas mágicas ni soluciones sencillas. Lo cierto es que la crisis pandémica, con todas sus ramificaciones e impactos negativos, es al mismo tiempo, una coyuntura única para replantearnos el quehacer de la educación superior. No podemos permitirnos dejar pasar la oportunidad.

* Una versión previa de este artículo fue primeramente publicada en la revista Forbes. 

Fuente: https://suplementocampus.com/francisco-marmolejo-reimaginar-la-educacion-superior/

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