800px-De_Madrid_al_cielo_99¿Qué es lo mejor de Madrid? Los cielos, rotundos y espléndidos; el culto al teatro de Ramón del Valle-Inclán, y ciertos rasgos de sinceridad en el combate político y social, su crudeza: la victoriosa huelga de los basureros y la alcaldesa Botella alertando del riesgo de disgregación de la derecha.

Lo mejor de Madrid es el cielo. Cielos de Velázquez con nubes rosadas sobre fondo azul: atardeceres lentos, austriacistas y consensuados. Cielos dantescos como el de la foto que encabeza este artículo, tomada desde una terraza céntrica. Cielos bíblicos, cielos de película de Cecile B. De Mille, cielos Ben-Hur, cielos solemnes sobre una de las ciudades menos románticas de Europa. El Madrid del cineasta Pedro Almodóvar, en cuyas películas no hay más paisaje que el cielo y el ajetreo urbano, filtrado por una mirada irónica y la estética del lenguaje publicitario. La ciudad golfa, tierna e insomne de Joaquín Sabina en la que el sol es una estufa de butano.

Cielos de una belleza apostólica que parecen compuestos por Juan, Evangelista. Cielos en los que las trompetas del Apocalipsis nos anuncian la vertiginosa caída de los dioses inmobiliarios y el regreso de Carpanta. Atardeceres a juego con la inquietud reinante.

Amaneceres serenos y de piel sedosa. Cielos orientalistas que nos remiten al tiempo en que Madrid era Mayrit, fortaleza musulmana, enclave defensivo del Califato de Córdoba. Al-Madrid. Cielos de fantasía para atraer inversiones de los Emiratos Árabes. Cielos de Saladino con tres minaretes sin almuecín: dos iglesias y, en medio, la torre de la televisión.

Redes serenas y complejas que convocan el realismo político y el realismo de Antonio López. Tardes encapotadas en las que lo importante es el detalle.

Cielos con nubes de algodón sobre la Victoria Alada del edificio Metrópolis de la Gran Vía. Una estampa casi romántica que nos conduce a la modernidad interrumpida por la Guerra Civil y lo que vino después. El Ángel sobre el cielo de Madrid. Wim Wenders y Bruno Ganz en el cruce Alcalá / Gran Vía. Todo atisbo romántico siempre tiene un ácido irónico contrapunto en Madrid: el edificio Metrópolis fue levantado en 1910 en el lugar donde se hallaba la Casa del Ataúd (por la estrechez del solar). Si no ha cambiado de manos en los últimos tiempos, el Metrópolis, uno de los inmuebles más fotografiados de la ciudad, es propiedad de un empresario catalán de Tortosa que solía comentar lo siguiente a sus amigos: “Cuando paso por delante de ese edificio de la Gran Vía no me acabo de creer que sea mío”.

Cielos impecables, satinados y profundos como el del pasado viernes por la mañana, día de la Constitución. Cielos alegres que invitan a pactar. Cielos absolutos que dificultan el pacto.

Lo mejor de Madrid es la cartelera teatral. Una buena cartelera, incluso en estos tiempos de crisis y recortes. Lo mejor de Madrid es el culto a Ramón del Valle-Inclán. Cada temporada hay dos o tres Valles que no hay que perderse. Luces de Bohemia sube a la escena cada año con más devoción y amor que los Tenorios. Hay en estos momentos dos obras de Valle en cartelera. Tirano Banderas, dirigida por el catalán Oriol Broggi, en el viejo Teatro Español. Y Montenegro, recapitulación de lasComedias Bárbaras, la trilogía galaica compuesta por Cara de Plata, Águilas de blasón y Romance de Lobos, a las órdenes de Ernesto Caballero en el Teatro Valle-Inclán, en Lavapiés.

Soy valleinclanista acérrimo desde la juventud. Recuerdo con verdadera emoción la primera vez que asistí a una representación de Luces de Bohemia. Tenía 15 años. 1972. Compañía Lope de Vega, bajo la dirección de José Tamayo. Max Estrella, Carlos Lemos. Don Latino de Hispalis, Agustín González. Gran Teatro Español, en el Paralelo de Barcelona, teatro que años más tarde se convertiría en la discoteca Studio 54. Era la primera vez bajo el franquismo que se podía representar el texto íntegro. Los miércoles había precios reducidos en el gallinero. Fui a verla cinco veces. Inolvidable.

Valle-Inclán nunca ha dejado de ser actual y esa devoción que Madrid le profesa es un asunto psicológico de gran interés. Cuando Madrid se adentra en el nihilismo –como está ocurriendo ahora, tras el derrumbe del festival inmobiliario-, la obra de Valle actúa como un dispositivo de defensa: la voz crítica que regresa, el latigazo que alerta. La voz crítica que viene del pasado y ocupa un vacío clamoroso, puesto que la ciudad contemporánea, una vez desarticulada la izquierda clásica, no es capaz de imaginar políticamente otro orden. Luego veremos por qué. Valle suple, avisa, advierte y consuela.

Tirano Banderas puede ser leído como un reproche de la vieja hispanidad a las nuevas independencias criollas, prontamente seducidas por el autoritarismo -“qué rápido habéis degenerado, muchachos”-; como un primer ejercicio del realismo mágico, o como una crítica universal a las tendencias suicidas del poder. También puede verse, como creo que hace Broggi, como una metáfora de política interior: la lenta e imparable erosión de la base del poder.

