Sumamente oportuna la declaración de Axel Kicillof la última semana, prometiendo un gobierno «más austero, más transparente y más eficiente». Así puntualizó no sólo una bandera de campaña y un buen propósito, sino que también señaló, implícitamente, la mayor urgencia nacional, que es recuperar la educación pública.

Puede sonar grandilocuente, porque lo es. Y lo es porque todos los problemas argentinos derivan de un desastre educativo cuya reconstrucción dependerá de profundos cambios. De paradigmas y de rumbos, de postulados y de ejemplos a inculcar, y de presencia del Estado como rector y orientador de un pueblo capaz de desarrollar sus capacidades en plenitud, consistencia y persistencia. Todo eso sólo puede garantizarlo la educación pública gratuita, obligatoria y laica, vía magna para hacer de la Argentina el país soñado por generaciones.

Al menos en El Manifiesto Argentino lo tenemos claro desde hace años, y subrayado a finales de 2015, cuando el gobierno macrista-radical inició el desguace de todas las políticas pedagógicas positivas implementadas desde 2003, a lo que sumó despidos y represión a los trabajadores de la Educación. Retomaron así el proceso negativo iniciado en los años 60, cuando sucesivos ministros de la dictadura de Onganía (Astigueta, Pérez Guilhou, Cantini, Malek) aplicaron las primeras «reformas» que eliminaron el Magisterio e iniciaron la subsidiaridad del Estado y las transferencias del sistema educativo a las provincias, sistema retrógrado que en 1992 perfeccionó la Ley Federal de Educación menemista.

También por eso es urgente renacionalizar la educación, entendida como el retorno a un Sistema Educativo Nacional Único con validez en toda la república, que garantice una plataforma curricular que conciba contenidos educativos igualitarios en todo el territorio nacional y se organice respetando desarrollos regionales y locales.

Con pareja urgencia habría que desarrollar sistemas de evaluación que prioricen principios y necesidades de interés nacional y latinoamericano, tanto en la evaluación de los aprendizajes como de las instituciones y el sistema educativo mismo, que a su vez debería promover la conciencia de nuestra lengua nacional, el Castellano Americano, garantizando a la vez la educación intercultural bilingüe respecto de cada uno de los pueblos originarios que habitan el territorio nacional.

Obviamente, la vastedad y complejidad de acciones necesarias contemplará promover la educación técnica y de adultos, así como la educación popular operada por iniciativa de ONGs, cooperativas, empresas recuperadas y organizaciones territoriales, incorporando de entrada el estudio permanente de principios de Filosofía, Lógica y sobre todo Formación Moral, materia ausente de casi todos los currículos argentinos y que debería ser obligatoria desde el nivel primario en adelante y en todo el país, como inicio de una educación para la transparencia y la concientización de la honradez como cualidad humana fundamental. Porque de muy poco sirven las leyes anticorrupción si no hay políticas de transparencia a largo plazo, para lo cual hay que lanzar sostenidas campañas nacionales de educación cívica, orientadas a que la sociedad sepa ejercer controles y fiscalización.

Asimismo, es urgente promover el debate y sanción de una Ley de Educación Superior que reasegure, profundice y actualice los principios de la Reforma Universitaria de 1918, explicitando a la Educación Superior como bien público y como derecho, e incorporando la materia Ética Profesional en todas las carreras universitarias y terciarias, públicas o privadas.

Ante tanta, tan veloz y tan torpe degradación del sistema educativo nacional como ejecutó el neoliberalismo macrista, es hora ya de consagrar a la educación como un derecho colectivo en el marco de procesos institucionales de enseñanza y aprendizaje, a cargo del Estado y consolidando la instrucción elemental, pero, también, asegurando los valores históricos que construyen nacionalidad. E incluso incursionando en campos educacionales heterodoxos, pero urgentes, puesto que nuestro país es hoy, quizás, uno de los más groseros, mal hablados y de modos de comportamiento más violentos de todo el mundo.

Acaso la recuperación en materia educativa deba incluir los contenidos y el espíritu de los programas transversales que mejoraron el sistema hasta 2015: educación sexual, prevención de violencia escolar, orquestas infantiles y juveniles, ajedrez escolar, educación y memoria, educación y medios, educación por el arte, centros de actividades infantiles y juveniles en contraturno y días sábados en las escuelas. Y por supuesto es urgente reinstalar las dos grandes acciones hoy discontinuadas perversamente: el Plan Nacional de Lectura, para retomar la urgente capacitación de mediadores y la provisión de libros y materiales de lectura en todo el territorio. Y el Plan Conectar Igualdad, que estimuló el talento de millones de estudiantes, además de que generó tecnología y trabajo argentino. Y definir como política educativa de Estado la distribución de tecnología digital para que todos los estudiantes del país, sin diferencias, tengan acceso al mundo.

Sumese todavía la integración del sistema bibliotecario escolar con todo el sistema educativo, garantizando la existencia de bibliotecas en todas las escuelas e institutos, así como cargos profesionales, mantenimiento infraestructural, conexión en red y renovación anual de acervos.

Y habría también que incorporar, de una buena vez, la Educación Agraria básica y la Educación Ambiental en todos los niveles educativos, para desarrollar la conciencia ecológica y del riquísimo sistema de Parques Nacionales de que disponemos y que en general nuestro pueblo ignora.

Así y con muchas otras medidas y decisiones, y con miras a servir a tres, cuatro o más generaciones venideras, la política educativa pública podría ser el instrumento fundamental de la cantera en la que millones de futuros argentinos y argentinas se educarán para garantizar que los próximos gobiernos sean protagonistas ­–como bien ha dicho Axel Kicillof– de gestiones «más austeras, más transparentes y más eficientes».

Fuente: Mempo Giardinelli para www.pagina12.com.ar

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