Trabajó durante años en comunidades campesinas y sabe del vínculo con los sindicatos mineros. Conoció a Evo Morales en los ’80, cuando el hoy presidente era dirigente sindical. Aquí, explica la construcción del Estado plurinacional y de la revolución del buen vivir.

Por Sergio Kisielewsky
Antonio Abal Oña es el vicecónsul de Bolivia en la Argentina. Con una formación académica sólida en sociología y periodismo, trabajó en organizaciones que apoyaron el desarrollo campesino. Así, logró un conocimiento profundo sobre las comunidades rurales más tradicionales y sobre los desplazados de esas comunidades. En esta entrevista explica cómo la construcción del Estado plurinacional y la revolución del buen vivir van de la mano para que se extingan las peleas entre trabajadores de diversos oficios y de diversas comunidades.

–¿Qué sintió en diciembre cuando un satélite de Bolivia se lanzó al espacio?

–Me hubiera gustado estar en Bolivia, porque rompe con toda esa carga colonial que hay en Bolivia de vernos como un pueblo de inútiles que necesitábamos siempre que alguien nos dijera lo que teníamos que hacer y dar un salto, porque es un salto tecnológico sin escuchar propuestas, sin pedir consejeros de afuera; eso hizo el compañero de origen indígena Evo Morales. Resume un poco lo que es la historia de nuestro país, es decir, aquella impotencia que los sectores populares siempre sentían de caminar en el sentido de la historia, de conquistar más cosas, porque siempre venían y nos decían: “No, mire, nosotros todavía no podemos hacer esto, no estamos listos”, y eso pasaba en la educación, en la economía, en el tema militar, en el tema de seguridad. Era transversal a toda la actividad del pueblo boliviano. Era como mantener la mentalidad colonial. Y el hecho del satélite rompe con todo eso y dice “mire de lo que somos capaces”. De por sí, el hecho simbólico es muy profundo e incluso algunas capas medias que estaban con dudas ven esta posibilidad de avanzar.

–¿Cómo persiste el sistema colonial en lo estructural y en lo cultural? Usted habla en el libro Bolivia. El movimiento indígena campesino y la crisis del Estado Colonial de la radicalización de las clases medias. ¿Cómo se manifiesta el colonialismo en las costumbres en la vida cotidiana luego de siglos de imposiciones?

–Lamentablemente, la estructura de la formación social boliviana está enraizada en el hecho colonial; uno de los temas de debate actual en Bolivia es el tema de la justicia. Toda la estructura jurídica estuvo basada en esa mirada de una hegemonía de una élite que en Bolivia se denominan los doctorcitos de Charcas, por el predominio de una “mentalidad superior” y de tener todo el poder concentrado, y que nunca pudo zafarse de esto. El presidente, con buen tino, planteó que hay que cambiar esto y lo haremos como lo hacemos todo en el pueblo, eligiendo a los representantes; fue un golpe tremendo para el sistema de justicia. A los colegios de abogados porque les estaban rompiendo un esquema de muchas cosas que circulaban por las universidades, ya no era un poder en sí mismo, dependía de la voluntad popular, antes dependía del Poder Legislativo. En cambio, hoy el pueblo va a decidir. Hubo algunas fallas, algunos de los que fueron elegidos repitieron ese esquema colonial, el de sentirse representantes de un poder y han perdido de vista que ese poder ha sido originado en el pueblo.

–¿Y cómo se manifiesta, qué consecuencias tiene ese poder popular en el aspecto jurídico?

–En Bolivia tenemos los jueces civiles a la par de los jueces técnicos, que son los del sistema judicial, y el tema era fortalecer todo eso. No hubo un cambio en la práctica de la administración de justicia, se siguió con los viejos esquemas, y esto puso en crisis a todo el sistema. En buena hora, digo yo, porque entonces nos lleva a pensar nuevamente ya no el sistema como tal sino a los actores y a la estructura de ese sistema. Tenemos que recapitular y volver no sólo a las aulas universitarias sino a la escuela, al origen del proceso que originó esas conductas coloniales. Diría que la educación es uno de los enclaves más fuertes de la reproducción del pensamiento colonial.

–¿Eso se manifiesta en el pensamiento crítico o del conjunto de la gente?

