Numerosas carreras de música se fueron incorporando al sistema universitario, creando un abanico de posibilidades que incluye lenguajes y tecnologías nuevas o ignoradas. ¿Se jerarquizaron áreas de la música eclipsadas por el canon al ingresar a la educación superior? ¿Qué lugar ocupa la universidad pública en la democratización del acceso a estas disciplinas? Sobre estos interrogantes reflexionan cuatro especialistas de diferentes universidades: Cristina Vázquez (UNA), Diego Romero Mascaró (UNQ), Juan Falú (UNSAM) y Claudio Vittore (UNVM).

En la actualidad, un gran número de universidades e institutos universitarios públicos y privados que se extienden por todo el territorio nacional brindan atractivas posibilidades para aquellos que eligen el conocimiento y la profesionalización de disciplinas vinculadas con la música.

Esta oferta se refleja en la cantidad de estudiantes que eligen estas carreras, dado que el número se duplicó durante los últimos años. De acuerdo con datos publicadas por la Secretaría de Políticas Universitarias de la Nación, en el año 2006 unos 9 mil alumnos cursaron carreras de música, mientras que en 2016 la cifra superó los 17 mil, de los cuales el 93% estudió en una universidad pública.

El aumento de la diversidad y la cantidad de alternativas de formación parece haber sido un factor importante en la evolución de la matrícula estudiantil. Durante las últimas décadas, el estudio de la música incluyó lenguajes nuevos o eclipsados por el canon, que fueron ingresando, junto con la música “culta”, al sistema universitario de nuestro país, conformando un abanico de posibilidades educativas consolidadas en carreras de pregrado, grado y posgrado.

Ahora bien, ¿el ingreso de disciplinas antes rezagadas al sistema universitario significa una jerarquización de las mismas? ¿El estudio de la música dejó de ser patrimonio de una élite al ir incorporándose a las universidades de gestión estatal?  En este sentido, ¿qué lugar ocupa la educación superior pública en la democratización del acceso a estas disciplinas? Sobre estas cuestiones profundizan Cristina Vázquez, Diego Romero Mascaró, Juan Falú y Claudio Vittore, cuatro especialistas de diferentes universidades nacionales donde se pueden estudiar carreras de música.

Cristina Vázquez es decana de la Unidad Académica de Artes Musicales y Sonoras de la Universidad Nacional de las Artes (UNA), institución que ofrece siete carreras de pregrado y grado: Instrumentista Orquestal y las licenciaturas en Artes Musicales con orientación en Composición, en Artes Musicales con orientación en Dirección Coral, en Artes Musicales con orientación en Dirección Orquestal, en Composición con Medios Electroacústicos, en Música con orientación en Canto y en Música con orientación en veintiún instrumentos.  Además, brinda la posibilidad de estudiar dos carreras de posgrado: la Maestría en Dirección de Orquesta, Ensamble y Banda; y la Maestría en Musicología.

Por su parte, Diego Romero Mascaró es director de la Escuela Universitaria de Artes de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ). Allí se dictan dos carreras vinculadas con la música, la Licenciatura en Composición con Medios Electroacústicos y la Licenciatura en Música y Tecnología.

Juan Falú, en tanto, es director de la Licenciatura en Música Argentina que ofrece el Instituto de Arte Mauricio Kagel (IAMK) de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM), unidad académica que también brinda la posibilidad de hacer un curso de posgrado en Música Expandida, dirigido por Sebastián Verea.

Por último, Claudio Vittore es coordinador de la Licenciatura en Composición Musical con Orientación en Música Popular del Instituto Académico Pedagógico en Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de Villa María (UNVM).

Durante los últimos años, muchas disciplinas artísticas marginadas o eclipsadas por el canon se han ido incorporando al sistema universitario. En el caso de las carreras vinculadas con la música, ¿cómo se fue dando esta jerarquización?

Juan Falú (UNSAM): Históricamente la música se ha enseñado en los llamados “conservatorios” que, como su nombre lo indica, se dedicaron a conservar con esmero la música denominada clásica. Sus aportes fueron tan significativos como sus ausencias, por dos motivos principales: las incuestionables joyas de la autodenominada música culta no alcanzan hoy a completar el universo musical de quienes se acercan al estudio, pues ya ingresan a la academia con expectativas más abarcativas de lenguajes sonoros. Por otro lado, las fronteras entre lo culto y lo popular ya fueron harto transgredidas, y eso es una buena noticia a la hora de desarmar prejuicios.

