En diciembre último terminaron el nivel secundario los primeros 10 adolescentes que apelaron al estudio domiciliario por problemas de salud que les impiden concurrir a la escuela convencional.

Los primeros egresados secundarios que se graduaron estudiando en sus casas.

«Yo estoy seguro de que soy Diego Torres y el diagnóstico que me dieron es eso, el diagnóstico de una enfermedad que no me impide ni me impidió estudiar», dice un homónimo del conocido cantante. Con 21 años y después de haber dejado la escuela durante dos años a raíz de un problema de salud, Diego es uno de los primeros egresados secundarios porteños en la modalidad de educación domiciliaria.

Una idea de vieja data que fue impulsada por la necesidad de acompañar y escolarizar a víctimas del incendio del boliche Cromagnon, en 2005, pero que se hizo realidad institucional el año pasado.

El año pasado concluyó con diez adolescentes y jóvenes egresados del secundario según esta modalidad. Cinco de ellos terminaron ese nivel educativo recibiendo a los docentes en sus casas y los otros cinco son pacientes del Hospital de Emergencias Psiquiátricas Torcuato de Alvear.

«Tenemos la primera camada de egresados, que es una satisfacción, porque vemos que pudieron retomar una posibilidad que antes les estaba negada», dijo a LA NACION Adriana García Besio, una de las diez docentes que dictan clases en el salón de usos múltiples del sector Adolescencia del Alvear.

Tres tardes a la semana un grupo de pacientes de ese establecimiento, que sufren bipolaridad, depresión, esquizofrenia u otros trastornos que ellos prefieren definir como emocionales, asisten allí a clases con el mismo plan de estudios que cualquier escuela. Es un dispositivo especial de la Escuela Domiciliaria N° 1, cuyos docentes dictan clases en las casas de los alumnos cuyas patologías les impiden concurrir al aula.

«La atención domiciliaria para alumnos de nivel secundario empezó como experiencia piloto en 2005, impulsada por los efectos del siniestro de Cromagnon, y el 11 de junio de 2011 tomó forma institucional al constituirse el nivel secundario dentro de la Escuela Domiciliaria N° 1», dijo Claudia Echalecu, la directora de esa escuela. Echalecu fue la primera profesora de lengua de aquella experiencia piloto de la que se graduó en 2011 un adolescente que obtuvo el título secundario y aún pelea por su salud (espera un riñón para un trasplante).

«No hacemos adaptaciones curriculares. Tratamos de adecuar la didáctica al ritmo, según la necesidad y realidad de cada alumno», dijo Patricia Brignoli, asesora pedagógica de ese dispositivo del Alvear, donde se internan los pacientes sólo cuando tienen alguna crisis.

Lo habitual es que los jóvenes concurran a los consultorios externos, a terapia y, los que aceptaron esta modalidad, a clase. «Vengo de Hurlingham. Antes venía sólo cuando tenía que ver al psicólogo o a los médicos, pero después empecé a quedarme para estar con ellos y estudiar juntos», dijo Diego al señalar a Darío Fernández Hosne y a Tony Blanco Sánchez, con quienes comparte el gusto de haber terminado el secundario.

«Yo retomé el secundario acá. Venía de pasar de escuela en escuela durante dos años y fue una novedad tener la posibilidad de venir al hospital y a estudiar», contó Darío, de 21 años, que estaba en cuarto año de una escuela convencional de la que era abanderado cuando sufrió un cuadro que le impidió seguir.

«Desde el punto de vista académico es igual que otra escuela, pero la diferencia es que como ellos son más vulnerables necesitan lo que les dan acá, una atención personalizada, un cuidado especial», dijo Andrea Hosne, madre de Darío. Y agregó: «En las escuelas comunes, los profesores no tienen paciencia y los chicos sienten rechazo y miedo, y abandonan».

Este dispositivo complementa el servicio educativo de las escuelas y mantiene contacto con los establecimientos en los que cursaron antes. «Si no está inscripto en una escuela le sugerimos dónde inscribirse y esa escuela es la que otorga el título», dijo Echalecu.

De los cinco egresados que terminaron sus estudios en el Alvear dos pertenecen a un CENS y tres a una escuela de reingreso. La educación domiciliaria se suma al servicio de educación hospitalaria, modalidades ambas que se han multiplicado en muchas provincias desde que la ley nacional de educación, en 2006, estableció la obligatoriedad de brindar educación a quienes están imposibilitados de ir a la escuela.

En la ciudad de Buenos Aires funcionan tres escuelas hospitalarias, con unos 155 docentes en los nosocomios pediátricos, y dos domiciliarias, con unos 300 maestros que van a dar clases a hogares, institutos, hoteles o donde vivan o se alojen temporariamente los niños que no pueden ir a la escuela.

La profesora Adriana García Besio, que también trabaja en un centro de educación inclusiva en La Boca, sintetiza la postura de muchos de los docentes que eligen enseñar a quien padece algún problema de salud. «Creo en las capacidades de las personas y en estos chicos veo que al estudiar mejoran su autoestima, incluso empiezan a cuidar más su estética y, cuando ven que pueden afianzar relaciones con otros, se ven fortalecidos ellos mismos.»

Contextos diferentes
Estudiar y superarse más allá de las dificultades

  • «Venía pasando de escuela en escuela y fue una novedad poder estudiar en el hospital»
    Darío Fernández – 21 años, graduado
  • «No hacemos adaptaciones curriculares, sino que adecuamos el modo de enseñar a cada alumno»
    Patricia Brignoli – Asesora pedagógica

Fuente: Silvina Premat para www.lanacion.com.ar

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