La cultura popular se transmite de generación en generación, de padres a hijos. Cuándo eso no sucede la cultura popular desaparece, a menos que haya alguien que la registre. Durante el siglo XX, en especial durante las décadas de los 60, 70 y 80, América Latina vivió un proceso de ebullición cultural muy intenso, como correlato del contexto político que acontecía. Hubo toda una generación que adoptó a la Revolución Cubana como faro, al proceso chileno como ejemplo y a la Revolución Sandinista como horizonte. Músicos, poetas, escritores, pintores, cineastas, actores, fueron protagonistas ineludibles de dichos procesos populares. Hilvanando testimonios de muchos de ellos fuimos reconstruyendo esa historia, en la cual todos coincidieron al mencionar a dos personas en particular: Marta De Cea y Modesto López, compañeros en la aventura de recuperar esas historias y convertirlas en patrimonio intangible de los pueblos del continente.

En diálogo con Modesto pudimos reconstruir parte de esa valiosa experiencia que, junto a Marta, vienen desarrollando desde 1980 a través de Pentagrama, el sello discográfico, editorial y productora audiovisual independiente que crearon en México, país en el que se exiliaron durante la última dictadura.

Modesto López, de formación actor, es además productor discográfico y de espectáculos, editor y cineasta. Nació en España y a los 5 años de edad su familia se trasladó a Argentina. Allí vivió casi 30 años. En los años 70, luego de haber recorrido el continente, y tras sentirse amenazado por el proceso militar, decide radicarse en México, país que lo supo cobijar a él y a infinidad de artistas de todo el continente que no podían regresar a sus países por causa de las dictaduras del denominado Plan Cóndor.

– Sí tuviéramos que comenzar por alguna parte tu historia con el mundo artístico ¿por dónde sería?

– Yo me formé teatralmente en Argentina. Luego viajé solo por América Latina. Decidí ir a Europa, a un congreso por Vietnam en Finlandia. Desde ahí viajé por distintos países como Francia o la Unión Soviética de aquel entonces. También estuve en España, donde me replanteé un poco quién era yo y cuáles mis orígenes. Era la España franquista en aquel entonces. Me vinculé con el movimiento cultural de aquella época. Fui a la aldea, en el campo, donde nací, a encontrarme con mi pasado. A partir de ahí me propuse recorrer América Latina. Conocía algo de Chile y Uruguay, éste último de la mano de mi amigo Osvaldo Fattoruso, baterista de Los Shakers, un grupo uruguayo muy reconocido en aquella época. Ahí me vinculé con la gente del grupo de teatro El Galpón y con músicos de aquella época. Estoy hablando del año 67 o 68. Esa experiencia en Uruguay me hizo replantearme varias cosas y decidí viajar solo por América Latina, ubicarme en este contexto y conocer el movimiento social, cultural y político que pasaba. En aquella época, para subsistir y pagarme las clases de teatro, me dedicaba a la fotografía. Así que con 100 dólares en el bolsillo, una cámara fotográfica y un pasaje de avión que había logrado comprar me largué a recorrer el continente. Fue muy importante y decisivo en toda mi vida, porque eso me llevó a encontrarme con una América Latina que era parte de la realidad que a mí me tocaba vivir si decidía quedarme para siempre en Argentina. También me permitió conocer a gente trascendente que me influyó mucho: poetas, músicos, pintores, gente de la política. Cada país que recorrí fue decisivo para mí en lo que en el futuro iba a hacer.

– ¿Cómo fue la vuelta a Argentina?

– Cuando decidí volver armé un grupo de teatro, títeres y música que se llamó Siripo, en homenaje a la que fue considerada la primera obra de teatro de un autor argentino: Manuel José de Lavardén. Hacíamos espectáculos para niños. Con ese grupo salimos de gira y recorrimos 12 países, entre ellos Estados Unidos, donde conocimos al movimiento cultural chicano, que realizaban teatro campesino. En aquel momento se estaba organizando el Teatro de Aztlán, que agrupaba a todos los teatros chicanos vinculados al teatro independiente mexicano. Me tocó también en suerte participar del primer Festival de Teatro Latinoamericano donde me invitaron a dirigir una obra de teatro en el Cleta, una organización muy combativa que se había creado, donde se habían pegado muchos intelectuales y artistas mexicanos para defender esta alternativa independiente. La obra se llamaba La Huelga. A raíz de eso recibí muchas invitaciones para viajar a Estados Unidos y dar charlas, clases de teatro, fundamentalmente con grupos chicanos. Ahí conocí a los Panteras Negras, a los veteranos de guerra de Vietnam porque yo venía con un antecedente de la historia de la lucha del pueblo y trabajaba mucho en la solidaridad con este. Ese viaje me enriqueció mucho. Cuando regresamos creamos el grupo Siripo y salimos en esta gira de un año. Luego el grupo siguió. Ya estaba instalada la dictadura en Argentina así que hicimos durante un año una peña clandestina en Buenos Aires con músicos que estaban prohibidos.

