Emblema insoslayable de la educación privada -básicamente confesional- la Pascua porteña trasladó a las cercanías de el Señor a don Alfredo Manuel van Gelderen, una figura no orgánica del catolicismo nacional pero quien luchó bastante por imponer ideas de ese sector en las aulas, sobre todo durante el Segundo Congreso Pedagógico Nacional que los radicales hicieron en Córdoba en 1988, abriendo las puertas a la Ley Federal que originó el archipiélago jurisdiccional del sistema, permitiendo la existencia de 24 regímenes escolares diferentes. Reeditó a su abuelo Adolfo, quien casi dos siglos antes hizo lo propio en el Primer Congreso Pedagógico que alumbró la meneada 1420, por la que se instruyeron varias generaciones.

La noche en la que se conmemora el momento en que Jesús pasó de la muerte a la vida en la concepción cristiana (Sábado Santo) y a los 93 años, fue de aquí a su encuentro Alfredo Manuel «Pacha» van Gelderen, una figura central en la transmisión particular de conocimiento que ocupó todos los cargos posibles en esa área: presidente del Consejo Nacional de Educación y titular de la legendaria Superintendencia Nacional de la Enseñanza Privada -SNEP, ya disuelta- que con su impronta se convirtió, desde la década del sesenta del siglo pasado, en un actor fundamental del sistema.
Católico practicante, Pacha ejerció la docencia en los niveles primario, secundario, terciario no universitario y universitario y de post-grado desde 1947, tanto en colegios de gestión estatal como privada, con epicentro en la Escuela Argentina Modelo de la familia Biedma y la Universidad Católica Argentina, donde llegó a ser vice-decano de la facultad de Psicología, porque no quería opacar a ninguna autoridad con mayor jerarquía institucional pero menor predicamento intelectual.Fue profesor titular ordinario de Análisis Crítico y Planeamiento del Sistema Educativo Argentino en la carrera de Ciencias de la Educación de la Facultad de Filosofía y Letras de la Pontificia Universidad Católica Argentina, en la que fue consultor de su Departamento de Ciencias de la Educación. Y dictó Política y Legislación Educativa Argentina en la licenciatura de Dirección y Supervisión de Instituciones Educativas, también de la UCA (1983-2004).

En la década del sesenta, participó en misiones de estudio de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) en Francia, España, Suiza e Italia. Fue invitado a estudiar sus sistemas educativos por los gobiernos de Italia, en 1974, y del Reino Unido, en 1975; además de miembro de número de la Academia Europea de Ciencias y Artes, con sede en Salzburgo.