Las universidades que incorporan la enseñanza de la música están sin las amarras de los conservatorios y, en general, mejor dispuestas a desarticular los prejuicios que generaron antagonismos entre las músicas de raíz popular y las llamadas músicas cultas. Esto es auspicioso.

El gran desafío es enseñar con rigor académico una serie de lenguajes que se desarrollaron fuera de las academias. Pero ya hay experiencias que permiten visualizar un compromiso serio y responsable para atender las demandas de una población de estudiantes que, en muchos casos, son músicos de excelente formación, talentosos, creativos y exigentes.

Claudio Vittore (UNVM): Es una realidad que en las últimas décadas se han incorporado al sistema universitario disciplinas como danza, artes circenses, teatro de objetos, entre otros. Por otra parte, debemos decir que, desde su creación, la mayoría de las carreras de arte han dependido de Facultades e Institutos de Filosofía, de Humanidades o de Ciencias Sociales, aglutinadas luego como Escuelas o Institutos, y sólo en los últimos años constituyéndose en Facultades de Artes, logrando así la consiguiente igualdad con otras áreas de conocimiento. Además, a partir de su demanda, su crecimiento y el reconocimiento de su especificidad, las carreras artísticas han adquirido un nuevo estatus permitiéndose proponer cambios de paradigma para su tratamiento y estudio.

En el caso de la Universidad Nacional de Villa María, inició un proceso original e interesante: introducir la música popular en el ámbito académico, pero no desde una perspectiva de estudio sociológico o musicológico, sino desde la valoración plena del arte popular y con la voluntad de contribuir a su preservación y crecimiento.  Fue ésta, entonces, la primera carrera de composición musical de grado universitario con este sesgo en nuestro país, como alternativa al hecho de que la música que se estudiaba en las universidades argentinas era solo la que provenía de la tradición centroeuropea, es decir, la que denominamos clásica, erudita o culta.

Diego Romero Mascaró (UNQ): Es cierto que se han estado incorporando géneros y estéticas que antes estaban eclipsadas por el canon. Entre ellas, aquellas músicas ligadas a la tecnología y a lo popular. Existe hoy una nueva generación de músicos y compositores que ya no creen en un “mandato” y valoran la música producida con profesionalismo y sinceridad sin importar la etiqueta que se le quiera poner, por lo que podríamos encontrar en una misma clase de armonía ejemplos de Bach o Charly García tratados con igual jerarquía, o nuevas composiciones donde los cruces entre lo popular y lo académico son mucho más frecuentes. Sin ir más lejos, en la UNQ creamos el Festival Internacional Muchas Músicas, justamente buscando dejar en claro que para nosotros no hay música mejor o de mayor valor que otra.

La incorporación al sistema universitario de las disciplinas artísticas se fue dando de manera absolutamente natural. El prestigio del sistema universitario argentino ayudó muchísimo a legitimar esa área de vacancia, antes reservada a los conservatorios o escuelas de “bellas artes”. Al mismo tiempo, permitió justamente no cargar con la mochila de la historia y crear espacios nuevos, más actuales y dinámicos.

Eso es al menos lo que sucedió en la UNQ, que desde su creación apostó a una dimensión hasta ese momento inexplorada en el sistema universitario, tanto argentino como latinoamericano, como fue la composición electroacústica y luego la relación específica entre la música y la tecnología, como así también las artes digitales, la producción digital, y las artes y tecnologías.

Cristina Vázquez (UNA): Desde lo académico, y en el caso de nuestra Institución, se han creado nuevas  carreras – tanto de Tecnicatura como de Licenciatura- en Dirección Coral,  Composición con Medios Electroacústicos y Dirección Orquestal,  aunque aquellas que se venían dictando -Instrumento, Canto y Composición tradicional- también se vieron modificadas en su transición de Profesorados a Licenciaturas, dado que éstas últimas -a diferencia de aquellas- tienen un perfil específicamente artístico, es decir, de producción y praxis musical sin asignaturas pedagógicas ni didácticas.

