“Pensar, analizar, inventar no son actos anómalos,
son la normal respiración de la inteligencia (…)
Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas y
entiendo que en el porvenir lo será”.
Pierre Menard , Jorge Luis Borges

Cincuenta y seis hombres de distintas edades esperan sentados, uno al lado del otro, con sus cuadernos y biromes a qué empiece la clase. Si no fuese por el “CLANCK” de la reja que acaba de cerrarse y el policía que nos mira desde el otro lado, podría decir que estoy en un pabellón de Ciudad Universitaria y no en uno de máxima seguridad.

¿La lección de hoy? Shakespeare.

Sí, hoy en el Pabellón 4 de la Unidad de Máxima Seguridad N° 23 de la Cárcel de Florencio Varela los presos leen, estudian, debaten y analizan las obras del gran dramaturgo inglés. No es una puesta en escena posmoderna, aunque se contrapone con todo lo que siempre imaginé que pasaba en una cárcel y que series como El Marginal se esfuerzan en mostrar. Es parte de lo que pasa cada miércoles en este pabellón.

Desde hace nueve años, Alberto Sarlo da ahí clases de filosofía, literatura y boxeo. Este abogado y escritor de La Plata de 47 años ingresa cada semana al Pabellón 4 las obras de Borges, Platón, Aristóteles, Nietzche, Descartes y todos esos autores que tanto me costaba entender en la facultad pero que, con su ayuda, los presos entienden a la perfección.

No estoy hablando de entender el significado de cada oración escrita por estos autores, sino, de las ideas que hay detrás de ellos y el sentido de estar estudiando filosofía en una cárcel.

“Por el simple hecho de estar preso no parás de pensar. Pero con la filosofía empezás a pensar sobre tu propia existencia y te preguntás: para qué estoy, qué quiero hacer de mi vida”, me dice Alesis, un veinteañero al que le quedan solamente tres semanas de condena y que sabe que a partir de ahora su vida va a ser lo que él haga con ella.

“Yo antes me identificaba como chorro y creía que me tenía que comportar como tal. Ser el más poronga y hacérselo saber a todos” agrega Nico, un chico que, como yo, ronda los treinta pero que a diferencia mía las alternativas a chorro fueron escasas.

“Con la filosofía aprendés a repensarte y a elegir un tipo de camino y un modo de transitar la vida. Cada uno tiene la responsabilidad de definirse a si mismo. Si vos no te valorás como persona, no pretendas valorar al otro”, reflexiona.

Lo que pasa acá adentro no es lo común. Este es un pabellón de población, es decir, un pabellón que se autogobierna, las reglas las ponen los presos. Las autoridades solo entran armadas para abrir y cerrar celdas, requisar o reprimir.

Sarlo es un voluntario, no es empleado del Servicio Penitenciario Bonaerense ni de la Justicia. Por eso entra armado con libros y, justamente por eso, quienes cumplen condena ahí lo dejan entrar.

Además de dar clases, Sarlo fundó en el Pabellón 4 la editorial “Cuenteros, verseros y poetas” que ya lleva publicadas diez antologías de cuentos escritos por los mismos presos. Algunos son de temática infantil, otros filosófica y el más reciente sobre género: “Ni una menos en el Pabellón 4”.

“Hoy te puedo decir que fuí machista toda mi vida. Muchas veces ejercí violencia sin saber: violencia psicológica, violencia verbal. La mujer sufre violencia cultural. Interiorizándome en el tema me di cuenta de que había ejercido muchos tipos de violencia” me explica Jorge, un chico que lleva ahí adentro varios años y que probablemente ni siquiera se haya enterado de las masivas marchas de Ni una menos, su proceso de deconstrucción lo inició en este pabellón.

Además de escribir, leer y sobre todo pensar, en el Pabellón 4 se dan clases de dibujo, alfabetización y música. Funciona una biblioteca, un laboratorio de computación y una sala de ensayo. Todo coordinado por los mismos presos.

Acá adentro hay reglas claras: no se puede hacer ruido a la hora de dormir, no se pueden tomar pastillas y todos los conflictos se resuelven hablando.

Insisto, estas reglas las pusieron ellos. Los otros pabellones no funcionan así. De hecho, pasa todo lo contrario.

“La cárcel es un mundo de violencia. Uno comete un error en la calle, llegás acá y fuiste. Te degenerás, porque la cárcel te hace ser malo. Te convertís en una bestia, en un animal”, dice Jorge mientras reconoce la suerte que tuvo de haber caído en este pabellón.

Uno se imaginaría que las autoridades deben estar ocupadas pensando en cómo replicar este modelo. Pero, pasa todo lo contrario, están pensando en cómo eliminarlo.

En estos nueve años, y aunque no le implica ningún gasto al Estado, el servicio penitenciario intentó echar a Alberto Sarlo infinidad de veces. La última fue a mediados del 2018 cuando el director de la Unidad 23 le negó el ingreso con el aval del Ministerio de Justicia de la provincia de Buenos Aires.

Logró volver a entrar gracias a la gestión de algunos jueces y defensores públicos. Sin embargo, el Ministerio de Justicia provincial se niega a reglamentar el proyecto de Sarlo, manteniéndolo así en un lugar de vulnerabilidad y negándole cualquier tipo de beneficio.

¿Qué es lo que tanto les molesta?

El proyecto que lidera Sarlo y que integran los 56 presos más dos personas que están afuera del penal, enseña a pensar. Sobran ejemplos en el cine de tipos que enseñan esto y que terminan siendo aplacados por el poder. La diferencia es que esto no es Hollywood. Este no es Robin Williams en La sociedad de los poetas muertos, ni Merlí en Barcelona. Esto es real y está pasando a dos horas de la Capital Federal.

Aunque la falta de apoyo oficial y las constantes trabas lo amilanan y desgastan, Sarlo no baja nunca la guardia y, de hecho, como buen boxeador, tiene entrenados sucesores por si algún día la vida lo obliga a colgar los guantes. Varios ex presos que aprendieron a leer en sus talleres una vez libres empezaron a recorrer distintos penales enseñando filosofía y literatura.

“Hay pibes que vienen de generación en generación de padres que roban y a veces se les hace difícil entender lo que queremos hacer acá. Piensan ´estos están re locos, leen y estudian cuando acá hay que afilar una faca y pelear por tu vida´. Nosotros tratamos de hacerles ver que no es tan así”, explica Alesis.

Este sin dudas es un proyecto quijotesco, titánico y heróico. Pero a no confundirse, su grandeza no pasa únicamente por enseñar una disciplina o por dedicarle tiempo a personas postergadas. Lo fundamental y más importante de todo lo que pasa acá es que tiene como fin último hacernos reflexionar a los que gozamos de la libertad. Dándole voz a los presos, se busca interpelar a la sociedad y volverla más empática sobre las necesidades del otro, del distinto, del débil. Por qué solo entendiendo lo que le pasa al otro vamos a dejar de ser indiferentes y animarnos a cambiar lo que sabemos que está mal.

“Si vos recibís amor, das amor. Si recibís violencia, das violencia”, explica Jorge lo que parece obvio pero que muchas veces todos olvidamos.

Encontrá acá todos los libros y textos publicados por Cuenteros, verseros y poetas

Mirá el documental de Wacho y Cuenteros, verseros y poetas
Dirección: Juan Pablo Ballester
Producción: Tomás Vio

Fuente: https://revistawacho.com  

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