En nuestro país, fue  miembro de la Academia del Plata, fundado en el catolicismo y surgido en el siglo XIX en el colegio del Salvador. Recibió el premio Konex en Humanidades 2006. Factótum de la Junta Coordinadora de Asociaciones de la Enseñanza Privada (Coordiep), también se destacó como jurado de concursos de Fund TV, ADEPA, Club de Harvard de la Argentina, Feria del Libro, Fundación Bunge y Born, entre otros.  
Van Gelderen fue multifacético y se lo recordará por la gran cantidad de argentinos famosos que formó, como el menemista dedicado a Política Exterior, Jorge Castro; el ex-rector de la Universidad de Buenos Aires, Guillermo Jaim Etcheverry; o tantos otros. Su «búnker», repleto de libros, estaba en la Escuela Argentina Modelo, en la que fue vicedirector del Nivel Primario y también del Secundario. Durante 35 años fue director ejecutivo del Instituto Superior Docente “Carlos María Biedma”, de la Modelo.
El CONSUDEC (Consejo Superior de Educación Católica), herramienta de peso de la Iglesia para monitorear el sistema, fue otra de las sedes de su base de operaciones, sobre todo durante los más de 30 años en que fue comandado por el hermano Septimio Walsh, alter-ego de van Gelderen, con quien este cronista estableció una relación de mutuo respeto, acrecentada en los varios momentos de crisis política recurrente con repercusión en el área.Durante la cobertura periodística del Congreso Pedagógico en Embalse del río Tercero (verano del ’88), quien esto escribe pactó con van Gelderen y Walsh «cambiar figuritas» (léase: obtener información) bien temprano: a las 6 todos los días, a la sombra. En esos diálogos, el sacerdote confesó algo que recién hoy puede contarse: «en gobiernos militares -dijo- María Elena Walsh no dice que es prima mía; en gobiernos democráticos, yo hago lo mismo».  Entres sus antecedentes vikingos, figura la postura de su bisabuelo Adolfo que, igual que Pacha casi dos siglos después, representó las ideas confesionales en la defensa de la «educación como política de Estado» en abril de 1882, cuando los argentinos debatieron apasionadamente en el Congreso Pedagógico Internacional convocado por el gobierno roquista, que puso al país a la vanguardia de estos encuentros, derivando finalmente en la 1420, ley de Educación común, laica, gratuita y obligatoria.Pacha encarnó no sólo el símbolo de una enseñanza cristiana pero democrática en el Pedagógico de 1988: fue la espada de la Santa Madre en batirse a duelos fulminantes e imperdibles con Cecilia Paulina Braslavsky, ícono ideológico de la otra mitad de la «grieta», pedagoga que entregó su vida para demostrar que la igualdad de oportunidades, cualquiera sea tu cuna, se dirime por tu capacidad no por tu plata o pertenencia social.Braslavsky, que no ocultó la contradicción de defender políticas educativas inclusivas en el gobierno neoliberal/peronista de Carlos Menen que practicaba estrategias económicas de exclusión, diagramó los CBC (Contenidos Básicos Comunes) de la Ley Federal de Educación, que cayeron con el tiempo por su propio peso, pero abrieron el camino para discutir en serio un sistema que contenga a todos y no baje su calidad.AMvG marcó también su impronta en el autodenominado primer Normal nacional de varones «Mariano Acosta», en el barrio de Almagro, famoso no sólo por el impulso a su fundación dado por Sarmiento sino porque, entre otros, egresaron de sus amplios claustros Manuel Sadosky, Julio Argentino Roca, Leopoldo Marechal, Marcelo T. de Alvear, Américo y Rodolfo Ghioldi, Isaac Francisco Rojas, Abel Santa Cruz, Felipe Boero, Angel Maffei, Luis Jorge Zanotti, Enrique Santos Discépolo, etc., etc.
Empero, para quienes fatigamos los pasillos del Acosta y añoramos los sándwiches de queso de su buffet, el recuerdo más vivo es el de su ex-alumno Julio Cortázar que en el cuento «Escuela de noche», sin nombrarlo, describe al «regente» de Primaria que nos atormentaba al prometer, con su voz gregosa de pueblo originario y piel oscura, el castigo peor de aquella época: de no estudiar, nos quedábamos sin recreo en la sala de Música.Cordobés de origen, Pacha había nacido en  La Calera el 18 de mayo de 1928 y en su juventud militó su catolicismo en la parroquia Santa Julia, del barrio de Caballito, con algunos amigos entre los que no faltaron quienes luego serían académicos nacionales, como los hermanos García Belsunce. Entre los aspirantes de esa iglesia, había un chico que sería luego obispo de San Isidro, Jorge Casaretto.Luis Ricardo Silva, su gran amigo y discípulo, también murió durante esta Semana Santa, ideal para memorar a «pensadores» del sistema educativo que tuvieron la visión de crear a mediados de los ochenta del siglo XX ese cenáculo en el que abrevan personajes de distinto pelaje con envidiable formación: la Academia Nacional de Educación, nacida en 1984: Avelino José Porto, Gilda Lamarque de Romero Brest, Héctor Félix Bravo, Antonio Francisco Salonia, Gregorio Weinberg, Miguel Petty, Alberto Carlos Taquini (h.), monseñor Guillermo Blanco, María Cecilia Agudo de Córsico, Juan Carlos Agulla, Jaime Bernstein, Ana María Eichelbaum de Babini, Américo Ghioldi, Fernando Storni, Mario Justo López, Antonio Battro, Ëlida Leibovich de Gueventter, Juan José Llach, Pedro Simoncini, Oscar Oñativia, María Saenz Quesada, Adelmo Montenegro, Hugo Juri, María Antonia Gallart, Pedro Luios Barcia, Horacio Sanguinetti, Roberto Manuel Igarza, etc. “¿Qué quiero decir cuando pienso que Argentina debe ser un país escuelero? Pienso en el sueño de Sarmiento. Él quiso sembrar de escuelas toda la República. Ese era su lema: educar y gobernar. Pero además, Sarmiento decía claramente que eso iba a permitir que la pampa se llenara de chimeneas, porque él veía el país del futuro, fundamentado en las instituciones educativas y en las bibliotecas”, repetía van Gelderen.Acérrimo defensor de la irresuelta subsidiariedad del Estado a la educación privada, vía «la libertad de los padres para elegir la escuela de sus hijos», Pacha militaba contra el sindicalismo en el magisterio («ideologizan las aulas», sostenía), al punto de idolatrar a Rosario Vera Peñaloza porque se formó en claustros no estatales y hasta fue docente allí, aunque la historia la destaca por el valor que le dió a los jardines de infantes. Hasta su muerte “Pacha” Van Gelderen vivía en un departamento en la avenida Santa Fé y Paraná, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, siempre rodeado de sus papeles y libros favoritos; casado con Marta Muratorio, que tiene familia en Funes, cerca de Rosario, su fiel compañera de toda la vida, que lo sobrevive, tuvo cuatro hijas, nietos y bisnietos. Su infaltable sombrero, la coquetería de las camisas celestes y zapatos marrones de gamuza -a lo «petitero»-, harán que esta figura digerible de la derecha católica sea más venerado por su acostumbrado dialoguismo, que por la participación que tuvo en nombrar y definir políticas educativas públicas durante varios de los gobiernos militares que hubo en el país durante el siglo pasado.

Fuente: Jorge Rouillon para www.aica.org y www.ahoraeducacion.com

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor deje su comentario
Por favor ingrese su nombre

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.