–El concepto de justicia de la comunidad rural es devolver el equilibrio a la comunidad. Aquello que has hecho y lo has hecho mal tienes tú que volver a recomponerlo, tienes que tener un papel, no te vamos a castigar, tú tienes que poner en equilibrio lo que desequilibraste. Son conceptos de justicia diferentes. Muchos de los que fueron electos en este sistema para que entraran a la administración de la justicia venían de pueblos originarios, entonces no han sabido conjugar este conocimiento con el derecho positivo; aceptar, despojarse de lo acumulado en el concepto colonial y poner en una balanza lo aprendido en la vida en la comunidad campesina y originaria. Si vemos la composición de nuestro sistema de justicia, una gran mayoría viene de las comunidades originarias, entonces ésa era la garantía del cambio y no fue así. Es un tema de debate hasta dónde la mentalidad colonial penetró no sólo en las conciencias sino en los elementos técnicos de las ciencias del saber. Allí hay un debate muy grande.

–¿Por qué denomina en el libro al de Evo Morales como un gobierno de transición?

–El vivir bien supone toda una filosofía de vida, no sólo un posicionamiento ideológico para tomar el poder, es una propuesta diferente de vida, es una filosofía y es un reto para construir el vivir bien. Tiene muchas coincidencias con esa idea del hombre nuevo del Che; él decía que esto nos va a llevar mucho tiempo y vendrán tiempos difíciles, por eso a Evo le ha tocado ese período más difícil de hacer una transición de una sociedad afincada en el colonialismo y avanzar hacia el Estado del Vivir Bien. Evo Morales es el proceso más interesante de transición, que no es un mecanismo de sustituir un sistema de administración de gobierno por otro, sino una relectura de todo el proceso histórico. Lo que llamamos una deconstrucción del Estado y una nueva construcción de conocimientos.

–¿El Estado Plurinacional?

–Estas son piezas de un rompecabezas que hay que saber ajustar bien, por eso no es raro que en Bolivia haya movimientos contestatarios a Evo Morales que provengan de los mismos pueblos originarios.

–Lo debe a la cultura histórica de la resistencia…

–No tanto. Es que el colonialismo ha penetrado en todo lugar, entonces cuando uno acumula poder que está afuera del sentimiento de la comunidad, ya forma parte de ese egoísmo individualista muy fuerte que es el basamento de la sociedad capitalista y ahí vemos protagonismos individuales que incluso sus propias organizaciones les cuestionan. Llegado el momento se desvinculan y actúan por sí solos. Esto no lo puede hacer un miembro de un pueblo originario, es poner en segundo plano a la comunidad.

–¿Fue un punto de inflexión lo que se denominó la Guerra del Agua en la lucha contra el neoliberalismo en el año 2000?

–La Guerra del Agua fue un hecho muy importante y fundamental. La culminación de la liberalización de la economía y de privatización sobre todo tenía como último horizonte la reforma de la Constitución, liberalizarla al máximo, pero la privatización debía realizarse rápido y lo último que faltaba era la privatización del recurso agua. Esto aparecía como una entrega a las trasnacionales de la distribución del agua, pero cuando uno tomaba el proyecto de ley, era una apropiación de toda posibilidad de recurso hídrico, no era sólo la distribución del agua existente sino de las fuentes, los acuíferos subterráneos, las napas, era una barbaridad, era una entrega de todo un territorio por donde circulaba el agua. Esto creó conciencia en un grupo muy interesante en Cochabamba que se llama la Asociación de Regantes, que se sintieron indignadas y empezaron a organizar la resistencia a la ley. Por eso tuvieron un papel protagónico. Primero se discutió en un pequeño grupo, vinieron los compañeros ecologistas, la central obrera departamental, la federación de fabriles, la organización de los regantes, el colegio de ingenieros y varios colegios de profesionales administradores, arquitectos. Se conformó la Coordinadora del Agua y la Defensa de la Economía Popular y en los debates que se fueron dando llegó un momento en que se planteó que es una lucha que iba más allá del agua, que tenía que cuestionar el sistema que estaba permitiendo que este tipo de ley se pusiera en vigencia. La cuestión era el sistema político. Ahí es donde la Coordinadora empieza a radicalizar sus propuestas. Todo se dio en un departamento muy conservador como es Cochabamba, y en sus capas dirigentes. Evo Morales dio un apoyo muy grande, puso en movimiento a las federaciones de productores de coca y dijo que se estaba en el camino correcto, por eso el éxito de los bloqueos, de las paralizaciones, y éste fue el quiebre del sistema político, se legitimó el poder popular expresado en las calles por la ocupación de los territorios, por las fuerzas populares. El Congreso ya no representaba a nadie y ése fue un momento de ruptura con el Estado neoliberal.

