Una vez electo democráticamente (luego de haber sido vicepresidente del gobierno de facto de Edelmiro Farrell), Juan Domingo  Perón mantuvo una continuidad con la obra educativa de la dictadura impulsando en el año 1947 la sanción de la ley n° 12978, que ratificaba el decreto de 1943. Los argumentos de los diputados peronistas que defendieron la ley en el Congreso se fundamentaron en los principios del catolicismo integrista, que venía consolidándose desde la década anterior a la cabeza del Estado.

La identificación entre hispanidad, catolicismo y nacionalidad, la consideración de la religión como fundamento del cuerpo social y del liberalismo/laicismo como elemento de su desintegración fueron los principales ejes del discurso parlamentario peronista. El diputado Lasciar, por ejemplo, afirmó durante el debate: “Nuestra tradición es Cristo y estar contra ella es estar contra Cristo. Dios es el alma nacional”. Mientras Díaz de Vivar, designado por Perón para conducir el debate parlamentario, planteó “… [hemos] sido víctimas de un percance histórico de muy grandes proporciones (…) Con España, el catolicismo era el otro gran calumniado; se estableció la siguiente sinonimia: hispanidad, catolicidad, oscurantismo. Y así comenzó, señores diputados, todo el proceso de descastización, una de cuyas afloraciones más eminentes fue precisamente, en mi opinión, la ley 1.420. Entre otras cosas, eso significó la ley que tratamos de modificar: una ruptura violenta con la más pura y rancia tradición argentina”. Pero la importancia de la enseñanza religiosa no residía para el peronismo sólo en la recuperación de una tradición, sino en la posibilidad de introducir un elemento tendiente al orden y la armonía social “… el trabajador argentino se siente solidario con la enseñanza religiosa en las escuelas, amén de apreciar la trascendencia de la misma en lo que se refiere principalmente a la formación de la conciencia y a la jerarquización de los sentimientos como factores de orden y disciplina […] La enseñanza religiosa, al suavizar las asperezas entre los hombres, coopera eficientemente a destruir todo asomo de anarquía y atropello…” (1).

Entre los principios y metas de la escuela argentina, la ley señalaba que las metas de la escuela eran “entronizar a Dios en las conciencias, exaltando sobre lo material y lo espiritual” (2). Con esto Perón cumplía las promesas que había hecho durante la campaña electoral, tal como había declarado seis días antes de los comicios del año 1945 en el diario La época: “He jurado escuchar y satisfacer los anhelos del pueblo argentino, y como el pueblo argentino, por mayoría abrumadora, quiere para sus hijos la enseñanza religiosa, he de mantenerla y acrecentarla con el mayor empeño, ya que responde, además, a una íntima convicción de mi espíritu”.

La Iglesia había logrado introducir esta discusión como tema de campaña, al punto que la jerarquía católica en su pastoral de septiembre de 1946 prohibía a sus fieles votar por los partidos que incluyeran en sus programas la enseñanza laica. En el mensaje de la pastoral, se señalaba “(…) La Iglesia ha recibido el derecho de enseñar de Dios mismo. Puede, pues, exigirlo también en nombre de los intereses del niño que exigen se les imparta una educación integral haciéndole conocer su origen divino, sus destinos inmortales y los derechos sagrados de su persona. Puede exigirlo en nombre de la Constitución, como también de la tradición argentina…”.

Miles de jóvenes fueron educados en las escuelas públicas según las concepciones de la Iglesia católica, que incidió sobre planes de estudio tal como permitía le ley, impuso festividades religiosas y tuvo injerencia en distintas actividades en el ámbito escolar. La enseñanza religiosa en las escuelas públicas se sostuvo hasta 1955, cuando Perón resolvió retroceder de esa concesión a una Iglesia ya pasada al campo de la oposición política al peronismo y activa organizadora del golpe que llevó a la “fusiladora”. Pero este pasaje al campo golpista no significó una ruptura de relaciones entre la Iglesia y el peronismo, que se mantiene hasta nuestros días. Sin dudas en esa relación anida parte importante de la explicación del rechazo en el Senado a la ley IVE bajo argumentos retrógrados y oscurantistas, así como el pedido de Cristina Kirchner a las pibas y pibes de “no enojarse con la Iglesia”. Por fortuna, las y los miles de jóvenes que se apropiaron de la consigna “Iglesia y Estado, asuntos separados”, parecieran no estar dispuestos a hacerle mucho caso.

1. Jorgelina Silvia Sassera. (2004). “La enseñanza religiosa durante 1943 y 1947: una nueva mirada”. VI Jornadas de Sociología. Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires.

2. C. Pitelli, “La enseñanza religiosa en las escuelas públicas durante el primer peronismo” en: Estudios de historia de la educación durante el primer peronismo 1943- 1955, H. R. CUCUZZA, comp., Editorial Los libros del Riel, 1997.

Fuente: Norberto Vilar, director del semanario www.gracus.com.ar, para www.ahoraeducacion.com 

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