El término “cantilar”, cuya procedencia latina lo vincula a melodías, hace referencia a la antigua práctica de cantar libros. En especial, los bíblicos. En la búsqueda del vocablo, descubro que el ejercicio de cantar textos sagrados data desde hace, al menos, unos 4000 años, y veo que con el tiempo, tradiciones religiosas como la de los budistas, los hebreos, los cristianos y los musulmanes utilizan la misma técnica y costumbres hasta el presente. 

Acorde a la investigación antropológica, el arte del cantilar tiene como primer objeto interpretar un texto, es decir, leerlo en voz alta para atribuirle un significado «oficial», y de este modo queda memorizado y consolidado. Más allá de la clásica y magistral apreciación que hacen los seguidores de Levy Strauss y compañía, sin duda alguna, ambas acciones se encuentran entramadas. Recordar de manera repetida y cíclica es una forma de intepretar. Siendo que la memoria no es totalizadora, ya que no podemos recordar todo (salvo el imaginario Funes de Jorge Luis Borges), seleccionamos qué memorizar y qué olvidar. Y esto conduce a algo más profundo: las generaciones que nos anteceden definen de antemano qué-cómo-cuándo recordar, para no confundir la “verdadera» memoria, que se diferencia de la “apócrifa”. Las narrativas oficiales autorizan y determinan los alcances de una memoria indiscutible. La otra es peligrosa, aunque es más interesante. En definitiva, cantar un texto no resulta un mero ejercicio de armonía estética. Es sonido que recorre el rango que va desde lo artístico y ritual hasta arribar a lo ideológico. Por lo tanto, recordar implica abrazar una cosmovisión que contiene en sí misma una reflexión histórica y metafísica de la condición humana. “Si recuerdo mal la entonación del nombre de Dios estaría blasfemándolo o rezándole a un ídolo”, alega Rashi, el distinguido exégeta francés del Medioevo. Al final, la creencia de que la “correcta” memorización de la palabra conlleva un carácter teúrgico potente, arranca de tiempos inmemoriales.

Dando un salto en los periplos epocales, en 2016 Salman Rushdie, aquel escritor que se hizo famoso por sus Versos Satánicos –y cuyo apellido suena tan melodioso como el Rashi francés–, declaró ante el periódico londinense The Guardian que la memorización de poesías lamentablemente es un arte perdido, y que esa pérdida empobrece la relación con el lenguaje. La misma aseveración es confirmada por David Whitley, profesor titular de fisiología en la Universidad de Cambridge, quien investiga la correlación entre poesía y memoria. Dice Whitley que si bien algunas personas recuerdan con horror que tenían que recitar poemas frente a una audiencia (los que alguna vez estudiamos piano pasamos por una experiencia similar cuando nos sentaban a tocar en algún cumpleaños frente a los parientes), para muchos, aprender poesía de memoria “les mejoró la vida”. “Al memorizar un poema se desarrolla una relación personal con el escrito. Encanta por el sonido y el significado, pero también evoca momentos de la vida y personas que se amaron. Quienes memorizan un poema –remata Whitley en uno de sus estudios– lo convierten en un ser vivo con el que se conectan”.

En otros lenguajes, la sugestiva manera de definir el recuerdo identifica la memoria con otros motivos que pasean desde lo romántico hasta lo erótico. En inglés se dice “saber con el corazón”, en hebreo “conocer con los labios”. Y esto conlleva algo más intenso: la existencia de idiomas que son otros lenguajes. La expresión corporal, los gestos del rostro, la musicalidad y la potencia del silencio.

Con un refinado virtuosismo, Georges Steiner supo comprender el recóndito valor de ese sentido de la memoria. Ese sentido y no otro. Uno de los mayores críticos literarios que ha tenido el siglo XX y el que nos toca transcurrir, dejó este mundo hace poco tiempo. “Dejar este mundo” es una forma engañosa que el memorioso lenguaje habilita para decir que murió, cuando en realidad es el mundo el que te deja. Mi amiga, la filósofa Diana Sperling, definió a Steiner como el último renacentista, o sea uno de esos personajes únicos, poseedores de un saber exquisito, que podían relacionar el conocimiento de múltiples disciplinas bajo el hilo conductor de la memoria. Salomon Malka, un intelectual parisino, solía decir que la mayoría de las personas son o inteligentes o memoriosos, y que solo pocos privilegiados pueden combinar ambas aptitudes. Steiner fue uno de esos pocos. En lo personal descubrí a Steiner cuando, siendo estudiante universitario, leí uno de sus ensayos traducidos del inglés en una publicación mexicana. Me sedujo su forma lúdica de sumergirse en la densidad de la palabra. Fue a partir de ese momento que no lo pude abandonar más.

Para Steiner, la memoria es un modo de lectura ineludible que, frente a un párrafo incomprendido por algún misterio, se nos adhiere, y a la luz del tiempo se hace amor. Dicho de otra manera, me atrevo a interpretar a Steiner diciendo que la memoria es el modo de leer que nos permite redimir al alma del exilio. Es un método de resistencia a la censura y un hábito contra el avasallamiento de la libertad. “Grandes espíritus han sobrevivido a la opresión porque sabían de memoria algunos textos –dice Steiner–. (…) Ese logos penetra en nosotros, demasiado difícil o violento tal vez, pero significa que le invitamos a acomodarse en la casa de nuestro ser y que aceptamos vivir juntos. Es arriesgarse a que, cierta noche, un texto, un cuadro, una sonata llamen a nuestra puerta –reales presencias giran por completo en torno a esa imagen– y es posible que el invitado destruya e incendie por completo la casa. Pero de pronto la obra me acoge, sin explicarse, y tengo por fin acceso al poema. No tengo palabras para describir la riqueza de esta experiencia que he hecho mil veces, especialmente leyendo la Ética de Spinoza, que es para mí una referencia última.

Al hablar de Steiner vuelvo a Benedicto Spinoza –rechazado por recordar lo irrecordable– y a su memoria como una señal de que con el tiempo penetra, nos interpela, nos interpreta y nos aclara a nosotros mismos. Un salto mágico que refiere directamente a un sentimiento de reverencia. Una huella de una hondura tal que momentáneamente no puede ser abarcada por ninguna razón, hasta que en algún lugar del infinito se cristaliza.

Evoquemos el placer inefable que producen las poesías que sabemos de memoria. Las que estudiamos en la escuela. Las que ensayamos para conquistar a alguien. Son en realidad los intentos de expresar un antiguo “cantilar” que irrumpe y desafía a la autoridad que cree prohibir la belleza de lo incierto, un encanto que reverbera en un saber que nos trasciende.

Fuente: Daniel Goldman para www.pagina12.com.ar  

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