–En su libro describe la radicalización de las clases medias, las luchas mineras, la lucha del Che como elementos que esbozan una tradición. ¿Cómo se dan estos cambios tan vertiginosos?

–En Bolivia siempre hubo un apego de intelectuales y estudiantes hacia la vanguardia minera. Las tesis que emanaban de los congresos mineros eran las más radicales, que luego se diluían al llegar a la COB, pero los posicionamiento de la Federación de Mineros eran la guía de todos los movimientos que querían ser revolucionarios y progresistas en Bolivia. Entre ellos, la clase media sensible a las problemáticas de la clase trabajadora. Hay una nueva camada de cientistas sociales, sobre todo antropólogos y sociólogos, que empieza a trabajar sobre la realidad indígena-campesina que la COB no tomaba muy en cuenta. Hay una anécdota muy famosa de Lechín, que fue visto como el paradigma de un gran líder de la COB. En el ’79 entra una nueva camada de dirigentes y Lechín le dice a Genaro Flores, que era dirigente campesino: “Genarito, andá a comprarme unos cigarros”, y él le responde: “¿Por qué no me lustra mis zapatos?”. Es una nueva visión de nuevo sujeto campesino, que luego va a romper con la COB por este papel subordinado que el proletariado minero designaba para la clase campesina y busca su propio derrotero, recuperando la memoria histórica. Esto genera un gran debate sobre el tema de la subordinación a la organización minera y se va a recuperar la memoria larga, a encontrar las raíces de las contradicciones de Bolivia en la historia, y ahí surgen Túpac Katari y una serie de héroes que habían resistido el hecho colonial pero no formaron parte del Acta de la Independencia hecha por Bolívar, Sucre. Cuando uno lee la Tesis del Manifiesto de Tiahuanaco dice: “Tenemos nuestros propios héroes, no necesitamos héroes prestados”. Es un documento muy interesante para ver que el proceso boliviano fue una maduración de la recuperación de la memoria larga y de las luchas contemporáneas, le debemos mucho a esta capacidad que tuvo el movimiento indígena originario de irse tan lejos para decirnos “ahora estamos parados aquí y tenemos que recuperar esa memoria que nos la quitaron”. Eso es romper con el colonialismo.

–¿Hay una participación de los movimientos sociales en esos debates y en las nuevas formas de protagonismo?

–Ahí se juntan dos cosas interesantes. Por un lado, el olfato político de Evo Morales, esa capacidad en su trabajo sindical de entender bien las pulsaciones de los sindicatos y de los sujetos que no estaban ligados a un partido político, y Alvaro García Linera, que fue guerrillero, comprende que no es el partido la solución, la de pretender organizar una vanguardia. Comprende que hay sujetos constituidos que son los movimientos sociales. Cómo nuclear estos sujetos sociales y la vida orgánica se logra desde las comunidades, a través de sus representaciones naturales, y ésa es la gran masa de los bolivianos.

–Gobernar obedeciendo al pueblo, como dicen los zapatistas.

–Esta es la figura que se recupera del tipo de gobierno que existe en las comunidades tanto andinas como amazónicas, que pervivió a pesar de una formación estatal muy vertical. Y esto no es casualidad, porque el Estado nunca se interesó por las comunidades y las comunidades tuvieron esa virtud de proteger su sistema económico, social. Ahí estaba una forma de gobierno de administrar la justicia, una forma de representación que no era la forma tradicional de Occidente. Hay que lograr que estos mecanismos sean el espejo del futuro, y esto fue fruto de la unidad de todos los movimientos sociales. Cuando se desarrolla la Asamblea Constituyente, hay una organización que se llama El Pacto de Unidad, el movimiento indígena, campesino y originario que arrastra tras de sí a los maestros, a la COB y a todos los movimientos gremiales tradicionales. Ellos son la hegemonía, ya no es la COB, es una más y no lleva la voz cantante. Ahí los que deciden son la Federación Sindical Unica de Trabajadores Campesinos y la Federación Nacional de Mujeres Campesinas. Son estos los sujetos que tienen la voz cantante, siempre en consenso y reflejando los intereses de todos. El Pacto de Unidad es el que mejor expresa la capacidad de tener unidad en la diferencia, enseñaron a la COB cómo convivir con la diferencia ideológica pensando en un objetivo en común. Aprendimos mucho de esos debates internos, de la capacidad de llegar al consenso, de poner un alto cuando había contradicciones fuertes. Las decisiones no se toman en la primera reunión, van madurando y esa misma metodología se utilizó para las grandes decisiones en la Asamblea Constituyente. A un hombre con una mentalidad más urbana, más occidental, lo desespera, lo quiere ya. Allí hay que ir con calma. Lo mismo sucedió en 2008. En Santa Cruz había un proyecto de dividir al país y empujarlo hacia una guerra civil.

