La Uniersidad Nacional de Avellaneda trabaja junto a una escuela secundaria técnica en un novedoso proyecto: formar maestros mayores de obras en un proceso que no tiene materias ni grados, sino que se aprende según la capacidad de cada estudiante.

No es Finlandia ni algún otro país europeo. La historia tiene lugar en Villa Azul, una zona de Wilde que limita con Quilmes, al sur de la provincia de Buenos Aires. Allí, la Universidad Nacional de Avellaneda (UNDAV) gestiona y fomenta este proyecto que busca un esquema totalmente innovador tanto en la metodología como en el enfoque educativo.

El objetivo para los adolescentes que cursan en esta escuela es convertirse en maestro mayor de obras a partir de la construcción de una vivienda multifamiliar de cuatro pisos. Pero el desafío también es innovador, porque no hay cátedras ni grados, sino que se avanza a partir de las posibilidades cognitivas de cada estudiante.

“Ya no es por años ni por materias, sino que los chicos, una vez que desarrollan el nivel de conocimiento adecuado, pasan al siguiente nivel. El sistema de aprendizaje se centra en el problema, para que la teoría acompañe y ayude en cómo resolver esos problemas”, asegura Jorge Calzoni, rector de la UNDAV.

“Si en una escuela tradicional tenés un aula con pibes donde los docentes van pasando, acá la idea es al revés Los pibes van rotando por diferentes espacios y áreas de conocimiento, como Geografía, Historia, Ciudadanía, que se convirtieron en actividades transversales al proyecto general, que es el de la construcción de la vivienda”, resalta.

La Escuela Secundaria Técnica tuvo su origen en un proyecto del año 2014 del Ministerio de Educación de la Nación, junto a seis universidades: la Universidad de Buenos Aires, la Universidad Nacional de Quilmes, la Universidad Nacional de San Martín, la Universidad Nacional de General Sarmiento, la Universidad Nacional de Entre Ríos y la Undav. Los comienzos, cuenta Calzoni, no estuvieron libres de obstáculos.

“La primera etapa del proyecto tuvo que ver con un proceso de doble escolaridad, porque los estudiantes no estaban acostumbrados a ir a clase, costaba incluso sentarlos en un banco, era muy complicado”, recuerda el rector, quien asegura que el trabajo y la dedicación terminaron revirtiendo la situación.

“Pasamos de un escenario donde se rompían muchas cosas, al presente, donde prácticamente todas las cosas del colegio las construyen los mismos pibes. Y eso significa que lo cuidan como nadie. Hubo una apropiación del espacio que resulta esencial”, destaca Calzoni, que hasta incluso celebra que ahora “los pibes tienen ganas de ir al colegio, porque encuentran una lógica totalmente distinta a la de la secundaria, se sienten con mayor participación”.

El proceso de educación implica trabajar por áreas de conocimiento para que los chicos puedan sumar nuevas herramientas y distintos enfoques. “Se trabaja, por ejemplo, a partir de la geografía de los distintos lugares del país. De acuerdo a dónde vayas a construir la futura vivienda se debe evaluar por qué debe tener un techo plano o inclinado, cómo descargar la cloaca, cómo influye el factor del medioambiente, el sol, el viento, cómo se puede aprovechar la energía. A partir de eso, se va a la base y a los conocimientos físicos y químicos que necesitas para eso”, enumera la máxima autoridad de la Universidad.

Más allá de la dinámica propia de la escuela, un factor decisivo es el vínculo fluido entre la institución y la Undav. En la Universidad hay una materia llamada Trabajo Social Comunitario que es interdisciplinaria, con alumnos de varias carreras, y parte de la asignatura se cursa en el establecimiento secundario.

“Los chicos de informática desarrollan juegos o cuestiones de software con los propios chicos del colegio –ejemplifica Calzoni–. Los que están en Periodismo arman programas de radio o ayudan a los estudiantes a escribir sus propias redacciones; los estudiantes de Audiovisuales trabajan para que hagan sus propios videos… todo ese trabajo entusiasma mucho a los alumnos de la escuela, no se quieren ir”.

Actualmente, hay cuatro chicos que llegaron al 4º año “tradicional”, pero el plan de la escuela también incluye a aquellos estudiantes que no se reciban. “La idea nuestra es que los chicos que están avanzados ya empiecen a trabajar en algunas obras. Pero si, por alguna razón, alguno de esos estudiantes no llega, tiene salidas laborales intermedias dentro del ámbito de la construcción, como plomería, electricidad, albañilería. La idea es que nadie se vaya a su casa sin nada”, asegura el académico.

Para Calzoni, un elemento clave es el compromiso de la comunidad y especialmente de las familias para mantener el proyecto. “Todas las familias se están incorporando, de hecho los empleados no docentes de la escuela son todos vecinos del barrio. Y las familias se comprometen porque toda esta lógica del colegio impacta, aunque sea indirectamente, en ellas”, asegura.

Así, temas claves como la violencia familiar, la violencia de género o las adicciones –de fuerte impacto en la comunidad–, son trabajados intensamente en la escuela y luego llevados a las familias. “Vienen las madres y los padres y se desarrollan cuestiones sociales que permiten tanto la convivencia como el trabajo de esas temáticas, para después llevarlas al barrio”, apunta el rector.

“Lo importante –subraya, como cierre– es que con toda esta dinámica los chicos aprendan e incorporen conocimientos. No queremos una escuela que sea solamente contenedora. Es una de sus misiones, pero no puede ser sólo eso. Tiene que haber, también, una cuestión de aprendizaje”, concluye.

Fuente: Nicolás Camargo Lescano para la Agencia Ciencia, Tecnología y Sociedad de la Universidad Nacional de La Matanza: http://www.ctys.com.ar/

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