2 - noticiasDi Stéfano fue un artista laborioso. Su disfrute, además de la gambeta, el pique y el gol fue el esfuerzo y la interpretación del juego como un fenómeno colectivo absoluto. “Ninguno de nosotros es mejor que los once juntos” era una de sus frases favoritas que lo definían de cuerpo entero y que obligaba a que compañeros de su equipo, también rutilantes estrellas, se entregaran a esa orgía de sacrificio que él, como ilustre capitán, ofrecía más que ninguno. Su muerte ocurrió el pasado 7 de julio.

El fallecimiento de Alfredo Di Stéfano nos ha exhumado la nostalgia de épocas futboleras de grato recuerdo que ya no se repetirán. Desde su aparición en el fútbol porteño a mediados de la década de 1940 del siglo pasado hasta nuestro presente enlutado por su muerte, el fútbol ha seguido la parábola que le impuso un mundo aferrado a la competitividad y el consumo, donde el aspecto estético y generoso de su práctica llegó a ser una molestia para los que, desde la cima o el sótano del poder, transformaron lo que era un juego en un trabajo.

En este contexto Di Stéfano se anticipó al problema y fue un artista laborioso. Su disfrute, además de la gambeta, el pique y el gol fue el esfuerzo y la interpretación del juego como un fenómeno colectivo absoluto. “Ninguno de nosotros es mejor que los once juntos” era una de sus frases favoritas que lo definían de cuerpo entero y que obligaba a que compañeros de su equipo, también rutilantes estrellas, se entregaran a esa orgía de sacrificio que él, como ilustre capitán, ofrecía más que ninguno.

La prensa de estos días ofrece información detallada de sus logros deportivos que son realmente impresionantes. Fue campeón con River, con la Selección Argentina, varias veces con Millonarios de Bogotá en el campeonato colombiano y con el Real Madrid ganó cinco Copas Europa, ocho campeonatos de España y una Copa Intercontinental.

Como persona fue un ejemplo de modestia y reconocimiento a quienes consideraba sus maestros (Adolfo Pedernera, Antonio Báez, Néstor Rossi, José Manuel Moreno) y de respeto y ayuda a sus colegas circunstanciales como Ferenc Puskas, Raymond Kopa, José Santamaría o Héctor Rial. Supo retener a ultranza lo aprendido en el potrero de Barracas y, en esencia, nunca dejó de ser un atorrante amante del lunfardo y la buena vida.

Nuestro mundo consumidor y competitivo necesita de las comparaciones pues la controversia es la sangre del sistema. En todo se busca lo absoluto del mejor cuando ese tipo arbitrario de calificaciones suele pertenecer al mundo de lo relativo. Así, desde hace años se intenta cotejar las calidades de los tres futbolistas más notorios conocidos, Di Stéfano, Pelé y Diego Armando Maradona sin atender a las distintas épocas, códigos, entornos y hasta reglamentos en los que han desarrollado sus respectivas carreras. La necesidad de vender algo o alguien como el mejor nos lleva por este camino a la impostura de dar como cierto lo improbable. De todo lo que he escuchado sobre el particular rescatamos una conversación oída una noche futbolera en las mesas del Bar Británico.

En esa tertulia un veterano comensal dijo que para saber quién es mejor que quien habría que imaginar equipos integrados por once Maradona, once Pelé y once Di Stéfano. Y preguntaba “¿un equipo con once Maradona le ganarían a otro con once Pelé? Obviamente no ya que los once Pelé se defenderían mucho mejor que los once Maradona y atacando serían similares. ¿Los once Pelé le ganarían a los once Di Stéfano? Sería parejo pero los Di Stéfano también defendería mejor que los Pelé. Di Stéfano hasta llegó a jugar circunstancialmente de arquero, de defensor jugaba todos los partidos y atacando no era Pelé pero era Di Stéfano. En conclusión los once Di Stéfano serían los mejores”.

Cuando parecía que la charla estaba cerrada se oyó la voz que desde otra mesa del bar dijo “ ¿Entonces el partido de fútbol ideal sería once Di Stéfano contra once Antonio Sastre?”

La Saeta Rubia y el Cuila seguramente lo estarán jugando en algún lado.

Fuente: Miguel Levy para www.elarcadigital.com.ar

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