–¿Lo que ocurrió en la llamada zona de la Media Luna?

–Exacto. Confrontar Oriente y Occidente y para eso contrataron mercenarios, una fuerza armada que ya estaba en Santa Cruz. Empezaron la ofensiva maltratando a todos los negros en Oriente que se llaman coyas y a plena luz del día no se podía caminar, les pegaban y nadie intervenía, habían doblegado a la policía. Era una organización especial llamada La Torre, con apariencia de una empresa que sacaba dinero y con eso financiaban las acciones. Ahora muchos de sus integrantes están fuera del país. Muchos sectores de la oposición quieren hacer aparecer a estos mercenarios como inocentes palomitas. La paciencia que tuvo Evo Morales para aguantar todo eso… Cuando muchos pedían que enviara a las fuerzas armadas, él apostó al desgaste de la provocación. Eso es lo que hacen las comunidades, fue táctica andina tranquila de poner el tiempo a favor, de la idea de preservar el Estado y así se ganó. Y se evitó el derramamiento de sangre.

–¿Qué rol tuvieron los medios de comunicación?

–Los medios se ocuparon de crear el ambiente. En la televisión, desde las 6 de la mañana estaba el discurso de la autonomía, después de los programas de cocina y diversión, el discurso de la autonomía, y al mediodía, las noticias con el discurso de la autonomía. A la tarde, los programas para chicos y el discurso con la autonomía, eran 24 horas. Fue impresionante el papel que jugaron algunos medios con una gran influencia. En Bolivia, uno de los debates actuales tiene que ver con eso.

–En relación con este tema Evo envió una ley…

–De comunicación. De hecho, muchos medios están haciendo autocrítica de su papel, pero hay algunos grupos que son trasnacionales, hay grupos que están presentes en América latina y son muy compactos, por eso no es raro ver un tipo de programas en la televisión argentina repetido en la boliviana y ecuatoriana. No es casual que existan editoriales de periódicos argentinos y bolivianos iguales, hay un estilo, una escuela que es una deformación del buen periodismo.

–Usted dice en el libro que el sistema en Bolivia creó partidos políticos clonados. ¿Por qué?

–Por tradición, en Bolivia las familias oligárquicas solían poner a los hijos en partidos de izquierda, de derecha y del centro, pero cuando vienen las organizaciones de la democracia liberal, organizaciones norteamericanas que impulsaban la apertura democrática y la participación popular, lo que hacían era crear partidos o ONG con las mismas características que variaban según el discurso del líder nada más, en su funcionamiento y en su objetivo eran lo mismo. Por eso en Bolivia se hablaba del pasanaku, que es un juego donde se pone dinero por mes y se reparten en grupos de a diez. Si a ti te toca ese mes recibirás el pasanaku. A esta forma de actuar, Naciones Unidas le dio un premio. La política era así, ahora te toca a ti y los cinco años a otro y así suma y sigue. Se utilizó el pasanaku, que es de origen andino, de una manera perversa.

–En relación con la música, usted dice que se privilegiaba el piano, que es un instrumento musical de origen europeo, en vez de el sikus y la quena. ¿Cómo se libra la batalla cultural sobre estos valores?

–En las universidades, desde los años ’80 ocurre un fenómeno, empiezan a practicar danzas de los pueblos originarios y a repetir lo que en Bolivia se llaman las entradas. Se elige un día del año para hacer un desfile por las calles con las danzas tradicionales. Se trasladó hibridado con la religión católica a las grandes ciudades, pero las universidades lo hacen sin estar ligadas a la Iglesia Católica, como una recuperación de la danza y música de los pueblos originarios. Antes la universidad no te dejaba manifestar eso, la esposa de Víctor Hugo Cárdenas (vicepresidente de Gonzalo Sánchez de Lozada) se tuvo que quitar la pollera para entrar a estudiar y ponerse un vestido o pantalones, y como ese caso hubo miles. Si no, no entrabas a la universidad para poder estudiar. Como gran cosa, en los años ’80 se sacó fotos a una cholita que no se acomodó a los cánones de cómo debías estar presentable para entrar a la universidad. No es casual que esto estuviera ocurriendo a la par de que estaba surgiendo este movimiento sindical-campesino de recuperación de la memoria histórica, esta corriente apela a la cultura.

–¿Qué hechos ilustran estos cambios?

