La escuela y las decisiones políticas en cuarentena: ¿están las instituciones educativas acompañando a las familias o aumentando su angustia? ¿Igualan o profundizan la brecha educativa?

El mundo y Argentina viven una situación excepcional para la humanidad a la que le toca padecerla. No hubo muchas pandemias a lo largo de la Historia, unas más recordadas (la peste negra de 1348, la española de 1918), otras menos, pero es claro que cada vez van irrumpiendo más próxima una de otra, con mayor o menor intensidad (SARS, la gripe aviar y porcina). 

En Argentina se tomaron medidas preventivas rápidas. Dentro de ellas se estableció que a partir del 16 de marzo no habría clases y se fue extendiendo la suspensión hasta que llegaron dos notificaciones simultáneas. Por un lado el gobierno nacional anunció que sería uno de los últimos sectores en volver a la “normalidad”. Por otro, la Universidad de Buenos Aires (UBA) dijo que comenzará el 1 de junio. 

Paralelamente surgieron programas e iniciativas de parte de los Ministerios de Educación y universidades: “la escuela debe seguir”, fue el norte. “Seguimos educando” fue el nombre escogido para difundir contenidos a través de programas en la televisión pública, y por otra parte se orientó a utilizar plataformas tecnológicas y mantener a la Escuela presente en las casas por medio de actividades virtuales. 

Todo muy loable y bien intencionado. La Argentina trabaja, y la escuela se lo puso a hacer aceleradamente. Parecían reaparecer aquellas viejas “maestras normalistas que, pobres, desconocían la duda” según había sentenciado -un poco equivocado-  Alejandro Korn.

En estos días hasta los medios más condescendientes con el capitalismo “realmente existente” se encargaron de difundir algunos datos del país real. O de los padecimientos de nuestro pueblo, el de a pie, el –como dice el tango– del “verdadero guapo, el que a las 6 de la mañana se levanta sin chistar”. 

Y el INDEC dice que en la población urbana la pobreza abraza a 14.500.000 personas y que si sumamos el sector rural a 16 millones. Que ese 35,5% de pobres se agiganta si se habla de niñes y jóvenes. Que el 40% del trabajo es informal: en números dicen que son siete millones “en negro”, sin obra social. Doce millones de personas solicitaron el Ingreso Familiar de Emergencia.

Dice también que el “el 10% de los hogares no accede a la red pública de agua corriente; el 30% no dispone de gas de red; y el 29% carece de conexión a las redes cloacales”. Son casi 6 millones de personas. Los datos de hacinamiento se mueven en los mismos parámetros. 

Y ese fue el punto de partida. Hoy con el país paralizado en sus actividades económicas centrales todo esto es peor. Mucho más triste, más desolador. Viendo la acumulación de los “de arriba” y los niveles de concentración y extranjerización de las riquezas es indignante.   

Al maestro, los antiguos romanos lo llamaban “nutritor”, porque nutría el “alma”. Hoy el maestro es proveedor de alimento liso y llano, más alguito, lo que se pueda pal “alma”.

A aquella situación estresante y cotidiana de verdad, de “juntar los pesos para los garbanzos”, la del alquiler, la del que no tiene laburo, la del que tiene y le pagan miseria o lo sobre explotan, a esa alienación cotidiana apenas a veces compensada, ahora se le sumó la cuarentena. 

Y a todos aquellos problemas a los que se puede mirar con la precisión de una fotografía, la cuarentena le sumó una palabra que pareciese que todes quisieron evitar: la angustia. Angustia por el pan pero también por la incertidumbre de futuro y angustia por un presente que modifica todas nuestras rutinas laborales, familiares, afectivas.  Y la presión vía redes y comunicadores para querer transformarlo en “ocio creativo”. Pretender hacer “lo de siempre” -cuando la realidad es otra- no puede ser un signo de salud mental ni social. 