– ¿En qué año fue la peña?

– Habrá sido en el 77 o 78. Venía mucha gente que estaba prohibida como César Isella, Armando Tejada Gómez, Hamlet Lima Quintana, todos grandes amigos míos. Esa peña era para juntar fondos y poder realizar la segunda gira de Siripo, la cual concentramos en tres países: Ecuador, Perú y Bolivia. A nuestro regreso se deshizo el grupo y yo emprendí el viaje solo. La situación era insostenible, yo estaba sin trabajo y había recibido amenazas. Viví un año en Ecuador donde armé un espectáculo con mi amigo el compositor uruguayo Manuel Capella.

Manuel es un gran compositor. Precisamente ahora le están haciendo un documental en su país donde participamos varios de sus amigos. Con él escribimos un espectáculo llamado Cantopoemas del amor, de la tierra y del hombre, donde reuníamos a varios poetas latinoamericanos. Con ese espectáculo recorrimos otra vez el continente. Llegados a México, donde hicimos muchas presentaciones, Manuel regresa a Ecuador y yo decidí quedarme. Me reencontré con Marta, mi actual compañera, con quién ya nos conocíamos cuando trabajé en el departamento de cine de la Universidad de Comahue coordinando parte de las tareas del departamento. En México comencé a trabajar en una importante empresa disquera independiente que se llamaba Fotón. Ahí estuve un año y por distintas divergencias me alejé. Yo había ido a Francia donde conocí el sello grabador Chant Du Monde, con el que quedé maravillado y me dije: «esto hay que hacer para nuestra América tan jodida y tan golpeada en lo cultural, político y social».

En aquel entonces Fotón tenía un vínculo muy importante con Cuba. Estaban surgiendo Silvio Rodríguez, Pablo Milanés. Aún me acuerdo que iba a verlos muy poca gente acá. Nadie los conocía. Mi amigo Julio Solórzano, quien tenía su sello grabador denominado Cultura latinoamericana, insistía en traerlos a ellos y a toda la Trova Cubana. En aquella época también había conocido a Roy Brown, gran compositor y cantante puertorriqueño, así que me dije: están dadas todas las condiciones. Además estaba, por entonces, Mercedes Sosa también estaba exiliada. A todo ese movimiento de artistas los producía Le Chant Du Monde.

– ¿En aquel entonces nadie los grababa?

– No. Por eso le planteaba a Fotón, que tenía un vínculo con la izquierda, que era necesario transformarse y convertirse en un faro para América Latina, que haga acuerdos trascendentes no solamente desde el punto de vista de la grabación y edición, sino también del espectáculo en vivo. Bueno, no llegamos a ningún acuerdo, entonces decido romper y crear Pentagrama, el 6 de octubre de 1980. Me apoyaron dos grandes amigos que hice en mis viajes y estadía en México. Por un lado Adolfo De La Huerta, un gran amigo, nieto del famoso ex presidente mexicano Adolfo de La Huerta, de los pocos honestos que tuvo México. Por otro lado David Bascht, uno de los mejores ingenieros de sonido de este país, con el que seguimos trabajando en muchos proyectos. Él  tenía un estudio de grabación. Yo no estaba legalizado en México, así que ellos me brindaron todo el apoyo legal y todas las facilidades para iniciar con Marta, mi compañera, el proyecto de Pentagrama.

– ¿Cuáles fueron los primeros pasos de Pentagrama?

