Polo Román no estudió canto, ni música, ni nada. Aun así, en 1966 entró a Los Chalchaleros y comenzó una carrera artística que lo llevó por todo el mundo. Entre tantos viajes y tantas canciones sucedieron historias increíbles. Acá cuenta cuando el grupo actuó para el narcotraficante colombiano Pablo Escobar, hace varios años.

Polo Román II

El tipo era ecuatoriano y había llegado a la Argentina a buscar a Los Chalchaleros. Fue a finales de los ochenta, eso seguro. Polo Román se esfuerza por recordar la fecha exacta mientras cuenta la historia, pero desiste. Tampoco importa demasiado. El tipo era petiso, medio gordo y andaba siempre con un maletín lleno de papeles. Los quería llevar de gira por Colombia, les ofrecía teatros en Bogotá, Cali, Pereira, Medellín y una fiesta privada, el cumpleaños de una mujer. El contrato era en dólares, pago en efectivo por anticipado, cuatro mil antes de cada concierto, con posibilidad de tocar también en alguna peña y, si había fecha, en un festival. Los Chalcha viajaban promedio una vez al año para Colombia, conocían al público y a los managers de la escena, al ecuatoriano no lo habían visto nunca pero aceptaron de todos modos. Juan Carlos Saravia, como siempre, fue el encargado de negociar los detalles: pasajes, la cantidad de canciones, viáticos y condiciones de pago. El ecuatoriano dijo a todo que sí sin mover una pestaña y les explicó que primero iban a Bogotá y de ahí inmediatamente a Medellín para ir directo al cumpleaños.

A la semana lo volvieron a encontrar, tal como habían acordado, en el aeropuerto de Bogotá. El mismo tipo, petiso, medio gordo y con su maletín lleno de papeles, les preguntó:

—¿Ustedes son Los Chalchaleros, verdad?

—Y sí, boludo. ¿Quiénes vamos a ser justo hoy con bombos y guitarras en un aeropuerto de Colombia? —bromearon.

Una hora y media después aterrizaron en Medellín donde los esperaban dos limusinas. En una fueron Polo Román y Pancho Figueroa. En la otra, Juan Carlos y Facundo Saravia. Ninguno de los cuatro sabía dónde estaban yendo. Los autos avanzaban sin pausa entre caminos de montaña.

—Disculpame chango. ¿Dónde cantamos? —preguntó Polo tímidamente.

—Es una hacienda bonita donde tocan muchos artistas, mi patrón es cafetero—les respondió el ecuatoriano, que iba sentado muy en silencio al lado del chofer.

Fueron casi dos horas de viaje hasta que se detuvieron frente a un portón de hierro que se abrió automáticamente. Lo primero que vieron, a un costado, todo sucio, fue un avión Cessna 210. El chofer esperó a que se cerrara el portón y siguió la marcha. Ni Polo ni Pancho dijeron nada, pero bien tenían ganas de decir algo. A los dos o tres kilómetros comenzaron a escuchar sonidos extraños, rugidos de animales salvajes. Ahí sí, se miraron las caras con gesto de sorpresa y no pudieron contener las preguntas.

—¿Qué son esos ruidos?

—Es que mi patrón tiene un zoológico.

—¿Acá adentro? ¿Qué tamaño tiene este lugar?

—Unas siete mil hectáreas.

Era todo verde. Plantas selváticas y cafetales que se perdían en el horizonte. Entre medio, jirafas, hipopótamos y cebras sueltas. Las limusinas frenaron en una mansión descomunal. En la puerta había más de diez pavos reales blancos que caminaban entre fuentes y flores.

Les asignaron una casa, también muy lujosa, a pocos metros de un helipuerto. Era temprano todavía. El show estaba previsto para la noche y era apenas el mediodía. Colgaron la ropa de gaucho en el placard de una de las habitaciones y se sentaron a esperar. A la una les llevaron la comida: platos típicos servidos en vajilla de lujo y bebidas de primerísima línea internacional. Cuatro o cinco camareros se quedaron cerca, atentos a cualquier cosa que podían necesitar. Nadie les decía nada.