“Esta situación que es absolutamente inédita y que cancela la cotidianeidad de golpe. ¿Cómo se podría leer, escribir, terminar la tesis, ordenar el placard, ‘aprovechar’, si el mundo, tal y como lo habitamos hasta hoy, ya no está más ahí?”, se preguntó Alexandra Kohan en una entrevista que le hicieron para El Mate. “Me parece muy complicado intentar armar escenarios como si nada estuviera pasando, como si todo fuera igual pero dentro de casa. Una cosa va con la otra: no hubo tiempo para advertir qué es esto y por eso todos los imperativos terminaron siendo negadores de un real que nos está afectando indefectiblemente y cuyos efectos aún son incalculables. Lo que creo es que los discursos imperativos y moralizantes sirven para no pensar, para negar lo que está ahí ineluctablemente. Sirven para anestesiarse, ni siquiera para tranquilizarse. Son una especie de narcótico que impide parar y permitirse no saber qué hacer”, completó.

Y es en esos contextos sociales, económicos, culturales y psicológicos en los que la escuela pretende ingresar. Y peor, sin permiso, sin construir previos consensos para ello. 

Y no solo eso, en la presión los gobiernos se olvidan de una dimensión fundamental que cumple la escuela en el ordenamiento social: el cuidado de niñes y adolescentes.  

El primer impacto que genera el cierre de la Escuela no es sobre el proceso de aprendizaje sino sobre lo que se denomina política del cuidado, que no se limita a la “escuela comedero” sino que abarca toda la dimensión de las relaciones sociales, que crea condiciones de posibilidad para que, por ejemplo las familias puedan ir a trabajar. Ni más ni menos.  

El segundo impacto es sobre el proceso educativo propiamente dicho, porque ese proceso no está  limitado a los temas que “deben aprender” les estudiantes. La construcción de un conocimiento comprende una dinámica de trabajo, socialización, problematización espiralada y compleja. Se supone que la escuela debe apuntalar a formar ciudadanos (ciudad – polis – política: ser parte en la toma de decisiones que nos involucran a todes) y autónomos (diferente a la heteronomía: acatamiento de las normas por obediencia). 

Sí, sí, ¿cómo formar ciudadanos autónomos cuando muches adultes, incluso docentes son heterónomos? Menudo problema.

Entonces si la escuela quiere acompañar, contribuir, hoy debería contemplar estas múltiples realidades. 

Los primeros datos duros son estructurales y en crecimiento -más allá de algunas oscilaciones desde la dictadura- y se conocían, pero la existencia de la pandemia implicó no solo un cambio cuantitativo respecto a esos problemas socioeconómicos y familiares sino un salto, un cambio en la calidad de esos problemas. 

No comprender eso puede implicar pretender resolver de la misma manera que siempre un problema absolutamente diferente. Y que para colmo como lo hizo siempre, nunca lo resolvió. Parafraseando la ya archicitada definición de estupidez dada por Einstein: se siguió haciendo las mismas cosas esperando un resultado distinto. Pero en este caso el error los puede profundizar porque es otra la realidad.    

“El tiempo es oro”, fue un refrán paradigmático de la burguesía comercial en ascenso durante la Edad Media. Lo que sería la bendita productividad capitalista que condena a quien le guste disfrutar de otras dimensiones de la vida, que no acepte como natural la alienación. 

A la Escuela y a les docentes el sistema dijo: deben seguir produciendo, el proceso pedagógico no se puede interrumpir cual si fuésemos Chaplin en la cadena de montaje fordista. Y uno lee: “Mi escuela en casa, te proponemos rutinas para organizar tu semana”, enviado por el gobierno porteño.  En este contexto, la base científica de cualquier conocimiento estaba decididamente ausente. Y una obviedad: la casa no es la escuela ni la escuela es la casa.

La respuesta implementada fue tradicional, la del “nuevo sentido común”, simplificadora y eficientista: ¡A las computadoras, a las aulas virtuales, a las videoconferencias! Era la gran oportunidad para que la mirada tecnocrática del proceso educativo que se venía intentando imponer como parte de la educación del “futuro” finalmente toque a nuestra puerta (y no quiero ingresar aquí en los negocios de las plataformas educativas digitales).  Futuro que, dicho sea de paso, llegó y no era como vos lo esperabas. “Todo un palo ya lo ves” (Indio Solari dixit). El centro de esa política educativa estaba en el cómo y no en qué enseñamos.

Y, con esas resoluciones autoritarias, sin intercambio con les docentes, ni con las familias que se verían involucradas, a las cuales se les imponía ser parte de -inicialmente- un proceso totalmente novedoso se emprendió la tarea de hacer de cada casa una “trinchera” educativa. Agregaría un “Je”, si fuese un whatsapp.

