El Colegio del Uruguay, creado por Urquiza para formar a las nuevas generaciones de su época bajo criterios muy diferentes a los que imperaban, tiene como slogan esa frase, que para muchas personas (incluso que pasaron por la institución) resulta algo misteriosa. Aquí se explica de dónde sale y se la vincula con un reclamo que crece: la separación del Estado de cualquier credo religioso.

Se cumple un nuevo aniversario de la creación del Colegio del Uruguay, creado por el entonces gobernador entrerriano Justo José de Urquiza con la intención de formar a las nuevas generaciones de su época. El Colegio tiene como slogan esa frase: “In Hoc Signo Vinces” (“Con este signo vencerás”), que para muchas personas, aun muchas que pasaron por la institución, resulta algo misteriosa.

 “In hoc signo vinces”, la frase escrita sobre un libro que aparece en el emblema del Colegio, se remonta a mucho tiempo atrás: al año 312 de la era cristiana, en que –según narran los historiadores cristianos de la Antigüedad– el emperador romano Constantino tuvo una visión poco antes una batalla. El relato dice que Constantino vio una cruz en el cielo con una inscripción en griego (“εν τούτῳ νίκα»), que traducida significa «con este signo vencerás». Para algunos historiadores cristianos, tras el triunfo en esa batalla Constantino se convirtió al cristianismo, pero en cualquier caso no formalizó esa conversión hasta su lecho de muerte.

Como sea, Constantino es una pieza clave para la historia del cristianismo como religión asociada al poder: legalizó a la religión cristiana en 313 mediante el Edicto de Milán, pero además convocó el Primer Concilio de Nicea en 325. Ese Concilio fue muy importante, porque oficializó una versión del cristianismo y condenó como herejes a las demás. Pero también habilitó la persecución de quienes no la aceptaran, con el ejército imperial como brazo ejecutor. Todo eso fue esencial para la expansión de esa religión. Aunque fue otro emperador (Teodosio) quien unos años después decretó al cristianismo como religión oficial del imperio (en la versión derivada de aquel Concilio), fue Constantino quien preparó el terreno para ello. Al punto que, para el cristianismo ortodoxo, es “San Constantino”. Aunque el Vaticano no lo considera santo, sí tuvo esa deferencia para con la mamá del emperador: Santa Elena.

De manera que, gracias a Constantino y desde hace ya 1.705 años, el cristianismo oficial dejó de ser la religión de los desheredados y los perseguidos –como lo fue en sus primeros años– para ser la religión de las clases dominantes de Europa. Después vendrían los diferentes cismas, que atomizaron las versiones cristianas anglosajonas y orientales, mientras que la más poderosa de sus versiones (la vaticana, que logró conservar con brazo férreo su unidad) logró un influjo único, debilitado en el resto del mundo, pero mantenido hasta la actualidad en el continente americano, tras desembarcar en esas “nuevas tierras” de la mano de los despiadados conquistadores.

El Colegio fundado por Urquiza fue pionero en muchos avances sociales en la Argentina. Pionero en la educación gratuita y abierta a las clases sociales más desfavorecidas, pionero en la educación de las mujeres (con Teresa Ratto, 1895), pionero en la enseñanza de la educación física, pionero en la investigación en ciencias y en la enseñanza de las artes, pionero en suprimir los dogmas retrógrados de los contenidos de la enseñanza, pionero en cobijar y dar un lugar destacado a emigrados europeos (muchos de los cuales venían huyendo de la persecución por sus ideas innovadoras), pionero en dar a sus estudiantes voz y voto en las discusiones cotidianas (medio siglo antes de la Reforma del 18), pionero en la intención de ofrecer una educación superior actualizada y científica… Todo eso fue el Colegio fundado por Urquiza.

¿Cómo llega entonces una frase tan emblemática para la tradición cristiana a convertirse en el emblema del primer Colegio laico de la Argentina? La razón está en la notable inversión de sentido que le otorga a esa frase el reemplazo de la cruz por un libro.