Polo recuerda que cerca de las cuatro de la tarde el cielo estalló en tormenta. Los Chalcha se guardaron en la casa, alguno durmió siesta desparramado en los sillones. Recién cuando cayó el sol apareció un hombre, vestido de camisa, que les preguntó si querían probar sonido. Ahí fueron. La sala del concierto era un patio mínimo con una mesa en el centro. Nada más. Dejaron listos los instrumentos y volvieron a la casa para vestirse. En la puerta los esperaba el ecuatoriano.

—Muchachos, vamos a arreglar cuentas —dijo. Ahí nomás contó 35 mil dólares. Ese había sido el trato por la fiesta privada: 35 mil dólares por seis canciones.

A las nueve de la noche los llamaron. El primero en entrar fue el gordo Saravia. Agradeció la invitación, narró brevemente alguna que otra cosa sobre el folclore argentino y preguntó por la mujer del cumpleaños. Polo intentaba verle la cara a los dueños de casa, pero entre las luces, los tules y los angelitos de yeso que colgaban de las plantas se veía muy poco. Había unas quince personas, no más. Una mujer levantó el brazo y agradeció cordialmente la visita.

—Me gustaría escuchar Angélica dijo la señora.

Los Chalcha cantaron pri y le regalaron Angélica. El patiecito sonaba bien, era una presentación tan íntima que podrían haber cantado sin sonido. Cuando terminaron se escucharon aplausos tímidos.

—Discúlpeme Saravia, cántenla de nuevo por favor —pidió la mujer.

Y volvieron a cantarla. Dos veces. Tres veces. Siempre a pedido de la cumpleañera. Después hicieron Luna tucumana y Sapo cancionero. Antes de empezar La nochera, que era la sexta y última canción, agradecieron en tono de despedida. Entonces se acercó un hombre vestido con guayabera, cadena y reloj de oro, traje y zapatos blancos impecables.

—Buenas noches Chalchaleros —dijo muy simpático—. Es un honor conocerlos personalmente, escuchamos su música desde Colombia con placer. Pablo Escobar, mucho gusto, gracias por estar acá—dijo y le dio la mano a cada uno.

Polo recuerda que se le puso la piel de gallina. Ellos nunca supieron adónde iban ni adónde estaban. De tanto en tanto hacían alguna fiesta privada porque las cobraban bien, especialmente ese día el arreglo había sido estupendo, por eso prefirieron no incomodar con demasiadas preguntas en Buenos Aires. Años después se enteraron que ahí mismo habían cantado Luis Miguel, el mariachi Vicente Fernández y hasta los Rolling Stones, entre muchos otros.

Ni bien terminaron el show, Pablo Escobar se levantó de la mesa y desapareció. Un empleado de la hacienda, vestido con uniforme azul, se acercó y les pidió que lo acompañaran. Salieron del patio hacia el jardín. Había ocho camionetas cuatro por cuatro rojas y hombres armados con ametralladoras dando vueltas por el lugar. Saravia, con el tono más diplomático que logró, le preguntó si era posible salir esa noche para el aeropuerto y tomar el primer vuelo a Bogotá.

—No. Imposible. De acá no se mueve nadie hasta que el patrón no se va. Mañana a la mañana vemos. Pónganse cómodos —dijo el hombre con una sonrisa.

En un pestañeo, sin hacer ni un ruido, desaparecieron las camionetas, Escobar y los hombres armados. Sólo quedaron los quince comensales disfrutando de la cena. Los Chalcha se fueron a dormir sin decir una sola palabra. Al día siguiente, después del mediodía, los llevaron al aeropuerto de Medellín y de ahí viajaron a Bogotá para seguir con la gira.

¿Nunca contaron nada de esto?

—Jamás. Nunca se lo contamos a nadie. Todo eso estaba tan efervescente que nos parecía terrorífico que nos mezclaran con esas cosas y con esa gente.

Fuente: Agustín Marangoni para http://www.revistaajo.com.ar/

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