Llegada la orden, les docentes que describía Korn se abalanzaron sin dudar para realizar un trabajo titánico para “no parar”, “la escuela debe seguir” enviando por medios digitales tareas, que debían ser hechas, devueltas, corregidas. Todo en todas las áreas. Todo era importante. 

La formación docente -con sus dificultades- es para el aula presencial, y se van incorporando las herramientas tecnológicas que resultan potentes para los procesos de enseñanza y de aprendizaje áulico. 

En un día, por medio de una plataforma digital se les pedía a les docentes que estuviesen formados para seguir un proceso de educación a distancia. Absurdo. No son los mismos materiales, ni dispositivos para enseñar a distancia, que subir una actividad o material a un “aula virtual” para luego ser intercambiada, problematizada y validada.      

Por otra parte, no en todas las casas hay computadoras, impresoras. Las familias deben “bajar” las actividades del celular, aunque en algunas zonas no hay conexión, en algunas casas hay hacinamiento o no existe un espacio que permita estudiar o trabajar cuando están todes adentro. O la prioridad era comer. E incluso en los lugares en que estaban resueltos esos problemas,  existía el del espacio y la convivencia familiar: ahora estaban todes en casa en todo momento, home office, etc. Sin embargo, el discurso aleccionador era: “Familias acompañen a sus niñes, adolescentes en este nuevo desafío”. Indignante. 

Por no señalar como otras batallas dadas por las familias y la propia escuela para evitar a las pantallas como único contacto de les estudiantes con “la realidad” o el juego, eran destrozadas en segundos por la nueva ofensiva.

La escuela así ingresaba a las casas de “prepo”, no para acompañar a las familias en un momento angustiante sino para sobrecargarlas de tareas y responsabilidades junto a un discurso moralizante sobre el “deber ser”, casi de “sacrificio patriótico”. Y parte de esas familias son les propios docentes, realizando un trabajo diferente al habitual, llevando ese trabajo en su casa, con sus hijes y familias. 

Por otra parte, a toda esa situación se le suma un cambio en las condiciones de empleo sin paritaria que lo haya avalado. Corregir todo en la computadora (¡o en el celular!), estar “en línea” con les estudiantes full time, responder mensajes por whatsapp, por mensajería de las aulas virtuales, por el mail personal, por redes sociales, por cualquier medio que le gente encuentra para comunicar, es otro trabajo. Es cierto que hoy les jefes llaman al laburante a cualquier hora. Y está muy mal. Pero aquí son quizás cientos de estudiantes, aparte del coordinador de área, directivos o familias. Insalubre.   

Y otro agravante: cuando regresen les chiques y adolescentes a las escuelas posiblemente, y a modo de ejercicio, habrá un 33% que pudo hacer todas las tareas, otro 33% que hizo algunas (las que pudo, las que comprendió, en las que le pudieron dar una mano) y otro 33% que no hizo nada por múltiples razones, muchas antes mencionadas. 

Siempre en un aula hay diferentes “capitales culturales” entre les estudiantes pero es seguro que se profundizarán  y consolidarán con la “educación a distancia” que se está implementando. 

La principal diferencia entre una abeja y el peor arquitecto es que el arquitecto antes de hacer su obra la puede elaborarlo en su cabeza, decía Karl Marx. Aquí parece que irrumpió una respuesta de abejas laboriosas, pragmáticas y eficientistas. Lo urgente impidió hacer lo necesario.  

Es claro que la situación es novedosa y es lógico que veamos con mayor claridad las dificultades que tiene la “huida para adelante” antes que las posibles soluciones. Es imprescindible parar la pelota y levantar la cabeza para ver toda la cancha con sus diferentes actores.   

Es saludable que la Escuela acompañe a les estudiantes y a las familias. La duda es de qué manera será un apoyo y no un lastre. 

Existen algunas acciones posibles no invasivas y respetuosas, al reconocer que la angustia existe. Partiendo de la base de que las clases recién se reanudarán con normalidad en el segundo cuatrimestre. Salvo que queden abolidos los derechos vacacionales en el ámbito laboral y se decida “suicidar” a les trabajadores y empresas ligadas al turismo.  

