El Cuchi y su disco maldito, Ravel entreguerras y el brillo lunar de un trío excepcional. Novedades y rescates en la red, entre las redes.

Cuchi Leguizamón. 1969

Los expedientes son misteriosos. Siguen rumbos inciertos. Quizás tanto como la estatua de Temis, la diosa de la ley divina y el orden natural, que corona el palacio de justicia de la ciudad de Salta. Allí, hasta donde se sabe, es el único lugar del mundo donde –como venganza del arquitecto que construyó el palacio a causa de la mora en el pago convenido– la deidad reina con su balanza inclinada y la venda caída.

Uno de quienes fatigó ese edificio fue el abogado Gustavo Leguizamón, el “Cuchi”. “El pobre que nunca tiene/ ni un peso pa’ andar contento/ ni bien se halla una gallina/ que ya me lo meten preso./ El comisario ladino/ que oficia de diligente/ lo hace confesar a palos/ al preso y a sus parientes./ Y se pasa las semanas/ engordando el expediente/ mientras el preso suspira/ por un doctor influyente”, le cantaba al expediente el Cuchi, el chanchito, que además fue uno de los grandes compositores de canciones de la Argentina. “La tía vendió la cama/ pa’ pagarle al abogado/ si algún día sale libre/ tendrá que dormir parado” continúa esa chacarera extraordinaria, que forma parte de otro misterio: el disco que el músico grabó en 1969 y que llegó a editarse pero que la compañía Philips decidió no sacar nunca a la venta por considerarlo imposible de comercializar. “El juez a los cuatro meses/ lo cita pa’ interrogarlo/ como es pobre y tartamudo/ ninguno quiere escucharlo”, canta Leguizamón en ese disco. Y rubrica: “Estas son cosas del pueblo;/ de los que no tienen nada./ Esos que amasan millones/ tienen la Casa Rosada”. 

Profesor de historia y filosofía y diputado provincial por un breve período, el Cuchi tenía con la abogacía una relación conflictiva. Finalmente abandonó esa profesión y su explicación fue sencilla: “Estoy harto de vivir en la discordia humana. En cambio, me produce una gran satisfacción ver una vieja en el mercado tarareando una música mía. Una vez venía bastante enojado con todos estos inconvenientes que tiene la vida, y un changuito pasó en bicicleta, silbando la ”Zamba del Pañuelo“. Entonces lo paro y le pregunto qué es lo que silba: –No sé; me gusta y por eso lo silbo–, me contestó. Ya ves, ésa es la función social de la música”. Se trataba de una de sus obras más tempranas, grabada por primera vez por Los Fronterizos en 1955, la misma que, en un recital en Europa, dedicó al compositor Erik Satie, “este viejo hermoso a quien tanto queremos un grupo de salteños”. 

La letra de aquella zamba era de Manuel Castilla. Y si hiciera falta una sola prueba de la relación virtuosa entre su poesía y el conceptismo del Siglo de Oro español, bastaría con la última estrofa: “Mi pena y tu lento recuerdo/ porque no me quieres se quieren ya/ mi pena le da sus penas/ y tu recuerdo su soledad”. Esa primera versión de Los Fronterizos dialoga, necesariamente, con otra casi secreta. La de Leguizamón en piano solo registrada en el disco maldito.

En el Lado A el Cuchi tocaba seis de sus temas en piano, “El sapo Rococo”, “Zamba del pañuelo”, “La cucarra”, “Vidala del corso”, “Zamba del mar” y “Chacarera del zorro”. En el Lado B cantaba, acompañándose en guitarra, “Zamba de la soltera”, la “Chacarera del expediente”, “Zamba del carnaval”, “Serenata del 900”, “El fiero Arias” y “Coplas del Tata Dios”. Durante años, el LP circuló solo entre coleccionistas, poseedores de las pocas copias para la prensa que el sello llegó a distribuir. Hace poco, como informó aquí el DiarioAr, la nieta de Mercedes Sosa encontró las grabaciones originales y las acercó al hijo del Cuchi, lo que hace suponer alguna edición digna en algún momento. Mientras tanto, en Spotify, está el disco original completo. El sonido es deficiente y encima hay un error en la fecha de grabación (allí figura 1966 y el álbum fue registrado tres años después). Pero el valor musical justifica con creces la escucha. Incidentalmente, hay otras dos versiones de “Chacarera del expediente” a las que vale la pena acercarse. Una es la que Raúl Carnota incluyó en su disco Fin de siglo, de 1999.

