Gran proporción de quienes hoy ejercen la docencia nacieron, aunque especialmente crecieron al compás de los 90. Neoliberalismo salvaje, tan naturalizado como disciplinante, en cuanto a la regulación absoluta de mercado como al ninguneo de cualquier asunto que huela a Estado. Así como la dictadura había mostrado la versión macabra de la autoridad por imposición, los 90, podríamos conjeturar, legitimaron una autoridad de la impunidad. En esas mareas navegaron infancias y adolescencias de muchos/as docentes que hoy están en las aulas, pero también de quienes hoy son madres y padres de sus estudiantes.

“Padres por la vuelta a clases” “Padres.org”. Ni madres ni otros colectivos familiares. Un grupo, con fuerte manija mediática se autopercibe dominante, igual que su nombre, que se autopercibe masculino, negando de manera explícita no solo a otros colectivos sino especialmente a las madres, o mejor dicho a las mujeres que, por cierto, están involucradas en forma directa y mayoritaria con las tareas de acompañamiento y cuidado en el trayecto escolar. Es más, son centralmente mujeres las que han bancado la parada en 2020. Representan el 80% de la docencia argentina, coinciden desde informes oficiales del Ministerio de Educación de la Nación, por un lado, hasta informes de “Argentinos por la educación” por la vereda de enfrente.  Son las mujeres las que han sostenido, mayoritariamente la “continuidad pedagógica”, por más débil, dificultada, incompleta que haya sido y sea, al mismo tiempo que sostuvieron a la propia familia, además de pagar de sus bolsillos la conectividad para uso laboral.  

Sin embargo, este grupo nominado en masculino parece ocultar o minimizar a otros colectivos, tales como “Familias por el retorno seguro a las escuelas” o “Familias por la Escuela Pública”, entre otras. Me parece que estamos frente a un arrebato de arbitrariedad disfrazada de ecuanimidad. Grupo de “padres” que se arroga la absoluta representatividad, incluso exigiendo lugar en el CFE Consejo Federal de Educación, máximo órgano de representación y ejecución nacional en educación, como si fuesen una organización de representación orgánica de este sector, como lo son, por ejemplo, las cooperadoras escolares. Aunque también es factible que sea una manera encubierta de amplificar la voz de un sector de la oposición política, que bajo esta denominación acapara mayor atención.

Estos grupos centralizan un reclamo que ofrecen como monolítico, en buena medida por la amplificación mediática, y además porque están imbricados con los sectores más tradicionales de las instituciones sociales, religiosas, y educativas. Al reclamar por escuelas abiertas ponen al resto en un lugar de clausura, o más precisamente “antiescuela”. En ese movimiento hacen trampa con la opción binaria como única tensión. Porque nos ubican a todxs lxs demás del lado del cierre de las escuelas. Y lo que requiere aclaración es que las escuelas no se cierran, sino que, en forma transitoria asumen una modalidad no presencial. La encerrona binaria es ágil como el zócalo televisivo, ofrece argumento rápido y a mano para discutir en la cola o postear en las redes. Tácticamente eficaz para performatear la subjetividad en nuestra sociedad, así como en su capacidad percutora, para taladrar la cotidianeidad.

 Por supuesto interrumpir la presencialidad altera la escolaridad, y también la debilita, porque la escuela es centralmente aquella en la que confluyen estudiantes y profes de cuerpo presente. Y afecta más a quienes están en condiciones de mayor vulnerabilidad social que la necesitan con más urgencia y prioridad.  Pero estamos en un momento de excepción de la vida de todo el mundo, porque nos azota una pandemia. Lo que requiere explicarse y aclarar una y mil veces es que en la medida que exista riesgo epidemiológico medio o alto, debe suspenderse la presencialidad en forma transitoria. Aunque sea antipático, si está en riesgo la vida y las escuelas abiertas aumentan ese peligro, por la circulación de población que eso implica, entonces debemos cumplir las pautas que anteponen el cuidado de las vidas a todo lo demás. Lo que redobla las exigencias a estados provinciales y federal en garantizar condiciones para la virtualidad y estrategias diversas para apoyar y acompañar a los sectores más vulnerados para enfrentar estas situaciones. También requiere de un apoyo y acompañamiento de las familias, padres, madres, tutores y/o encargadxs