– Al comienzo viajaba bastante a Nicaragua, porque en ese momento, tanto Marta como yo, estábamos entusiasmados como muchos compañeros con la Revolución Nicaragüense. Yo había trabajado en la solidaridad con Nicaragua en Ecuador. Estaba muy involucrado. Entonces, cuando triunfa la Revolución, empiezo a trabajar con Luis Enrique y Carlos Mejía Godoy en Ocarina, el sello grabador que habían creado. Ahí es cuando hice la entrevista que luego se convertiría en un disco: De los niños de Nicaragua al mundo, que eran niños combatientes. Casualmente, en ese momento estaba Carlos Puebla haciendo una gira por Nicaragua y había compuesto la canción A los niños héroes, dedicada a Luis Alfonso Velásquez Flores, un niño que la Guardia nacional mató cuando tenía 10 años. Le pedimos que nos diera la canción así la incorporábamos al disco junto a las de otros músicos de Nicaragua y yo iba mechando las entrevistas con el material de los compositores que tenía que ver con la niñez. De ese trabajo mi hija, Ana Valentina, está haciendo un documental con aquellos niños, que los volvimos a encontrar y a juntar ya de grandes, y que nunca más se habían vuelto a ver.

– ¿Cómo fue ese encuentro?

– Ellos vivían en distintos rumbos y pasaron muchas cosas. Valentina los buscó, y tras una búsqueda muy difícil logró encontrarlos. La ayudó Frank Pineda, que es un gran cineasta nicaragüense. Filmamos todo, sobre todo ese encuentro después de tantos años. Fue maravilloso.

– Vaya contexto en que surge Pentagrama…

– Así es. Desde esa época ya hemos grabado alrededor de 700 títulos de música de México, de América Latina, y algo de España. Hicimos libros e iniciamos el cine documental porque yo me daba cuenta que para muchas cosas no alcanzaba nada mas que con el disco, con escuchar la voz del poeta o de ese músico, sino mostrar el contexto social en el que se desarrolla, entonces eso me obligó a hacer el cine documental, así que con Pentagrama acabamos de cumplir en octubre pasado 40 años.

– Cuando me contás la historia de Pentagrama, por dentro pienso: hoy gran parte de la producción musical se maneja dentro de los canales independientes. En aquel entonces, cuando decidieron crear Pentagrama ¿existían muchas más experiencias de sellos independientes como el tuyo?

– En Argentina había tres. Me acuerdo del sello Dupuy, que era casi pirata. Ahí escuché las primeras grabaciones de la Guerra Civil Española. Editaba cosas raras, canciones anarquistas, entre otras. Yo tuve vínculos con estos sellos. Estoy hablando de los años 70. En México existía el sello Nueva Cultura Latinoamericana, de Julio Solórzano, un compositor, cantante y productor con un gran compromiso político. Otro sello era Difusores del Folklor, que era del grupo Los Folkloristas. También estaba el sello del cantante José de Molina y se llamaba Nueva Voz Latinoamericana. Junto a Fotón, eran los sellos independientes de México antes de la aparición de Pentagrama.

– ¿Qué significaba para aquel entonces ser un sello independiente?

– Era, de alguna manera, crear un sello alternativo que difundiera aquella música, aquella literatura, aquellos poetas que contribuyeran a enriquecer el pensamiento del ser humano. Era un compromiso con esa realidad.

– Alguien muy cercano a vos, y a Pentagrama, fue Óscar Chávez ¿cómo fue esa relación?