Allí rescata el canto al borde del grito que el Cuchi tomaba de las bagualeras, y donde un power trío de guitarra (el propio Carnota), bajo (Juancho Farías Gómez) y percusión (Juancho Perrone), por fuera de cualquier esquematismo de género y con un riff digno del heavy metal, da nueva vida a la canción. La otra gran interpretación es instrumental.

Pablo Márquez, un gran guitarrista salteño radicado en Francia y dedicado a la música de tradición europea y escrita, va desdibujando los contornos del expediente –y las esperanzas del preso– con una progresiva acumulación de disonancias –algo muy del Cuchi y, por otra parte, una interesantísima traducción musical de esa suerte de El Proceso de Kafka en versión salteña y pobre– y logra una lectura de riqueza exquisita. Esa chacarera es apenas una de las perlas del álbum El Cuchi bien temperado que publicó el sello alemán ECM, el mismo que hizo de los largos soliloquios de Keith Jarrett su marca de fábrica.

Ravel. Conciertos y canciones. Por Cédric Tiberghien en piano, el barítono Stepháne Degout y la orquesta Les Siècles, con dirección de François-Xavier Roth

Maurice Ravel escribió dos conciertos para piano y orquesta al mismo tiempo. Uno de ellos comenzó siendo un proyecto de Rapsodia vasca, acabó atravesado por el blues y se convirtió en una de las obras más bellas, poderosas y, sí, también espectaculares de los locos años 20. El otro, escrito sólo para la mano izquierda, respondía a un pedido de Paul Wittgenstein, un pianista austríaco que había perdido el otro brazo en la Gran Guerra. Encarnaba el otro lado de una época en que hasta la alegría era desesperada. En ambos conciertos el color instrumental, los efectos sonoros y las texturas logradas entre solista y orquesta son esenciales. Por eso resulta tan reveladora esta versión en que se utiliza un piano Pleyel de 1892 y una orquesta con cuerdas de tripa, tambores con parches de cuero e instrumentos de viento construidos de acuerdo con una estética totalmente diferente que la actual. No se trata, obviamente, de que no sea posible escuchar estas obras por una orquesta normal sino, simplemente, que en este caso se escuchan por primera vez ciertos detalles –y el genio de Ravel al preverlos­–, favorecidos por la claridad y transparencia de Tiberghien y de la dirección de Roth, uno de los nombres más importante del momento. El disco se completa con el dúo de Degout yTiberghien en interpretaciones magistrales de las canciones dedicadas a Don Quijote y con los Tres poemas de Mallarmé, donde Ravel le devuelve al jazz el préstamo que había tomado en el Concierto en Sol e inventa, sin saberlo, el jazz por venir.

Juan Pablo Arredondo, Pía Hernández y Juan Pablo Navarro. Lunar

Juan Pablo Arredondo en guitarra, Pía Hernández en piano y Juan Pablo Navarro en contrabajo navegan por un mundo sonoro más cercano a los líquidos que a los sólidos. No reconoce fronteras, se mueve por las pendientes entre el tango, la música contemporánea de tradición escrita, la improvisación y la libertad más absoluta. Construcciones de un rigor apabullante conviven con zonas en las que todo puede suceder. Tres grandes instrumentistas juegan a no serlo. O, mejor aún, a partir de allí hacia territorios que trascienden ampliamente el mero virtuosismo y en que el campo sonoro es ni más ni menos que el territorio de la exploración.

Fuente: https://www.eldiarioar.com

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