En “La hora de clase” el psicoanalista Mássimo Recalcati sostiene que la escuela es una institución extraviada y que ya no es su rostro feroz el que preocupa, sino su dramática evaporación. Aquella escuela temeraria, verticalísima que este autor equipara con el complejo de Edipo, que se sostuvo en un miedo culpable de la ley y la transgresión contra el padre y el profesor y cualquier conflicto como enfrentamiento cruel, abrió paso a una sociedad y una escuela que parecen funcionar más en modo Narciso, en tanto complejo psicoanalítico que organiza otras representaciones y nuevos modos de estar y de ser. Si la tragedia edípica es la del conflicto con el padre, con la ley, que parecen irresolubles, la de Narciso es la tragedia egótica de perderse en la propia selfie de un mundo reducido al yo. 

Frente a esa férrea alianza fundacional que organizó a familias y escuela moderna bajo la marca Edipo indeleble del siglo XX, pareciera que estas horas del XXI y la pandemia, muchos padres y madres entran en un modo narciso, que advierte nuevas coordenadas para esta relación, explorando una nueva alianza, muchas veces en cómplice demagogia con sus hijxs para pararse de amenazas con la docencia. Al menos con aquella que se les anima a los límites, que parecen tener solo mala prensa, resultan insoportables y suelen asociarse solo a una   versión única, arbitraria y punitiva. Es que, si algo parece disolverse en el aire en tiempos líquidos, de exacerbación del individualismo y debilitamiento de las instituciones, eso son los límites. Mencionarlos, ponerlos y practicarlos parece ir en dirección opuesta al deseo, el amor y el humor de buena parte de padres, madres e hijos/as. Poner los puntos es ese oscuro objeto temido por muchxs adultxs que prefieren una vida sin traumas, ni límites, ni conflictos y menos pensamiento crítico.

Y los límites no son sólo esa expresión nefasta que clausura, propia de la imposición o de quienes la recuerdan como escuela–prisión. Los límites también pueden oficiar como apertura, los límites tienen otras versiones y pueden convertirse incluso en buenas conjeturas. Pueden abrir y mostrar que hay otras maneras de actuar, que lo que no se puede no es porque no, sino por este o aquel otro motivo, pero especialmente porque hay otra/s persona en cuestión. Poner los puntos es un necesario y deliberado acto de amor, de responsabilidad ética y pedagógica de un/a adulto/a que se hace garante por el otro/a, pero especialmente por el futuro y no solo culpabiliza retrospectivamente con el castigo como única solución. Los límites que ayudan a crecer, son muchas veces incómodos y no gozan de “buena prensa” pero se sostienen en la idea de una autoridad como relación siempre en construcción y no reducida a los efectos del temor, o de la demagogia condescendiente. Nuestra democracia requiere de la reconstrucción del límite como organizador y de la efectiva sanción en el caso de su transgresión, tanto para subjetivar en lo singular como para marcar la cancha y hacer funcionar las reglas en lo plural.

Necesariamente esta pandemia debe interpelar nuestra capacidad de discernir entre lo urgente y lo importante, entre suspender para cuidarnos con la mira siempre puesta en el reencuentro de cuerpo presente, el modo más eficaz y tan necesario de escolaridad. Es una oportunidad para redefinir contratos entre las familias y la institución escolar. Debe permitir que quienes somos adultos/as asumamos esa posición en una sociedad y época que nos suele seducir con alteraciones en donde hay adultos/as que se suelen infantilizar, pero también se adultizan las infancias o adolescencias.

Ubicar las cosas en su lugar requiere, por un lado, que los adultos/as no antepongamos nuestra vulnerabilidad a la de quienes requieren de nuestra disponibilidad, es decir, nuestros/as hijos/as y estudiantes y, por otra parte, se trata de aprender y enseñar a postergar el deseo individual cuando debe imperar el cuidado del bienestar general, que sin duda es un modo de proteger la emoción y subjetividad, pero más que nada de reponer un imperativo pedagógico de la solidaridad.

Fuente: Gabriel Brener, Especialista en Gestión y Conducción del Sistema Educativo (FLACSO), Licenciado en Ciencias de la Educación (UBA), ex-subsecretario de Educación nacional (2012-2015), para https://www.tiempoar.com.ar

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