– Óscar es un hermano. Lo conocí cuando trabajaba en Fotón. Después terminamos en una amistad y siendo socios en Pentagrama. Chávez tiene cientoveintipico de discos grabados, varias películas realizadas como actor, es escritor de poesía, autor de muchísimas canciones y un hombre muy comprometido con la vida. En Pentagrama, de esos 120 discos, produjimos 45. Por ejemplo, hicimos un disco sobre la Guerra Civil Española que después estuvo expuesto en el museo Reina Sofía, cuando fue el aniversario. Ese trabajo nos llevó una investigación de año y medio donde fuimos encontrando a viejos combatientes que vivían en México, viejos pilotos de aviación de la chiquita fuerza aérea republicana. Fue una investigación maravillosa, inclusive mi padre, que le tocó estar cuatro años preso en la cárcel de Gijón, Asturias, una vez estando en la cocina de Pentagrama Óscar le dijo: «¿usted se acuerda alguna canción?» y mi padre se le puso a cantar una que dice “Adiós con el corazón, que con el alma no puedo, al despedirme de ti, al despedirme me muero. Tú serás el pájaro pinto que alegre canta por la mañana…” Esa era una canción que cantaban los que quedaban presos para despedir a los que iban a la muerte, así que la incorporamos al disco. Incorporamos varias canciones que no estaban registradas y que fuimos encontrando. Una que se llamaba La cigarrera, y otra que cantaba un viejo republicano que se había ido a vivir al Estado de Guerrero, entre otras canciones. Ese disco tenía una ilustración de setenta y pico de páginas con documentos muy importantes y carteles que se pegaban en las calles en la época de la República Española, de la Guerra Civil, que después empezamos a usarlos para exhibirlos en escuelas porque es un documento en sí mismo. También hicimos el disco de Chiapas, dedicado a los compañeros zapatistas, donde además se hizo un espectáculo que llevamos a Oventic, en plena selva, en un momento muy difícil. Llegaron 3.500 delegados indígenas de los distintos lugares, muchos de ellos caminando 20 o 30 kilómetros. Hemos hecho unos trabajos estupendos, por ejemplo, la historia de los ferrocarriles cantada, porque el ferrocarril en la Revolución Mexicana jugó un papel muy importante. Realmente fue apasionante todos los trabajos que hicimos con Óscar Chávez. Después nos hicimos muy amigos y fue el padrino de una de mis hijas, además mi esposa Marta fue su representante durante 30 años. Fue un gran dolor que esta pinche pandemia nos lo arrebatase. Óscar sigue estando en nosotros y seguiremos difundiendo su trabajo.

– Hacés un trabajo de rescate antropológico muy importante a partir de la música…

– Sí. Lo que pasa es que nosotros hicimos muchas grabaciones de campo. Viajamos mucho por todo el país grabando cosas que de pronto son poco difundidas por no ser comerciales. Por ejemplo, la canción cardenche, que se canta a capella en la zona algodonera del norte del país y que cantan los campesinos del lugar. Quedan dos grupos nada mas. También grabamos bandas de pueblo tradicionales como la banda de Tlayacapan, que tiene mas de 140 años, que tocó y combatió con la tropa de Zapata y que siguen sus herederos manteniendo la banda. Los niños, en el momento que empiezan a estudiar, así como aprenden a leer y escribir aprenden también a escribir y leer música. Es toda una tradición en el Estado de Morelos. Con ellos grabamos más de 7 discos y fueron Premio Nacional de Música en este país. Muchos otros registros como los de música tradicional yucateca. También hemos difundido la música del norte. Recorrimos y grabamos en escuelitas rurales con equipos de ingenieros de sonido. Fuimos documentando parte de la historia de este país.  A raíz de eso el museo de antropología, el INAH, me invitó a trabajar y a editar cincuenta y pico de títulos y grabaciones realizadas desde principios de siglo hasta la fecha, donde ayudamos a restaurar las cintas, a hacer los cuadernillos, la documentación, ayudados por antropólogos e historiadores importantes, y así hicimos muchas cosas a través de la institución Culturas populares de México. También nos metimos en la poesía. Abrimos una línea que se llama Colección la palabra, que es la voz de los poetas diciendo sus poemas, donde está Ernesto Cardenal, Antonio Preciado, Juan Bañuelos, Jorge Boccanera, entre otros.  También dedicado una gran parte a la música para niños. Editamos libros donde tratamos de difundir a algunos grandes compositores poco conocidos. Editamos, por ejemplo, un libro sobre Mario Luis Armengol, que es uno de los grandes músicos populares, y también sinfónicos, mexicanos. También hicimos un libro de Amparo Ochoa, entre otros.

– Hablando de Amparo Ochoa ¿estás por estrenar un documental sobre ella?

– Sí. Después de 4 arduos años de trabajo, no solamente por la investigación, sino para juntar el dinero para financiarlo, pudimos terminarlo. Marta hizo la producción. El documental se llama Amparo Ochoa. Se me reventó el barzón y lo voy a estrenar en la Cineteca Nacional el 29 de setiembre, en el día de su cumpleaños. Luego lo voy a llevar por varios lugares de México. También se está subtitulando al holandés, porque ella iba muy seguido a Holanda y a otros países de Europa. A través de los amigos holandeses lo vamos a estrenar en Holanda y en varios países de Europa. También en Estados Unidos, donde está el pueblo de habla hispana. Luego vendrán Argentina, Uruguay, Chile, Ecuador y Perú, además de Centroamérica. Estoy muy contento. La verdad que para nosotros fue una gran cantante y una gran luchadora social, con mucho compromiso, y creo que era necesario que se conociera. Por suerte pude rescatar también su participación en el Luna Park, cuando Mercedes Sosa la invitó a participar en el Concierto Sin Fronteras.