–En Santa Cruz, el alcalde se dio cuenta de que había un barrio lleno de coyas y para el carnaval los incluyó para que danzaran media cuadra y se ganó el voto, fue un avance en pleno Santa Cruz en una sociedad con muchos complejos xenófobos. Fue un reconocimiento y una conquista impresionante. En Sucre, que es muy tradicional, ahora se baila la morenada, que es un baile andino y también en Tarija, que es un lugar muy conservador. Muchas cosas tienen que ver con artistas de renombre, hace poco Eddy Navia fue nominado al Grammy por su capacidad de manejar el charango o tocar jazz con un pianista cubano. Fue fundador de Savia Andina, que llevó el folklore boliviano al Olimpia de París. Entonces la clase media sintió mucha proximidad, ver que esa parte es la que nos identificaba mejor.

–Usted escribe que no se comprende todavía el alma india y éstas son formas de entendimiento.

–De acercarse a esa realidad que tiene que ver mucho con el modo de vida, con la filosofía, con una profunda relación con la naturaleza. surge un respeto a todo ser viviente. En la cosmovisión andina, las piedras tienen vida, es otra lógica del ordenamiento del cosmos. Mientras uno no se aproxime y vea por qué ocurren estas cosas, no entenderemos ese corazón que está latiendo en Bolivia. El tema de la revolución no es un hecho de una revolución tradicional, sino que estamos yendo a encontrar ese vivir bien en las comunidades que empiece a ser practicado por toda la comunidad boliviana. En esa medida, la búsqueda del hombre nuevo está instalada pero se tiene que formar. Creo que el Che decía que el hombre nuevo va a ser del siglo XXI, nosotros creemos que sí, porque este espíritu comunitario no sólo es propiedad de los Andes, sino que es una propuesta a nivel mundial, de buscar esta nueva manera de vivir en equilibrio y no afectar tanto aquello que nos da la vida, que es la naturaleza.

–Usted también habla de que se fomenta la pelea de indios contra indios. ¿Está generado por los grandes centros de poder o el sistema de dominación del imperio?

–Tiene que ver con el sistema de dominación, no nos olvidemos que cuando llegan los españoles consiguen un aliado, Pumacahua, que lucha contra Atahualpa. Es un aliado de los españoles pero después se da cuenta de que estaba obrando mal y se pone del lado correcto. La creación de Bolivia fue una creación de estos criollos de dos caras que parecían libertarios y por otro lado seguían teniendo el látigo para mandar en las haciendas. Hasta ahora hay esta tensión, lo que Linera llama las tensiones creativas, esa contradicción que nos ha dejado la colonialidad. Fuimos aprendiendo, por ejemplo con la Guerra del Agua, que este enfrentamiento crea la crisis pero la crisis no tiene una direccionalidad, no es una línea recta, es una espiral y en esa espiral tenemos que aprovechar los momentos y saber por qué rumbos estamos yendo. Siempre estuvieron esas tensiones en Bolivia.

–¿Cómo está hoy la situación en Bolivia, cuáles son los objetivos inmediatos del Ejecutivo?

–Se avanzó bastante en la mirada del destino común de la mirada del Estado Plurinacional, se está construyendo un Estado de verdad. Uno de nuestros grandes sociólogos, René Zavaleta, decía que en Bolivia existe un Estado aparente. Ahora es el mejor intento de construir un Estado de verdad. Un Estado se construye con sus contradicciones, con sus dificultades, pero sí tenemos una visión de futuro y estamos palpando que es posible vivir entre diferentes. Es posible que estemos atravesando momentos de crisis, sobre todo políticas muy fuertes generadas desde afuera. Desde los grandes medios de comunicación se está tratando de construir unas oposición que no termina de cuajar. Las encuestas le dan, si llegan, un 15 por ciento. Evo siempre está por encima del 50 por ciento. Esto da cierta confianza en un sector de la población que ha visto un futuro y una construcción de un Estado posible, sobre todo la redistribución de la riqueza, fundamento del vivir bien. Evo anunció cuánto va a ser el aumento salarial en Bolivia: se va a aumentar 20 por ciento a los de menos ingresos y 10 por ciento a los que tienen ingresos altos. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que el pueblo está madurando y los dirigentes obreros lo aceptaron, es la primera vez que piensan en las bases, ésa es la complementariedad y la redistribución en la práctica. Este Estado que hemos soñado, que vaya anulando la pobreza y la desigualdad, se está dando.

Fuente: Sergio Kisielewsky para www.pagina12.com.ar

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