Primero es pertinente y alentador que se hayan implementado programas televisivos “educativos”, sólidos muchos de ellos, aunque el nombre no ayuda. No se sigue educando como si fuese la escuela.  Sí contribuye a poner en diálogo a la TV (la pantalla) con la Escuela, como en su momento lo hizo por ejemplo Zamba. Y eso no debería ser circunstancial, puede ser un nuevo brote de la experiencia acumulada en años anteriores con Paka Paka o Canal Encuentro.  

Segundo, tal vez el primer paso para les docentes hubiese sido establecer -seguro muches lo hicieron-  un contacto afectivo con las familias y explicitar los alcances y límites de lo que se proponen hacer, partiendo del respeto a una situación anómala y  angustiante. No obstante, la presión ministerial en la Ciudad de Buenos Aires fue en el sentido contrario.  

Luego, como otro paso, enviar tareas de repaso sobre lo realizado el año anterior (no contenidos nuevos),  tratando de apelar a algunos recursos didácticos que resulten más placenteros, que crucen con entretenimientos. Por ejemplo “enseñar a mirar” una película, serie o dibujito con alguna guía orientativa o información complementaria.  Lo lúdico podría cobrar otro significado para el aprendizaje en estas circunstancias.  

Es para eso imprescindible que la Institución ordene -lo que implica jerarquizar- las áreas: unas áreas deberían y podrían estar más presentes, otras menos así como espaciar las tareas que se dan para no enloquecer a familias y estudiantes. 

Seamos claros: no es lo mismo estudiar en la escuela que en la casa. El estudiante lo sabe, lo siente y lo vive así. Y está muy bien. Porque es la realidad objetiva y subjetiva. A modo de ejemplo: la currícula de la secundaria tiene más de 10 asignaturas que deberían enviar material todas las semanas. No hay casa ni adolescente que resista.  

El objetivo de la escuela debe ser acompañar, estar, y en esta situación anormal no evaluar.  Se parte de reconocer que no todes podrán realizar las propuestas, por eso debería ser repaso e intentar nuevas aproximaciones sobre los contenidos ya dados.  No puede la Escuela primero abandonar el cuidado y luego exigir excelencia “académica”. 

Buscar no bajar la calidad académica en esta situación sería “pour la galerie”, salvo para esa mínima cantidad de estudiantes que cuentan con las condiciones sociales económicas y culturales -el “habitus” de Bourdieu- para hacerlas. Y hasta en elles no será fácil porque la pandemia es real.  

La tercera idea es ambiciosa y en un punto es el sostén de las anteriores. La necesidad de avanzar durante estos meses, en los que no se asiste a la Escuela por las medidas de “protección social”, en una selección de contenidos mínimos para este año “corto”: definir cuáles son imprescindibles, buscar los núcleos problemáticos, cuáles los prescindibles y cuáles simplemente pasarán al año siguiente. Partiendo que en este 2020 las clases deberán desarrollarse durante un solo cuatrimestre y que es en ese tiempo real del que dispondrán les estudiantes para aprender. La escuela seguirá, la vida seguirá.   

Esta selección es una tarea siempre postergada pero muy necesaria desde hace un largo tiempo. Un desafío estratégico. Para cumplirla es clave el trabajo del colectivo docente, el intercambio entre pares. Esto sí podría ser otra de las semillas a sembrar, regar para intentar  cosechar en los años siguientes. Preguntarnos qué enseñamos y sobre todo ¿Por qué y para qué? 

Lenin, solía repetir “nada más práctico que una buena teoría” pero agregaba, citando al Goethe  “la teoría es gris y el árbol de la vida es verde”. Ahora bien, si la teoría es liberal productivista, cegada por el eficientismo, seguramente en lugar de alumbrar los pasos a seguir, los oscurecerá porque, en rigor es mera “ideología” (en el sentido negativo del concepto, de falsa conciencia) no teoría. Y si a esa carencia “teórica” se le suma falta de tiza, falta de aula, y la falta de  recorrido de las escuelas con sensibilidad, las posibilidades de hacer daño pueden ser muchas, y aquí no hablo de buenas o malas intenciones. 

Fuente: Julio Bulacio, docente y gremialista del magisterio, para https://notasperiodismopopular.com.ar/

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