El español, entre el debate y la pura celebración. Más de doscientos invitados especiales discuten desde en Córdoba los retos del idioma, simultáneamente al «congreso paralelo». El presidente Mauricio Macri y los reyes de España asistieron a la inauguración de los debates que finalizarán mañana (30/3/19)

CÓRDOBA.- Es un debate sobre su futuro, pero también una celebración. Hay temas controvertidos de los que ocuparse, como el impacto que sobre la escritura tienen los dispositivos digitales o el advenimiento del lenguaje inclusivo, pero antes que nada, y aunque siempre sobrevuela la sensación de que pesa sobre el idioma una amenaza que obliga a salir con urgencia en su defensa, se trata de una fiesta de la palabra. Con la presencia de los reyes de España y del presidente Mauricio Macri, el VIII Congreso Internacional de la Lengua Española cierra mañana (30/3/19).

Ningún cordobés se atrevería a cuestionar que el VIII Congreso Internacional de la Lengua Española (CILE) se lleve a cabo en esta provincia, que ha dado escritores de la talla de Leopoldo Lugones, Juan Filloy o Héctor Bianciotti (aunque este, radicado en París en 1961, en su madurez dejó de escribir en español y terminó siendo incorporado a la Academia Francesa). Aunque, para decir toda la verdad, quienes se muestran orgullosos de que la gran discusión sobre el futuro de la lengua se realice en estas tierras no piensan tanto en esos brillos literarios. Apenas el visitante pone un pie en la provincia, señalan con simpática inmodestia que los cordobeses tienen su propia «lengua». Si el razonamiento es excesivo, hay que aceptar que, si no una lengua, Córdoba tiene al menos un diccionario: una serie infinita de voces extravagantes al oído del forastero ( chomaso, gorreado, farfollas, luquiar) le confieren un sorprendente cromatismo al lenguaje de todos los días, colmado de expresiones a menudo nacidas en el ingenio y el humor, que se vuelve aún más novedoso en su regionalismo y cobra inusitadas tonalidades en cuanto uno se adentra en las zonas rurales. Si un novelista se lo propusiera, quizás esa jerga mediterránea llegase a alcanzar la estatura del nadsat, el argot adolescente que Anthony Burguess inventó para sus personajes de La naranja mecánica, o aun del glíglico, la lengua que Julio Cortázar soñó para ciertos fragmentos de Rayuela, la gran novela latinoamericana de la que la Academia Real Española presentó aquí una espléndida edición conmemorativa.

Organizado por el Instituto Cervantes, la Asociación de Academias de la Lengua Española y la RAE, este segundo capítulo argentino -el primero tuvo lugar en Rosario, en 2004- volvió a ser escenario de las tensiones entre apocalípticos e integrados, es decir, entre quienes perciben que la lengua está bajo amenaza y quienes propician que siempre debe abrirse al lenguaje de un tiempo nuevo.

Quizá Tomás Eloy Martínez haya comprendido como pocos ese drama de la lengua, y lo sintetizó espléndidamente en la edición que se realizó en Cartagena de Indias, en 2007: «La lengua a cuyo abrigo nacimos es siempre ella misma -dijo aquella vez-: no la cambian ni el vértigo de los lenguajes virtuales ni la impaciencia de los jóvenes cuando dialogan con palabras de ortografía quebrada ni las febriles imaginaciones con que la tecnología va vistiéndose casi a diario con ropas nuevas. Nuestra lengua está viva y no cesa de moverse, de levitar, de aspirar todos los aires y de beber todos los vientos. Nos desplazamos con ella, la seguimos como a nuestra sombra. Es una lengua mestiza, en cuya sangre hay vetas árabes, visigodas, celtas, quechuas, guaraníes, destellos del náhuatl, del chibcha y del aimara, relámpagos del Quijote y de Macondo, sones cubanos y corridos de México, vallenatos de Barranquilla y romanceros gitanos. Aún fijándola y dejándonos alimentar por su esplendor, siempre correrá más rápido que nuestros pies ligeros y siempre nos mostrará lo que seremos en el espejo donde todavía no estamos».

Ese futuro incierto que avizoraba el creador de Santa Evita es este presente acuciante en el que la lengua se retuerce y se expande, acicateada por un tiempo convulso y desafiante, pero no ya por las formas inverosímiles de los neologismos o de voces fraguadas en el lenguaje cotidiano, muchas veces aluvional, y que con frecuencia la Real Academia Española termina incorporando a su monumental diccionario, sino por la fuerza inusitada que viene cobrando en ciertos sectores de la población el llamado lenguaje inclusivo. Habrá que ver si los especialistas se disponen a ocuparse de un tema en el que hay quienes ven una simple aberración y otros, un recurso lingüístico que pone en palabras un tema de época que enciende controversias, como la percepción de los géneros.

Santiago Kovadloff fue uno de los encargados de exponer sus ideas sobre el presente de la palabra. En un barcito aledaño al hotel donde se hospedan los miembros de la Real Academia y unos cuantos escritores latinoamericanos -entre otros, el mexicano Juan Villoro y Martín Caparrós, que ahora trasponen la puerta del hotel para fatigar juntos las calles cordobesas como lo habrán hecho tantas veces en otras ciudades latinoamericanas, donde a menudo se tejen amistades perdurables que exceden por mucho los intereses literarios-, el creador de El silencio primordial y Lo irremediable deja entrever, un poco ajeno a aquellas discusiones, su mirada de poeta. Su ponencia se titula La fe literaria. «Uno ha sido convocado por una necesidad que hace que sostengamos la palabra en su deseo de ser significativa para nosotros y para otros -señala-. Nicanor Parra tiene un verso que dice ‘el poeta está ahí para que el árbol no crezca torcido’. Y creo que la fe literaria es ese anhelo de traer a la luz un paisaje inédito, normalmente opacado por la costumbre, el prejuicio, el desinterés y la apatía. Es también una reivindicación: la de que la palabra, independientemente del medio del que nos valgamos para ponerla en acción, es fundamentalmente una respuesta o un descubrimiento. Será trabajoso terminar de pulirla, pero primordialmente ella viene a decirnos que algo nuevo ocurrió en nosotros. Y ese es el optimismo del escritor».

Un poco antes, en el cine club municipal de la ciudad, Eduardo Sacheri se dispuso a develar ante un centenar de oyentes muy jóvenes los misterios de la adaptación cinematográfica, y lo hizo con amenidad y humor suficientes como para despejar el malentendido según el cual habría de dictar una masterclass. Sacheri habló de El secreto de sus ojos, la película de Juan José Campanella que es adaptación de La pregunta de sus ojos, su debut como novelista. La ligera y sustancial variación de esos dos títulos le sirvió para dar cuenta de las inevitables fidelidades y traiciones que sobrevienen cuando el cine abreva en la literatura, o, podría agregarse, siempre que media una traducción.

En ese hermoso espacio para cinéfilos, como parte del Encuentro de la Palabra, una suerte de preludio del congreso, se exhibe en estos días una serie de films que retratan la defensa que hacen de ciertas lenguas nativas en extinción pequeñas comunidades que a veces son integradas por apenas un puñado de personas. El ciclo se titula «Guardianes de la lengua», y pese a su fulgurante resonancia poética esa denominación tiene la precisión que exige toda crónica. Apocalípticos o integrados, los especialistas que han llegado de todas partes del mundo sumaron sus voces a la discusión, a veces fervorosa, que abre esa custodia.

Fuente: www.lanacion.com.ar

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