– De ese ciclo participaron varias mujeres ¿no?

– Sí. Eran seis mujeres: Beth CarvalhoTeresa ParodiLilia Vera de Venezuela,  Silvina Garré de Argentina, y Amparo. Pude conseguirlo gracias al apoyo varios amigos. Yo no hubiera podido hacer Pentagrama si no hubiera sido por los amigos. En el documental participan Óscar Chávez, Gabino Palomares, su familia y su hija.

– ¿Compartiste mucha vida con Amparo?

– Sí. Viajes, vida familiar, le grabamos siete discos, sacamos el libro. Ahora acabo de encontrar y voy a editar precisamente tres discos inéditos de ella de viejas grabaciones. Grabaciones que hemos rescatado de conciertos en vivo, pero que vamos a editarlos precisamente para el día del estreno del documental. Por lo menos sacar dos de los tres discos que hemos encontrado rescatables, que va a ser una sorpresa para muchos porque ese material no se conocía.

– Además de editar discos y realizar documentales, has producido shows de varios de los artistas que has trabajado en Pentagrama.

– En Pentagrama también editamos libros, por ejemplo Una mirada, el libro de Litto Nebbia, a quien le enditamos tres discos. También editamos recientemente el libro de Luis Enrique Mejía Godoy, El relincho de la sangre. Son todos muy lindos. El de Luis Enrique es una belleza porque va recorriendo la historia cultural y política; ¿vos sabés que su padre era un fanático del tango? Fanático de Gardel. Tocaba tango con la marimba que él mismo hacía. Él fabricaba las marimbas. A raíz de eso, fíjate que me acordé de una cosa, a raíz de todo eso que me contaba Luis Enrique, en una época en la que me solicitaron asesoramiento, para inaugurar el estadio de beisbol Rigoberto López Pérez, en Nicaragua, me plantearon a quien yo consideraba que había que invitar, entonces vinieron a nuestra casa uno de los organizadores, y yo le dije: «en primer lugar tienen que invitar al Sandino del tango». «¿Cómo?¿quién es el Sandino del tango?», y les dije: «Osvaldo Pugliese». Sabés que cuando Sandino se levanta en armas es uno de los primeros que reacciona en Argentina, siendo joven, ya con su orquesta, que se declara sandinista y empieza a hacer campaña en apoyo a Sandino. A partir de ahí en los periódicos de Argentina empieza a aparecer “El Sandino del tango, Osvaldo Pugliese”. Fue muy emotivo porque le dije: «ese es el primero que tiene que estar», y así fue. Trajimos a la orquesta completa de Osvaldo Pugliese. Por primera vez una orquesta de tango actuó en Nicaragua. Fue emocionante y conmovedor.

– Una historia digna de cronicarla. El compromiso político de Pugliese era muy conocido.

– Sí. A Osvaldo me tocó tratarlo bastante en Argentina, aunque siempre es insuficiente porque con Osvaldo siempre se aprendía hasta en su silencio. Me tocó conocerlo en un festival que hicimos para financiar la escuela de teatro. Rentamos el estadio de Atlanta y empapelamos toda la calle Corrientes para juntar fondos. Pegamos carteles, gastamos fortuna y ese día se largó un diluvio total. Era al aire libre, entonces fue terrible, ¡fracaso total! Y llegaron como 40 bailarines que venían siguiendo a Pugliese, y decían: «nosotros venimos a ver a Pugliese y queremos el espectáculo». Nosotros les dijimos que les devolvíamos la entrada, pero no se querían ir; hasta que llega el autobús de Osvaldo en medio de esa lluvia torrencial, baja, se entera de lo que está pasando y les dice: «muchachos ¿no ven que esto es en solidaridad? Les pido un favor: dejen tranquilos a los muchachos y yo los invito. Súbanse todos. Les hacemos un lugar en el autobús y se vienen a bailar conmigo a un lugar que es cerrado. Yo los invito». Y se los llevó a todos.

Fuente: Federico «Poni» Rossi para http://decoplasyviajeros.com

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