Las tres horas de Montenegro son de una intensidad extraordinaria. Shakespeare, Nietzsche Wagner y la furia carlista en las costas de Galicia. La degeneración de las viejas formas de poder. La saga de don Juan Manuel de Montenegro, noble, déspota, diabólico y mujeriego, desvalijado por sus propios hijos y carcomido por el arrepentimiento, que acaba sus días al frente de una tropa de mendigos en busca de redención. Un Valle-Inclán carlista que no soporta la degeneración isabelina. Un Vallé-Inclán republicano que intuye la revuelta de los pobres, liderada por nuevas aristocracias. Un Valle-Inclán nietzscheano: el eterno combate contra la moral del esclavo. (Valle simpatizó en su juventud con la causa carlista y murió en enero de 1936 siendo presidente de honor de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética).

Recuerdo una representación de Cara de Plata en 2005. Salí del teatro impresionado por el final de la obra. El momento en que Montenegro se enfrenta a una procesión de campesinos, encabezados por su enemigo, el abad de Lantañón, que atraviesa sus tierras sin permiso. Hay un forcejeo y el cura y la Custodia caen al suelo ante el espanto de todos. Montenegro, consternado, exclama: “A veces creo que soy el Diablo”. Estaba rememorando este final y me encontré en la Castellana con el edificio Windsor en llamas. Una torre de 105 metros devorada por un misterioso incendio en el tiempo de las plusvalías veloces.

Recuerdo bien aquella obra, ahora refundida en Montenegro. Aquel otro pasaje, en el que Fuso Negro, loco, greñudo y cismático, el desequilibrado que dice las verdades, entra en escena anunciando a sus amos la revuelta popular: “¡Touporrotou! ¡Se juntó una tropa de irmandiños! ¡Touporrotou! ¡Para acá vienen! ¡La torre entre todos nos van a quemar! ¡Touporrotou!”.

Lo mejor de Madrid son sus rasgos de sinceridad. Una ciudad rotundamente vertical, mandada de manera imperativa desde los despachos –empresariales, mediáticos y funcionariales-,sin la existencia de fuertes mecanismos de intermediación social, dada la creciente debilidad de los sindicatos y un notorio eclipse de las entidades ciudadanas, vecinales y culturales que florecieron en la transición. Los despachos y la gente. Una perfecta línea vertical mediada por la publicidad, el comercio, el consumo y, ahora, por los espasmos de internet. Los de arriba mandan y los de abajo, de vez en cuando pierden la paciencia y se “amotinan”, con el Partido Socialista atento al oleaje. Los acontecimientos de marzo del 2004. La acampada de mayo del 2011 (nacimiento del movimiento 15-M en vísperas de las últimas elecciones municipales). Las recientes ‘mareas’ sindicales contra los recortes en educación y sanidad… Destellos que deben ser leídos con atención y cautela. Los ‘motines’ de Madrid son explosiones intermitentes de malhumor en una ciudad hegemonizada por el liberalismo económico a la española (esto es, regulado por el BOE y controlado desde los ministerios), el conservadurismo oficial y el utilitarismo social. Los ‘motines’ de Madrid no son preámbulos revolucionarios. (Cuanta gente se equivocó hace tres años exagerando la importancia inmediata del 15-M…)
La reciente victoria de los trabajadores del servicio de limpieza y recogida de basuras tras una huelga durísima creo que es un dato político relevante. Más de mil trabajadores iban a perder el empleo y resistieron. Parte del sistema mediático se les echó encima y fueron a visitar las debilitadas asociaciones de vecinos para explicar su posición. La ciudad no perdió los nervios, pese a las molestias. Hubo aquellos días un retorno al realismo social. Un viejo pálpito de Madrid. Atención a ese regreso.

Rasgos de sinceridad, también, en la alcaldesa Ana Botella. La señora Botella está viviendo su año horrible. La derrota de la candidatura olímpica de Madrid en septiembre se produjo en las peores condiciones posibles: fracaso político, fracaso mediático y fracaso de reputación. Expectativas infundadas y ese ‘relaxing cup of café con leche’ que tantas chanzas ha motivado. Una deuda municipal de 7.400 millones de euros, la más elevada de España. Y unas encuestas desfavorables. La definición de los candidatos del PP en Madrid para las elecciones municipales y autonómicas del 2015 no será fácil.

La señora Botella diríase que quiere repetir e invoca, a modo de escudo, las críticas de su marido a la gobernanza marianista. La alcaldesa Botella repite con notable sinceridad lo que oye en casa: el problema no es la gestión municipal, el problema es Mariano y su manera blanda de gobernar. El aznarismo intenta tocar a rebato, ante el riesgo de disgregación del electorado de centro derecha, como consecuencia de la abstención y de un previsible auge de UPyD, especialmente intenso en Madrid. Bajar el IRPF a las clases medias, dramatizar al máximo el enfrentamiento con Catalunya, cauterizar los efectos de la sentencia de Estrasburgo con políticas de mano dura. Encararse con los que protestan. Evitar el desánimo de la derecha de la derecha. Coagular, coagular, coagular. En una ciudad en la que cada día se inician cien conspiraciones y sólo finalizan dos, la sinceridad de Ana Botella también tiene un aire diáfano.

Cielos serenos. Cielos de tormenta. Madrid siempre invita a levantar la mirada.

Fuente: www.lavanguardia.com

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