Aunque los distintos autores consultados  no hacen mención a la autoría del diseño ni al momento en que se adopta, no es dificil deducir el sentido que posee. Claramente el escudo del Colegio, que acompaña su labor educativa de casi dos siglos, resignifica la conocida frase de Constantino. La transforma –con la sola sustitución de un símbolo (la cruz) por otro (el libro)– de dogma guerrero e intolerante, a emblema no dogmático: en lugar de la fe, la ilustración. Esa poderosa síntesis puede leerse así: “Con el libro, con la educación, con la ciencia, vencerás. No con creencias dogmáticas”.

 El Colegio, no obstante, arrancó con clases de religión, dado que era dirigido por un cura: el presbítero Manuel Erausquin. Sin embargo duró poco. Distintas desinteligencias lo alejaron del cargo, y entre ellas destaca un episodio que cuenta el profesor Héctor César Izaguirre en su delicioso libro El Colegio del Uruguay y la Fraternidad (Ed. Dunken, 2007):

“Cuenta Martín Ruiz Moreno que el rector Erausquin había impuesto la misa diaria (…) sin embargo el General Urquiza, por medio del Jefe de Policía, le hizo decir al rector que su propósito no era formar clérigos. Así quedó abolida esta práctica, que hacía perder al estudio el mejor tiempo de la mañana. Recordamos esas prácticas clericales y las causas de su abolición, porque ellas influyeron para que el espíritu liberal se arraigase”.

En 1854 se hizo cargo de la dirección el profesor Alberto Larroque, a cuya gestión de una década se la conoce como “la época de oro”. Y con él la impronta liberal en materia religiosa se profundiza. Larroque, nacido en Francia, era un federal republicano. El profesor Celomar Argachá en su libro El Colegio del Uruguay a través de sus rectores (Eduner, 1999) narra lo siguiente:

“Fue tan profundamente republicano que declinó el titulo nobiliario que a la muerte de su padre le es ofrecido, haciéndolo con esa frase que hoy figura en una placa en el tríptico que hermosea el patio del Histórico: ‘La seule noblesse que j’accepte et que j’envie c’est la noblesse du coeur’ (La única nobleza que acepto y envidio es la nobleza del corazón)”.

Pero además, pocos años después, en el viejo Colegio del Uruguay, en el siglo XIX se enseñó nuevamente religión, pero de una manera diferente. Profesores como el belga Adolfo Ackermann o el francés Alejo Peyret dictaban cátedras en las que se hablaba de la historia de las religiones con un abordaje científico (acorde a la época). Así, por ejemplo, Peyret explicaba que “la Biblia, considerada por muchos como un libro sagrado, nos dice que la humanidad cuenta 6.000 años escasos de existencia. Y la ciencia geológica, apoyada en descubrimientos indiscutibles, asegura que hace 240.000 años por lo menos que apareció en el globo” (Alejo Peyret, Historia de las religiones, Ed. Buffet 1886). De esa manera se comenzaba a abrir las mentes de los estudiantes.

Cuenta el profesor Izaguirre en su libro ya citado que era tan poderoso el mandato del emblema y el espíritu antidogmático que imperaba en el Colegio, que uno de quienes fueron alumnos, el tucumano Luis Aráoz (el del bulevar, sí, ese mismo), describía así los efectos de una clase de religión a cargo de Alberto Larroque:

“Se me quitó el horror a las cosas desconocidas del otro mundo, a esas penas tan crueles y a los silbidos de las almas en las noches de noviembre, con que se asustaba a la gente. Y esto sucedía en mí antes de haberse cumplido las 24 horas de mi ingreso al famoso Colegio”.

