La idea del “capital humano”, que hegemonizó la discusión académica desde los sesenta en el siglo pasado acerca del papel de la universidad en el desarrollo de los pueblos, vuelve a plantearse en estos tiempos, dado el peso de la globalización y lo efímero del conocimiento en el siglo XXI caracterizado por la recuperación del sistema educativo en el protagonismo central del debate. La mirada desde adentro del uruguayo Claudio Rama, un especialista en analizar estos fenómenos. 

En los 60, Theodore Shultz se preguntó sobre las causas de la pobreza en el mundo y realizó una investigación entre desarrollo económico y años de estudio de las personas, que lo llevó a la teoría del capital humano y un nuevo enfoque del desarrollo resultado de los años de estudio y la productividad personal. Superó los enfoques tradicionales de la inversión, el ahorro, el consumo, o la dotación de tierra, capital o trabajo, como causas del desarrollo, y formuló una interpretación del crecimiento económico de los países asociado a la educación superior de las personas.

Recursos humanos altamente capacitados, estándares elevados de calidad, tasas de egreso elevadas, perfil del egreso en ciencia y la tecnología, actualización continua de las competencias de los egresados, múltiples niveles de especialización de posgrado y diferenciación de las universidades abocadas a cubrir las diversas demandas de competencias con eficaces sistemas de aseguramiento de la calidad se constituyeron en los ejes de buenas universidades y sistemas de educación superior, sino de palancas para alcanzar el desarrollo en los países.

Inversión pública y privada en educación superior, competencia entre las instituciones para su mejoramiento, relativa diversificación institucional para atender segmentos diferentes del trabajo e instituciones focalizadas en las diversas áreas, tales como investigación, innovación o formación profesional, junto a equipos docentes capacitados y motivados, y pedagogías y currículos flexibles facilitando diferenciados recorridos estudiantiles con programas actualizados y dotando de competencias acorde a las demandas laborales, se constituyeron en indicadores del camino de las sociedades y de los sistemas de educación superior para alcanzar el desarrollo.          

La utopía paso a ser el trabajo profesional especializado gracias a eficientes universidades y sistemas educativos que viabilizaran cambios permanentes en los basamentos tecnológicos y económicos de las empresas y las sociedades.

A partir de allí, el gasto en educación pasó a ser una inversión con buenos retornos y los ingresos de los profesionales, el resultado de su capital humano y la productividad, la medición de sus competencias. El  desarrollo se constituyó en la sumatoria de la producción per cápita donde técnicos y profesionales tenían un rol central con enormes externalidades sociales por sus trabajos.

A más de 50 años de esos modelos de desarrollo que mostraron el camino de las naciones, permitieron a algunas sociedades dotarse de elevado capital humano e impulsar la construcción de la actual revolución tecnológica digital, cabe preguntarse qué ha pasado con nuestros sistemas universitarios en América Latina que no han logrado acompasar o motorizar esas enormes transformaciones que otros sistemas si han logrado.

La primera respuesta mecánica es que faltan más recursos económicos, gratuidad y autonomía. Sin embargo, es un dato que los países y las familias gastan grandes recursos financieros para mantener los sistemas universitarios. En toda la región han aumentado los niveles de cobertura y egreso, pero se está muy lejos de los niveles de calidad requeridos. Han aumentado los equipos docentes, pero estos carecen de las competencias necesarias. Se ha avanzado mucho en los egresos universitarios pero se carecen de mecanismos que impongan la actualización de competencias. Se ha logrado aumentar la matrícula pero las áreas vinculadas a la ciencia y las tecnologías son muy escasas. Hay una enorme dimensión de una educación pública gratuita y beneficios para muchos pero su dedicación de horas de estudios es muy reducida. Las universidades tienen muchos más egresos de profesionales, pero su eficiencia terminal y general deja mucho que desear.

Las universidades se proclaman de calidad pero no siempre están dispuestas a que se establezcan los sistemas de licenciamiento, evaluación, acreditación y certificación externos, defienden la autonomía para poder decidir sus destinos pero funcionan sobre la base de lógicas  endogámicas que limitan la competencia por la calidad y por ende la eficiencia del gasto, así como alimentan niveles de autarquía y no atienden las reales demandas de los mercados y las sociedades que las financian.

Fuente: Claudio Rama, ex-director del Instituto Educación Superior de América Latina y el Caribe (IESALC) de la UNESCO, para www.lostiempos.com/

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