Dicha oferta académica dentro del sistema universitario se jerarquizó con el aporte de nuevas áreas de conocimiento, circulación y difusión del arte, como la extensión, la producción y la investigación, las cuales comenzaron a interactuar durante el proceso de transformación institucional hasta consolidarse y generar transferencia. Considerando la investigación como eje fundamental para la producción de conocimiento, se creó la Maestría en Musicología.

Por otra parte, la frontera entre música popular y académica se está debilitando (…). Nuestras carreras provienen de un paradigma conservador propio de contextos socio-culturales del pasado, y el haber ingresado al mundo universitario viabilizó y potenció un proceso de cambio necesario hacia una mirada más abierta e innovadora de la formación musical.

Al mismo tiempo que se fueron incorporando las disciplinas de música al sistema universitario nacional, el arte dejó de ser sólo patrimonio de unos pocos privilegiados. En este sentido, ¿qué lugar ocupa la educación superior pública en relación a la inclusión y la democratización del acceso a estas carreras?

Diego Romero Mascaró (UNQ): La universidad pública cumple un rol fundamental en nuestra sociedad para lograr incluir a todos y todas en ella, y así democratizar todas las disciplinas posibles.  Es cierto que el estudio de las artes en nuestro país estuvo reservado para unos pocos privilegiados, sea por tradición familiar o por poder adquisitivo. Estudiar música mediante clases particulares, una de las maneras más comunes en nuestro país, era y sigue siendo muy costoso y, por lo tanto, exclusivo.

Ahí es donde la educación pública y gratuita cumple un rol fundamental, en particular las universidades. Esperemos que algún día el Estado comprenda la importancia de la formación artística en la conformación de nuestra sociedad y lleve a cabo una reforma sustancial y sostenida del sistema educativo en todos sus niveles, que incluya un currículum actualizado y lo jerarquice con la cantidad de tiempo necesario para una educación inclusiva, de calidad y con pertinencia. En ese momento, será tarea de los docentes lograr el respeto necesario por ese espacio para borrar la idiosincrasia de que la educación artística es un espacio de recreación y transformarla en lo que realmente es: un espacio único para la formación de un pensamiento creativo y estético.  Y esto sin mencionar la cantidad de estudios publicados al respecto sobre la enseñanza de instrumentos musicales en edad temprana y su correlato con las redes neuronales que este entrenamiento desarrolla. O, sin ir más lejos, recordar al histórico Quadrivium donde la música tenía la misma jerarquía que la aritmética, la geometría y la astronomía.

Cristina Vázquez (UNA): La universidad pública tiene una misión trascendental a través de sus actividades de extensión y producción: posibilitar el acceso social integral, plural e inclusivo a los bienes culturales. En el caso específico de los géneros musicales denominados académicos, debemos trabajar en un proceso de democratización de su circulación y consumo fomentando la creación de nuevos públicos, ampliando sus franjas etarias, diversificando sus contextos de recepción y derribando prejuicios clasistas que instalaron la falsa creencia de que, para “escuchar” determinados discursos musicales, es necesario “entender” sobre ellos.

Juan Falú (UNSAM): Las universidades públicas tienen un gran rol a cumplir en este sentido. En el caso de la UNSAM, su Instituto de Artes ocupa un lugar de jerarquía a la par de los restantes institutos y facultades. Y ello se logró en base a un gran compromiso de los claustros involucrados. Hay alta motivación, un estado permanente de reflexión, de deliberación, y no solamente acotado a los quehaceres específicos. Estamos atentos a las coyunturas políticas y sociales y su incidencia en el panorama universitario en general.

Claudio Vittore (UNVM): En el año en que se está cumpliendo un siglo de la Reforma Universitaria de 1918, considero este hecho el punto de partida de esta democratización e inclusión, fundamentalmente mediante la gratuidad y el ingreso irrestricto. Cierto es que aún debemos transitar un trayecto importante en pos de lograr igualdad y valoración en la enseñanza artística en la universidad, no sólo por parte de la sociedad, sino también hacia adentro de la misma, ya que hay colegas y estructuras con posiciones conservadoras al respecto. Es por ello que considero que uno de los desafíos más importantes de cara al futuro es escuchar y responder a las demandas de los alumnos que plantean el estudio de otras estéticas y formatos musicales en la universidad pública.

Fuente: Mariela Lanza para www.pagina12.com.ar

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