Hace pocos años, en 2008, el destacado filósofo Daniel Dennett (autor, entre otros textos, de La conciencia explicada Romper el hechizo: la religión como un fenómeno natural) planteó una idea aparentemente tan innovadora como perturbadora. Propuso que no se debe prohibir que se les enseñe religión a niños y niñas, sino todo lo contrario: enseñarles, pero no aquellas creencias que se les inculcan tradicionalmente, no las supuestas virtudes de las religiones en las que creen sus familiares, sino la otra cara:

“Propongo que les enseñemos acerca de los hechos de su propia religión que sus mayores no quieren que sepan [o que probablemente tampoco saben]. Así ellos no serán víctimas de la religión de sus padres. Creo que hay que abrir las compuertas. Enseñar a los niños acerca de las religiones del mundo.”

Es decir: enseñar la religión de la mano de la historia de la cultura, mostrando sus orígenes, exhibiendo cómo todas ellas carecen de originalidad porque son reformulaciones de cultos anteriores (a los que, sin embargo, desprecian o niegan); de la mano de la sociología, explicando sus relaciones con las clases dominantes de cada sociedad y de cada época; de la mano de la antropología y la historia de las ideas, desarrollando con precisión cómo el discurso religioso fue (y es) empleado para legitimar diferentes formas de dominio; de la mano de la psicología, para que se aprecie cómo se imbrican con los miedos individuales y colectivos de los seres humanos; de la mano de la historia de la ciencia, para recordar cómo las religiones (casi todas) intentaron oponerse a los avances sociales, científicos y políticos; de la mano de la literatura, citando autoras y autores a los que casi no se menciona para no incordiar, y que desde antaño denunciaron sus abusos; de la mano de la filosofía, en suma, mostrando cómo justificaron guerras “santas” de todo tipo, desigualdades, racismo, esclavitud, conquistas, etnocidios, machismo y asesinatos en masa.

¿No es una gran idea? ¿No sería un gran aporte para que niños y niñas comiencen desde la escuela a desterrar de sus mentes el fanatismo, la intolerancia, el pensamiento mágico?

Y además ¿no sería la mejor forma de retomar aquella tradición del Colegio, casi olvidada? Porque en verdad, la propuesta de Dennet puede resultar perturbadora, pero para nada innovadora, al menos en la educación argentina: precisamente en eso consistía la Historia de las Religiones y de Las Instituciones libres, cátedras que dictaba el gran Peyret tanto en el Colegio del Uruguay como en el Nacional Buenos Aires.

Testimonio de ello son las ediciones de sus clases, hoy casi inhallables salvo en repositorios bibliográficos. En la primera de ellas, concluía diciendo, en 1886:

“Hemos tenido las religiones fetichistas, las religiones locales, las religiones de la tribu, las religiones de la ciudad, las religiones nacionales, las religiones internacionales; para llegar al último término de la evolución, es preciso constituir la religión de la humanidad, con la eliminación de los dogmas intolerantes”.

“La toxicidad de la religión depende de la ignorancia forzada de los jóvenes”, dice Dennet. De nuevo entonces: ¿Y si retomamos esa tradición?

Mucho se ha hablado en la Argentina de la dicotomía “civilización o barbarie” y otro tanto se ha escrito sobre los “bárbaros” caudillos federales. El Colegio de Urquiza es quizás una de las más poderosas refutaciones de ese esquema, aún no reconocido en toda su dimensión. Más allá de todos los aspectos en los que Urquiza puede ser cuestionado –como cualquier otro personaje de la historia–  es posible suponer que cuando expresó que su heredero sería este Colegio, quiso a su vez simbolizar su esperanza de que su máximo aporte a la vida nacional fuera comprendido como un aporte de preparación para un futuro diferente: para la paz, para el desarrollo, para el progreso de las artes y las ciencias, para la superación de las divisiones sociales.

En un momento en que la sociedad argentina se muestra madura para, por fin, encarar una reforma que en cualquier democracia moderna parece tan obvia como lo es la separación del Estado de cualquier culto religioso, es urgente recuperar la tradición del Colegio del Uruguay, y –para empezar– que tanto sus estudiantes como sus docentes la conozcan.

Para que juntos podamos encarar mejor la lucha que viene: Iglesia y Estado, asuntos separados.

Fuente: http://www.elmiercolesdigital.com.ar/  

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